REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Esta vez el maestro, el ínclito señor Bracho no ha tocado directamente en su gustado Tranco el asunto de las elecciones del pasado mes de julio. Y hace bien. Todos los que formamos este siete veces H. Consejo Editorial, como él, estamos bastante disgustados, enormemente enojados y mayormente indignados con los tristes sucesos que en ese proceso se sucedieron. Realmente no sabemos dónde meter la cara, pues no queremos parecernos a los avestruces que la meten con singular alegría en la meritita tierra. No, que nuestra cara se vea así, llena de coraje, de fervor revolucionario, de ganas de saborear por fin un México democrático. Pero no, parece que la suerte maldita está echada, parece que el mal fario nos perseguirá per saecula saeculorum. Sí, sexenios van y sexenios vienen y el avance de las libertades y de la justicia social y del reparto equitativo de la riqueza y la dignidad y la soberanía nacional son metas inalcanzables, son los famosos elotes atados a un palo que lleva delante de su hocico el burro, son promesas intemporales y vagas -al cabo que el prometer no empobrece- y son el caldo gordo de los discursos de los políticos de marras. Pero, como otras veces hemos hecho, dejaremos que el maestro nos cuente algo de su basta y enojable memoria política y social:
Dejo de lado los berrinches de párvulos electorales, dejo en el tintero los reproches a los IFES y a todos los organismos en donde los que allí laboran se dedican a ganar enormes sumas de dinero para que -supuestamente- cualquier proceso electoral salga chulo de limpio. Mejor es olvidar y dedicar el hermoso tiempo a cosas que la hermosa vida nos ofrece. Sí, mejor escuchemos los conciertos de Manuel M. Ponce, de Silvestre Revueltas; dispongámonos a escuchar las propuestas musicales del maestro Lavista. En su aparato de sonido haga los ajustes para que el oído perciba todos los tonos, todas las variaciones y todos los bajos y agudos que las partituras nos ofrecen. Y si a esta delicia musical usted, lectora insumisa, le enciende su chimenea, pone en su mesita la botella de coñac y entre trago y sorbo se deleita con los malabares de cornos y trompetas y de violas y contrabajos y pianos y violines, la vida vista de esa manera rotunda será más bella que un día de malhadadas elecciones federales. Eso que ni qué, dicen los sabios. Así las cosas, digo que resulta más grato al oído, más reconfortante al espíritu el -aparte de los sonidos y silencios majestuosos de Bach y de Wagner- tomar una libro de poesía de Ramón López Velarde o de Garcilazo de la Vega o de Sor Juana o de Pita Amor o de Villaurrutia o de Sabines o de Pellicer y apoltronados en el sofá preferido, dispóngase a lo mejor de lo mejor, ya que por la ventana se asomará la luna lunera cascabelera, y le pido encarecidamente que un vaso de vino tinto permanezca siempre al lado -siempre lleno y siempre vacío, claro- y ya vera, lectora no pripanista, como esa luna descenderá más rápido que un rayo tormentoso y se posará en el marco de su ventana y le ofrecerá a usted, amiga, su luz, su magia, su esplendor. Vaya, que leer poemas es mucho más agradable que leer los discursos del tal señor Calderón -claro, no de don Pedro, no- que, aparte de ser una basura en términos métricos y conceptuales, son las ideas de un fascismo que salta a los cuatro vientos. Mejor Torri y mejor Novo, mejor Lizalde y mejor Dionicio Morales y mejor Neruda que enredarse en palabras necias y sobradas del presidente en turno. Mejor escuchar los sonetos de la vida profunda y las rimas de Góngora que ver los sainetes de funcionarios electorales. Mejor llenar a plenitud los espacios que cubren los ojos con pinturas de Rembrandt y de Goya y de Nierman y de Tamayo que ver el horror de los carteles de anuncios políticos. Mejor es ver los movimientos de ballet y de la danza de bailarines hechos de hierro o de espuma de mar o de nubes o de resortes quiméricos que observar el desplazamiento torpe de los guaruras que cuidan a los que tienen que cuidarse de la ira del pueblo. Es mejor escuchar la voz quejumbrosa y dulce de la novia o de la voz de la amante inquieta o de la mujer que está en la cima de las cosas y que uno lucha por bajarla y tenerla en brazos para besarla y amarla hasta morir en ello, que escuchar los discursos de los que “trabajan por el pueblo” y se sacrifican por México. De veras, es cosa probada y de éxito la sugerencia que arriba me permito hacerle, amiga del alma, amiga abrazable, amiga besable, amiga de todas las amigas. Yo, por lo pronto, ni tardo ni perezoso me arrimo un tequila blanco, junto unos cacahuates enchilados y me dispongo a escuchar el Huapango del nunca olvidado maestro Moncayo. Al escucharlo gritaré a los cuatro condenados vientos: ¡Viva México ca…! Vale. Abur.