REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Un patrimonio de la humanidad
Hernán Lara Zavala estaba haciendo el elogio de Eraclio Zepeda (EZ) y sin duda empezó a buscar en su mente la corona para las virtudes de narrador oral de EZ y la halló: Había que declararlo patrimonio de la humanidad. Patrimonio intangible de la humanidad, completó Gustavo García. Eso, dijo Hernán Lara Zavala, gracias, patrimonio intangible de la humanidad.

Era el homenaje por el cumpleaños setenta y cinco del autor de una obra narrativa trascendental efectuado en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes ante amigos, parientes y lectores de varios libros de cuentos y de cuatro novelas, basadas en los elementos fundamentales: el agua, la tierra, el fuego y el aire.

Mientras el escritor Lara Zavala contaba cómo conoció a EZ hacía algunos años y de su generosidad y de la importancia de sus libros, Gustavo García, crítico de cine, habló del trabajo del homenajeado en películas como en la que interpretó a Pancho Villa. También hablaron Marco Antonio Campos y Carlos Navarrete y Alejandro Sandoval actuó de moderador.

Eraclio Zepeda hizo algunas remembranzas de su quehacer cultural en Chiapas e hiló anécdota tras anécdota, celebradas por el público. También habló de cómo tuvo desde siempre la idea de escribir sus cuatro novelas, dos de ellas publicadas (Las grandes lluvias y Tocar el fuego), la tercera estará pronto en las librerías y tiene ya terminada la cuarta, todas en el Fondo de Cultura Económica (FCE). Con el mismo sello tiene los libros de cuentos Benzulul y Asalto nocturno.

Entre las historias que contó figura la que se refiere a su matrimonio con la poeta Elva Macías, ambos chiapanecos. Como ella era menor de edad tuvieron que conseguir un juez a modo y enseguida un pasaporte apócrifo para que pudieran viajar siguiendo la ruta de la seda, en un recorrido por oriente hasta China, donde vivieron algunos años.

Si Elva Macías hubiera estado entre los oradores quizá habría contado otra vivida por ella y por su hija Masha. Estaban en un café de la colonia Condesa cuando se les acercó una mujer argentina que vendía discos piratas. Escuchen al cuentero Laco Zepeda en esta grabación exclusiva, les dijo la mujer. ¡Ah!, contestó Elva, gracias no, a Laco lo tenemos en casa, en vivo y a todo color.

El temblor va llegando…
La cosa está del carambas, amigo Raúl, porque pretenden sodomizarnos con la inflación y con la saña innecesaria del fisco y, para acabarla de amolar, tiembla. Hay un grupo burocrático antisismos con sensores en las costas de Oaxaca y de Guerrero. ¿Y si el epicentro está más al sur o más al norte…? En Michoacán no han podido colocarlos porque asaltan al “personal de la UNAM”, dijo el jefe de ese grupo, o lo amagan con armas de fuego o les propina “una golpiza”. Si tiembla y los sensores están descompuestos, como ha ocurrido, nos amolamos. El gobierno local transmitirá la alarma por medio de un servicio a celulares y de casi dos mil altavoces, propuesta aceptada cinco años después de hecha. Si yo pago otro servicio, como lo pagan millones, ¿qué? ¿Dónde queda el altavoz más próximo a casa? Y los habitantes tierra adentro de Chiapas, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Sonora, ¿qué?

El viernes 13 de abril trato de dormir la última hora con la tv encendida por razones que un día te contaré. Entonces el locutor anuncia la alarma antisísmica. Abro los ojos y las orejas. La alarma sigue, dice con su cara de palo (Yo la tengo de fierro). Quienes te vemos y escuchamos, me digo, también la oímos y quién sabe cuánto dura porque el informe te lo guardas. Si ves otro canal o escuchas el radio, ¿la oyes? Yo estoy aferrado al colchón en espera de la sacudida porque está a punto de llegar... Viene por Taxco, me digo, por Chilpancingo, por Xochimilco... Pero en Coyoacán no siento nada. Fue de 5 grados, te enteras, y hubo antes otro de 5.2.

La alarma cesa y el locutor lo dice… Obviedades. Sin lo elemental: Tiene tantos segundos para tomar sus documentos y la lana debajo del colchón, y buscar un sitio seguro. Tampoco informa si la alarma cesa cuando cesa el temblor a seiscientos km del DF, en la costa, lo cual no denota que también en el altiplano porque aquí¬ empezó equis número de segundos después. ¿Me explico? Una lámpara a su izquierda, informa, se mueve menos que la de su derecha. Él ve de reojo y hacia arriba, sin menear otro músculo de la cara, uno, aparte de los ojos. Como si al menear el nervio trigémino en sus rígidos cachetes incrementara la magnitud del temblor o provocara una grieta en la tierra... Fue mi primera experiencia con la alarma.

Sudando la neurosis, Raúl, me bañé y anduve el día entero como menso por la falta de una hora de sueño.

Rápido pero sin furia
Mi hijo veinteañero abrió la puerta de la recámara y dijo que afuera estaban dos policías y preguntaban sobre un robo con violencia en nuestra casa. Viernes santo. Una y media am. Salté de la cama mientras decía ¿dónde afuera? Entonces una luz blanca me deslumbró sin enceguecerme. Eran dos y dentro de la casa, rectangular, angosta, dos recámaras al fondo. Adormilado pero igual con la fuerte descarga súbita de la adrenalina pregunté qué pasaba… Alguien había reportado un robo con violencia en San Lucas y se habían llevado un Chevy, pero el Chevy de Petunia estaba en la cochera. Uno de ellos sostenía la lámpara en lo alto, y el otro, joven, bien rasurado y de ojos redondos afirmaba que, como podía verse, llegaron en minutos. Afuera había más patrullas. Vi las luces con el portón abierto de par en par.

Pero ahí veo el coche, les dije. Nos vieron llegar y corrieron, o se metieron y andan por ahí. Miremos... De reojo veía a mi hijo. Qué susto despertar por un fogonazo de luz y ver a la poli al pie de tu cama. La puerta de la cocina estaba abierta, pero a veces queda así. En el comedor y en la sala, nada. En el estudio, mi compu en su sitio. El de la lámpara le ordenó al joven que subiera a la azotea y nada, tampoco.

Petunia y yo habíamos llegado ocho y media pm, pensé, asimilando la adrenalina, respirando profundo. Cenamos. Trabajé un rato, leí y me acosté. Yo había abierto el portón y ella metió el coche, pero ¿lo cerró? Cuatro horas y media después vi que no. Cuando su hijo lo abre también lo cierra. Pero yo no soy tu hijo, le recordé, y si abro y entro es porque llevo ya dos litros de café en el buche y no puedo volver porque no quepo, ni arrastrándome pecho a tierra bajo el coche. Uno o dos días antes Petunia Flowers lo había cerrado, luego de que yo lo abrí. Ella es intelectuala y distraída, pero ¿permaneció el portón abierto cuatro horas y pico? El poli de la lámpara habló por radio para informar (¿?) y enseguida le dijo a su pareja ya estuvo, que salgamos, dice.

Sin sueño y con la adrenalina esparcida le pregunté a mi hijo si había visto el número de la patrulla. ¿Cómo, si andaba en trusa? Pues yo igual y cerré el portón. Pero en lugar de anotar nada traté de ver a la vecina en la ventana de enfrente para preguntarle si ella había llamado a la policía. Ahora ¿cómo citar ese número a manera de reconocimiento?

Sinsabores de un peatón
Como a las seis pm empezó a llover y Feldespato lanzó una maldición atronadora. Al vuelo tomó el paraguas y le agradeció a su hijo mayor el aventón. Gracias no, síguele a tus garabatos. Él sabía cómo remontar el DF en minutos hasta la avenida Juárez. Caminó a División del Norte y al paso, lloviendo, tomó un micro, no el trole, a fin de transbordar adelante al metro. Una pareja se sentó a su lado y el chico evitó, driblando, que ella quedara junto al viejo cara de cemento armado. Feldes recibió un muslazo, peor que el de una mujer gorda, pensó.

El último vagón del metro es para homosexuales, le habían advertido sus hijos, como los de en medio lo son para mujeres. Cierta noche, luego de la taberna, el tío Hugo y él entraron al último. Dos policías iban de pie. “Nunca me he tirado a un poli…”, les dijo el tío, setentón, de ciento veinte kilos, achispado. Los polis rieron confundidos. Antes de que Feldespato lo sujetara por un brazo y se pusieran a salvo, los polis abandonaron el vagón. Nunca sabrá si huyeron espantados.

En la estación Hidalgo, transbordó a la línea dos rumbo al este. El pico de la hora pico. La gente intentaba abordar los vagones y la de adentro lo impedía. Los recién bajados iban abriéndose paso. Rechiflas y mentadas agrietaban el aire denso. Una mujer policía invitaba a un pasajero a que se lo dijera en la cara... Chaparrita, brava, juntaba y separaba por lo alto los dedos, la seña universal de cuscús en el sisirisco, según dice el tío.

Hacía meses, ahí mismo, un tipo disparó su arma contra un anciano y los policías, parapetados. Al trasbordar, Feldes se puso al hombro la chamarra impidiendo el cierre de la puerta. Al cuarto intento, reaccionó y tiró de la prenda y la puerta se cerró y el convoy arrancó. En Bellas Artes, como si él tuviera veinte años, subió la escalinata sin rellano, inquieto porque hubieran cerrado ya el Palacio, pero no. Aún tuvo bríos para subir otra escalera y al entrar Marcial Fernández presentaba al primer presentador del libro, el de Marcial, Los mariachis asesinos (Ficticia Editorial) y luego escuchó muerto de risa a Gustavo Markovich, a Flavio González Melo y a Javier García Galiano y, cuando Marcial dio las gracias e invitó a las tortas, buenísimas, del Covadonga, Feldespato se dijo, comprobado en piel propia, que en los hospitales, en las cárceles y en la presentación de libros se conoce a los amigos.

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