REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

La teoría electorera del “menos peor” y la simplificación aburguesada de la realidad


Julio Muñoz Rubio

En incontables ocasiones, la izquierda mexicana, incluso la que se asume independiente y revolucionaria, a pesar de contar con un corpus teórico propio de una gran riqueza: la dialéctica, ha caído en las redes del positivismo, del mecanicismo, con su componente reduccionista y del pragmatismo. En la mayoría de los casos, esta izquierda ha adoptado de una visión simplificada del mundo, una visión esencialista propia de la burguesía. Así, se ha lanzado a la lucha con mucho entusiasmo pero muy frecuentemente con una visión coyunturalista, parcial y lineal de la sociedad.

Ignorando las cuestiones fundamentales del método y cegada por este entusiasmo momentaneísta, no ha alcanzado a elaborar una concepción coherente de mediano y largo plazo, para lo cual se requiere superar esa visión cartesiana del mundo y aplicar una metodología que dé cuenta de la complejidad; un análisis del mundo como relaciones, es decir, como vínculos entre lo distinto, como interacciones en distintos planos, ritmos y direcciones; análisis históricos que hagan comprender la realidad como movimiento, como oposición.
En este momento en México, en la coyuntura electoral que nos atraviesa, numerosos teóricos de esa izquierda, así como organizaciones, manifiestan una vez más esa ausencia del método dialéctico en sus análisis, expresan una profunda incomprensión de lo que es la complejidad del Estado y de sus relaciones con la sociedad y vuelven, en cambio a las concepciones esencialistas, monistas, uni-casuales, mecanicistas, deterministas y lineales; se expresan concepciones inconexas, parciales y parcializadas de lo que es este país y sus instituciones. De ese modo, han llegado a elaborar la socorrida teoría del “mal menor” o del candidato “menos peor” como alternativa frente a los “peores”, para justificar el apoyo a López Obrador. Han recurrido una vez más a la tan siniestra elaboración de la lucha contra el llamado “enemigo principal” que tan catastróficas consecuencias ha tenido a lo largo de la historia del movimiento socialista y obrero a escala mundial.

De acuerdo con esta teoría, ese “enemigo principal” es concebido como la causa esencial de todos los males de este país, encarna y es en sí la propiedad fundamental del mal, la cual transmite y propaga al resto de la sociedad. Eliminado éste, sus subordinados desaparecerán automáticamente o cuando menos se debilitarán. Se quita una pieza que funciona mal y se pone en su lugar otra que funciona bien. Se crea la ilusión, dentro de este esquema, de que los enemigos secundarios pueden, en el curso de esta pugna, ser cooptados a una alternativa revolucionaria o progresista dada su “debilidad”, o, precisamente a causa de ella misma, harán más fácil el desarrollo de las alternativas revolucionarias. No sólo no opondrán tanta resistencia sino que incluso pueden ser quienes lleguen a liderar un cambio más profundo.

Todo esto alude a una analogía con una máquina, la cual puede ser desarmada e inutilizada tan sólo con sustraerle algunas de sus partes indispensables y posteriormente rearreglada con refacciones nuevas. Como si fuera un motor, una computadora o un sistema eléctrico.

No se comprende que los sistemas de dominación no funcionan a la manera de los sistemas de cuerpos simples en movimiento, como sistemas de fuerzas newtonianos, o a la manera de sistemas de inputs-outputs. Son sistemas que muestran una mucho mayor complejidad y flexibilidad que los mostrados en sistemas de coordenadas cartesianas, no son sistemas que puedan ser comprendidos en función del comportamiento de una variable independiente y otra dependiente con la que se pueda jugar a voluntad y predecir la respuesta de la variable independiente, como es el caso de los sistemas simples y homogéneos estudiados por la física clásica. En realidad, los sistemas de dominación son sistemas sumamente flexibles, muy heterogéneos, que son capaces de rearreglarse y recomponerse en el total de sus elementos integrantes y en sus relaciones, manteniendo las propiedades que le dan sentido mientras no se les oponga una contra-sistematicidad, una real contra-hegemonía, la cual no se da si no es por la intervención del elemento subjetivo-consciente que le pueda hacer frente, no como una máquina sino como un proceso integral y global, como una totalidad.
Esta concepción fragmentaria y mecanicista del mal menor y el enemigo principal impide comprender que los sistemas de dominación están compuestos por elementos intercambiables, transferibles; que adoptan ciertas variantes en un momento y otras en otro, pero que siempre mantienen sus pilares constitutivos, los cuales no aparecen o desaparecen sólo con la persona que ocupa la presidencia o el partido que tiene la mayoría en el parlamento.

Esta teoría del mal menor concibe al poder y sus sistemas e instituciones como un conjunto de parcelas delimitadas, difícilmente transitables a través de sus paredes. Como si estuvieran repartidas de antemano y fijamente, o como si la repartición fuera un acuerdo que se celebrase de tanto en tanto, después de cada proceso electoral: “Esto, esto y esto para ti; esto, esto y esto para mí”, y estuviera vedado entrar en las celdas y feudos del otro hasta no celebrarse otra repartición del poder. De este modo, parece que se podría predecir, por medio de operaciones aritméticas, lo que cada candidato, su partido y su fracción parlamentaria harían en caso de ganar una elección. ¡Como si el poder, juzgado como un todo, fuera un reparto rígido de cuotas que adoptaran formas de propiedad privada! En realidad el sistema burgués de dominación se integra y constituye por instituciones, prácticas, valores, principios, necesidades, que son expresión de las formas de conciencia social, y que comprenden a los individuos, pero los atraviesan y van más allá de ellos, los engullen y anulan o los encumbran y protegen; se expresan de acuerdo con las situaciones específicas que se le presentan al sistema.
Frecuentemente esta visión mecanicista tiende a confundir y a equiparar al gobierno con el Estado y pensar en consecuencia que estos cambios mecánicos en el gobierno serán los modificaciones de todo el Estado. Pero el gobierno y dentro de él el poder ejecutivo no son el Estado, son solamente una parte de él. El Estado está constituido por el conjunto de las instituciones permanentes que persiguen producir, reproducir y defender el sistema de dominación en conjunto, como un todo, tanto los aspectos de la vida pública y sus diferentes ámbitos, como los de la vida privada, desde las relaciones laborales hasta la estructura psíquica del individuo; desde los principios legales y morales hasta las preferencias políticas, estéticas, la sexualidad, los sentimientos y la cultura toda. Ejemplos de instituciones o aparatos ideológicos del Estado son el poder ejecutivo, los congresos, el poder judicial, los partidos políticos burgueses, la escuela, las instituciones eclesiásticas, la familia, los medios de comunicación, la prensa; todos ellos, aparatos ideológicos de dominación, en tanto el ejército, la policía y los grupos paramilitares y gangsteriles constituirían los aparatos represivos de dominación del Estado.

El Estado capitalista se presenta siempre como un conjunto de instituciones que aparentemente se encuentran por encima de los conflictos sociales y de las clases; se exhibe como árbitro “neutral”, como mero regulador de los conflictos, pero en realidad su función es la de garantizar y proteger los intereses de la clase dominante, la sumisión de las clases subalternas, y para ello es preciso que oculte la verdadera estructura social, las verdaderas relaciones entre las clases sociales y sus miembros, los verdaderos resortes que producen la explotación capitalista, la frustración, la injusticia y la falta de libertad.

Al interior de cada una de las instituciones del Estado y entre ellas, se manifiestan movimientos que expresan o reflejan las contradicciones y movimientos de la sociedad, valorados y concebidos de acuerdo con las concepciones, formas y categorías de la clase dominante, en la actualidad de la burguesía. El movimiento intra-institucional de actividades tiene una cierta autonomía con respecto a las otras instituciones del Estado, pero al mismo tiempo hay un movimiento correspondiente a las relaciones inter-institucionales, en donde se integran (no se suman) en un nivel cualitativamente distinto los movimientos intra-institucionales; se niegan para afirmarse en un nivel cualitativamente distinto. Finalmente se dan los movimientos de la relación Estado-sociedad. Y decir sociedad es decir sociedad de clases, es hablar de formas concretas, específicas de conciencia social, es hablar de la irrupción de formas determinadas de subjetividad en la vida de un país o de la humanidad toda. Todo esto es lo que hace terriblemente compleja, y heterogénea a la sociedad y al Estado. Es lo que hace que su funcionamiento no sea algo mecánico y simple.

La complejidad de los movimientos dentro de y entre todos esos niveles de análisis nos puede dar una serie de resultados “inesperados” si atendemos a una noción no exclusiva de mayorías/minorías partidarias, como sistemas más o menos cerrados. Más inesperados aún serán si la reducimos a una figura quasi monárquica de un jefe de Estado que controlaría las decisiones más o menos a discreción.
Todo este conjunto de movimientos cruzados verticales-horizontales-transversales se manifiestan en numerosas direcciones simultáneas, no rectas siempre. No es el mando y voluntad de una jerarquía tomada como “superior” la que decide por igual sobre unos y otros. Son estos movimientos, que se refieren a formas y niveles de conciencia social y subjetividades los que deciden en unas direcciones y no necesariamente en otras, dependiendo de contextos específicos. Minorías y mayorías congresuales se recomponen y rehacen, así como sus conciencias y las de sus representantes. Así lo hacen todas las instituciones del Estado.
Un aparato ideológico de dominación o un represivo pueden mutar, mimetizarse, fragmentarse y dividirse o exhibirse ostentosamente en distintas etapas del ejercicio del poder, pero buscará seguir cumpliendo su función dentro del todo que es el Estado: el aparato global de dominación.

Los partidos políticos de concepción burguesa (como los que dominan en un 100% a la clase política mexicana) se reparten al electorado para manipularlo y enajenarlo de diversas maneras. Cada uno de ellos cumple una función y juega un papel más o menos relevante según su relación con tal o cual grupo social.

Toda forma de capitalismo que se haya desarrollado al menos desde la primera posguerra, tiene contenida en su seno al menos el germen del fascismo y de la violencia, es algo necesario e imprescindible para el sistema, pues en su creciente decadencia no puede ofrecer satisfactores a las masas y pueblos del mundo. En todo estado existen esos núcleos fascistas o profascistas, cerrados más o menos clandestinos, a veces ultrasecretos, incluso dentro de los gobiernos democrático-burgueses. Para muestra podemos citar la actuación de esos grupos en los asesinatos de John y Robert Kennedy, Martin Luther King y Malcolm X en EUA en la década de los 60’s.

En México, la derecha ha permitido y fomentado la violencia en el país y las instituciones que la promueven, no sólo con el ejército en las calles o la PFP, sino con la formación de gran cantidad de paramilitares. No debe perderse de vista que cárteles de la droga con sus respectivos sicarios, son parte del Estado, no son milicias populares ni guerrillas revolucionarias, son elementos que juegan a favor de una militarización integral de la sociedad, del fomento de la violencia extrema porque fomentan con ella el miedo entre la población. Ésa es la función social que la violencia del régimen cumple frente a la sociedad civil, ésa es la misión que el sistema ha asignado a todos esos aparatos junto con el ejército policía, granaderos, judiciales, porros, etc. Tales aparatos pueden mostrar, desde luego, divisiones profundas en el seno del Estado, pues éste no es un ente monolítico. Pueden, entre sí, transferirse sus funciones con arreglo a la situación social o a la necesidad de esconder la presencia de algunos y realzar la de otros, pero siempre manteniendo a la represión y a la violencia como elemento estructural del capitalismo mexicano. Pensar que la llegada de AMLO: el “menos peor” a la presidencia de la republica va a acabar con la violencia institucional o al menos a aminorarla como consecuencia del hecho formal de ganar las elecciones, es aplicar un razonamiento mecanicista y vulgar, inválido para el análisis del Estado; es no tener idea de la fuerza que la violencia ha cobrado como una necesidad propia del sistema mexicano a distintos niveles, desde el económico y el reparto de los mercados hasta el psicológico, ni de su complejidad, ni de la enorme diversidad y flexibilidad que el Estado tiene para echar mano de la misma, al margen o incluso contra quienes dentro del mismo, se opongan (en su caso) al uso de ella.

Quienes inocentemente y de buena intención piensan que impidiendo la llegada de Peña Nieto a la presidencia y garantizando el triunfo de AMLO, la represión en el país va a disminuir, ignoran todo ese complejo funcionamiento del Estado en general y del Estado mexicano actual. El candidato “menos peor” sólo tiene validez como figura ideal, en el imaginario colectivo, en el mundo de la ilusión, en el del deseo que cree que puede hacerse realidad con sólo desearlo, no con la construcción de una alternativa, opuesta al Estado como un todo.

AMLO, para hablar de otras cosas, puede llevar al congreso los acuerdos de San Andrés para que sean aprobados (como lo prometió por allí en su campaña). Incluso imaginando que contase con una mayoría legislativa que lo hiciera, incluso sin las traiciones de los legisladores de su propio partido. Pero la aprobación de esa ley no va a garantizar que pueda detener el hostigamiento a las comunidades zapatistas de Chiapas, ni desmovilizar a los paramilitares. Eso está fuera de su control porque hay otras instituciones del Estado mexicano actual que funcionan bajo sus propios ritmos, jerarquías y mandos. Para detener esa violencia se requiere la resistencia de formas de autoorganización contrarias y opuestas frontalmente a las del Estado, en este caso: las del EZLN y las comunidades indígenas zapatistas de la región.

AMLO puede darse el lujo de expresar baladronadas como la de que de llegar a la presidencia va a destituir a Elba Esther Gordillo del SNTE. Más allá de que esa resulta una inadmisible intromisión suya en la vida interna de tal sindicato (por buenas que sean sus intenciones), correspondiente a su visión priísta de los sindicatos como corporaciones del Estado, la destitución de esa mujer enfrentará la oposición poderosa de todos sus partidarios. ¿Quién puede creer que todos ellos van a aceptar dócil y sumisamente sus decretos? La única fuerza capaz de sanear y democratizar a ese y cualquier sindicato está en la de sus agremiados, en una dinámica de ruptura con sus vínculos con el Estado.

Tampoco es correcta la tesis según la cual la llegada de AMLO a la presidencia es el mal menor porque con él se tienen mejores condiciones para avanzar en la lucha por el socialismo que si llegara Peña Nieto o Josefina, que por ello constituye aunque sea “un paso” adelante. Tal idea es una muestra de la aplicación de ese método mecanicista y determinista, según el cual la historia es un desarrollo lineal en donde la situación de las instituciones y las formas de la conciencia social de un momento concreto determinan las del siguiente en una dirección preescrita en el resultado mismo de las votaciones; si gana AMLO vamos para “adelante”, para “atrás” iremos si gana Peña Nieto. Es la mejor muestra del desconocimiento de la complejidad del Estado mexicano y de las relaciones sociales entre e intra clases. Es la aplicación de un modelo progresionista lineal según el cual la existencia de formas “liberales” de un gobierno burgués es condición no sólo necesaria, sino imprescindible para posibilitar la construcción del socialismo, que el capitalismo, una vez que se democratiza, lleva de manera natural al socialismo, que éste está predeterminado ya en el capitalismo con tal de que se le pueda “democratizar”. Todo es observado como un proceso ahistórico, supra social y jerarquizante, en el cual quienes son los capaces e imprescindibles para determinar la dirección de la sociedad son los líderes y tribunos de la burguesía; es el retraimiento a una concepción según la cual los individuos de las clases explotadas sólo pueden servir como objetos cuya función se limita a llevar al gobierno a personajes que sean los que decidan, externamente a aquellos, sobre las transformaciones sociales, pero esta concepción no admite que los explotados puedan ser sujetos activos de la transformación social global, nunca como agentes de una revolución que les sea propia. Bajo esta lógica determinista, si en el 2012 AMLO llega a la presidencia, preparará las condiciones para que en el 2018 llegue otro aunque sea un poco menos peor que él, para el 2024 otro aun menos peor y así hasta que automáticamente, sin la irrupción de las masas explotadas tengamos un gobierno socialista sin revolución, sin consciencia de clase.

No se toma en cuenta el elemento subjetivo de todo estado y proceso social. No se toman en cuenta las formas específicas de conciencia social de los explotados. A pesar de la experiencia nacional e internacional concreta, no se asimila el hecho de que éstas sufren avances y retrocesos en la historia y que en México han sufrido un retroceso histórico desde la formación del PRD en 1988-89. La caída de las organizaciones de la izquierda independiente en ese proyecto, ajeno por su condición de clase y su visión del mundo, precipitaron el retroceso de la conciencia de millones de mexicanos. En la actualidad AMLO está profundizando la enajenación de la conciencia de los explotados, cooptando y dirigiendo a sus feudos distintas formas de descontento social, para poder controlarlas dentro de los límites de lo que el Estado permite, ése es el sentido de instituciones como MORENA, otro aparato ideológico del Estado.

Las personas y organizaciones que dirigen sus esfuerzos para posibilitar la llegada de este personaje a la presidencia, están sembrando y ayudando a sembrar ilusiones entre el pueblo de México, en que será AMLO quien mesiánicamente solucione los problemas de este país. La conciencia de los explotados que optan por AMLO es una conciencia ciertamente más desarrollada que las de los electores del PRI, el PAN o el PANAL, pero que comparada con las potencialidades que pueden desdoblar y expresar, permanecen en un estado de aletargamiento relativo, que no les permite alcanzar el estado de autoconciencia, o sea de conciencia de la conciencia; sigue siendo una conciencia de seres en sí, no de seres y de clases para sí. No de seres que despliegan el conjunto de sus relaciones y capacidades subjetivas propias en la arena social. No se considera que el problema de la transformación social y de las relaciones sociales sea un problema de condiciones subjetivas, todo permanece en una concepción administrativista y burocrática del mundo.

Por estas razones me permito rechazar la tesis del candidato “menos peor” para las elecciones federales de 2012 y me pronuncio por una ruptura de los excluidos, con las organizaciones e instituciones de Estado. En la selva lacandona, en Morelia, Cherán, Oaxaca, Ayotzinapa, en algunas expresiones del incipiente pero constante movimiento de diversidad sexual, y el ecologista; y esperemos que en el movimiento de jóvenes y estudiantes que comienza a generarse, están algunos de esos gérmenes de ruptura. Hay que seguir su ejemplo.

Nadie nos representa, ni requerimos de una representación. Repudio a la farsa electoral 2012.

22 de mayo de 2012, 17:00 hrs.