REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Un viaje a la frontera entre lo real y lo ficticio


Francisco Turón

Las Relaciones (sexuales) de Shakespeare (y Marlowe)* es un material teatral que redujeron a sólo 50 espectadores por función en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario. El título es algo bromista, ambiguo y polémico, pero tiene entre otras cosas, muchos elementos que hacen posible una teatralidad abierta. Hay un primer elemento que es lo ficcional. Un tema que está presente desde que el teatro existe, pero que es un asunto que en la contemporaneidad llama especialmente la atención; y que dentro de nuestra generación de jóvenes dramaturgos y directores mexicanos, resulta de un interés considerable. Unido al tema de la ficcionalidad, y por supuesto relacionado con ella, está el cuestionamiento: ¿qué es la identidad? Un tema que es sumamente atractivo y vigente, cierto, pero hoy más que nunca. Justo con lo ficcional y la identidad, como consecuencia surge la “verdad-mentira”; que puede abarcar tanto lo ficcional, como lo real, y tanto la identidad, como los universos restantes. Podemos pensar que también hay otro elemento muy atractivo que recorre todo el teatro, y toda la historia: la sexualidad. Y la sexualidad, como todo elemento de esa época, está al servicio de la aventura. En ese sentido la historia de la obra es casi un thriller de pasión y muerte. Se muere el Sr. Marlowe, el amante rescata las últimas escenas que él estaba escribiendo, y en los últimos estertores Marlowe le dice: “Entrega esas escenas que tienes en tus manos a Shakespeare, para que él haga con ellas la obra más hermosa del mundo”. Entonces el amante ya va herido, porque los mismos asesinos de Marlowe lo hieren a él en la búsqueda de esas escenas, que son la pelea de todos los personajes de esta obra. Y cuando llega a buscar a Shakespeare, él ya se fue por miedo de que lo asesinen, o que le hagan daño, como lo hicieron con Marlowe. Entonces el amante moribundo le entrega las escenas a la amante de Shakespeare. Pero la amante de Shakespeare no sabe leer, y entonces ella va directamente con una bruja. La bruja mete las escenas en un caldo, y el caldo inventa las escenas. Satisfecha la amante con esta interpretación del caldo, va al teatro a buscar a Shakespeare dispuesta a esperarlo el tiempo que sea necesario para poder darle esas escenas. En el camino de la casa de la bruja al teatro, coincidió que se encuentra a la esposa de Shakespeare, que casualmente, un día, de toda la historia de su vida, fue a buscar a Shakespeare a Londres. En el camino después del encuentro con la esposa, se aparece un poeta que está buscando las escenas porque se las quiere robar. Finalmente el poeta le roba las escenas a la amante, y ella quiere recuperarlas con la memoria del caldo que a su vez vuelve a inventar otras historias. Después la amante llega a su casa, se queda dormida, y regresa Shakespeare que ha estado escondido toda la noche.

Aquí nos pudiéramos extender ampliamente, entendiendo que pareciera que esta obra, de la autora Ximena Escalante y del director Mauricio García Lozano, es una puesta en escena capaz de entregar sabores distintos, a paladares distintos. No los quiero comparar con Shakespeare, por supuesto, pero me refiero a que al igual que a aquellos que tenían un público muy plural, y que por lo tanto, a unos les interesaba la filosofía, y a otros les interesaba las peripecias, y a otros les interesaba la historia, al final del día, encontraban en ese corral el interés para que todos se sintieran satisfechos. Aquí hay, no un fraccionamiento de público, sino una aparente apertura a que muchos encontremos colores distintos, y temáticas distintas, tratadas de maneras muy diversas con un elemento clave que es un humor particular muy contemporáneo.

Por otra parte, podríamos pensar en la coautoría de la mancuerna Escalante-García Lozano, no solamente porque toda obra montada necesariamente está viendo a su autor, o a su director, (porque entonces no estaría viendo nada); sino porque la sensación que me da, es que hay elementos de lenguaje que son propios de Ximena, y hay otros elementos que están indicados que son propios de Mauricio, y que están presentes, como está presente el mismo García Lozano interpretando al personaje de Shakespeare. ¿Qué tal? Se le ve además tocando como músico donde alterna con Jacobo Lieberman y Pablo Chemor. Por cierto, el elemento musical es una parte constitutiva del teatro de García Lozano, no solamente de forma lineal, como en este caso aparece la música; sino que en cada composición tiene una estructura musical de soporte que está detrás, y eso en el espectáculo es muy visible. Además de todo esto, tenemos que ver que la proposición espacial del escenógrafo Jorge Ballina: esa especie de carpa circense que rodea a los actores, y a nosotros como espectadores; y a esos grandes baúles (que son manipulados por los personajes de acuerdo a lo que requieren las escenas), genera un clima muy especial de proximidad porque se acercan a saludarte de manera que quede claro esa relación de: “Yo soy el actor que soporta el personaje”. Y ese juego de identidad, personalidad y demás, es lo que integra la totalidad de la puesta en escena, con la posibilidad incluso de abrir un escenario dentro del escenario.

Y cuando se abre, aparece el baño de los suicidios, y de la sangre, lo cual me parece genial, porque no tiene ningún aspecto isabelino, sino uno muy contemporáneo. Me parece paradojal que me sienta cerca de los actores que nos invitan a una fiesta visual en la que yo no estoy afuera. Evidentemente los autores están creando un riel teatral que te pasea sobre el límite del teatro, y en donde no sabes qué es mentira, y qué es verdad. Por un lado, es verdad que a Marlowe lo mataron en una taberna de una puñalada en el ojo, pero no sabemos si lo hayan matado porque le gustaba cierto doncel que andaba por ahí, o que lo hayan matado porque era un espía de doble juego, que le vendía información a los franceses y se la cobraba a la reina Isabel. Digamos que el juego permanente de mentira-verdad, que es real, y que es ficcional, es como el eje que al parecer hace que se pierda un criterio de camino. Nos acercamos a un teatro casi circense teñido de un carácter popular que contiene juegos para iniciados. ¿Pero cuál es el pasaje que me resulta más fértil para hacer qué? ¿Qué me están contando? Una historia con “H”, es decir, la Historia del los íconos culturales Shakespeare y Marlowe, con una cierta jurisdicción, o simplemente me están timando. ¿Qué es lo que quieren plantear? Crean una dificultad de aprehensión del material temático, y una pluralidad de estímulos, que me marcan caminos como si fueran un novela policiaca en el que no se sabe quién es el culpable, y que no permiten aferrarme hacia cómo leer la obra. Hay percepciones muy distintas entre sí que no necesariamente son opuestas, sino más bien complementarias. Aun cuando nos aventamos por la montaña rusa, en realidad, el pensamiento sigue funcionando. Hay desde quien percibe la necesidad de una estructura organizada de discurso, o hay quien percibe la sensación de placer frente al caos, es decir, la desestructuración del discurso, y el deleite por esa desestructuración. Hay personas que pueden tolerar más la desestructuración de un pensamiento determinado, y gozar con esa desestructuración; y hay personas que pueden gozar menos, porque la desestructuración del pensamiento puede dar una sensación de no saber dónde asirse. Hay la necesidad de estar en medio de la delectación de una tormenta, pero también la necesidad, de por lo menos orientar la proa hacia alguna parte. Hay quienes necesitan tener un cierre del material en donde no sólo vivo sensaciones, sino que puedo aterrizar alguna conclusión de carácter formal. No solamente significan modificaciones en la obra, ya sea escrita, o dirigida, sino también desde donde esa obra es observada. Cada uno de los espectadores tiene un punto de observación que les hace ver una organización distinta dentro de la estructura, y les hace necesitar un discurso disímil que sea complementario a una posición. Parece que la obra provoca situaciones de percepciones muy distintas, unas gratas, y otras no tan gratas.

Eso significa una gran riqueza, no tanto de ellos que son capaces de despertar esta pluralidad, sino del público que puede aprehender dentro de esa serie de estímulos, esa variedad de necesidades.

También hay algo que me recuerda que en las obras de Shakespeare, no en todas, pero en algunas especialmente caóticas: ¿cuántos caminos hay que comienzan, se cruzan, e incluso quedan abandonados? Y uno se pregunta al final de la obra: “¿pero esos que empezaron haciendo aquello, en qué acabó?” Y no terminó en nada. En la literatura oriental, por ejemplo, esto es un juego de cajas. Alguien comienza a contar una historia, que a su vez otro personaje después comienza a contar otra historia, y más adelante otro personaje comienza a contar una historia que resulta ser la historia inicial. Es el juego de cuáles son los referentes, y cómo se mezclan. A mi me parece que en obras como Las mil y una noches hay esa constante que es el quo laberíntico. El laberinto que tiene caminos que conducen a alguna parte, que tiene caminos truncos que no conducen a ninguna parte, y que tienen algo que parecen caminos, pero que no lo son. Uno como espectador tiene el derecho de decidir en qué camino se mete.

En definitiva, una obra, es una “geografía laberíntica”, que cada uno tiene derecho a acceder a ella desde distintos puntos de vista. Todos tenemos derecho a sacar conclusiones. Todos tenemos un plafón común en el que podemos decir: “está mejor hecho” o “está peor hecho”, porque hay ciertos patrones que son sociales que establecen los parámetros. Pero en última instancia, las obras de Shakespeare, y también las de Marlowe, son laberínticas, y ese laberinto me irrita a morir, pero me fascina. Entonces, que un director, y unos actores, se atrevan a montar una estructura laberíntica sin que quede claro que: ¡Cuidado!... Ahora mire allá. Y ¡Cuidado!... Ahora sigue por ese lado; sino que estalla, y de golpe sigue acá, y luego allá, entonces uno dice: “perdón, pero paren la obra, y vuelvan a empezar”. Eso me parece atractivo aún que me produzca irritación.

En conclusión, dentro de toda esta sensación, la obra contiene en sí misma una cantidad de planos que en un momento dado pierden el control de su autora. Sin duda tiene líneas estructurales bien logradas, y sobre todo, de búsqueda expresiva muy clara. Sin embargo, la suma de las partes de estos pedazos de escenas extraviadas, al intentar integrarlas, no me dan el todo. Y entender, es conquistar territorio, y no necesariamente conquistamos territorio de una sola forma, hay muchas formas de conquistar territorios. Creo que la pobreza, o riqueza, de una obra de arte, es la capacidad de otorgarnos conocimiento, pero no en el sentido restringido de un conocimiento intelectual, sino un conocimiento sensorial, intuitivo, espiritual, y de cualquier índole. Toda obra que me permite conquistar un nuevo territorio, y por lo tanto formular nuevas preguntas, eso significa que me interesa. Toda obra que me reafirma sobre estructuras que ya conozco, y me dice lo que ya sé, me deja más tranquilo, pero no me interesa tanto.

* Las Relaciones Sexuales de Shakespeare y Marlowe. Ximena Escalante. Dirección: Mauricio García Lozano. Con: Ilse Salas, Luis Gerardo Méndez, Clarissa Malheiros, Paula Watson, Juan Cabello, Damayanti Quintanar, Aurora Gil, Mauricio García Lozano y Pablo Chemor.