REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Pedro Castera, novelista y soldado


Edwin Lugo

Hay cientos de mexicanos anónimos, cuya fructífera vida al servicio de las más nobles causas se ha hundido en la noche del olvido, tal vez, porque en los tiempos en que les tocó vivir eran nulos los alardes publicitarios, aunque muchas veces estos no respalden necesariamente un talento de los privilegiados, sino que más bien propendan al utilitarismo que se ha convertido en el motor del que se derivan todas las acciones, y aunque el pretendido progreso material no nos conduzca ni a ser mejores ni mucho menos a ser más felices.

Pedro Castera, es uno de esos literatos, casi desconocidos, que lejos de tratar en sus obras las explosiones del sexo o de las luchas violentas por el poder o el dinero, se dedicó a enaltecer las inigualables virtudes de ternura, abnegación y fidelidad de la mujer mexicana, en contraposición abierta con quienes buscando fama y ganancias se han ensañado en denigrarla, díganlo si no los autores de yo maté a Rosita Alvirez de cinco balazos porque no me quiso, o vende caro tu amor aventurera.

Castrera nació en la ciudad de México el 19 de Septiembre de l838 y murió el 5 de Diciembre de l906.

Patriota por vocación, fue un aguerrido soldado que luchó denodadamente contra la intervención francesa. Fue minero y empecinado buscador de tesoros, periodista y director del periódico La República, miembro de la Sociedad Minera Mexicana y de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

En medio de las arduas contiendas militares y políticas, Castrera, vecino de Tacubaya, encontró tiempo para escribir Los Maduros, narración sobre la corta vida de los mineros víctimas de la tuberculosis, la fatiga y la desnutrición, publicada en 1882, Carmen editada también en el mismo año, Querens que vio la luz en l890 y Dramas en el Corazón que salió de la imprenta en ese mismo tiempo.

Un volumen de versos circuló entre el público aficionado a la Literatura en l882 con el título de Ensueños y Armonías.

Siendo un romántico, supo mezclar con extraordinaria habilidad, el romanticismo encumbrado por Víctor Hugo, Lamartine y Alejandro Dumas Jr., con el realismo y naturalismo innovado por el francés Emilio Zola (Los Goncourt, Germinal, Naná, La Taberna, etc.) y en España por la condesa Emilia Pardo Bazán (Los Pazos de Ulloa), quienes propiciaron una profunda transformación en la Literatura.

Su novela Los Maduros alude al color de la tez de los explotados trabajadores de la minas, cuando estos, muy jóvenes aún se hallaban ya “maduros” para morir. Desde la espantosa época de las encomiendas, la explotación de las riquezas de nuestro sub-suelo por la voracidad de los extranjeros, se tiñó frecuentemente de sangre, crueldades y oprobios sin fin, la suerte de los infelices mineros no varió en absoluto con la independencia, ya que a las barbaridades perpetradas por los hispanos, se añadieron las cometidas por los concesionarios ingleses y norteamericanos que virtualmente se apoderaron y continúan aprovechándose de nuestros yacimientos, dando el trato más inclemente e inhumano que pudiera concebir la avaricia humana. Los mineros eran obligados a trabajar por un salario no sólo exiguo sino miserable, regateado entre innúmeros descuentos por todas las causas imaginables y la codiciosa tienda de raya, obligados a trabajar hasta dieciocho horas diarias los trescientos sesenta y cinco días del año, los cuales si no morían atrapados por los escombros, triturados por la piedra, dado que las voraces compañías se negaban a apuntalar las galerías con maderas nuevas, la tisis resultado del maligno polvo los liquidaba a los dieciocho o veinte años en que morían entre agonías atroces escupiendo sangre con los pulmones totalmente destrozados. La mina era un laberinto tenebroso, los patrones jamás prodigaban una medicina, ni mucho menos un día de asueto, jamás se dio en ellos un adarme de piedad, y en cambio ingenieros y sobre todo sádicos capataces respaldaban la insaciable codicia de los dueños de dichas concesiones que nuestros malos gobiernos, monstruosamente serviles e imbéciles otorgaban a semejantes sanguijuelas; las cavernas eran el anticipo de la tumba que se abría desde que un pobre niño de seis o siete años mal comido, harapiento, miserable, bajaba armado del pico y de la pala al abismo donde yacía el metal, renunciando definitivamente a la luz del sol.

Las autoridades porfiristas en franca complacencia con los explotadores ahogaron a estos infelices trabajadores en el horrendo hoyo pleno de sudor y de sangre.

Un novelista no debe ser solamente un contador de pasiones o costumbres, un relator de historias o un creador de imaginaciones y fantasías escritas con un lenguaje pulcro, su verdadero cometido social es ser ante todo un humanista consumado, valiente y decidido denunciador de las injusticias cometidas casi siempre por la desmedida ambición de hombres malvados, que en aras del acumulamiento de riquezas se vuelven incapaces de experimentar la más mínima compasión por sus semejantes, de allí la importancia de la obra de este autor que no sólo supo relatar romances sino que también aplicó su pluma al servicio de la justicia y de la verdad; y aunque su obra podría ser tachada de obsoleta; en estos tiempos de cacareadas democracias y alardes de progreso y tecnología, tal aseveración es desmentida, porque precisamente hace unas pocas semanas, se dio a conocer por la prensa la brutal esclavitud a la que son sometidos los infelices africanos que extraen diamantes, lo anterior permitirá apreciar cabalmente la vigencia de una novela que fue el Yo acuso de un humanista mexicano.

En contraposición con el podrido y sórdido ambiente de la minería, Castera idealiza en su novela Carmen a una bellísima muchacha oriunda del que era entonces el pueblo de Tacubaya, y que el autor describe como una villa arbolada, donde el río, el canto de los pájaros, la exuberante naturaleza, las casonas señoriales y las viviendas más sencillas se cubrían de flores, los corredores envigados se llenaban de macetas y en las paredes de cantera, adobe o tepetate, proliferaban las plantas trepadoras, convirtiendo al lugar en un apacible remanso, lejos del bullicio de la ya entonces creciente metrópoli, y cuya paz era apenas interrumpida por el chirriar de las ruedas de algún tranvía.

En este romántico marco un muchacho de veinte años, calavera consumado, recoge una noche de tormenta, que regresaba a su casa después de una alegre farra, un envoltorio que encuentra en una oscura calle, y que contiene nada menos que una niñita recién nacida, abandonada seguramente para ocultar una falta de su madre y destinada a morir por el hambre, el frío o devorada por los perros callejeros; la pequeña recogida es criada y cuidada amorosamente por la madre del muchacho a quién supone su padre, los cuidados recibidos la convierten primero en una preciosa criatura y luego en una dulce jovencita donde se recrean el candor, los buenos sentimientos y la más cálida ternura, Pronto la indiscreta benefactora le da a conocer toda la verdad, es una huérfana y sólo la caridad y el buen corazón de sus protectores han determinado que sea tratada como una hija, pero ¡Oh insondables vericuetos del corazón femenino! aquel capullo de feminidad, se enamora perdidamente de quién la rescató de la muerte, cuando éste ya es un hombre maduro. La suerte de Carmen es la de María, la risueña heroína, proclamada como la novia colombiana e inmortalizada por el talento de quien fuera un prominente periodista, Jorge Isaac; Carmen muere de amor, si bien el médico dictamina que la causa es un mal del corazón, y aunque la boda de los enamorados se consuma en el espíritu, los cuerpos nunca llegan a unirse, y el pobre sobreviviente concluye su vida en la soltería demandando a Dios el privilegio de morir para unirse con su adorada prometida.

Castera, psicólogo intuitivo ante todo, nos prende con el dominio de su oficio narrativo al hilo de una excelente narración fluida, amena, plena de metáforas exquisitas donde cada frase parece burilada, exaltando los primores de nuestra hermosa lengua y guiándonos por una época irrepetible, cuyo luminoso momento se nos ha ido escapando como arena entre los dedos, tiempo olvidado, cuando ni siquiera se soñaban las insolentes gracejadas de la televisión comercial o se presentía el alarde tecnológico de las modernas computadoras.