REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Valdivia


Roberto Bravo

Quizá la ciudad más bella de Chile es Valdivia, una península entre tres ríos: El Calle-Calle, el Valdivia, y en la nariz el Cau-Cau. Sus calles limpias, sus casas y pequeños edificios pintados como para ir de fiesta, las corrientes limpias de agua que la circundan, la brisa templada y sin prisa, hacen de ella el reflejo dorado de unos ojos verdes que miran al cosmos indiferentes.

Pequeños hoteles costean la rivera desde donde se miran niños, parejas, y turistas caminar sin propósito. Valdivia y el campo que la rodea, es una región que los fundamentalistas del medio ambiente adoptarían bajando del autobús. Excepto Santiago y ciudades aledañas, Chile es un país donde se respira el aire del océano o de las montañas.

Fundada por los españoles, es la parte austral del país donde la belleza conquistada a la naturaleza es armónica. Habíamos estado en Puerto Montt, Osorno, Puerto Varas, y al entrar en Valdivia decidimos quedarnos unos días. Los lugares anteriores nos ofrecieron algo pobre comparado con ella.

Chile como Argentina fueron receptores de población europea, entre ellos alemanes, quienes llevaron no solamente su nacionalismo sino su cultura en general. En la actualidad es común ver espectaculares publicitarios de productos alimenticios con el slogan “El sabor alemán que tanto nos gusta” o algo parecido.

La Mesopotamia, hoy Irak, Irán, y territorios aledaños, proporcionaron a los chilenos, argentinos y al mundo, diferentes tipos de cereales, la cerveza, el vino, el trigo, la domesticación de los diferentes tipos de ganado, entre otras cosas. Estos productos pasaron a Europa primero, y los de ese continente, cuando llegaron a América, trajeron consigo y trasplantaron en las nuevas tierras.

En la actualidad, buena cerveza y buen vino hay casi en todo el mundo, no son privilegio de los europeos únicamente, sino que africanos, australianos, asiáticos, chilenos, argentinos y mexicanos, los poseen tan buenos como ellos.

La cerveza como el vino es de fabricación casera, y las familias hacían la propia para su consumo tiempo atrás. En Chile, las primeras empresas cerveceras las fundaron alemanes, y una de ellas fue precisamente en Valdivia. Desde el siglo XIX, la fábrica establecida allí producía ya doce millones de litros anuales. Hoy, existe una feria patrocinada por esta cervecería, en donde jóvenes vestidos típicamente como bávaros, regalan vasos de cerveza, y en grupo, bailan danzas de los campesinos alemanes al compás de grupos musicales que tocan de esa manera. A la feria asisten, invitados, asociaciones argentinas que persiguen el propósito de conservar la herencia folklórica de sus antepasados germanos.

Los alemanes como colonos deben tener garantizados sus derechos para una vida cultural necesaria, es importante que así sea. Sobre todo para esos alemanes de primera generación y sus descendientes, aunque naturalmente no estoy de acuerdo en la admiración exagerada hacía sus costumbres. Al ver estas manifestaciones en el parque central de Valdivia, me parecieron fuera de lugar, y un tanto ridículas por lo mismo. Bebí un vaso de cerveza clara, que en la mañana calurosa me supo excelente.

En México escuché reír a un escocés que fue invitado a cenar por una asociación de “escoceses”, porque estando con ellos se enteró que eran nietos, bisnietos y tataranietos de sus paisanos. Esto le pareció cómico porque se asumían como tales y lo mostraban de manera afectada. Se sintió incómodo, le resultaron ficticios. Sucede así a extranjeros, cuando la cultura del país al que llegan, sin ser pobre, no les ofrece elementos para asimilarse, mantienen sus costumbres, y les resulta penoso vivir sin ellas. No obstante, es absurdo pensar que a donde uno vaya nuestro país va con nosotros, uno es el lugar donde vive, pero eso a quienes ostentan esta conducta nada significa, porque sienten que fuera de su territorio sufren una carencia, son pobres sin su nacionalidad, porque su vaciedad les hace pensar que no tienen más que eso, como un millonario que al no poder mostrar a los demás su riqueza se siente perdido. Esta distinción, para ellos, no indica una diversidad, sino una diferencia que connota: amo-siervo, superior-inferior, dueño y sirviente, creyente e infiel. No ser alemán, no ser judío, no ser musulmán, no ser japonés, no ser mexicano, no ser estadunidense, no ser inglés, no ser blanco, no ser hermoso, etc.

Toda ciudad cuya belleza física atraiga al turismo, siente la necesidad no solamente de ofrecer entretenimiento a sus visitantes, sino busca también atraerlos a través de sus museos. Valdivia no es la excepción. Sólo que los que tiene, son las casas de los colonos alemanes que enriquecieron en el lugar, y son verdaderamente pobres en cuanto a su contenido; el gusto de los que fueron sus ocupantes, dista mucho de ser ejemplar. Lo peor es que cobran por entrar una cantidad considerable. El edificio de la antigua cervecería, por ejemplo, muy a la moda dictada por Europa, lo convirtieron en una galería de arte. Está frente al río y es tan húmeda que en sus paredes el aplanado no existe. Se respira en ella el efluvio de los desperdicios que no alcanzan a irse en la corriente de agua. Se confunde su aire con el olor de unos leones o vacas marinas que se encuentran corriente abajo (o arriba). La exposición de óleos que exhibían dejaba mucho que desear aun en un artista principiante, y cuando quisieron cobrarme por verla, dije a Teresita:
--No debo pagar por ver cuadros tan malos.
Ella me pidió que bajara la voz porque el boletero me escuchaba.
--Sé discreto.
Valdivia es sus alrededores, su aire, ríos, vegetación; estos elementos provocan una relajación especial al que la camina sin objetivos.
La comida chilena no es algo que llama la atención, y en Valdivia es eso, un tanto básica, pero lo suficientemente buena para dejar saciado a un hambriento.

Otro día tomamos la carretera rumbo al mar y vimos la naturaleza cultivada por el hombre que es similar en todas las latitudes, pero más adelante, encontramos la belleza que presentí a mi llegada, la naturaleza natural, la sostenida por sí misma sin la ayuda de jardineros ni campesinos, poseía en la costa el encanto, el distanciamiento e impasibilidad de lo trágico.

La tarde nublada, el viento golpeaba mi rostro con gotas de lluvia. El cielo era un borbollón de corrientes de aire y nubes encontradas, gris, oscuro, con espacios nebulosos. El mar acerado machacaba a las rocas una y otra vez con violencia. Teresita, metida en el agua hasta los tobillos, sufría los embates de las olas y la resaca. La marea empezaba a subir. La vi tratando de fijar su tripié, y tomar fotografías, una tras otra, a los elementos, a las nubes, al chisporroteo del agua, a las rocas, a la bahía que se extendía con una arena gris oscura de piedra volcánica. Las casas tras mi espalda se descolgaban de los cerros, elementales, de materiales baratos, algunas abandonadas, pequeñas como viviendas de marineros, como construcciones de quita y pon según se portara el océano con ellas. Había alertas de tsunami. Me sentí un héroe romántico parado en la roca a la que no alcanzaban las olas desafiando al horizonte.

A veces los elementos de la naturaleza se conjugan para crear algo más allá de la belleza, imágenes y sensaciones se asocian y provocan una lejanía, una percepción que rebasa lo existente.

Salí de mi arrobamiento cuando Teresita subió a donde estaba y me pidió que sostuviera por un momento el equipo fotográfico mientras secaba sus pies y colocaba en ellos las botas.

El lugar se llama Niebla.

Al lado de la carretera se levanta el poblado; en el local donde hacen los eventos de la comunidad, realizaban lo que llaman un “Encuentro Costumbrista”. Se trata de una feria de comida típica donde, frente a los comensales, grupos de danza folklórica chilena, y un conjunto de música autóctona toca para que bailen cuecas y otros ritmos nacionales en el escenario. Bebimos chicha de uva, de manzana y mote con huesillos (como la chicha, el mote es una bebida refrescante hecha con granos de trigo y duraznos deshidratados); comimos pescado y una parrillada. El lugar era enorme, y había tantas personas que nos tomó tiempo encontrar una mesa donde alimentarnos. Al terminar la variedad oscurecía, salimos con lluvia y la seguridad de haber pasado un día extraordinario.

Partimos de Valdivia con ganas de volver.

¿En cuánto rentarán una de esas casa pequeñas frente a la costa de Niebla?

Descansamos, recuperamos fuerzas para seguir; la franja angosta y llana de la carretera hacia el norte nos esperaba. Pensaba en los alemanes, en los pueblos originales de chile, en los otros europeos que llegaron a colonizarlo, convencido de que las fronteras raciales tienden a desaparecer, el camino que siguen las mezclas de rasgos físicos y las culturas crean nuevas razas, nuevas culturas. Estaba lloviendo.