REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
02 | 06 | 2020
   

De nuestra portada

Martha Fernández: las investigaciones profundas


René Avilés Fabila

Le puse como título a esta modesta participación “Martha Fernández: las investigaciones profundas”, como una paráfrasis de un libro memorable de José María Arguedas, donde la hondura y el amor por el tema pertenecen a la pasión de la creatividad, de la búsqueda por hurgar en lo más íntimo de una fe que ha movido verdaderamente montañas para implantar su dominio, que lo mismo ha recurrido al fuego y a la espada que a la fe y a la promesa del Paraíso. Del mismo modo que Vivaldi o Mozart escribieron música para comunicarse con Dios, son incontables los seres humanos que le entregaron a esa misma deidad, con frecuencia ajena a sus creencias originales, su mayor esfuerzo. Sacerdotes, arquitectos, albañiles, escultores, pintores, orfebres, todos contribuyeron a edificar moradas para que las habitara Dios y su corte celestial: vírgenes, santos, ángeles y arcángeles. En tal sentido, es que Martha Fernández nos muestra la ruta que viene desde Jerusalén hasta nuestro pasado reciente. De muchas maneras, la investigadora hurga en las grandes edificaciones o lo que de ellas resta, su sentido simbólico, sus secretos, las disposiciones de Dios, la relación entre sus fieles o adeptos y Él. La bibliografía consultada y los sitios visitados, minuciosamente analizados e incluso fotografiados, contribuyen a consolidar tanto el prestigio de la doctora Fernández por sus aportaciones, como la explicación de esos recintos sagrados que ocultan mucho más de lo que permiten escudriñar a simple vista. Vale la pena señalar que la metodología utilizada por la investigadora, vista en las páginas del libro y la bibliografía permiten ver, como es usualmente, un delicado eclecticismo, mejor dicho, una variedad de métodos que ella suma o integra para obtener el suyo propio. Es como el estilo en los literatos y siempre es muy personal. Las deudas se hacen invisibles cuando los resultados son estupendos y reveladores. Pero constan, allí están las aportaciones.

Investigadora de altísimo rango, Martha ha dejado en libros, ensayos y artículos multitud de pruebas de su talento como investigadora. Estudios sobre el simbolismo en la arquitectura novohispana, una obra reciente, editada por la UNAM en 2011 en colaboración con el Instituto Nacional de Historia y Antropología, es una magna obra cuyos aciertos sobre arquitectura van de la mano con la belleza de la prosa y con la agudeza de los comentarios. En este voluminoso libro, Martha Fernández consigue sus propósitos: informarnos y conmovernos, mostrarnos la grandeza de una fe o religión que ha destruido, sí, pero que sobre los basamentos de las ruinas edificó templos espléndidos dedicados a un culto siempre preocupado por los valores estéticos, lo que podría probarnos que estamos ante deidades que sólo están satisfechas si la catedral, el convento, la iglesia o el templo tiene hermosura y posee una serie de enigmas que forman parte del gran secreto de Dios, acorde a sus ofrecimientos hechos a través de textos bíblicos y de la palabra del propio hijo de Dios, Jesucristo, el redentor.

En el prólogo, José Pascual Buxó anticipa algunos de los hallazgos de la autora, la doctora Fernández. Escribe de “poesía muda” o de la poesía parlante, lo que nos lleva obligadamente, aunque en un sentido laico, a un muy bello libro de André Malraux, Los sonidos del silencio. Pienso que particularmente en este libro, Estudios sobre el simbolismo en la arquitectura novohispana, Martha Fernández se muestra de cuerpo entero, es el tipo de tareas que se ha impuesto ella misma, para llevarlas a cabo ha trabajado su vida entera. No sólo apreciar desde afuera la Catedral de Puebla o la de México, observar la perfección de las columnas salomónicas, quedar absorto ante el barroco mexicano, un hermoso mestizaje entre lo europeo y lo indígena americano, donde los símbolos cobran mayor penetración, sino ver el interior de cada claustro, altar o retablo, cómo está una capilla o una fachada ante la luz solar y en particular qué nos oculta cada obra en su conjunto y en los detalles. Deslumbra su poder de observación y la capacidad de reflexión aunada a la descripción de la autora. Las fotografías (en general suyas), de iglesias y cuadros, de columnas o altares, de fachadas y patios, complementan su trabajo. El lector, especialista o profano, tendrá ante sí una serie de emotivas descripciones y explicaciones de lo que en conjunto representa cada obra que supo conmover tanto a sus creadores terrestres como a quienes ordenaron de distintas maneras la edificación de templos y sitios de culto.

La bibliografía de la doctora Martha Fernández es muy amplia y abarca distintos temas, lo mismo encontramos su devoción por el periodo barroco, sus edificios y sus artistas que la preocupación por una ciudad espectacular de origen que hasta hoy lucha en desventaja permanente por conservar sus bellezas y peculiaridades. Y aquí me permito narrar algunas tareas que juntos compartimos. Hace algunos años, me invitó a recorrer ciertas casonas e iglesias del centro Histórico. Me conmovió su pasión por aquellos sitios antes soberbios que ahora apenas mantenían o mantienen algún decoro. Todos o la mayoría víctimas de la destrucción. Me hacía notar los detalles de una iglesia caída en desgracia o de un edificio civil que había pasado a ser un vulgar comercio. En muchos casos le dolía la capacidad destructiva de las autoridades del país. Me parece que en tal sentido, la autora ha dado infinidad de peleas contra el abandono, la modificación torpe y la modernización salvaje que poco respeta el pasado grandioso. En más de un caso, aparece lo que la autora mira como una lucha entre los ángeles y los demonios, no sólo por lo que ambas legiones simbolizan en un combate entre dos valores permanentes: el bien y el mal, también porque los resultados de cualquier combate afectan a la obra de arte. Exorcizar es una pasión religiosa, eliminar la perversión representada por el Demonio, no más tentaciones, para combatirlo están las diversas moradas del señor, la voz de sus representantes en la tierra, los sacerdotes y la fe que miles de conquistadores, monjes y hombres y mujeres que apoyaron la evangelización edificaron.

Martha Fernández nos muestra como en un filme el detalle de apariencia mínimo (close-up) en un retablo, de un tabernáculo o de un cuadro o un mural, pasando antes por el gran plano.

De tal forma podemos saber lo que encierra cada obra, sus símbolos más recónditos. Para ello la autora no sólo recurrió a fuentes bibliográficas, visitó cada una de las iglesias o edificaciones y hurgó en los detalles, se hizo asidua a museos y archivos, a bibliotecas públicas y privadas, comparó sus conclusiones con las de otros investigadores para finalmente tener un libro de una profunda y efectiva ambición. De allí, de lo suyo, muchos otros investigadores podrán iniciar o concluir un trabajo. Un ejemplo evidente son los párrafos donde señala los detalles originales de las columnas salomónicas desde su descripción en los textos bíblicos que narran la forma en que Salomón levantó el Templo, y la manera en que ahora vemos tal estructura de soporte, siempre de una asombrosa belleza. A veces, la lectura de Martha Fernández me hizo pensar en su conocimiento bíblico: “El edificio que vislumbró Ezequiel”, cita que le permite reconstruir un templo que Borges diría soñado por Ezequiel.

Muchos de los lugares que Martha Fernández estudió en sus análisis del barroco, de la arquitectura novohispana, también los he visitado, he estado allí, algunos me han impresionado por su grandeza y dignidad, yo no hablo con Dios sino de Dios, lo que me aleja de los pequeños grandes detalles, pero al leer el libro, descubro que los visité sin mirarlos, que me limité a una amplia apreciación. Sería tal vez una buena oportunidad, ya con el libro leído, volver a esos sitios y redescubrir merced a la autora, su significado, la presencia oculta de los apóstoles, de algunos santos cuyo peso es magno o de la misma palabra de Dios rescrita o repetida por discípulos acuciosos que son los textos canónicos. Pienso, como ejemplo, en dos puntos que he visitado: la parroquia de Panotla y la Iglesia de santa Clara, en Querétaro. En estas obras es posible apreciar de la mano de Martha, los detalles y sus símbolos, su significado a veces secreto. Es posible que para el no investigador, para quien no es arquitecto o experto en arte, para el profano, no signifiquen mucho, pero es evidente que hay una comunicación prevista por sus constructores que para comunicarse con el humilde indígena o mestizo que se asimiló o fue asimilado por una fe que llegó violentamente pero que para sobrevivir optó por la belleza arquitectónica y la armonía de las fachadas e interiores.

No sólo hay que brindar paz, también proporcionar el consuelo que Guarini concibió y que en la Nueva España encontró asilo e hizo escuela. Ahora bien, para mí fue asimismo un libro de hermosos descubrimientos. Cito uno: la Parroquia de Santiago Tianguistengo, lugar que debiera conocer por razones familiares, mi madre proviene del Estado de México. Sabía de ella, mas no de su belleza e importancia histórica. Ya Martha Fernández había anticipado este libro en otras obras memorables: Arquitectura y gobierno virreinal y Artificios del barroco, ambas editadas por la UNAM en 1985 y 1990, respectivamente, investigaciones profundas que reflejan el talento y el conocimiento de la autora.

No es fácil hablar en unas pocas páginas de la obra de Martha Fernández que nos reúne, es muy extensa y viene de muy lejos, del nacimiento de una nueva religión que supo imponerse y que para hacerlo utilizó el arte o una suma de artes que incluyen la arquitectura, la pintura, la escultura, las bellas letras y desde luego la música. Las obras de Bach o de Vivaldi no se hicieron para cantarle a Dios sino en majestuosos escenarios, aunque esta idea contravenga conceptos originales o iniciales, que ya en el auge desaparecieron: sustituyeron la búsqueda de Dios que también está, dicen los eruditos piadosos, bajo una roca o dentro de una choza. Y ésta es una de las muchas intenciones de la autora. Mostrar una parte intensa de ese culto y la manera en que los representantes del Señor podían extender. Es cierto que el Diablo, Satanás asecha, afuera de la casa de Dios, pero no le es fácil la entrada a esos lugares plasmados de belleza. Así me lo pareció al leer un libro más de

Martha Fernández, quien ve en ese largo periodo un ejemplo soberbio de construcciones inmensas o pequeñas pero rodeadas de una hermosura protectora, donde quien ingresa queda a salvo. En más de una parte de este libro, sentí estar más en el campo de la gran literatura que en el texto severo de la investigación científica. Se necesita utilizar la imaginación y tal vez hasta la ficción para que un lector o un simple ser humano puedan entender cabalmente el significado de cada rincón, columna, altar o retablo que fue puesto así y allí por una razón que ahora nos es revelada.

El periodo estudiado, tomando en cuenta sus muy remotos antecedentes, es amplio y no se puede entender fácilmente se desliga la vida religiosa de la civil. El virreinato marca de modo muy profundo, de la Conquista a 1821 y quizá más allá, con su religiosidad al resto de la sociedad. Como es normal en consecuencia, las casas de Dios, cualquiera que fuera su forma e importancia, tenían mensajes cifrados en la piedra, en la tela o en la madera, simbolismos que aunque no fueran cabalmente apreciados, tenían una severa fuerza que era extendida o aplicada por los sacerdotes o monjes. En esta arquitectura y sus capacidades expresivas están las bases de la profunda religiosidad mexicana. La tabla axiológica utilizada por aquellos que sintieron la necesidad de crear una catedral o una iglesia partieron de la conjunción de valores para bien recibir al visitante que llegaba al sitio buscando a Dios, tratando de establecer un diálogo con la perfección que nos dicen es la propiedad máxima del Señor de todos los cielos. Si se quiere un diálogo imperfecto, desigual, pero rodeado de mensajes que mucho dicen con su silencio. Cada casa o mansión de Dios, finalmente, son el resultado de una larga historia que empieza antes del nacimiento de Jesucristo, como lo explica de diversas formas la autora, recurriendo a fuentes históricas y religiosas, a la propia Biblia y a las ideas de los más grandes constructores de templos. Algunos son obras maestras en su totalidad, Martha Fernández los señala con precisión, otros valen por un detalle, pero todos cuentan en el imaginario colectivo de la historia de la religiosidad católica.

Tengo la impresión, soy un profano completo, que de todo lo escrito por Martha, unos quince libros y multitud de ensayos y artículos altamente especializados, éste en particular es uno de los más logrados. La complejidad del tema es resuelto por la sencillez del buen investigador, bien armado por una prosa eficaz y castigada, donde cada término corresponde con precisión a las necesidades de la autora y de lo que ella observa en los arquitectos o pintores que trabajaron en nuestras sublimes catedrales y que mucho le deben, Martha lo señala con exactitud, a las escuelas europeas, las que a su vez de alguna manera trataron de reflejar en los orígenes. De cualquier manera y esto podría ser una atrocidad que Martha me entenderá, ninguna religión dominante hoy es puramente occidental, por más que de pronto hallemos serios vestigios griegos o latinos. Me parece que luego de la lectura de este libro habrá una necesidad imperiosa de visitar o de volver a visitar los edificios estudiados, aquí en México o en Europa, con el objeto de ver con otros ojos, ojos enriquecidos, cada uno de los símbolos analizados. Son secretos o íntimos detalles que permiten contemplar de mejor manera qué significa una columna salomónica o un retablo recubierto de oro, qué pretende cada edificio religioso con su arquitectura y decoración.

Me queda mucho por comentar acerca del libro Estudios sobre el simbolismo en la arquitectura novohispana, su abundante información, su exhaustivo seguimiento del barroco en países como México, desde luego que nos remite a casos asombrosos de Europa, principalmente de España e Italia, pero el tiempo que en estos casos se le asignan a cada presentador previo a las palabras de la investigadora, me limita. De tal suerte que antes de quitarle más tiempo a mis ilustres compañeros, quiero hacer una reflexión personal. Conozco a Martha Fernández desde hace muchos años, me parece que desde 1985, hemos trabajado en algunas tareas y juntos hemos dado batallas perdidas por recuperar una parte de nuestra herencia patrimonial, o el ataque a la inteligencia y el buen sentido de más de una autoridad a obras religiosas o civiles que eran parte de un grato paisaje urbano. Sin embargo hasta hoy me ha invitado a participar en una de sus presentaciones. Hizo bien, soy ajeno a los temas que ella ama, pero no insensible. Más que convertirme en experto en lo que no soy, quise aprovechar la oportunidad para agradecerle su amistad y señalar que admiro su amor y devoción por la historia del arte. Este libro suyo que ahora nos reúne, es una prueba de su tarea y una notable prueba.