REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Héctor García: Odisea de la Luz


Dionicio Morales

El poeta Dionicio Morales, asimismo notable crítico de artes plásticas, es uno de los que más y mejor han analizado la obra del fotógrafo Héctor García. En esta ocasión, hemos seleccionado el prólogo del libro Camera oscura, editado por el gobierno de Veracruz, para dar una idea del talento y la creatividad del artista ha poco desaparecido, cuyo legado es una portentosa historia gráfica de México y sus rostros, sus calles, sus monumentos, sus barrios sórdidos, sus personajes. Sin embargo, la cámara fotográfica de Héctor jamás dejó de disparar. La guardaba muy cerca de su mano y en cuanto la imagen se presentaba, el artista la accionaba en cualquier lugar del planeta donde se encontrara. De este mundo, Héctor García hizo un impresionante catálogo de sitios y personas. Por fortuna, la magna obra del artista está en buenas manos y desde su propia fundación, la ordenan, tarea no fácil debido a la enorme cantidad de negativos que nos legó.

El texto de Dionicio Morales es un afortunado trabajo sobre la monumental obra de Héctor García que debe estar siempre a la mano no sólo de quienes aman la fotografía sino de todos aquellos que quieran ver cómo era parte importante de nuestro pasado.

El Búho

HÉCTOR GARCÍA: ODISEA DE LA LUZ *
Dionicio Morales

Este proyecto de Camera oscura nació de la exposición Héctor García y anexas inaugurada el 2 de julio de 1992 en la Galería de la Universidad Veracruzana “Ramón Alva de la Canal”, en la ciudad de Xalapa, Ver. La idea original de Pepe Maya, curador de la muestra, era no incluir las fotografías célebres pero conforme maduraba el plan, la sombra, o mejor dicho, la luz de algunas de sus imágenes clásicas se fue imponiendo para lograr el tempo obligatorio y el ritmo del discurso de Camera oscura.

Héctor García comenta que su afición por la fotografía nació cuando era pequeño y descubre, desde la cama en la que lo amarraba su madre para que no se fuera de pata de perro” — otra de sus felices inclinaciones—, que por la rendija de la entrada al cuarto cuadrado que habitaban en compañía de su hermano menor en el barrio de la Candelaria de los Patos de la ciudad de México, se colaba la luz que proyectaba en forma magnificada las imágenes de todo lo que sucedía en el exterior. Es decir, presintió la comedia humana en el cuadrante de la soledad, el gran teatro del mundo en los bajos fondos, y los crímenes y castigos después de vivir cien años de soledad.

Estas visiones se quedaron grabadas en su memoria a una edad en que las experiencias primeras iluminan, queman, hieren la soberana potestad de la inocencia, marca que no cicatriza nunca en una herida abierta a todo encantamiento de vida. Los distintos oficios de vivir ejercidos para la sobrevivencia familiar —bolero, cargador de canastas en el mercado, barrendero, vendedor de periódicos, de chicles, de lotería, en su infancia; agricultor, zapatero, plomero, carpintero, más tarde en la correccional—; su mirada acechante poblada de relámpagos infantiles y madurada en la diaria convivencia al lado de seres maravillosos aunque marginados; testigo y a veces protagonista de situaciones y hechos vandálicos provocados por el hambre, la miseria, el desamparo, templaron su carácter y le proporcionaron las armas necesarias para configurar un mundo, su mundo.

En esta Candelaria de los Patos, en este cuadrante de la soledad que ahora forma parte del Centro Histórico de la ciudad de México, en este vientre de concreto que de alguna manera sintetiza los tiempos, los acontecimientos sociales, políticos y culturales de nuestro origen, nació y creció —no nada más físicamente— este artista vigoroso, desgarrador, obsesivo, amoroso, sin cuya obra fotográfica realizada en los últimos cincuenta años, no se puede reproducir fielmente el rostro —los rostros— de México, (Rostros de México tituló a su primera exposición celebrada en 1960).

No sé si por una aparente humildad que raya en la soberbia, o por una arrogancia que bordea los límites de una insana modestia, o por las dos cosas, Héctor García se nombra reportero gráfico, quizá para restarle severidad a su profesión de artista, o acaso por una honesta apreciación al no ignorar o dejar de lado el origen de su trabajo que él, con sentido, precisión, rapidez, ubicación, pero también con magia, hechizo, ensoñación, jubileo, ha trastocado hasta convertirse en un orfebre, en un tejedor de luz y sombras cuya escritura va más allá de una simple labor informativa, proyectando a la naturaleza, a los seres y a las cosas aprehendidas con el click de su cámara a través de su mirada que no ve sino sabe mirar, hacia un universo perdurable.

A partir de 1960 empieza su largo peregrinar por el mundo y recorre, por cuestiones de trabajo, por vacaciones y estudio, América, Asia, Europa y África, apresando con su ojo mágico e implacable sueños tiernos y puros, así como realidades aplastantes.

Parte de la obra fotográfica de Héctor García es un viaje hacia ese México profundo que está ahí, cerca de nosotros y que no sabemos mirar por las prisas desmedidas de vivir a que nos conduce la vida moderna. Ese México profundo es el que Héctor García mira, siente, padece, ama y atrapa oportunamente. Es la realidad de cada día y a él no le interesa retocarla o transformarla; su trabajo es el testimonio, lo sabemos, de un reportero gráfico pero que no está reñido con el esteticismo, por lo que le imprime a su obra otra panorámica para poder apreciarla desde una doble perspectiva. Si sus fotos sobre la ciudad de México nos asombran y deslumbran por su veracidad, nos sobrecogen y lastiman por su ferocidad, nos hacen soñar y nos alborozan por su ternura y honestidad, se debe a que retrate a sus gentes, a sus calles, a los hechos y situaciones que llama míos” porque ahí nació.

Sus fotografías no admiten retoque a la hora del revelado y menos en el momento preciso cuando el ojo y el click de la cámara petrifican las imágenes relampagueantes. Aquí no hay tiempo de posar o de programar diálogos silenciosos que en la mayoría de los casos no son correspondidos. Héctor García, con un sentido angelical de adivinación se anticipa a las imágenes y las provoca, las sueña o las inventa, las cristaliza: las crea. Otras veces las figuraciones lo eligen a él para perpetuarse y con una mirada resbalosa y una sonrisa turbia mascullan su palabrerío —que sólo él escucha— frente al disparador que, seducido ante la inesperada y amorosa entrega, cicatriza la luz, convoca a las sombras y decreta su permanencia.

La belleza de esta obra redice en la supuesta sencillez de su concepción ontológica: en el claro pillaje de ánimas distraídas, lejanas u olvidadas de sí mismas: en el reto asumido con destreza al afrontar personajes huidizos a la cámara al tiempo que revelan su verdadera fantasía: en la disimulada sabiduría de aprovechar sigilos clandestinos reacios a un ojo común y corriente: en las metáforas subterráneas de los corazones sacadas a la luz a pesar de la negativa de sus poseedores: en el dolor de encarar con lucidez la miseria y los males que laceran, corroen y aniquilan las bondades humanas. A veces su belleza puede parecernos, a simple vista, un poco rigurosa porque no es nada complaciente a las miradas huecas, vacías, de aquellos a quienes la vida no concedió el privilegio, la gracia del tierno y elemental asombro.

Héctor García ha sido testigo de cargo de acontecimientos políticos, no sólo de México sino de todas partes del mundo, que han agrietado, roto, cambiado nuestras vidas; de catástrofes infinitas que nos han mermado la capacidad de sobrevivencia; de tiempos mejores o peores gastados en la inutilidad de una vida aparentemente gozosa. Ha sido cronista implacable de la ciudad de México que ha perdido espacios y se erosiona, se asfixia, se derrumba, así como de lugares y metrópolis apartados de la vista pero no de su corazón.

Héctor García ha sido defensor de los marginados que nos duelen, nos hieren, a pesar de sus silencios; de los pobres que los días de quincena se divierten en salones y cabaretes para olvidar iniquidades; de viejos y falsos revolucionarios que en el rostro han acumulado arrugas y decepciones; de niños inocentes que deambulan y mueren en el mundo ante la mirada indiferente, esquiva, de los hombres. Ha sido juez y parte, con su mirada amorosa y furtiva, de los aciertos y desmanes del amor que nos conducen al naufragio aquel en donde las aguas profundas, oscuras y desiertas pero templadas, verdecidas y saladas bañan, limpian, borran toda huella de soledosa compañía a la hora del apareamiento del hombre y la mujer.

El trotamundos de Héctor García, ser sorprendentemente político, con una arma poderosa —su cámara dirigida no por el dedo que oprime el disparador sino por el ojo centella que apresa la imagen— llegó a la China comunista largamente dormida para los moradores de Occidente, a hurgar, a olisquear entre sus reconditeces naturales de vida, a presenciar parte del milagro realizado por sus habitantes convencidos de los brotes multitudinarios de esperanza, sabiamente encaminados hacia la producción de realidades repartidas con equidad para que en la mirada de niños, hombres y mujeres, se proyectasen las luces que, contra viento y marea, han abierto nuevos caminos, Testigo fue de esta gran aventura, una de las más atrevidas, esperadas y espectaculares del siglo XX, que cimbró al mundo entero, En este trabajo se pueden apreciar las milenarias ansiedades religiosas que sostienen al hombre a pesar de todo destino manifiesto, la participación de la mujer en labores ágiles y pacientes realizadas en un entorno donde palpitan y asoman viejos-nuevos resplandores. Nosotros nos preguntamos como Héctor García: ¿Despertó el dragón?

Los disparos, provengan de la parte del mundo que sea, alertan su olfato y predisponen su ánimo aunque no salgan del vientre de una cámara. Las ráfagas de las ametralladoras iluminan y queman su rostro que se va marchitando conforme crece el ruido y se le agüita el alma y se le sube la indignación a los cabellos. Ya está en Líbano, tiempo se da para bucear y recoger momentos que, aparentemente, no tienen ninguna trascendencia pero que están grabados en el inconsciente y en el corazón de aquellos a quienes enaltecen las batallas que se libran al defender, a costa de todo, los más elementales principios de supervivencia. Presencias enmascaradas, lúcidamente definidas por las fotografías, aunque algunos no escondan sus rostros que filtran y destilan preocupación en los más jóvenes, rabia y compromiso en los demás. Espacios y aires a veces cerrados y nebulosos captados por la magia y la iracundia de Héctor García.

Pero Héctor, que por obra y gracia del espíritu santo es un furibundo descreído, un crítico implacable de los poderosos que conceden a sus reales y miserables facultades un mezquino beneficio, y un descastado corresponsal en las celebraciones más entrañables en las zonas indígenas importantes, aprovecha con deliberada malignidad su bien ganada fama de andariego y construye una historia con sólo tres palabras: Religión, magia y poder. Él sabe que la religión es el primero y último reducto espiritual en la “salvación” de la conciencia pesarosa del hombre y que ha estado ligada de manera permanente e indisoluble al poder, en una simbiosis perfecta de alienaciones encaminadas a manipular, someter y expoliar a sus feligreses.

Con una discreta pero lucida observación que alcanza significaciones insospechadas, Héctor García subraya, a través de su siempre exacta revelación, la mísera diferencia que existe dentro de un mismo “reinado” entre un sacerdote pueblerino menor cobrándole a los humildes el diezmo obligatorio para el “rescate” de su alma, y el lujo, el boato, el torpe despilfarro de aquellas modestas pero sangrantes contribuciones a manos de autoridades eclesiásticas de primer rango que en descarada confabulación de cínicas suntuosidades comparten con el poder, representado por los militares en la época franquista, el botín, Héctor García, que rechaza, aunque las exhiba, las debilidades humanas que tienen que ver más con iniquidades que con el disfrute y goce de los sentidos, toma vuelo, se da vuelo, alcanza vuelo. Como él es un mago y lo que no alcanza a mirar lo inventa su cámara, nada mejor que zarpar de viacrucis remotos a las cercanías territoriales y milagrosas para internarse en lugares sagrados donde la imaginación y el equilibrio ocular sufren severas transformaciones: Día de muertos en Janitzio, juego de luces y sombras, de vida y muerte. El blanco y el negro entablan una lucha cuerpo a cuerpo y todos estamos muertos, ellos y nosotros; quizá más nosotros que ellos. La ofrenda es una mea culpa por ocupar un sitio en la tierra y de pronto nos preguntamos si los cirios que se queman este año nacen al siguiente, sin olvidar que aquí hasta la muerte es de dulce, Héctor García está en su elemento, él escribe con luz y la sombra le hace sombra. Un salto de Michoacán a Nayarit y antes de que los Coras se den cuenta, Héctor aprieta el disparador de su cámara mientras celebran las festividades de la semana santa personificando a los demonios de Judea. Ante nuestros ojos, atónitos, un desfile fantasmagórico de torsos desnudos, cuerpos pintarrajeados y máscaras deslumbrantes de animales que esconden en su interior el verdadero rostro. Héctor García hechizado por esta ceremonia detiene en la retina los demonios ocultos en cada uno de los cuerpos que con sobrada parsimonia esperan la hora de la purificación cuando el río lave y se lleve las impurezas que cubren su anatomía. Fotografías hermosas, auténticas, desgarradoras por las que el artista sucumbió a que lo habitaran los mefistofélicos. Hay fotógrafos para quienes los interiores reafirman las excelencias de su obra personal al evitar los grandes espacios, los sitios abiertos, porque airean y alumbran en demasía los ángulos en los que se mueven con una cierta severidad, Héctor García es todo lo contrario. Nacido en un céntrico vecindario de la ciudad de México, muy niño se vio obligado a ganar La calle y resultó que la calle se lo ganó a él. Pata de perro —como lo llamaba su madre— por vocación y destino, deambulaba, conforme su astucia se lo iba permitiendo, por las vías, callejones y avenidas a las que su imaginación y los oficios infantiles que ejerció lo conducían. No es arriesgado señalar que quizá la parte más importante de su monumental obra fotográfica esté tomada en exteriores acatando su sino original.

No le quedó, pues, más remedio que lanzarse a las calles, a esos vericuetos por los que no transita Dios, y apoderarse de ellas, recorrerlas una y otra vez hasta que reconocieran sus pisadas y los transeúntes abandonaran su aire grave y meditabundo que los hacía verse inclementes. No tuvo tregua. No tiene. Como quien ha perdido su ánima y sale en su busca y no la encuentra, Héctor García zanganea por todos los rincones cámara en ristre y el mundo callejero, a un llamado suyo, pasa revista. Su vocación de reportero gráfico, político, creador —todas en una— toca elevaciones cuando la cámara se abre y se cierra ante la inminencia libertaria del hombre en movimientos sociales, como el vallejismo y el de 68, que han renovado la vida. El rostro arrugado de un anciano con su rústica soledad, en plena decadencia, lo acecha —ojo mirado— desde la puerta de toriles en una plaza de toros, Héctor García lo mira, lo atrapa, dice ¡olé! y desaparece. En su querido barrio de la Candelaria de los Patos pesca a unos inquilinos a la entrada de la vecindad y un chavo lo sorprende con un ademán entre divertido y obsceno para darle una sopa de su propio chocolate. Una celestina edilicia se enjarra retadoramente mientras una pareja intercambia sonrisas y palabras antes de interpretar la farsa que se puede alargar a tres actos, A veces en la ciudad de México diluvia y uno de esos días se detiene por la insólita aparición de un Tláloc moderno en una esquina del centro, en medio de un caudaloso río urbano, en el que hace alarde de dirigir el tráfico marítimo y de sus poderes atmosféricos. Mojado y alucinado se toma un descanso en una de las bancas de la plaza Garibaldi, corazón del mariachi. Ensordecido queda herido de muerte, como un San Sebastián atravesado por las flechas disparadas por sus propios idólatras, al descubrir que de un vientre de concreto nace la imagen que Malraux calificó como una de las más crueles de nuestro tiempo. Aquí Héctor García, demudado, encuentra por fin su ánima. Pero las calles de México se le hacen pocas y remonta océanos que por supuesto no se le abren para cruzar al otro continente. En las grandes capitales europeas siguió vagando, ahora como ánima en pena, y encontró para fortuna nuestra las imágenes que le salen al paso, acomodadas a su ojo avizor, con grandes contrastes, divertidas, ensoñadoras y puntuales.

La mujer, la otra cara de la moneda, la mitad dispar pero exacto complemento para que el hombre aspire a ser entero, es un tema recurrente en la obra de Héctor García, en cualquier latitud y en todas las etapas de la vida al imponer a sus claros deseos sus oscuras meditaciones. Para Héctor, como para Mao-Tse-Tung, la mujer sostiene la otra mitad del universo. Por eso desde temprana edad son sus protagonistas. Su apasionamiento hacia la figura femenina lo guía, aparte de su primitiva condición de varón, una sapiente observación, un tanteo más que orgánico, sentimental, amoroso, que sale a flote a propósito de su oculta y callada mansedumbre y en el valeroso estoicismo con que cargan a cuestas la parte de la creación que les corresponde.

Las mujeres de Héctor García reunidas al azar, aún desde niñas, plasman en su personalidad el eco, los contornos, la dimensión primaria y rotunda de la mayoría de las Evas del mundo que desde su infancia, sabedoras del destino que las aguarda en una sociedad escandalosamente machista por los dos mil años de tradición judeo-cristiana —opresión disminuida en este siglo gracias a oportunas tomas de conciencia— acusan un apresurado instinto que las induce a escapar de la oscuridad para ganar la luz, o a una silenciosa y sabia disposición de dejar al descubierto un único ojo —dos son uno— para desde allí mirar cómo pasa la vida.

En cada una de estas fotografías el aire de cualquier región confiere a los personajes, más que los tocados o las vestimentas que las cubren, guardan u ocultan, un reconocimiento ancestral inmediato porque la cámara se ha apoderado de los rumores que el viento habla en sus idiomas varios. Las evidencias son el resultado de un escudriñamiento instantáneo, a vuelo de pájaro, y de una atracción canibalesca —llamémosle así— que más tarda en rozar la retina y exaltar los sentidos que la mano en apretar el disparador.

Estas mujeres resumen, en un sólo registro, el tributo de Héctor García para con la creación original. Los rostros son el vivo espejo de su realidad inmediata acuñada con antelación, a veces arrastrada desde siglos, en los que se reflejan no el drama, el dolor, la ira o la risa personales, sino que su influjo, su fuerza, su desgarradura, su sonrisa espontánea o enigmática, reproducen en lunas infinitas las imágenes reveladoras de una determinada estirpe, merced a una profunda visión del ojo que raudo y veloz se pega a la cámara para detener ese instante de gracia que no volverá a repetirse.

Las protagonistas han sido sorprendidas en el gesto y la pose que las distingue, iluminándonos al mismo tiempo sobre su oficio para el que fueron convocadas, practicado per se con cierta secreta alegoría o con apesadumbrado silencio. Todo un complejo tratado de filiación resuelto admirablemente entre luz y sombras, sin aspavientos inútiles ni sofisticadas técnicas, sin falsos encantos ni cirugía innecesaria, sin torpes manifestaciones compasivas ni recelosas marginalidades. Naturales, tan natural como transcurre la vida.

El reportero gráfico, el artista que nos ha descubierto el rostro (los rostros) profundo(s) de México y del mundo en una sucesión de imágenes sacadas del gran teatro del mundo callejero; el adelantado que en cada fotografía nos lanza a la cara una pacífica pero doliente recriminación, además de aclararnos la mirada a través de percepciones que por su espléndido lirismo y su exiliada belleza cruel nos sacuden y cambian por dentro, no podía escurrir el gran desafío que significa capturar en una sola imagen algo o mucho de la controvertida personalidad de un artista. Para que la cuña apriete… Sabemos que es endemoniadamente difícil aproximar al lector —¿No dice Héctor García que la fotografía es una escritura de luz?, pues a leerla, pues— a la substancia más noble de cualquier ser humano, y Héctor lo hace casi por costumbre, cuantimás tratándose de celebridades que con una obra y una vida vasta, intensa, que escribieron de su puño y letra, no llegamos a presentirlos del todo. El desafío es mayor porque la celebridad que los rodea ya nos ha arrojado ciertos destellos que nos autorizan a imaginarlos o a inventarlos de acuerdo a nuestros conocimientos; esto puede falsear un poco la visualidad de Héctor García frente a nosotros, o hacernos coincidir en justas y serias apreciaciones. Sin embargo, para un espectador virgen, es decir, inexperto en rozarse con la obra y la vida de tal o cual personaje —¿Quién dice que el Che Guevara no es un artista?— puede parecerle un juego delirante, de hecho lo es, al tratar de dilucidar por medio de la fotografía sus signos verdaderos. Aquí están, entre otros, Diego Rivera confundido con las figuras esperpénticas que tanto amó; Rubén Salazar Mallén presumiendo su rabiosa mirada y su gesto retador que tantos enemigos le acarreó; Juan Vicente Melo sonriendo después de amanecer a pesar de su obediencia nocturna; Juan de la Cabada entre un redondel de luz en una de sus actitudes de nigromancia; Jorge Luis Borges semiborrado por los apabullantes efectos de una catarata que al final lo dejó ciego; José Clemente Orozco en un magistral acercamiento en el que su mano sigue nombrando al mundo; Rosario Castellanos interrogando a un espejo cruel que no tiene ninguna respuesta; Frida Kahlo enrollada, ensortijada en sí misma achichihuando a su querido perro mexicano; Juan Rulfo con los murmullos y silencios —detonadores pirotécnicos— con que inventó a Pedro Páramo.
Diego Rivera en 1955, ante la evidente revelación de la fotografía afirmaba que no pueden seguir negando su calidad de arte a la fotografía que posiblemente sea —sobre todo en la cinematografía y el reportaje fotográfico— la expresión más viva de la plástica moderna, con tanto derecho a la denominación de obra de arte como la que sea resultado de cualquier otra técnica”. Con la obra de Héctor García se consolida este juicio.

La obra de Héctor García es, lugar común, vasta y múltiple. La selección fotográfica de Camera oscura, que es apenas un pequeño mordisco a un fruto prodigioso que mientras más se corta —como la lujuria— más crece, no hubiese sido posible sin la odisea emprendida por Pepe Maya para bucear con sus ojos bien abiertos, sin enceguecerse, en esta otra odisea de la luz inventada, imaginada, soñada, creada por Héctor García para perpetrar y perpetuar su maravillosa escritura. Desde sus inicios como reportero gráfico —y todavía lo es— hace ya cincuenta años ha recorrido un largo trecho y, sin proponérselo, por esa fidelidad indestructible a su oficio original, ha llegado a ser orfebre y maestro. Sin él nuestra ciudad de México no sería la misma y el mundo no se nos hubiese entregado con tanta claridad. Muchas de las imágenes realistas, relampagueantes y oportunas de su obra, gracias a su magia y a su genio, descansan ya impregnadas de eternidad.

* Tomado del libro Camera oscura. Héctor García. Gobierno del estado de Veracruz. Primera Edición, 1992. México, D. F. 92 pp.