REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Un viaje a México en 1864 (Capítulo VII)


Paula Kolonitz

Si hubo algún género que provocó grandes simpatías y despertó inquietudes, fue el de la crónica de viajes. En siglos anteriores, como el XVIII y el XIX prosperó. Vale la pena recordar en este número de El Búho, dos cronistas memorables: la obra de la célebre marquesa Calderón de la Barca y el libro de la condesa Paula Kolonitz. Este último fue titulado Un viaje a México en 1864 y como el de la marquesa Calderón de la Barca, esposa del primer embajador de España en México, es una aguda observación de un país que estaba en plena formación.

Paula Kolonitz era una mujer bien educada, culta, parte del séquito que acompañaba al recién llegado Maximiliano y Carlota. Estuvo aquí unos seis meses y regresó a Europa cargada de recuerdos mexicanos que puso en el papel.

Hoy en día el género es parte de la tarea cotidiana de los buenos periodistas. Las crónicas de viaje se han hecho imprescindibles y son testimonios de personas bien formadas intelectualmente que nos permiten ver a través de sus ojos, de tocar lo que ellos tocaron y de compartir sus opiniones y visitar infinidad de naciones y de hablar con multitud de personas diseminadas por el planeta.

La Kolonitz escribió sus impresiones de México en Viena y poco después fueron traducidas al italiano. La edición mexicana contiene algunas observaciones acerca de algunas críticas vertidas por la noble mujer sobre los mexicanos. Hay que leer siempre en contexto y ser comprensivos. Pero sus recuerdos y agudas descripciones, sus comentarios inteligentes y a veces de un amplio sentido del humor, superan cualquier objeción y nos permiten saber cómo era aquel México cuando la República viajaba en un carruaje negro, donde iba uno de los grandes símbolos de la patria, Benito Juárez, y en el Castillo de Chapultepec habitaba un príncipe austriaco destinado a la muerte ante el pelotón de fusilamiento. Ojalá que este capítulo que hoy ofrecemos a nuestros amigos y lectores, despierte el interés por leer la obra completa y seguir buscando crónicas de viaje.

El Búho



CAPÍTULO VII

El castillo imperial de Chapultepec. Tacubaya. Las familias Escandón y Baron. El señor Mora. Hospitalidad mexicana. Los franceses en México. El Pedregal. Las primeras medidas del gobierno. Los mexicanos como hombres de estado. Preparativos para el viaje del Emperador. La emperatriz.

Una de nuestras primeras excursiones fue al castillo de Chapultepec, erigido por los virreyes, a los cuales les servía de fortaleza. La arquitectura es fea y tal es el estado de abandono en que se encuentra que el emperador, por mucho que lo deseaba, no pudo habitarlo en seguida. Él sólo quería un pabellón, aunque también no era sino ruinas y pedazos, y todos los esfuerzos de los arquitectos europeos para que los trabajadores mexicanos lo repararan prontamente resultaron inútiles. Sin embargo, el emperador mantuvo su palabra y a pesar de la infinita confusión, lo que parecía imposible se hizo posible y a los ocho días el emperador, la emperatriz y su séquito, ya lo habitaban.

Parece ser que la primera noche que sus majestades pasaron allí estuvo llena de aventuras. Se cree que la augusta pareja fue maltratada por ciertos molestos animalitos y el polvo que había en la habitación, por lo que fue necesario transportar sus lechos a la terraza. Lo que sí es muy cierto es que la camarera de la emperatriz me pidió un poco de la provisión de polvos insecticidas que yo llevaba conmigo.

Más tarde, cuando los departamentos de la augusta pareja ya estaban terminados y fuimos graciosamente invitados a visitarlos, la gran simplicidad y modestia que allí había contrastaba grandemente con la reputación de pompa y amor a la prodigalidad que el archiduque y la archiduquesa tenían en Milán. Pero la verdad es que aquí faltaban el esplendor y la magnificencia. Sin embargo, mirar por la ventana satisfacía largamente todo deseo de gozar de lo realmente bello y grandioso.

Siguiendo el camino de uno de los acueductos, nuestras carrozas llegaron a Chapultepec en menos de una hora. Al entrar al parque nos vimos obligados a bajar porque el sendero que conduce al castillo es tan inclinado que era imposible para nuestros pobres caballos subirlo.
¡Parque! ¡Qué poco expresa esta palabra y cuán débilmente corresponde al espectáculo encantador que admirábamos estupefactos! Los residuos de una floresta virgen rodean los sepulcros de los incas. 1 Estos árboles se encuentran allí desde hace tanto tiempo que ningún naturalista o historiador del nuevo hemisferio lo sabe. Por su grandeza y por su dimensión, queriendo contar los años que han necesitado para crecer, la cuenta debe hacerse por siglos. Pertenecen a la especie de los cipreses y aquí se llaman ahuehuetes. Tienen en común el ser árboles resinosos, pero no se levantan a modo de pirámide sino que sus ramas caen hacia tierra. Entre ellos hay muchísimos que, para abrazarlos, no bastarían cinco ni ocho hombres. Su dimensión de cincuenta pies y su altura sin medida están en proporciones maravillosas. Los troncos parecen tejidos por millones de cuerdas y sus múltiples ramas comienzan muy arriba. Las raíces están descubiertas y serpentean con la más bella tortuosidad. Estos árboles deben fácilmente doblarse en su tierna edad, porque viéndolos se diría que cada soplo del aire los obliga a un curva nueva. Y ahora se alzan gigantescos, cubiertos desde abajo hasta la copa de plantas que enroscadas en los pinos cuelgan como grises anillos de miles y miles de ramas, dándole a la floresta el extraño aspecto de un mar de parásitas. Estando los árboles lejos el uno del otro, el terreno entre ellos es extraordinariamente verde. La magnífica severidad de este bosque de cipreses dulcemente se interrumpe aquí y allá por algunos árboles del Perú poco frondosos, con frutas como uvillas color de rosa y flores amarillas, como cascadas de oro. Entre las flores se ven grandes mariposas y pájaros que, con el deslumbrante color de su plumaje y su canto suave y alegre le dan vida a esta soledad. Aquí revolotea el colibrí siempre admirado. Este parque circunda la colina sobre la cual se levanta el castillo imperial, sin que alguna sombra lo proteja. Allá el sol vibra con sus ardientes rayos y hace muy fatigosa la breve subida.

Durante nuestra estadía en México, se partieron rocas y se hicieron excavaciones para trazar un camino que, atravesando la mayor parte del magnífico parque, condujese con suave inclinación hasta el castillo.

La parte mayor del edificio es larga y estrecha, de fea forma e incómoda distribución. Lo rodea un muro de fortaleza que tiene enmedio una escalinata tan baja que ningún europeo de mediana estatura, aun curvándose, podía pasar. Subiendo se llega a una extensión poco cuidada. Aquí se hizo un pequeño jardín. Sobre la mayor saliente de la roca se levanta el Pabellón que habitan sus majestades. Una escalera conduce al jardín y de allí se llega directamente al salón, que sirve así mismo de comedor; hay también una recámara, y eso es toda la parte habitada por la pareja imperial. La angosta escalera que sale de la fortificación va a dar a una estancia bajo las habitaciones de sus majestades y allí viven el camarero y la camarera que, para llegar al departamento de los soberanos, necesitan pasar por el jardín, lo que es incomodísimo durante la época de las lluvias. Como el terreno del jardín era más alto que el de las habitaciones tanto por la ventana como por la mezquina puerta de madera, el agua entraba a torrentes y el aire se colaba por cada rendija. Las paredes que veían hacia la entrada del jardín no eran sino tres grandes vidrieras que daban a una terraza construida con enormes masas de piedra y sostenida por varias columnas. La vista que de aquí se alcanza ya la describió Humboldt con inspiradas palabras que me gustaría transcribir porque nadie mejor que él supo expresar con breves frases todo lo que en la naturaleza nos impresiona grande y profundamente; esto, más que cualquier otra cosa, da paz y consuelo a nuestro corazón, llamándonos a la más íntima reconciliación con nuestra suerte, despertando en nosotros todo el valor que nos es necesario para enfrentar la vida. El emperador sentía esto mejor que los otros y bien a menudo lo decía en los momentos difíciles que, por cierto, no eran pocos en los primeros tiempos; y nada le daba mayor vigor a su espíritu ni tanto valor como la armonía grandiosa y maravillosa de aquel cuadro que con una mirada todo lo comprendía y que ofrece una rara unión de suavidad y grandeza, que levanta el espíritu, lo refuerza y lo inspira suave y dulcemente.
Pero desde que Humboldt estuvo aquí una guerra de medio siglo, guerra de sangre y de destrucción, pasó por el país.

Los mismos lagos se retiraron y empequeñecieron haciéndose más pantanosos, tanto que las descripciones de las más grandes así como de las más pequeñas cosas, tendrían que sufrir variaciones. Mis impresiones sobre el Valle de México no parecerán sino una repetición de lo que ya dije. De aquí se goza en toda su extensión de la encantadora cadena de montañas dominadas por los volcanes. De aquí se admiran interminables campos de maíz y de magueyes circundados por arbustos de amaranto llenos de flores, de ubérrimos prados en los que el ganado pace, de bellísimos caminos y los acueductos que, con sus inmensos arcos, dividen en dos partes la ciudad. De aquí se goza de la vista de todo México y, por la maravillosa pureza del aire, se distinguen cada casa y hasta cada ventana.

Se ven Tacubaya, San Ángel, San Agustín de las Cuevas, con sus villas y sus jardines, extenderse dulcemente sobre las colinas. A gran distancia, hacia el poniente, brillan los lagos cristalinos y, apoyado en la montaña del Tepeyac, se levanta el celebradísimo santuario con el convento de Nuestra Señora de Guadalupe. ¡La luz, el colorido, la claridad, da a todas las cosas el más grande atractivo y las hace aparecer en su más fascinante esplendor; el cielo, con ilimitada altura, lo cubre todo; en pocas palabras, el encanto de los países del mediodía que llena los corazones de los hombres de sentimientos desconocidos, lo que nos levanta de la gleba y nos transporta a regiones donde por pocos instantes nos elevamos sobre las miserias del mundo, puede ser visto como una realidad! Y sin embargo, ante estos encantamientos hay también hombres que miran sin ver nada, que tienen la cabeza sobre el cuello y dentro del pecho el péndulo de la vida, y a los que ninguna de estas impresiones los sacude. No podía decirse lo mismo de las personas que me rodeaban, especialmente de mi amiga, casi más entusiasmada que yo.

La alegría, el interés que por todos lados nos ofrecía este maravilloso país, siempre nos hacía sentir más intenso el deseo de que por fin la bendición de la paz se extendiese sobre sus campos que la naturaleza ha destinado al paraíso, y que sólo delitos e incapacidad han podido degradar a teatro de sangrientas luchas y de salvajes destrucciones.
A pesar de la simplicidad casi burguesa y de las infinitas incomodidades de estas habitaciones imperiales, Chapultepec estará siempre entre los más encantadores lugares del mundo; y si la joven pareja imperial llega a larga vida y se le concede fuerza y ayuda para que todo pueda retornar al bien, creando el sentimiento y el gusto de lo hermoso, ordenando y embelleciendo, sabrá dignamente estar de acuerdo con todas estas maravillas de la naturaleza.

El señor Mora es el hombre más amable que había yo conocido en México y que, envejecido en el servicio diplomático de su patria, había pasado buena parte de su vida en Europa sin haber, sin embargo, olvidado para nada la hospitalidad mexicana. En todas nuestras excursiones nos acompañó como guía; en todo nos ayudaba ya con el consejo, ya con la obra, gentilísimo, siempre encantador.

Con él fuimos a Tacubaya, que en un tranvía de caballos se alcanza en veinte minutos. Aquí los mexicanos tienen sus casas de campo y sus jardines y aquí solían pasar algunos meses después de la estación de las lluvias. Desgraciadamente los alrededores de México son desde hace largo tiempo poco seguros y apenas se osaba, al caer de la noche, salir de la ciudad, por lo que la mayor parte de las villas se encontraba abandonada y en aquellos lugares, de ordinario sonrientes, profundos se veían los trazos de la melancolía y la desolación.

Entre las más hermosas casas de Tacubaya están las de las familias Baron y Escandón, unidas entre sí en parentela, y cuyos jardines son vecinos el uno del otro. Nosotros habíamos pedido a la familia Escandón permiso para visitar sus posesiones y allí los encontramos para recibirnos. Acogidos con la más exquisita cordialidad, nos condujeron primero por toda la Villa Baron, cuyo propietario, al que llaman en México don Eustaquio, y que nada sabía de nuestra visita, a las prisas dejó México para alcanzarnos. Los Baron son de origen inglés y el padre de don Eustaquio, siendo ya un rico banquero, vino a vivir a México, donde casó con una española.

Don Eustaquio, jefe de la casa bancaria Forbes y Cía., todavía era soltero, con 38 años y el pequeño patrimonio de treinta millones de pesos. Era alto, tanto que en México parecía de dimensiones colosales, sencillo, cordial y el mejor hombre del mundo, dedicado a servir con su dinero a los amigos, siempre industrioso, siempre activo y probo hasta el escrúpulo. Dueño de una importantísima parte de las acciones de la English Mining Company de Pachuca, tiene también minas de oro en California y compañías de transporte en San Francisco, donde fundó la navegación a vapor sobre el río Amur. Como sus negocios se extienden hasta Europa, las actividades de Baron abarcan tres partes el globo con tanta fortuna como lo demuestran sus riquezas. La Villa Baron está construida a la manera inglesa, muy cómoda y rica. El jardín se levanta como una terraza hasta una considerable altura, desde donde se tiene una magnífica vista de Chapultepec, de los volcanes, del valle extensísimo y de la ciudad. Tacubaya es un lugar sin mucha agua y con gran costo ha puesto en su jardín fuentes, pilas y estanques. Siendo primavera ofrecía magníficos ejemplares de árboles, de arbustos y de prados. Sin embargo, ha encontrado que para cultivar las flores aquí se hace mucho menos que en Europa. El arte de la jardinería ha hecho pocos progresos en México a pesar de que podría creerse que este bello país mucho se prestase a ello; pero los jardineros franceses e ingleses, que bajo su cielo han creado tantas bellezas, parece que no han adaptado su sabiduría y sus trabajos al cielo y al clima mexicano. Aquí las plantas degeneran más rápidamente que entre nosotros, tal vez demasiado sensibles a los calores del medio día y la frescura de las noches. El jardín de los Baron tiene especialmente estupendos cedros americanos, los cuales, por la forma y por el color son mucho más bellos y más elegantes que los del Líbano. El jardín de la Villa Escandón está menos cuidado que el de los Baron, pero son más bellas sus plantas y más umbrosos sus caminos. La entrada es maravillosa. La irrigación le da a los prados el verde más espléndido y aterciopelado; los más bellos árboles se encuentran magníficamente ordenados; azahares y miles de flores le dan al aire la más balsámica fragancia; las enredaderas cubren los barandales de la escalera hasta la terraza. Aquí son más ricas y más límpidas las fuentes y un bosque encantador, en cuyo suelo crecen olorosas violetas durante todo el año, ofrece la sombra más espesa. Aquí y allá se lanzan valientes hacia el cielo los cipreses y casi inobservada sube la bignonia radicans del césped a las copas para allí extenderse sobre el verde tapete de los cipreses, con masas de flores del color del amaranto. También desde aquí puede verse encantador panorama del valle, ese jardín que parece unirse a los otros en un todo, circundado por bellísimos montes. Sobre una elevación surge la casa. Está construida al estilo italiano; en medio de ella está la sala, que tiene la altura de toda la construcción. Hay una cúpula de vidrio que sirve de techo y que por todo difunde una tenue luz. Las paredes están recubiertas de estucos; una escalera de mármol conduce a las galerías que están sostenidas por columnas que rodean la sala a media altura. Sobre esta galería están las puertas del primer piso, que dan acceso a las recámaras de la familia. Junto a esta sala que sirve de lugar de conversación, están la sala de música y el comedor, del cual se sale a los jardines y a las terrazas. Los muebles y los adornos de la casa son suntuosos, riquísimos, hermosos, aunque el conjunto resulta un poco recargado. Las estancias están rellenas de mesas talladas y doradas pomposamente y cuyas cubiertas son de mármol o piedra. Espejos venecianos raros por su belleza, muebles de palisandro adornados con bronces, grandiosos grupos de porcelana de Sax, en fin, acumulados, se ven aquí los productos más raros de miles de países, traídos de Europa, especialmente de Inglaterra. De las paredes, cuelgan cuadros de la vieja y bella España y buenas copias de las obras maestras de las galerías de Dresde y de París. Finalmente, nos esperaba una comida espléndidamente preparada.

Todo fue llevado con la más suave amabilidad, que tanto contrasta con la rígida formalidad del norte de Alemania o la pomposa palabrería francesa. Don Vicente Escandón, su esposa Lupita, su hermano Don Pedro, su hermana Carlota y los esposos Elguero, con otros amigos de la casa, competían en cortesías y amabilidades, que más apreciábamos en este lejano país. Y este día, así como muchos otros que lo siguieron, pasamos en Tacubaya, dentro de este mismo círculo, horas sumamente felices y placenteras. Más tarde, cuando habitábamos en la casa que el Municipio puso a nuestra disposición y que estaba a pocos pasos de la de ellos, por así decirlo, no pasaba un día en que no me llegase a visitarlos y a gozar de aquella cordialidad, de aquella afectuosa benevolencia. Me entretenía con los bellos niños y gozaba con la amistad y la amabilidad que me recordaban a mi país natal, lo que mucho me consolaba.

Con la más profunda gratitud recordaré siempre a esta familia, y como mi afecto y mi interés por México se extiende a toda esa bella parte de la tierra, hago ante todo votos ardientísimos de felicidad para aquellas criaturas. Las cuales prodigaban al forastero todo el tesoro de afectos y hospitalidad que les era posible. Lola Elguero nos deleitaba magistral y frecuentemente con su música, no nos cansábamos de oír lo que con toda maestría ejecutaba, en especial la pieza intitulada “Los huérfanos”, una habanera, que es el baile nacional de los mexicanos después se jugaba al boliche o se hacían competencias de natación, así es que las horas pasaban rápidas y agradabilísimas en Tacubaya. Eran especialmente los domingos los días en que la hospitalaria familia nos reunía a su alrededor.

Además de las casas de los Escandón y de los Baron, vi en Tacubaya la del arzobispo de México, Labastida, la cual es magnífica. Pero el más bello jardín era propiedad del hombre más rico de México, el señor Béistegui, que mantenía cerrada su casa a todo mundo.

Este hombre tiene la reputación de ser el avaro más odioso y cruel, y hasta a sus propios hijos los alejaba de los más simples e inocentes divertimientos. Murió hace poco tiempo dejando su desmedida fortuna y a sus hijas ya adultas y viejas.

Se prepararon fiestas en honor de sus majestades y la serie debía comenzar con una función de gala, en el teatro. Estaba fijada para las ocho, pero los mexicanos no saben lo que es la puntualidad. La pareja imperial, que había traído consigo desde el otro lado del mar la más escrupulosa exactitud, propia de la corte de Viena, llegó al teatro al sonar las ocho y la mitad de los asientos estaba vacía. Para nosotros la cosa tenía algo de cómico. Sus majestades parecían no darse cuenta, pero los mexicanos estaban fuera de sí del asombro, y la verdad es que no hicimos ni lo más mínimo por calmar su agitación. Nunca más se repitió aquella imperdonable falta, que evitaban con una especie de angustiosa premura. Mal, majísimamente, se representaba La judía, de Halevy. La emperatriz luchaba con el sueño, el emperador sucumbió. Ambos estaban acostumbrados a no estar en pie a las diez de la noche, porque al nacer el sol ya se encontraban trabajando.

Pocos días después hubo un baile en el Teatro Principal, para lo cual mucho se prestan las bellas salas, que estaban exquisitamente arregladas y decoradas. Tuvo un gran interés para nosotros ver así reunida a la clase media y mucho nos divertimos con el baile de la habanera que, con su tranquila y melancólica naturaleza, está perfectamente de acuerdo con el carácter mexicano. Con frecuencia lo bailan durante varias horas sin interrupción, sin fatigarse de la danza. La música tiene un ritmo extraño y particular, pasando por todos los tonos menores.

El general Bazaine organizó un baile para el cual hizo una sala del patio de su casa que, con los peristilos y las galerías, daba un bello efecto difícil de describir. Todo estaba adornado con lindísimas flores, vasos, banderas y miles de trofeos; por cielo teníamos una tienda de tela, el aire era purísimo. El jardín, siendo bello, se prestaba muy bien a la espléndida iluminación y a los juegos de artificio que en México, más que en cualquier otro lugar, son habilísimos para hacer. Pero no reinaba el buen humor. Las invitaciones fueron hechas de tal modo que poco había que agradecerlas. En ellas se daban prescripciones para los vestidos; al que se presentara sin invitación no se le aceptaba y a nadie se admitía después de las nueve. A todo esto se asociaban las miles de arbitrariedades hechas por los ayudantes en la distribución. Se había excluido a las personas más importantes, a las esposas las invitaban sin los maridos, a los hermanos sin las hermanas. La indignación fue general. No es posible creer ni expresar con palabras la prepotencia y la trivial grosería que caracterizaron la conducta del ahora mariscal Bazaine; y sus oficiales siguieron el bellísimo ejemplo del maestro. Cuando la corte se retiró, con ellas se fueron todos los invitados. Más tarde se oyó decir que los que allí quedaron no eran sino franceses, y que cerraron el baile con un can can.

Ya he dicho antes cómo los oficiales de Francia se han conducido y se conducen con los mexicanos. Hablaban del país y de sus habitantes con el más torpe desprecio; no tenían el mayor interés para la belleza de aquel cielo ni ojos para las muchas cosas nuevas que aquí se les ofrecían; y les parecía increíble que nosotros gozáramos de todo y que supiéramos corresponder a la cordialidad que los otros nos prodigaban, y que de ningún modo nos creíamos llamados a estigmatizar con la jactancia europea los errores de los mexicanos. Muchísimas dificultades y muchísimas quejas tenía el emperador en sus relaciones con los franceses porque ellos no jugaban limpio; pocos de los hombres venidos de Francia, que presidían los ministerios civiles y militares y que dirigían los asuntos financieros y diplomáticos, tenían el discernimiento y la delicadeza de no recalcarle la dependencia del socorro y la ayuda francesas. Y esto era una dificultad mayor aún.

Por medio de severas medidas y de enérgicas órdenes los franceses, al fin, habían logrado alejar, por lo menos de la ciudad, a los malandrines; así es que, sin miedo, podían frecuentarse los lugares más cercanos sin temer por la vida a cada momento. En semejantes condiciones fue necesario recurrir no a las balas y al plomo sino a la horca; un triste deber que nadie podía negar. Cuando el emperador Maximiliano I tomó las riendas del gobierno le parecía imposible tener que empuñar, casi al mismo tiempo, la espada. Por lo mismo, ordenó evitar cualquier medida rigurosa. Esperaba organizar una milicia popular responsable, ocupar en útiles labores las manos ociosas y reconciliar a los partidos, escapando así de grandes fatalidades; pero no fue correspondido en sus esperanzas.

Los asesinos y las guerrillas se tornaban cada día más atrevidos, más imperturbables; los caminos reales siempre menos seguros; había asesinatos y agresiones cerca de la ciudad; cuadrillas de malhechores rodeaban los lugares vecinos, haciendo inseguras hasta las cabalgatas de la emperatriz. Ella no podía salir sin que los soldados franceses hubieran recorrido y desalojado los caminos; de esta manera la noble señora, tan feliz en sus ilusiones de miles y miles de esperanzas idílicas, creyéndose protegida mejor que por nada por el amor del propio pueblo, se angustió enormemente. Todo lo que se dice de un atentado contra su vida no pasa de un cuento que, sin embargo, ha recorrido México y Europa, pero que son sólo sueños e invenciones.

Nuestras excursiones se hacían siempre más difíciles tanto por la creciente incertidumbre en la que se vivía, como por la estación de las lluvias que comenzaba. Se hacían proyectos, queríamos visitar Cuernavaca, con sus maravillas tropicales, con sus celebradísimas grutas, los valles al pie de los volcanes y otros encantos; pero los ríos de agua que caían después del medio día y que anegaban la tierra, y las guerrillas que recorrían el país, estropeaban todos nuestros planes. Pero aprovechábamos las mañanas, que son siempre bellas, para hacer pequeñas excursiones, y así visitamos el convento de Los Remedios, desde el cual, por estar construido sobre una altura considerable, se tiene una vista grandiosa; después fuimos al célebre santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que se une a la ciudad por medio de un ferrocarril de vapor.

En México se sube a los vagones en medio de una plaza donde no hay ni una barandilla, y ningún obstáculo los separa del lugar en el cual se mueven sin orden hombres y bestias. Nadie vigila la seguridad de los caminos ni de los habitantes. Es maravilla que no haya que deplorarse desgracias diarias.

Alcanzamos Guadalupe en poco menos de media hora. Está sobre el declive de un monte desierto y desnudo; el lugar es triste y solitario. El convento es grandísimo, la iglesia colegiata muy dotada y tiene una imagen de María bendita a la cual se recurre en las mayores necesidades, como protectora especial del país; se le atribuyen milagros y tiene alrededor una inscripción:

Non fecit taliter omni nationi.

Una capilla pequeña, con una cúpula de mosaico, fue levantada a poca distancia del convento. Tiene una fuente a cuya agua se le atribuyen mágicas virtudes; parece que esta agua contiene mucho fierro, a lo que debe su reputación. Usándola, más de una señora gozó de la alegría de la maternidad. Tan eficaces como ésta se dice que son las termas del Peñón de los Baños, al pie de una roca aislada al sur de la ciudad de México. Quisimos ver estos baños pero la distribución y los muebles tenían el defecto de una condición primitiva.

Fue interesantísima la excursión al Pedregal que, en un carro de seis caballos, hicimos juntos una numerosa comitiva de oficiales franceses y de damas.

Se llega primero a San Ángel, donde inmensos frutales rodean las casas de campo, de un sólo piso. Desde el camino, bueno y bien mantenido, se tienen vistas encantadoras. La mirada pasa sobre miles de mágicas perspectivas. Un caliente color se difunde por todos lados y grupos de indios y de jinetes mexicanos dan prestigio y belleza al cuadro maravilloso; miles y miles de veces he sentido en el corazón el dolor de no saber manejar el lápiz y el pincel.

De San Ángel entramos a un bosquecillo de rosas y arbustos floridos; allí, reposando, hicimos una buena comida para después continuar nuestra peregrinación hacia el Pedregal, que es un vastísimo campo de lava. A una altura de ocho o diez pies produce maravillosas formaciones; se ven profundos abismos y rocas casi desnudas por todos lados, de cuyas hendiduras despuntan flores de tintes rojizos y cargados.
El sol estaba en pleno meridiano y reverberaba sobre la roca. La naturaleza es aquí desierta y desconsoladora, pero grande el pensamiento de la fuerza y la potencia que encierra y que puede traer riquezas y bendiciones o destrucción y ruina sobre las sonrientes ciudades, pasmo, muerte, daños y el olvido a millares y millares de hombres. Las proporciones entre la naturaleza y la tierra con el hombre, aquí aparecen, por lo general, bien diferentemente distribuidas de lo que estamos acostumbrados a ver en la pobladísima Europa. Allá el hombre ha sabido utilizar cada mínimo palmo de terreno; con el sudor de su frente cultiva la avara y magra tierra y la obliga a nutrir para si las plantas que le son útiles; los plantíos le impiden dejar crecer la hierba. Suspira impaciente por el sol y las lluvias que favorezcan sus trabajos y tiene en la variabilidad del clima su peor enemigo. Así la vegetación de los prados y los bosques está calculada desde el punto de vista de sus necesidades. Todo crece, se hace verde, florece y madura para el uso exclusivo del hombre, para su nutrición, para su vestido, para que se defienda, para que se caliente. Pero esto no es bastante. Y cuántos hombres hay que mueren de hambre y de frío, cuántos a los que les faltan el lecho y el vestido. La tierra es pobre para las necesidades de sus habitantes. Y como son diversas las cosas más acá del océano, en este vasto hemisferio donde el calor y la humedad ayudan potentemente a las fuerzas productivas del terreno y donde la población es tan escasa que la mayor parte de estas riquezas resulta inútil. Aquí la tierra es independiente y libre, se embellece, produce flores y frutos casi jugando. En los pocos lugares dónde el hombre siembra una semilla cosecha el 400 por uno. En México no se ven indigentes, y si hay alguno, es mutilado o enfermo. El indígena nunca es pobre ni rico. El algodón, del cual extrae todo lo que necesita para su escasa vestimenta, crece en profusión; cada árbol, cada arbusto, sirve para nutrirlo. El futuro traerá grandes mudanzas, porque Europa se vuelca incesante y siempre con más solicitud hacia este nuevo mundo y se establecerán comparaciones que, por estar tan lejos de nuestros conceptos, entre nosotros ni siquiera se sueñan, pero que demostrarán cómo es pequeño todo lo que nos parece grande, especialmente nuestra sabiduría y nuestra sapiencia.
El alejarse de las costumbres que creemos una necesidad, el modificar ciertas opiniones y ciertas convicciones, es para el hombre un grandísimo beneficio y una cosa necesaria. Y si es fácil vivir dentro de ciertas persuasiones y envolverse en los delirios de la propia infalibilidad, el presenciar todo lo que se mueve fuera de nosotros, cuya autoridad y existencia nos son probadas por lo innegable de los hechos, esto, y muchas cosas más, son un gran llamamiento a la modestia.

A pesar de que en un principio habitábamos bajo el mismo techo veíamos poco a sus majestades imperiales. La nueva vida ocupaba todo su tiempo y les hacía pensar detenidamente para no tomar resoluciones precipitadas. Por eso el emperador quiso observar y examinar él mismo las cosas.

Lo que a primera vista parecía necesario dejar a un lado debía mantenerse por algún tiempo antes de meter mano a las mudanzas impuestas por las nuevas condiciones. Tuvo que escuchar la opinión y los juicios de éste y de aquél sin sentirse obligado en sus resoluciones hacia una u otra parte. Los franceses, a pesar de su capacidad nacional, son en su mayor parte universalmente ignorantísimos; todo lo condenaban, se gozaban despreciando todo y sosteniendo acusaciones que no resistían un examen profundo.

A su vez, el juicio de los mexicanos estaba falseado por la pasión, el odio, la venganza, o el espíritu de partido. Al emperador le fue necesario cerciorarse y esclarecer las cosas por sí mismo. Por el momento se trataba solamente de esbozar los contornos del plano cuya efectiva ejecución se determinaría después de seguras experiencias. Pero ante todo estaban las condiciones materiales del país, que ameritaban la más seria atención y precisaban de grandes mejoramientos.

Lo más rápidamente posible necesitaba volver su atención hacia una colonización y al aumento del número y la rapidez de las comunicaciones. Eran necesarias nuevas energías de hombres extranjeros movidos por el deseo de tentar fortuna en el nuevo mundo, capaces de aumentar en poco tiempo el pequeño capital, provistos de inteligencia y capacidad para extraer provecho de todas aquellas infinitas riquezas que infructuosas conserva el país; en una palabra se debían incrementar el comercio y la industria, el lujo; facilitar los cambios, el consumo y el producto. Pero era necesario que con fe en la estabilidad de las condiciones mexicanas concurriese el capital extranjero, cosa que se efectuó mucho más pronto de lo que se creía. Pocos meses habían transcurrido y ya ricos especuladores habían llegado de la América del Norte e Inglaterra para arriesgar su propio capital en inversiones y obtener la concesión para la construcción del ferrocarril entre Veracruz y México, que es la primera condición y la base de toda empresa comercial e industrial. Todo se arregló. Esta construcción, que ya había sido comenzada hace varios decenios, sin progresar, tuvo finalmente el más espléndido incremento y en menos de cuatro años debe estar terminada. El emperador se mostraba sumamente cauto para escoger a las personas que debían rodearlo, especialmente los ministros y consejeros. La insuficiencia, el egoísmo, la pereza, son defectos que siempre se manifiestan cuando son necesarios el sacrificio y la abnegación. Era entonces cuando, de golpe, podía calcularse el desinterés y el talento. Y fue nuevamente en la ciudad donde especialmente apareció, más funesta que nunca, la corrupción del país y donde en vano se buscaron personas que por las dotes del espíritu, de la mente o del carácter, merecieran estar junto al monarca con la obra o con el consejo.

Infinitas veces oí decir a los propios mexicanos que solamente los europeos podían iniciar la reorganización de su país. Pero a pesar de estas confesiones dictadas por el odio recíproco a la propia comodidad, miraban con el máximo desprecio al extranjero que gozase de la confianza del emperador o con él dividiese las fatigas y el trabajo.
El hombre que con incansable actividad y la más absoluta abnegación estaba junto al emperador y lo ayudaba a sentar las bases del nuevo imperio era el belga Eloin, escogido por el rey Leopoldo I, que le confió a sus propios hijos más allá de los mares, en su nueva patria. Eloin había pasado casi toda la vida en larguísimos viajes y había llegado hasta Australia y las islas del mar Pacífico, aunque hasta ahora se había mantenido lejano de cualquier actividad administrativa. Poco adaptado se encontraba a su reciente cargo que cumplía con calurosa simpatía por el nuevo soberano, el más profundo y respetuoso afecto por la hija de su rey y el interés por un país tan lleno de recursos, tan merecedor de felicidad, pero que era el más desgraciado del mundo. Se puso a la obra olvidando noblemente todo miramiento personal, esforzándose cuanto podía en su dificilísima misión, demostrando así elocuentemente de lo que es capaz la actividad de un hombre. No puede calcularse cuánto el emperador lo estimaba, y con toda razón, por que en él se reunían todas las cualidades raras y apreciadas en el consejero de un monarca. Es independiente en su posición y en su carácter. Hombre sin ambición, sin vanidad, con el corazón lleno de reverencia y lealtad hacia el príncipe, no conoce lo que son las ventajas personales. Es un hombre sin miedo, aun ante su soberano, y a su propia desgracia cuando se trata de sus convicciones, de decir la verdad, del sentimiento del deber y del derecho. En una palabra, es un gran hombre.

El emperador lo había nombrado jefe de su gabinete y Eloin trabajaba desde las primeras horas del día hasta bien entrada la noche, desviviéndose por hacer el bien y evitar el mal. Bien pronto se convirtió en un hombre odioso para los mexicanos porque al que se decía devoto del emperador, le exigía escrupulosamente los mayores sacrificios. Además, mucho y sin miramientos condenaba todo lo que se oponía a la idea y al concepto de la honestidad. La franqueza con la que definía y calificaba la indolencia, la astucia y la deslealtad mexicanas, le granjearon numerosos enemigos.

Después de haber dictado importantes disposiciones el emperador tomó la resolución de visitar el país y arreglar, durante el viaje, muchísimos asuntos, poder personalmente hacerse una idea clara de los hombres y de las cosas, y hacer valer la benéfica influencia de su personalidad.
La emperatriz estaba al lado del marido, cuidadosa y activa, ayudándolo en lo que podía y tomando parte en los negocios de Estado y aunque algunas veces el emperador no dividiese con ella el optimismo de sus opiniones, su influencia fue siempre la mejor. Me aseguraron que él utilizaba con mucha frecuencia su habilísima pluma, su saber y su exquisita cultura y tenía en ella una colaboradora diligentísima. En sus manos puso la regencia cuando dejó la capital. Ella debía presidir el consejo de ministros y dar audiencias, ya que habían introducido en México esta bellísima costumbre de la monarquía austriaca. Para los asuntos de gran importancia se comunicaban por medio del telégrafo y en otras muchísimas cosas él sabía cuánto podía fiarse de su esposa, la cual a la ingenuidad e inexperiencia de una jovencita unía la energía y la intrepidez de un hombre. Todo el entusiasmo del alma que en las condiciones ordinarias de la vida se pierde en las esferas del sentimentalismo ella lo empleaba en la gran obra de la regeneración de México, en la gloria del marido y en el deseo de tener un día en las páginas de la historia un lugar, como gran señora junto a un hombre que supo ser grande.

Los honores que eso le daban, la consoló un poco de la grandísima angustia que sentía por no poder acompañar al emperador en su viaje, deseo en ella ardientísimo, pero que no pudo realizarse por lo impracticable de los caminos y la estación de las aguas. Se quedó, por tanto, en la ciudad de México en el palacio en que habitaban el general Almonte y su esposa. Las damas de palacio, que como en Francia, son casadas y viven con sus familias, acompañaban a la emperatriz en sus paseos y en las visitas que hacía a las instituciones públicas, visitas en las que ponía un especial cuidado. Cuando estaba sola permanecía en sus estancias sumergida en las más serias ocupaciones, ya en lecturas, ya con mucha frecuencia absorta en experimentos literarios. La gran franqueza y lealtad de su carácter, la gracia natural y seductora de su ser, la nobilísima dirección a la que había vuelto su espíritu, que no conocía rencores ya que se mantenía lejana de todo lo que fuera trivial, su amor a la justicia, a lo bello y a lo bueno, son trazos que sólo podían despertar en todos los que la conocían la más viva simpatía.



* Un viaje a México en 1864. Paula Kolonitz. Lecturas mexicanas. No. 41. Secretaría de Educación Pública. FCE. Primera Edición, 1984. 190 pp.
1 Así tanto en la traducción italiana, como en la edición en alemán que consulté. (Nota del T.)