REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

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El auge de la lucha espontánea contra las políticas neoliberales: Una perspectiva histórica


Mauricio Schoijet

Comienzos
El objetivo de este trabajo no es el de hacer un recuento histórico de los movimientos de masas de los sectores sociales subordinados a nivel mundial, sino de mencionar algunos aspectos de algunos de estos que podrían ser útiles para entender los que actualmente sacuden a varios países, y para proponer un posible futuro curso de los acontecimientos, tema sobre el cual por supuesto nadie puede asegurar nada. Aunque en el caso de Estados Unidos ya había antecedentes desde 2008 en varios movimientos de protesta contra el alto costo de las colegiaturas en varias universidades, durante el año 2011 se ha producido un extraordinario movimiento de las clases oprimidas en varios países europeos, en Estados Unidos, en el norte de África, en el Cercano Oriente, y en Chile. En tanto que en los países europeos y Estados Unidos podemos considerar que se trata de movimientos anticapitalistas, aún de carácter limitado, en los otros casos parece tratarse de movimientos a favor de la democratización y de protesta por el estancamiento económico. El caso de Bélgica, sobre el que los periódicos mexicanos Reforma y La Jornada han publicado información el 3/XII/2011 es tal vez el más impresionante, por tratarse de un país desarrollado en el que nunca había habido movimientos de masas de ese tamaño. Reforma mencionó ochenta mil manifestantes, La Jornada decenas de miles. Cuando masas que habían estado profundamente dormidas desde el punto de vista político durante toda su historia empiezan a moverse en esta escala, por supuesto que ello no significa que estén listas para cambios revolucionarios, pero sí que el capitalismo europeo, estadunidense y chileno pierden terreno de manera imprevista y acelerada, y que los delirios sobre la eterna estabilidad del capitalismo ya están con un pie en el basurero de la historia. Cuando en Chile las masas se mueven durante meses, significa que la nefasta herencia de la dictadura militar, que los conservadores de todo el mundo creían si no eterna, por lo menos un ejemplo a seguir de estabilidad conseguida a través de una prolongada brutalidad, está llegando a su fin.

Dejo fuera el caso de los países de África y del Cercano Oriente. No es la primera vez que una rebelión toma un carácter internacional. Ocurrió en varios países europeos en 1848, cuando no había internet y los medios de comunicación eran primitivos respecto a su desarrollo actual. Pero este movimiento es realmente impresionante, por su carácter masivo y por sus posibilidades de convertirse en anticapitalista, por más que tenga considerables limitaciones, y sería milagroso que no las tuviera si pensamos que surgen después de un prolongado período de derrotas y retrocesos de las clases subordinadas a nivel internacional.

En todas las sociedades de clase desde la antigüedad hasta los Estados Unidos en el siglo XIX ha habido represión y rebeliones de las clases subordinadas, incluyendo a esclavos y campesinos, inicialmente bajo la forma de revueltas o disturbios, que por lo menos en un caso, el de la rebelión encabezada por Espartaco en el Imperio Romano (siglo I aC), puso en jaque a la dominación romana.

El derrumbe del Imperio Romano dejó paso a un régimen feudal, en que la iglesia era uno de los pilares de éste. Hubo numerosas rebeliones campesinas en Europa, en Rusia; en China la mayor de todas, la de los Taipings en el siglo XIX; hasta en Argentina en el mismo siglo. Una de las rebeliones más importantes fue la de los Albigenses en el siglo XII (Albi es una ciudad del sur de Francia), y que fue brutalmente reprimida por la iglesia y la nobleza, y fue seguida por una oleada de políticas contrarrevolucionarias a nivel internacional, como la creación de la Inquisición, la imposición del celibato en la iglesia, las Cruzadas, la creación de ghettos y diversas medidas represivas contra los judíos, etc.

El cambio de las relaciones entre las clases puede ocurrir a través de procesos diferentes, por ejemplo por conflictos entre diferentes sectores de las clases en el poder, o sea por una rebelión encabezada por un sector de la clase hasta ese momento subordinado dentro de las clases poseedoras, contra las instituciones dirigidas por el sector dominante. Fue el caso de la rebelión de la burguesía inglesa representada en el Parlamento en el siglo XVII, que se tomó atribuciones que nadie le había otorgado, para limitar el poder de la nobleza y liquidar --al menos durante un cierto período-- a la monarquía.
Puede también comenzar por una rebelión espontánea de las clases subordinadas, que cambia drásticamente las relaciones de fuerza entre las clases. El estudio de la historia muestra varias otras posibilidades. No intentaré discutir todas, por una parte porque no pretendo tener un conocimiento suficiente del problema, por otra porque el objetivo central de este trabajo no es contribuir a esclarecer la historia de la lucha de clases en diferentes países y épocas, lo que llevaría demasiado tiempo y espacio, sino elaborar una primera aproximación para entender lo que sucede actualmente.

En la llamada Revolución Inglesa del siglo XVII apareció la primera forma política organizada de las clases subordinadas, con la formación del movimiento de los llamados Diggers, que pedían la expropiación de las tierras de la Corona y su entrega a los campesinos pobres para que las cultivaran en forma colectiva. Después vino un período de retroceso que se prolongó durante la Revolución Industrial del siglo XVIII, en que un gran desarrollo de las fuerzas productivas fue acompañado por la gran miseria de las masas y una considerable represión.

Después de la Revolución Francesa de 1789, y de sus proclamas libertarias, también hubo un gran retroceso en el terreno político, pero ésta tuvo repercusiones importantes en Gran Bretaña, en la formación de movimientos democráticos, en algunos casos aplastados con gran violencia por el ejército, que planteaban el derecho al sufragio (de los Jefes de Familia, todavía no el sufragio universal). Durante la mayor parte del siglo XIX la burguesía británica, de otros países europeos y de Estados Unidos se negó a aceptar la jornada de trabajo de ocho horas, la limitación del trabajo de menores, la educación primaria gratuita y obligatoria, la formación de sindicatos, etc. Pero aun monarquías tan autocráticas como la prusiana comenzaron a hacer concesiones en la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo en áreas como la seguridad social. Las ideas del socialismo, inicialmente planteadas por pequeños grupúsculos, comenzaron a tener una influencia de masas a nivel internacional con la formación de la Primera Internacional en 1864.

En el caso de Estados Unidos, su gran extensión territorial y población relativamente pequeña facilitaron la gran autonomía de los Estados locales, con lo que se conformó una sociedad con dos sistemas antagónicos de relaciones de clases, la esclavista del sur y la capitalista del Norte. La Guerra de Secesión (1861-1865) se debió a la necesidad del capitalismo de los Estados del norte de contar con una fuerza de trabajo libre como condición para el desarrollo del capitalismo. Al liberar a millones de esclavos aumentó considerablemente la masa de sujetos políticos, pero la burguesía necesitaba de aparatos ideológicos y represivos para controlarlos, y dado el antagonismo entre los esclavistas y sus ex-esclavos, la burguesía del sur no estaba en condiciones para ello, por lo que el ejército federal ocupó los territorios que habían sido dominados por la coalición esclavista. Ello significó un considerable avance para las clases subordinadas, y fue la razón para que el ejército federal los abandonara en 1877, lo que abrió el camino para la formación del Ku Klux Klan y el terrorismo racista durante casi un siglo, hasta que la presión de las masas negras y sus aliados en la población blanca obligó al presidente John Kennedy a acabar con las formas más visibles del racismo a comienzos de la década de 1960.
En el de Alemania, su derrota en la Primera Guerra Mundial fortaleció al proletariado y debilitó a la burguesía, lo que determinó la caída de la monarquía y una situación revolucionaria entre 1919 y 1923, pero la revolución proletaria no llegó a estallar, aunque sí hubo rebeliones locales. La burguesía se volcó a apoyar al fascismo, lo que llevó al ascenso de éste al poder y al desarme del proletariado.

La lucha contra el capitalismo en el siglo XX

Durante el siglo XIX Inglaterra y Francia se repartieron la mayor parte de África y gran parte de Asia, bajo la forma de colonias y semicolonias. Fue este reparto del mundo, de los mercados y las materias primas, que dio origen a la Primera Guerra Mundial entre las mayores potencias capitalistas en 1914. En tanto que los socialistas agrupados en la Segunda Internacional desde 1890 habían previsto la posibilidad de la guerra y habían anunciado su intención de resistirla, una vez estallada ésta capitularon de la manera más vergonzosa y llevaron a los proletarios de sus países a matarse unos a otros para apoyar los objetivos imperialistas de sus burguesías. Fue el partido bolchevique ruso, bajo la dirección de Lenin, el único que se pronunció resueltamente contra la guerra y llamó al derrotismo, a los proletarios rusos a volver sus armas contra su propia burguesía. Fue en febrero de 1917 que la rebelión de las mujeres de Petrogrado llevó a la de unidades militares que terminaron con el oprobioso régimen zarista. Lo que me interesa destacar es que si bien había un partido, de hecho semiclandestino, con sus dirigentes más importantes en el exilio, que proponía esta rebelión, fue una rebelión espontánea la que cambió drásticamente la correlación de fuerzas de clase, y que el régimen burgués que surgió en ese momento fue derrocado al cabo de unos meses por los bolcheviques, hecho que tuvo repercusiones a nivel mundial, porque fue la primera vez que las clases subordinadas pudieron derrocar a un régimen burgués, e instalar un régimen anticapitalista que pudo resistir la agresión armada de la contrarrevolución rusa, apoyada con armas, dinero y fuerzas militares de varios países.

Es sabido que Marx y Engels estudiaron el modo de producción capitalista y formularon las bases para una comprensión del desarrollo histórico y para la acción política del proletariado. Pero escribieron muy poco sobre las condiciones para la revolución socialista. En la medida en que Marx le dedicó apenas algunos fragmentos, se podía suponer que creía que ésta ocurriría cuando el capitalismo hubiera agotado sus posibilidades. Pero Lenin se apartó drásticamente de este punto de vista cuando sostuvo que la revolución era posible en la atrasada Rusia. Aunque no lo dijo con estas palabras, lo que creía era que podría haber factores coyunturales que podrían jugar un papel decisivo, por ejemplo si una clase dominante se lanzaba a una política que le quedaba grande y que fracasaba, lo que causaría una crisis general del modo de dominación.

Eso fue lo que ocurrió cuando la decrépita y corrupta autocracia rusa decidió participar en la Primera Guerra Mundial, en que tuvo que confrontar al ejército alemán, es decir al de uno de los países más desarrollados de Europa, lo que le costó enormes pérdidas humanas y materiales. La falta de realismo del gobierno de Kerensky, es decir de la burguesía rusa, que tomó el poder después de la caída de la autocracia y que pretendió continuar la guerra, fue un factor decisivo para el triunfo de los bolcheviques.

La victoria de la revolución dio un enorme impulso a la formación de un movimiento comunista internacional. Algunos dirigentes bolcheviques, incluyendo al mismo Lenin, cayeron en la ilusión de que la revolución socialista en Rusia sería el preludio de una Revolución Mundial. Por otro lado Lenin y los dirigentes bolcheviques, cuando plantearon la consigna de “Todo el poder a los Soviets”, o sea organismos de democracia directa de los trabajadores, creyeron posible un régimen político basado en esta democracia directa, pero no tuvieron en cuenta el hecho de que el Imperio Ruso era un país campesino, con una muy alta tasa de analfabetismo, y que la dictadura del proletariado requiere no solamente una voluntad de involucramiento en los asuntos públicos, sino un mínimo nivel cultural, y que la influencia de los bolcheviques en el campesinado era débil.

El reemplazo de la dictadura del proletariado por la del Partido no fue un resultado del doblez de los bolcheviques, sino de una situación objetiva. Los campesinos los habían apoyado gracias a que estos les prometieron la tierra y la paz, pero no mostraron ningún entusiasmo por el socialismo. Rusia fue derrotada por la contrarrevolución polaca en la guerra entre Rusia y Polonia en 1920, provocada por la burguesía polaca azuzada por las potencias imperialistas; la revolución fue asimismo derrotada en Hungría en 1919 y no llegó a estallar en Alemania. El gran mérito de Stalin, fue el de evaluar la situación de una manera realista y comprender que la primera e ineludible tarea del nuevo régimen era fortalecer su capacidad defensiva frente a una nueva agresión imperialista, que veía como inevitable. La respuesta de la burguesía en Alemania, que estuvo al borde la revolución, y en otros países, particularmente en Italia, fue el auge del fascismo que se propuso acabar con cualquier forma de organización política y sindical del proletariado. La agresión fascista contra la Unión Soviética, que efectivamente se produjo en 1941, después de la toma del poder por el fascismo alemán en 1933 y la creación de una enorme capacidad militar por el rearme de este país, confirmó que la apreciación de Stalin había sido correcta. El régimen estaliniano, que se caracterizó por una feroz represión para implantar la colectivización forzada en el campo, por progresos considerables en algunos terrenos, por ejemplo en la ciencia y la educación, y el mencionado efectivo fortalecimiento de su capacidad defensiva, demostró en la práctica, a un costo muy alto, su capacidad para resistir la agresión fascista, que le permitió jugar un papel central en la derrota del fascismo a nivel internacional. Su existencia tuvo también efectos políticos, en que las clases dominantes de algunos países capitalistas aceptaron la necesidad de hacerle concesiones al proletariado para frenar un proceso de radicalización que podía llevarlo a posiciones revolucionarias.

Había habido crisis económicas desde fines del siglo XVIII. La desatada en 1929 fue la peor de la historia hasta ese momento. Uno de los países más golpeados fue Estados Unidos, cuando la dominación burguesa era más sólida, con un peculiar sistema político bipartidista, donde dos partidos que se diferenciaban muy poco entre sí se alternaron en el poder durante siglo y medio. Fue hacia 1930 que el Partido Comunista de Estados Unidos alcanzó su mayor influencia sobre la clase trabajadora, movilizando a centenares de miles de desempleados. Si no pudo avanzar más se debió a que Franklin D. Roosevelt, el político más radical de la burguesía estadunidense, le hizo importantes concesiones al proletariado.

En el caso de México el Partido Comunista alcanzó su mayor influencia en la década de 1930, caso similar al de otros partidos comunistas en diferentes países. El movimiento comunista internacional, encabezado por la llamada Tercera Internacional, llamó a la formación de los llamados Frentes Populares para cerrarle el paso al fascismo. Pero en el caso particular de México los comunistas mexicanos le agregaron la consigna de “unidad a toda costa”, con la que cedieron posiciones duramente conquistadas en el movimiento obrero a favor de elementos oportunistas, lo que debilitó a la clase trabajadora, y al igual que otros partidos comunistas pretendieron seguir la colaboración de clases después de terminada la guerra, con el argumento de que había una imaginaria “burguesía progresista”, en condiciones en que ésta reprimía al movimiento obrero y negaba sus derechos electorales a los comunistas, lo que determinó que por lo menos hasta 1968 la corrupta y asesina autocracia priista pudiera aplastar a las clases subordinadas, y sólo hasta que el movimiento democrático de ese año puso en jaque a ésta comenzó un largo y contradictorio proceso de democratización cuyos resultados aún son inciertos. Si la política de los Frentes Populares había sido correcta durante la guerra, nada justificaba su continuación una vez terminada ésta, pero fueron varios los partidos comunistas que la continuaron, participando en alianzas sin principios incluso con partidos conservadores, lo que llevó a su desprestigio ante las masas. El caso más extremo de este proceso de degeneración de los partidos comunistas fue la política del Partido Comunista Argentino que intentó conciliar con la dictadura genocida impuesta en 1976 e incluso aceptó el plan político de una dictadura prolongada y la aventura de la guerra de las Malvinas, como parte de un proyecto de avance hacia una Argentina Potencia.

La Unión Soviética en ningún momento cuestionó esta política de los comunistas mexicanos, puesto que consideraba favorable la relativa independencia de México respecto a Estados Unidos. En el caso de Argentina intentó mantener buenas relaciones con la dictadura genocida. La influencia de otros partidos comunistas que vivían un deslizamiento hacia el reformismo y el nacionalismo, de los que el Partido Comunista de Francia fue el caso más notorio, influyeron sobre el Partido Comunista Mexicano en los sucesivos retrocesos (formación del PMS y PSUM) en que fue perdiendo su tradición revolucionaria hasta su disolución. Vemos entonces que los errores de una supuesta vanguardia pueden también tener una influencia muy importante en cambiar la correlación de fuerzas de clase a favor de la burguesía.

Después de la Segunda Guerra Mundial

Al terminar la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos asumió el papel hegemónico en el mundo capitalista, en tanto que la Unión Soviética ayudó a establecer regímenes del “socialismo realmente existente” que siguieron el modelo soviético en Europa Oriental, con la excepción de Yugoeslavia, que se negó a subordinarse a la Unión Soviética, y de Grecia, donde la revolución fue aplastada por la fuerza de las armas. En 1949 los revolucionarios chinos dirigidos por Mao Zedong liquidaron la dominación burguesa en ese país. En Cuba, bajo la dirección de Fidel Castro, una alianza de partidos y grupos logró derrocar al régimen burgués apoyándose fundamentalmente en el campesinado, y logró mantenerse en el poder incluso después de la caída de la Unión Soviética, resistiendo el continuo hostigamiento del gobierno de Estados Unidos.

A partir de la segunda mitad de la década de 1940 los Estados Unidos impusieron una carrera armamentista y un implacable hostigamiento contra la Unión Soviética. A pesar de ello la Unión Soviética y los países del “socialismo realmente existente” pudieron recuperarse. Pero un error muy serio que cometieron fue el de no sólo responder a la agresión imperialista que intentó liquidar a la República Democrática de Corea, sino intentar la liquidación del régimen impuesto por Estados Unidos en Corea del Sur, lo que sirvió para presentar al campo socialista como agresor, y para unificar a las burguesías de la mayor parte del mundo, bajo la hegemonía estadunidense, en contra del campo del “socialismo realmente existente”.

Pero la existencia de la Unión Soviética jugó un papel fundamental en la liquidación del colonialismo. Sin la ayuda soviética es probable que la Revolución Cubana hubiera sido aplastada, y que también lo hubiera sido la rebelión independendista de Vietnam, que pudo derrotar a las fuerzas militares francesas, pero que probablemente hubiera sucumbido frente a la intervención estadunidense de no haber contado con la ayuda de la Unión Soviética.

En la historia de la Unión Soviética hubieron muchos errores gruesos y prácticas absolutamente inaceptables y ajenas a toda la tradición socialista, y me llevaría demasiado espacio hacer un recuento de todas. Pero se impone mencionar por ejemplo las de limpieza étnica, tanto al interior de la Unión Soviética, como en los casos de la de alemanes de la actual República Checa y de regiones étnicamente mixtas, como Prusia Oriental y Silesia, y el hecho de que fueran apoyadas por las masas checas y polacas, que habían sufrido la ocupación alemana, no las hace más justificables. Cabe recordar que el Partido Comunista de Alemania era el más fuerte de Europa antes de la toma del poder por el régimen hitleriano. Es posible que la división de Alemania haya sido vista como un castigo o venganza impuesta contra el pueblo alemán, así como la expulsión de alemanes de Polonia y Checoeslovaquia, y no cabe duda que acciones bárbaras como la destrucción de Dresden por la aviación aliada, que no podían tener una justificación militar, porque ocurrieron en circunstancias en que Alemania ya tenía perdida la guerra y porque en Dresden no había objetivos militares, también representaron acciones de este tipo. Pero está claro que por parte de la Unión Soviética la necesidad de tener un escudo de países subordinados en sus fronteras, como en los casos de Polonia y Checoeslovaquia, tuvo un alto costo para el Partido Comunista de Alemania, contribuyendo al derrumbe de su influencia en la República Federal Alemana, luego a la del movimiento comunista a nivel internacional, y que las legítimas aspiraciones a la reunificación alemana pudieron haber contribuido al derrumbe de la Unión Soviética.

La pretensión del Partido-Estado de controlar toda la vida política y cultural, de dictarle la verdad a la ciencia, de controlar la literatura y el arte, tuvieron efectos desastrosos, entre otros la parálisis del pensamiento teórico y la incapacidad del Partido-Estado de interpretar los cambios que se dieron en el mundo capitalista. En la medida en que fueron percibidos, lo hicieron intelectuales que se movían dentro del marco de la ideología burguesa, como los críticos de la evolución del sistema de transporte en Estados Unidos, o los de la energía nuclear; o por marxistas que no pertenecieron a ningún partido, como en el caso del germano-estadunidense Herbert Marcuse; o marginalizados y expulsados de sus Partidos, como en el caso de Wolfgang Harich, en la ex República Democrática Alemana.
Los ideólogos soviéticos aceptaron las fantasías sobre una supuesta revolución científica y técnica, que implicaría un gran salto hacia delante de las fuerzas productivas, o el papel de la energía nuclear como palanca del desarrollo de los países menos desarrollados, proposición nunca probada que incluso fue difundida en México por los mencheviques y oportunistas del SUTIN (Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear), y los llamo mencheviques porque en efecto eran una especie de versión mexicana de los mencheviques rusos, que pretendían que en Rusia no podía haber revolución por el insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas. Los discípulos de Vicente Lombardo Toledano en México fueron más lejos, en plantearse que el proletariado debía de jugar el papel de vanguardia en este desarrollo, que combinaron la mencionada teoría de la energía nuclear palanca del progreso y la plantearon además como una cuestión de soberanía, en circunstancias en que en Estados Unidos ya había aparecido una literatura antinuclear, y una literatura sobre el desarrollo urbano que mostraba el papel negativo del automóvil como medio dominante de transporte. La Unión Soviética participó en la creación del Organismo Internacional de la Energía Atómica con el argumento de que era un avance de la coexistencia pacífica en contra de la llamada Guerra Fría, sin percibir que se trataba de un mecanismo para la institucionalización de la competencia por esferas de influencia. Más aún, Khruschev lanzó la consigna incorrecta de “alcanzar y superar” a los Estados Unidos, lo que implicaba aceptar los mismos medios técnicos, en circunstancias en que el sistema de transporte de la Unión Soviética y países del “socialismo realmente existente” era mucho más racional que el de Estados Unidos, donde el automóvil producía un enorme derroche de recursos y una contaminación de las áreas urbanas que no se ha logrado reducir aún cuarenta años después de aprobada una Ley de Aire Limpio, con el agravante de que ahora sabemos que el dióxido de carbono emitido por los automóviles y centrales de generación de energía que utilizan combustibles fósiles contribuye al calentamiento global. Fue Herbert Marcuse quien planteó que una característica central del capitalismo tardío era la promoción de necesidades ficticias, lo que podría incluir a los automóviles de la década de 1950, que pesaban varias toneladas, y a la energía nuclear. Fue Wolfgang Harich quien marcó a fuego el oportunismo, reformismo y nacionalismo del Partido Comunista Francés, que aprobó el armamentismo nuclear, olvidando la antigua y correcta propuesta de “armamento del proletariado, desarme de la burguesía”; y el apoyo oficial al avión Concorde, que era una forma de transferir los recursos generados por el proletariado para subsidiar al consumo suntuario de la burguesía. En la batalla ideológica en torno a “Límites del crecimiento”, que planteaba la existencia de límites a la población, al uso de los recursos naturales y a la contaminación ambiental, los ideólogos del “socialismo realmente existente” se alinearon totalmente con los del capitalismo.

Hubo otras políticas del imperialismo que suscitaron una resistencia de masas, por ejemplo las bárbaras acciones contra el pueblo de Vietnam, pero éstas nunca alcanzaron un apoyo generalizado del proletariado, y terminaron por extinguirse. Pero en la situación actual uno de los aspectos más impresionantes es precisamente el apoyo masivo del proletariado, a las movilizaciones en Estados Unidos, España y Grecia. Y además el hecho de que fue precedido por un desprestigio generalizado de la democracia burguesa, que se manifestó por ejemplo en el hecho poco conocido de anulación masiva del voto en varios países sudamericanos en varias elecciones desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; y en otro hecho sin precedentes, el derrocamiento de gobiernos electos en los casos de Argentina en 2001 y Bolivia en 2003, acompañado por un gran desprestigio del sistema de partidos y la ruptura de algunos de los sectores más atrasados del proletariado con aquellos que los habían manipulado durante décadas a través del clientelismo.

De la caída de la Unión Soviética a la generalización de la resistencia contra las políticas neoliberales en 2011

En tanto que el análisis de las causas del derrumbe de la Unión Soviética y del “socialismo realmente existente” siga siendo materia de debate, lo que sí está claro es que algunos ideólogos del capitalismo creyeron que la revolución de noviembre de 1917 en Rusia y la formación de un campo socialista no habrían sido una consecuencia natural del desarrollo del capitalismo, sino anómalos e inexplicables accidentes históricos, y que ahora sí vendría la dominación eterna del capital, un progreso ilimitado, sin más crisis económicas, y se lanzaron a una brutal ofensiva contra los derechos de los trabajadores, tratando de restablecer las relaciones entre clases sociales que habían imperado durante el siglo XVIII, con la diferencia de que ahora había computadoras y sofisticados métodos de análisis de proyectos de inversión. Por otra parte la Unión Europea había operado en base a la hipótesis de que la supresión de barreras al flujo de fuerza de trabajo y de capitales, y la unificación del sistema financiero, traerían la mejor asignación posible de los recursos, clave para una prosperidad generalizada. Las rebajas de impuestos a la burguesía, que hizo más injusta la distribución del ingreso, fue uno de los efectos de esta política. Una de las ilusiones de la burguesía fue que la ampliación del crédito sería la solución que permitiría un gran crecimiento económico.

Las políticas neoliberales también pueden verse como una forma de recuperar la tasa de ganancia, tratando de rebajar la participación de los trabajadores en el producto bruto. La proposición de que la caída de la tasa de ganancia es un rasgo permanente del capitalismo, siempre que otras condiciones se mantengan sin cambios, fue formulada por Marx en el siglo XIX.

Hay economistas que sostienen que hay aumentos y caídas de la tasa de ganancia con cada ciclo de auge y caída de la actividad económica, o sea un carácter cíclico que no es incompatible con lo anterior, es decir que también habría un descenso de largo plazo, que haría cada período de auge más corto y cada descenso más profundo.

La tasa de ganancia comenzó a caer a partir de la década de 1960. Hay un acuerdo general de que las tasas de ganancia caen desde fines de la década de 1960 hasta comienzos de la de 1980, pero con interrupciones a fines de los 80s y fines de la década siguiente, y que ello no fue resultado de aumentos de salarios. Michl y otros concluyen que el alza de la proporción de capital a salarios fue un elemento en la reducción de las tasas de ganancia. La inversión intensiva en capital por los capitalistas tendía a aumentar su competitividad y rentabilidad individuales, y el efecto fue que la rentabilidad cayó a través de la economía, lo que valida la teoría de Marx (Harman, 2007).
Una gráfica de las tasas de ganancia para Japón, Alemania (hasta 1990 la República Federal Alemana, después toda Alemania), y Estados Unidos, para la industria manufacturera muestra que caen desde fines de los 60s en Japón, ídem en Alemania, en EU desde los 50s.

La crisis del 2008 y la de la deuda de los países menos desarrollados del capitalismo europeo, Irlanda, Portugal, España, Grecia, e incluso la no poco desarrollada Italia, mostraron que continuaba la impotencia del capitalismo para conjurar las crisis, y la incapacidad de las políticas neoliberales para hacer frente al que siempre había sido un problema del capitalismo, el del desarrollo desigual, que pone en riesgo la continuidad de la Unión Europea. Si la crisis ha tenido hasta ahora efectos menores que la de 1929 en cuanto a proporción de desempleados, los ha tenido mayores en la pérdida de viviendas compradas a crédito. Joseph Stiglitz menciona que en Estados Unidos el 1% de la población controla el 40% de la riqueza y recibe más del 20% de los ingresos; que un multimillonario como Warren Buffett paga menos impuestos que su secretaria, en proporción a sus ingresos; y que en los últimos años se han ejecutado siete millones de hipotecas (“La globalización de la protesta” Reforma sección Negocios del 18/XI/2011, p. 6), o sea que las ilusiones creadas por las políticas neoliberales, incluyendo una gran ampliación del crédito, han desembocado en la más brutal expropiación de millones de proletarios. En este caso no fue la burguesía de un país, quien se lanzó a la política de la trasnacionalización acelerada y desarme del proletariado, sino la de todos los países, y lo que muestra la rebelión generalizada de las clases subordinadas es su fracaso rotundo. Veinte años después de la caída de la Unión Soviética el capitalismo está más débil que antes, y sus tentativas de descargar la crisis sobre el proletariado han generado una resistencia generalizada para la que el capital y sus ideólogos parecen no tener respuestas. La generalización de la resistencia contra las políticas neoliberales en Estados Unidos significa necesariamente un debilitamiento del capitalismo a nivel mundial, porque este país ha sido durante más de medio siglo el baluarte de la contrarrevolución a este nivel, que se caracterizó por un brutal aumento de las políticas represivas, tanto contra delincuentes comunes como contra el terrorismo, que llevó a la duplicación del número de encarcelados a dos millones en pocas décadas. Se trata de un fenómeno sin precedentes, porque si bien frente a la crisis de 1929 hubo movilizaciones de desempleados, no hubo ningún movimiento a nivel internacional, menos la generalización de la resistencia en tantos países en un período tan corto. O sea los acontecimientos están demostrando que la burguesía a nivel mundial se lanzó a una política que le quedaba grande, y su fracaso podría ser el preludio de una reorganización de las fuerzas del proletariado hacia grandes luchas que podrían tener el potencial de cambiar la correlación de fuerzas de clase a nivel mundial.

Hasta ahora el curso de los acontecimientos muestra un gran fracaso del capitalismo en el hecho de que ha estallado una crisis severa que no sabemos cuánto tiempo va a durar, y en el hecho del surgimiento de movimientos masivos de centenares de miles de trabajadores que resisten las tentativas de descargar sobre el proletariado sus efectos. La burguesía se ha visto obligada a deshacerse de algunos gobernantes como Papandreu en Grecia y Berlusconi en Italia, aunque en el caso del segundo han jugado también otros factores como los de una prolongada conducta escandalosa. Pero la burguesía pretende continuar las mismas políticas, utilizando a personajes menos conocidos pero de antecedentes igualmente nefastos, como el gran banquero italiano Mario Monti y el gran banquero griego Lukas Papademos, ambos colaboradores de Goldman Sachs, una de las empresas financieras más grandes culpables de la crisis (Guillermo Almeyra “Europa y la libra de carne del capital financiero” en La Jornada del 20/XI/2011, p. 18). Está por verse si podrán efectivamente frenar las movilizaciones del proletariado o si la burguesía tendrá que seguir retrocediendo hacia el desmantelamiento de las políticas neoliberales.

Hasta ahora el movimiento parece carecer de líderes y de programa, lo que muestra rasgos de un anarquismo espontáneo. En tanto que ha habido anarquistas que han sido consecuentes luchadores por los derechos del proletariado, nunca tuvieron éxito ni en el derrocamiento de un gobierno burgués, menos en la creación de un régimen político estable. Habrá que ver si el curso de los acontecimientos permitirá superar esta heterogeneidad ideológica y los prejuicios que traban el surgimiento de líderes y de un programa. Pero sí es posible conjeturar los puntos esenciales de un programa, suponer que en el curso de la lucha los prejuicios heredados de la dominación burguesa y de la caída del “socialismo realmente existente” podrían desvanecerse, y que las masas podrían moverse en una dirección anticapitalista. Por el momento se trataría solamente de liquidar los abusos más notorios, de ayudar a los sectores más golpeados, y de proponer medidas que sean la antítesis de las políticas imperialistas y neoliberales, o sea la limitación drástica de estas políticas en el terreno militar y económico, su reemplazo por un capitalismo altamente controlado, y la generalización de formas de democracia directa. Para ello sería posible plantear algunas consignas, con la esperanza de que en la medida en que el movimiento avance pueda incluir temas como los ambientales, los de política exterior, etc. Propondría las siguientes:

--No pago de deudas o reducción drástica de éstas por los países que están en peor situación.
--Trabajo o subsidios a los desempleados, impuesto extraordinario de crisis para financiar estos.
--Reestructuración drástica del sistema fiscal para que paguen más los que están en condiciones de hacerlo.
--Control estrecho sobre el sistema financiero, prohibición de operaciones a través de los paraísos fiscales, impuestos sobre las transacciones financieras.
--Rebaja de salarios a ejecutivos y altos funcionarios.
--Removibilidad por voto directo de funcionarios y representantes, avances hacia la democracia directa, legitimada por plebiscitos sobre las medidas más importantes.
--Liquidación de la energía nuclear, limitación de las funciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica a la ayuda para desmantelarla en todo el mundo, transición a energías renovables.
--Desarrollo del transporte público, racionamiento de la gasolina para el transporte automotor individual y privado, como elemento central en la lucha contra el calentamiento global.
--Levantamiento del bloqueo y devolución de Guantánamo a Cuba, eliminación de las bases militares en el extranjero.
Algunas de estas medidas, por ejemplo la imposición de límites a la producción de combustibles fósiles, para combatir los efectos del calentamiento global, podrían afectar negativamente a sectores del proletariado, pero los intereses de toda la clase y de toda la humanidad deben prevalecer frente a los de grupos particulares, incluso si se trata de fracciones de éste.

Se puede creer que el desarrollo de este movimiento ya ha debilitado la dominación capitalista. El avance de las políticas neoliberales ha sido tan brutal y sus efectos sociales tan desastrosos, que cualquier concesión representaría necesariamente un cambio en la correlación de las fuerzas de clase que sería desfavorable para el capitalismo. Y la resistencia de masas en varios países como Grecia, Italia y Portugal pone en juego la posibilidad de que algunos abandonen la Unión Europea, lo que sería un golpe para las políticas neoliberales.

Se puede esperar que en el curso de la lucha millones se cambien a sí mismos, y avancen hacia la percepción de la necesaria liquidación de las políticas neoliberales, que podría comenzar en los países más castigados por la crisis, por ejemplo Grecia, país que además tiene un Partido Comunista cada vez más fuerte y prestigiado. El retiro de la iniciativa del gobierno griego de legitimar con un plebiscito las medidas para salvar a la burguesía y a la Unión Europea de los efectos del rechazo de la deuda; y la gran huelga general del 19 y 20 de octubre, que movilizó a centenares de miles de proletarios, en la movilización más grande hasta ahora del proletariado organizado en contra de la crisis, muestran que Grecia se ha vuelto probablemente el eslabón más débil de la dominación burguesa a nivel mundial. Las movilizaciones de masas contra el fraude electoral en Rusia, junto con el reconocimiento de un importante incremento de la votación a favor del Partido Comunista, al que se le adjudicaron el 20% de los votos; y la casi duplicación de los votos a favor de Izquierda Unida en España, que alcanzó casi un 11% en la última elección, y cuyo principal integrante es el Partido Comunista, son señales que apuntan hacia la misma dirección.

La refundación de un movimiento comunista revolucionario a nivel mundial, que planteara un deslinde claro contra las bandas de renegados que en varios países siguen llevando la etiqueta comunista, contribuiría a la profundización de este proceso de rebelión de las masas contra los aspectos más negativos de las políticas neoliberales. Dada la gravedad de la situación ambiental, con la percepción de que el calentamiento global es el problema más grave que confronta la humanidad, un movimiento comunista del siglo XXI debería ser necesariamente ecocomunista, lo que implica poner a los intereses generales y de largo plazo del proletariado y de la humanidad por encima de los inmediatos de grupos proletarios particulares, que pueden ser manipulados por la burguesía de industrias como las de combustibles fósiles. El proletariado en el poder no podría conformarse con mantener el aparato productivo existente, sino decidir qué se produce y cómo se produce. Se trata de un proceso contradictorio, ya que por ejemplo en Estados Unidos, país en que esta necesidad es más importante que nunca, el Partido Comunista ha abandonado su larga tradición revolucionaria para hundirse en la charca del oportunismo.

Dado el carácter apocalíptico de las perspectivas que plantea el calentamiento global, que pone en juego la supervivencia de la humanidad, o un brutal retroceso por disminución de áreas habitables y cultivables, en que además los efectos no serían inmediatos, sino que pueden ocurrir dentro de un siglo debido a acciones actuales, podría plantearse la posibilidad de una forma limitada de la dictadura del proletariado. Desde el surgimiento de la idea de dictadura del proletariado, ésta se planteó como objetivo el aplastamiento de la resistencia de las clases poseedoras contra su expropiación. Pero dado que está en juego la supervivencia de la humanidad, el cambio revolucionario de las relaciones sociales puede dejar de ser una prioridad, por lo menos por un tiempo indeterminado, hasta que la crisis ambiental sea superada, aunque nadie puede asegurar que efectivamente lo sea. Podría ser necesario llevar a cabo la expropiación de algunos sistemas productivos, por ejemplo las redes eléctricas, pero en otras áreas, por ejemplo la producción de combustibles fósiles, no sería necesaria la expropiación sino su clausura (por ejemplo en el caso del carbón) o la reducción drástica de su producción, en los casos del petróleo y gas natural. Por supuesto que es sumamente improbable que los propietarios de las empresas de este sector acepten voluntariamente estas medidas, ya que representarían grandes pérdidas, en que un millón de kilómetros de gasoductos y centenares de refinerías se convertirían en chatarra.

La permanencia de las relaciones sociales capitalistas en gran parte de la economía podría ser vista como una forma de reformismo o de tolerancia indebida hacia la burguesía. Pero cabe señalar que, en primer lugar se debe a circunstancias extraordinarias, nunca antes previstas en la historia, que estarían condicionadas a que la burguesía acepte estas medidas sin intentar una resistencia armada, y que en una situación en que está en peligro la supervivencia de la humanidad el cambio de las relaciones sociales pasaría a segundo plano. Segundo, no sería incompatible con el cambio del carácter de clase del Estado, con el control de los aparatos de éste por las masas populares, y con el reemplazo de las burocracias actuales por otras de un carácter igualitario, caracterizado no sólo por la removibilidad por voto directo, sino por la supresión de los desmedidos beneficios materiales que actualmente existen, incluyendo los estrechos contactos con los altos niveles de la burguesía, particularmente para las burocracias armadas, y que favorecen a los niveles más altos de éstas.

Las masas se están moviendo a nivel mundial, en extensión y profundidad, y éste es el aspecto más importante de la situación actual.

Referencias
Chris Harman (†2009) “The rate of profit and the world today” en International Socialism no. 115, 2/VII/07.