REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
08 | 12 | 2019
   

Apantallados

Sicariato teatral


Francisco Turón

“Ésta es una obra sobre gente obtusa”, escribe en el programa de mano de la obra Los Asesinos, su autor y director, David Olguín. La estridente obra, que por cierto tiene un título bastante ordinario, trata de un baño de muerte absurda. La historia marcha en dos planos. En uno, “la gringa” dice: “nos vemos en la Carretera 45, tres kilómetros hacia el Cerro Pelón, en La fosa Bufalito”. Los primeros en llegar son “el chaparro” y “el torcido”. El megalómano “chaparro” viene de fallar en un golpe, y está esperando que vayan llegando el resto de los miembros de la “clica”. Después de asesinar a “el torcido”, gradualmente, lo que hace “el chaparro”, es que los va matando a todos conforme van llegando, uno por uno. Ésa es una línea de la historia, y de ahí, nos vamos hacia atrás.

Básicamente lo que vamos descubriendo es cómo los mata, porqué los mata, hasta que al final, él mismo muere a manos de otro, en una situación de autofagia de estas clicas.

Nos ha tocado vivir el festín de la muerte masiva de una sociedad en pleno ocaso. Uno vive miles de muertos que evidentemente no son ocultos. Los muertos aparecen decapitados en las calles, apilados en las cajuelas de camionetas abandonadas, o colgados de los puentes, y no se sabe quiénes son los que matan. Uno puede decir: “es el crimen organizado”, aunque el problema es que nunca supe de un “crimen desorganizado”. No se sabe si los asesinos son policías, o narcotraficantes, o es un ejército que mata a los narcotraficantes, y a los que tal vez no lo sean. No sabemos dónde está quién mate, y qué motivos tenga para matar. Si hay una verdad política muy elemental en el espectáculo es la idea de que nosotros contamos muertos, y los culpables no están castigados porque son la base de una pirámide. Los sicarios por cada uno que maten, -que son legión-, seguirán apareciendo más y más exterminados. Porque toda la estrategia del fenómeno no ataca el asunto financiero, ni ataca el asunto político. La historia trata de contarnos cómo estamos sumergidos en medio de la muerte cotidiana de maneras distintas. Las cifras ascienden a decenas de miles de muertos. ¿Pero por qué se produce una matanza inadmisible? Me pareció interesante ver la obra en el sentido de preguntarme: ¿Cuál es la respuesta de Olguín? ¿Cuál es su propuesta de trabajo con este grupo de Ciudad Juárez, Chihuahua, “Carretera 45 Teatro A.C.” (antes Alborde), en relación a esa muerte que ellos llaman “el sicariato”? Un término rarísimo que me suena como a una estructura académica de denominación para una forma de destrucción realizada con la mano de obra barata ejecutoria que son los sicarios. Olguín es un teatrista que asume su compromiso con la teatralidad, y con cierta calidad de teatro, al compartir su visión sobre el problema contemporáneo: la muerte multitudinaria en medio de un desierto donde suceden las aberraciones más grandes. Chihuahua estadísticamente es la zona más violenta del país, y uno de los primeros estados en los que se experimenta el envío de tropas militares, que al final del día, sólo aumenta la cifra de muertos que catapulta exponencialmente la violencia a un nivel estratosférico de homicidios. Al irrumpir las fuerzas federales, lo que ocurre es que rompen el tejido de las pequeñas complicidades de corrupciones menores, y entonces lo que generan es la desorganización de todas las fuerzas, y un vacío de autoridad de instancia, que es lo más grave que esté ocurriendo en los estados fallidos del país. Siempre cuando está de por medio una visión ideologizante de la política, es cuando tu crees en un todo contra puesto como una realidad múltiple. Olguín combate esas visiones de blanco y negro, para abarcar una realidad que no es de un teatro testimonialista, ni de un teatro ideologizante de hace treinta años, sino de un teatro que cuestiona esa realidad para enriquecer la mirada, y las posiciones. Esa posición del artista de: no bajo una visión ideológica como un todo, no bajo verdades, no bajo línea política, y sólo muestro una realidad, un poco más compleja que la mirada común, sólo es para poder enriquecer tú mirada. Sin embargo, un elemento que me parece aún más importante que la muerte, es el tema de la identidad, y de la disolución de las identidades en el interno de una población determinada. El tratamiento de la obra se da en Chihuahua, con un grupo de Chihuahua, que coacciona a la realidad de su entorno. ¿Entonces qué dimensión nacional debe tener la lectura de Los Asesinos? ¿En qué medida el eje fundamental es Chihuahua un espejo de la realidad social del país, o sólo refleja una realidad fronteriza? Al comienzo del espectáculo dicen: “Chihuahua es una isla”, que bien podríamos decir: “México es una isla”, y al final terminan diciendo: “Estamos solos”. Es como si dijéramos: “México es una isla y estamos solos”. Está la paradoja de que Chihuahua, siendo el estado más grande de nuestra república, pudiera verse como un territorio aislado. Cuando hablamos de islas podemos hablar del sentido literal del término, o en el sentido figurado. “El Chaparro”, personaje interpretado con el talante del actor Antonio Zuñiga, ha llegado a la conclusión de haber creado una metáfora: “Chihuahua es una isla”. Pero en realidad podríamos metaforizar que todos los personajes son una isla. Lo que plantea esta guerra, en ese espacio social, y en ese elemento destructivo del autor, es que todos los personajes son islas. En otras palabras, lo que se ha destruido es el entramado de relaciones. Si antes existía un entramado de relaciones que se llamaba familia, y un entramado de relaciones que se llamaba religión, y un entramado de relaciones que se llamaba cultura social, ahora esos entramados de relaciones, que imponían un sistema de comunicación, se han quebrado. Y al quebrarse quedamos todos como islas, en donde la única posibilidad de comunicarme con el otro es, o violándolo, o matándolo. Siempre cuando destruyen los sistemas comunicacionales, lo que te queda es un sistema de muerte real, o de identidad. El tema de la isla, es el que me parece que es interesante que proponga esta obra: este sistema de muerte que impera, no solamente produce la cifra murtuori de 60,000 muertos, sino produce 100 millones de muertos vivos. Y esas 100 millones de islas son la muerte de nuestra identidad social, y de nuestro sentido de México como una estructura contenedora. Y si ese elemento se coadyuva como una situación social política como la que estamos viviendo, donde escuchamos a uno, y a otro, y no sabemos quién es quién, porque todos dicen las mismas estupideces con la misma falta de profundidad, y de concepción de lo que necesita México. La pregunta sería: ¿dónde está la identidad del mexicano? Y esa disolución de identidades se confronta fuertemente con el concepto de mexicanidad que tiene nuestro propio teatro. Los estereotipos del mexicano son parámetros ya caducados, se desintegraron, se destruyeron, pero no se transformaron. Esas escrituras de islas, significan que la necesaria transformación de una identidad personal, social y nacional, en vez de convertirse en algo que nos siga conteniendo y enriqueciendo, se disuelve en una nada política en medio de la muerte física, y biológica, y de la muerte de opciones sociales, e históricas.

Por otra parte me pregunto ¿si puedo describir lo nuevo con la mirada de lo viejo? La puesta en escena es convencional en el sentido estructural, y en como está construida la obra. El montaje de esta tragicomedia, tiene un leit motiv que consiste en citas de connotaciones bíblicas, y por otro lado, está el diseño sonoro que retoma fragmentos de canciones y música como: Amor de novela de Bobby Pulido, ¡Que viva Chihuahua! de José Alfredo Jiménez, El gato de Chihuahua de Los huracanes del Norte, New York, New York de John Kender y Fred Ebb, Oh Chihuahua! en versión del DJ Bobo y Letter to me de Brad Paisley, así como el tradicional Toque de difuntos, de la Banda de alientos de la comunidad de San Bartolo Tutotepec, Hidalgo. Las nuevas realidades están siendo construidas con sistemas viejos. Los Asesinos puede reflejar con un sistema viejo algo que no era contenido por ese sistema. Me da la sensación de que cuando abro una ventana, y descubro un paisaje que es absolutamente inédito, los elementos convencionales de descripción de ese paisaje ya no me sirven. Si es que el paisaje es inédito, tengo que inventar un lenguaje que me describa lo que antes no estaba. Las palabras que describían lo anterior, estaban hechas para algo que ya no sirve. Si las estructuras son convencionales, quiere decir que la realidad no es tan novedosa. Si la estructura es novedosa, puede que la descripción de la misma, teatralmente, no sea tan convencional. El tema es la violencia en la realidad, y la violencia en el teatro. Hay un fenómeno -claramente- en los últimos años de teatralización de la realidad, lo cual pone en crisis al teatro, porque la realidad se ha vuelto mucho más teatral que el teatro mismo. Es claro que el elemento de violencia, al igual que el elemento del erotismo, dos componentes básicos del teatro, y de la realidad, no pueden ser abarcados de manera lineal, porque si no de lo contrario, la realidad es mucho más fuerte que el teatro. Por supuesto que la violencia de la obra, es menor que la violencia de la realidad. La violencia, y el erotismo, sólo admiten en el teatro una metoforización. Es el grado de poder de esa metáfora el que habla de la eficacia del producto. Siento que más allá de las implicaciones ideológicas, la obra está formalmente por debajo de los temas como la violencia, la muerte, y la identidad de nuestro país. Los Asesinos toma distancia tanto de una visión ideologizante de la política, como del testimonial del teatro documental, para apostar por la exploración de una mentalidad regional, y la construcción de una metáfora con una lectura perturbadora que nos habla del espacio específico de esa atroz realidad de México, y la tragedia de su vecindad con Estados Unidos. Esto lleva a sugerencias problematizadas. Durante décadas la mano de obra barata mexicana sirvió para enriquecer a Estados Unidos independientemente de la droga, porque cobraban un décimo de lo que cobraban los demás, y se peleaban por trabajar horas extras. Los migrantes están explotados en doble sentido: por los americanos a nivel de trabajo, y por los mexicanos, porque vivimos gracias a lo que nos mandan. A ese discurso de los migrantes explotados, ahora aparecen otros explotados, que además son unos asesinos sanguinarios capaces de mutilar cabezas, brazos, manos y descuartizar, pero que son la mano de obra última que está utilizándose para que Estados Unidos obtenga drogas a bajo costo. Hay un parecido entre aquellos explotados que recogen tomates, y los mexicanos explotados en el asesinato y la distribución de drogas, que generalmente son jóvenes. Sin afán de desprecio, se retrata el caldo de cultivo de seres primitivos con mentalidades muy estrechas, y pauperizados, no solamente en lo material, sino en lo intelectual; que en última instancia si les pegan un tiro no me afecta, ni me produce rechazo que los maten. El tema del “sicariato” como una mano de obra híper barata y explotada por Estados Unidos como nuevos migrantes, es una realidad muy complicada. Una de las líneas que se exploran en el espectáculo lo expresa el personaje de “La gringa” interpretada convenientemente por Laura Almela cuando dice: “Todos matándonos: guachos contra municipales, federales contra narcos, narcos contra narcos, narcos contra soldados, y el Pato Donald, atascándose de coca con toda libertad.” La reflexión es: ¿cuánto puedo asumir de eso y cuánto no? El fenómeno de la violencia es demasiado complejo como para generalizarlo. Pienso en Bertolt Brecht que hablaba de los chinos, porque era una forma muy cómoda de hablar de la realidad europea en el momento racial de Alemania. Es frecuente que a la cultura política la extendamos en el tiempo-espacio, para en definitiva, hablar de nosotros mismos. En la obra hay un problema de convocatoria de disolución de la identidad: en el carácter familiar, de la identidad en el uso religioso y pertenencia, de la identidad del país, y de las relaciones con otros países. Las preguntas que se plantea un grupo de Chihuahua, son inherentes a su espacio, y a la vez podemos extrapolarlo como una lectura de un fenómeno particular y lejano. El estar hablando de algo lejano, puede estar distante, o tan pegado a nosotros, que no lo vemos. No veo la muerte desaforada que está a mi lado, porque eso pasa allá, en Chihuahua. En una ciudad, uno puede estar viviendo realidades que no ve. La violencia hasta que te toca, pareciera que no existiera. En Los Asesinos se busca ir más allá del revanchismo social, y del ingrediente de la violencia sembrado en un terreno siniestro. Se hace un retrato aspiracional de la limitada mentalidad de estos entrañables personajes que están abandonados socialmente por nuestro país: “El Torcido” (Gilberto Barraza), “La Telegrafista” (Sandra Rosales), “El Chicolito” (Saith Torres), “El Nicanor” (Rodolfo Guerrero), “El Sónico” (Gustavo Linares) y “El Profesor” (Raúl Espinoza). Es cierto que en Los Asesinos hay verdades políticas primarias, y que a pesar del riesgo de interpretación del fenómeno, se logra una teatralización de la realidad fronteriza convincente, sin embargo, es mucho más efectiva la realidad, que el teatro.


*Los Asesinos. Texto y Dirección: David Olguín
Lunes, martes y miércoles 20:00 horas. Teatro El Galeón. Centro Cultural del Bosque
Reforma y Campo Marte s/n. Metro Auditorio. Duración 110 minutos.