REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Memorias de Juan de la Cabada


El Búho

Juan de la Cabada no sólo fue un distinguido y estupendo narrador, un fabulista encantador, sino un hombre de luchas políticas y sociales y alguien que conoció muy bien a las grandes figuras de la literatura mexicana del pasado siglo. Fue un intelectual comunista que sufrió persecuciones y cárceles. Jamás se quebró, no cambió, fue un militante marxista de toda su vida lúcida. Murió casi en la indigencia, pero no dejaba de pagar sus cuotas al Partido Comunista. En lo personal era un hombre afable, generoso, cordial y desprendido. Su simpatía y gracia eran proverbiales entre quienes lo conocían. Su amplia obra sigue siendo un enigma para los lectores de hoy, tan acostumbrados al best-seller y a la novela de coyuntura, a los libros escandalosos y de corte periodístico. Como conversador era único, podía mantener a sus escuchas atentos durante horas. Contaba historias a veces reales, otras inventadas, que producían deleite y enseñanzas. Es parte de la historia de nuestras letras, pero también fue un combatiente sin tregua, su militancia fue legendaria. Nuestra revista le rinde un homenaje emocionado y para ello opta por publicar un fragmento de sus memorias, para que no olvidemos que hubo intelectuales de talento y gran literatura capaces de ingresar a la política más positiva y progresista de su tiempo y honrarla.

El Búho

Vida contada de Juan de la Cabada*
Gustavo Fierros


La lucha continuó. Era 1930 y los jóvenes vasconcelistas estaban ya muy desilusionados. El vasconcelismo fue así. La juventud sí quería un cambio, pero no se puede decir lo mismo del señor don José. Hay que recordar, por ejemplo, que Vasconcelos tuvo un periódico por los años cuarenta, Timón, completamente nazófilo. Y antes recuerdo haber leído, en La Antorcha, también periódico de él, un editorial donde se pronunciaba partidario de Mussolini. Esto fue lo que a mí me desengañó de este escritor que, por otro lado, es también muy importante.

Fueron años de feroces persecuciones. Para evadir a la policía conseguí un trabajo de cargador de ladrillos. Era muy cómodo, cargábamos los ladrillos en una hacienda por el rumbo de Cuernavaca y luego los llevábamos a Jojutla o a Yautepec, por el estado de Morelos. Realmente es agradable dormir encima de los ladrillos, encima de las lonas, y luego por la mañana íbamos a donde están las ladrilleras, cargábamos el ladrillo y nos volvíamos a ir. ¿Quién va a sospechar que un compañero va entre los cargadores? No pasa nada. Uno puede luchar y al mismo tiempo estar camuflado perfectamente. No hay quien pueda suponer en un cargador de cachuchita aun comunista.
Hay muchos temas y muchas cosas que se aprenden únicamente en ese medio. Algún día escribiré un cuento sobre este tipo de vida. Se trataría de la muerte de un niño, un hijo de un trabajador. No habría dinero para enterrarlo y tendrían que cargar el pequeño ataúd. La ruta del cortejo fúnebre los obligaría a pasar frente a un cementerio francés que a la entrada tendría el siguiente anuncio: “Felices los que mueren en el reino del señor”. Algún día lo he de escribir.

Por esa época buscamos el acercamiento con los pintores. En la Academia de San Carlos estaban los compañeros Bracho, Pujol, Peña y otros que después fueron amigos míos. Era maestro de desnudo un célebre artista que luego fue militante en nuestra lucha contra el fascismo, aunque no participara con nuestras ideas comunistas: Carlos Mérida. A él le molestaba que yo fuera a su clase y que inquietara a sus alumnos. Yo iba mucho a la clase de desnudo y él me decía: “Haz todo lo que quieras, pero aquí nada de marxismo”. En la Academia hacíamos conferencias, algunos mítines y todo lo posible por inquietar a los jóvenes.

Para un revolucionario de aquellos tiempos era muy difícil tener domicilio fijo. Yo viví —o dormí— en los sitios más diversos. Un tiempo viví con el compañero Ramón Casanela, que en México usó el nombre de Floreal. En la historia de la lucha social, Casanela fue aquel anarquista que en España mató a Eduardo Dato, ministro del rey Alfonso XIII. Pudo huir y llegar a la Unión Soviética, en donde estuvo de aviador. Luego fue a Brasil y por fin llegó a México, donde era llamado el compañero Floreal. En el barrio en que vivíamos, por el rumbo de Tepito, era común que fuésemos a comer a los mercados, donde por un cinco nos daban frijoles con tortillas. En esos lugares nadie podía sospechar de la actividad de un revolucionario. Pero también dormí en iglesias —lugares excelentes—, cabarets, consultorios de médicos o cuartuchos. No todo el mundo podría vivir así, por supuesto, pero creo que a la mayoría de los revolucionarios les pasaban cosas similares.

Luego de trabajar en el reparto de los ladrillos, trabajé algún tiempo en cosas de carbón y después, por fin, me encontré con Luis Vargas Rea. Fui a trabajar a una imprenta que él tenía en la colonia Anáhuac. Ahí entré a trabajar junto con Pepe Revueltas. Nos pagaban uno cincuenta y la comida de medio día. Íbamos a la una o dos de la tarde, comíamos, charlábamos y ahí hacíamos una revista que se llamaba Barbechando, de asuntos agrarios, por supuesto.
Ya era 1931 cuando salí de la prisión y por supuesto regresé a la lucha. Vino entonces la formación de la LIP, Lucha Intelectual Proletaria. Nos reunimos Leopoldo Méndez, Pablo O’Higins, Consuelo Uranga y David Alfaro Siqueiros en esa organización. David hizo la cabeza de Llamada, nuestro periódico. Se trataba de la mano de un obrero sosteniendo un silbato y llamando a la gente. Ahora creo que fue un poco romántico y no muy justo decir “Lucha Intelectual Proletaria”, porque la lucha intelectual debe ser en todos los campos, no nada más del proletariado, pero entonces teníamos esas devociones un poco románticas. En ese periódico participaron también algunos vasconcelistas como González Aparicio o la misma Consuelo.

Ahí publiqué un cuento que se llama “Las ratas”. Como sucede siempre con ese tipo de publicaciones ésta la pagábamos de nuestros bolsillos. No duró mucho, acaso un par de números.

Como otras veces, tenía que buscar un domicilio que me diera cierta seguridad. Por esa época mi amistad con Pedro Juliac, que ahora es millonario, se estrechó, en gran medida porque estaba tan desprovisto de fortuna como yo. Él estudiaba medicina y era compañero de Partido al lado de Enrique Ramírez y Ramírez. Con el Negro Juliac pasé una larga temporada en la que cada mañana empezaba, junto con el día, la incertidumbre del nuevo sustento y el nuevo cobijo para la próxima noche. Fue una vida al azar, sin pensar en dónde íbamos a vivir. Juliac era muy buen jugador, pero no quería sacar dinero de esa forma. Sólo cuando no quedaba otro remedio íbamos a La Cobacha, cantina donde mataron a aquel popular pistolero llamado El Remington. En cuanto llegábamos todos querían al Negro de pareja. No pasaba más de una hora para que ya tuviera dinero. Era infalible. Nunca lo vi perder, pero como miembro del Partido no le gustaba ganar dinero así. Sólo cuando no había más remedio iba a jugar.

Regularmente parábamos en el Hotel Ecuador, donde nos cobraban sesenta centavos por los dos. Algo curioso en esa temporada fue asistir a un baile donde encontramos a Benita Galeana, entonces joven compañera de Partido y muy bonita. En el baile había un sujeto, buena persona, pero que insistía en cortejar a Benita. Ella, hastiada por el asedio, me pidió irse conmigo. Tiempo después viví con ella, pero en esa época éramos sólo amigos. Esa noche regresamos al Hotel Ecuador tres y no dos. Cuando pagué, el empleado del mostrador preguntó: “¿Qué, los dos para una?” Opté por asentir solamente. Estuvimos conversando toda la noche los tres y luego, a la mañana siguiente, fuimos a desayunar.

A veces iba a dormir en hoteles más baratos, de tostón incluso. Otras veces dormía en iglesias. Alguna vez dormí en la Catedral, en lo que se llama el Coro de los Canónigos. Había allí grandes sillones con incrustaciones de marfil que para dormir eran comodísimos. Yo puse mi sombrero a un lado y me quedé dormido. Al rato me despertó un sacristán y —esperaba ser expulsado de ese pequeño paraíso— me dijo: “Tenga cuidado con su sombrero, no se lo vayan a robar”. La vida era entonces así, un poco a salto de mata.

En 1931 conformamos la Unión de Estudiantes Pro-Obrero y Campesino, UEPOC, cuyo local estaba en la misma Universidad, entonces en San Ildefonso. Ahí participaban muchos de los estudiantes vasconcelistas y muchos de nosotros, del Partido Comunista. Nuestro trabajo consistía en dar clases. Yo trabajé en una escuela en la calle de El Salvador, en plena Merced, una primaria a donde acudían cargadores y algunos obreros y donde por supuesto no se cobraba un solo centavo. Se trataba de enseñar a leer y escribir, sin necesidad de aprobar o reprobar a nadie. La organización alcanzó cierta popularidad, pero la prensa de entonces, precisamente por las ideas de algunos de los que enseñábamos, inició una campaña con acusaciones como la de que los comunistas estaban adoctrinando a los pobres cargadores y a gente ignorante. No veían, por supuesto, que enseñábamos a leer y a escribir sin cobrar nada. En este grupo estábamos gente que después fuimos a vivir al Cuadrante de la Soledad, donde entonces había unos dormitorios públicos y adonde llegaba gente que como yo no tenía dinero. El escritor Rubén Salazar Mallén, Jorge Piñero Sandoval, Federico Camps y otros en ese tiempo andábamos sin nada en la bolsa, aunque trabajábamos mucho pero no para ganar dinero.

Como se sabe, en el Cuadrante está la iglesia de La Soledad. De sus puertas cuelga una enorme leyenda que dice: “Nadie pase este lugar sin que afirme con su vida, que María fue concebida sin pecado original”. Ahí, frente a esa advertencia, los viernes por la noche acudían decenas de muchachas que se buscaban la vida haciendo gratas las noches de sus clientes. Se llaman prostitutas pero eso no importa. Los mismos viernes ellas entraban a la iglesia a rezar quizá para que los clientes no faltaran o para que no fueran crueles. El templo se llenaba porque también era refugio de los ladrones del rumbo, que acaso aprovechando la ocasión rezaban para que Dios los socorriera con su escondite. Si la policía nunca llegaba dentro de la iglesia, quizá fuera por el respeto que la fe, sea de quien sea, impone.

Los miembros de la UEPOC nos ilusionábamos con la belleza de La Soledad e incluso mandamos una carta a la Cámara de Diputados solicitando que nos fuera cedida para dar clases y hacer ahí una institución cultural. Aunque nunca nos hicieron caso, habíamos repartido el espacio. Nos sentábamos en lo alto de las cúpulas y mirando a través de los vitrales jugábamos a repartirnos los altares, el púlpito y todo el templo. Nunca atinamos a ponernos de acuerdo salvo en un punto: la sacristía sería para dormir.

Por las noches los miembros de la UEPOC salíamos en camiones a recoger niños de la calle. Lo más difícil era vencer su desconfianza, convencerlos de que no se trataba de una reclusión, sino de contar con una opción de dormir en algún refugio. Muchos de esos niños son los que figuran en los encabezados de los periódicos como víctimas del frío. Pero en realidad nadie muere de frío, se muere más bien de no tener un lugar a dónde estar, como tampoco nadie muere de hambre, sino de no tener qué comer. A los niños de la calle les invitábamos un café y a subir al camión y poco a poco nos fueron conociendo y reconociendo. A la mañana siguiente se iban y asiduos sólo hubo unos cuantos. En esa temporada yo también dormía en el refugio del Cuadrante de La Soledad. La comida ahí valía siete centavos y aun si no teníamos ese dinero, de todos modos, gracias al encargado del dormitorio público, nos daban de comer. Ahí escribí “A bordo”, relato que luego apareció en Paseo de mentiras. Ese cuento al poco tiempo lo vendí a la revista Mexican Arts and Life, entonces propiedad de don Howard Philips, casado con Dolores Olmedo. Me pagaron diez pesos y apareció publicado en inglés.

En el Cuadrante de La Soledad viví algo así como un año. Ahí también realizábamos reuniones políticas y mítines. Al final de ese año volví a caer en prisión, ahora tan sólo por pegar propaganda, actividad por la que algunos en esa época fueron incluso asesinados. Yo tuve suerte; luego de unos días me dejaron en libertad. Pero al regresar al Cuadrante, el encargado del dormitorio público me pidió que me fuera porque lo comprometía con la policía. Le dije que me iría si me regalaba las cobijas y creo que mi propuesta lo sorprendió menos de lo que a mí su respuesta. Me las regaló. Eran unas cobijas de lana que me sirvieron durante mucho tiempo.
Con el Negro Juliac buscamos nueva vivienda. La encontramos en la calle 16 de septiembre, encima de un sitio que se llamaba El Nuevo Japón. Se trataba de un cuarto por 20 pesos al mes. Por entonces sufrí de una tremenda úlcera y el pobre Juliac tuvo que aguantar mis quejidos por las noches e incluso ayudarme a conseguir magnesia anisada.

También viví un tiempo en el consultorio de mi hermano Francisco, que estaba en el edificio Muriel, en las calles de El Salvador y Pino Suárez. Este edificio estuvo —ahora sólo queda un jardín— frente a donde hoy está el Museo de la Ciudad, que fue la casa de los condes de Calimaya y donde vivió, hasta 1935, el pintor campechano Joaquín Clausel.

Trataré de describir un poco cómo era la vida en el edificio Muriel y algo sobre sus curiosos habitantes. Ahí, por ejemplo, vivió el ingeniero Truchuelo, senador por Guanajuato, personaje muy pintoresco que parecía sacado de algún cuento de gigantes, muy alto y con una cara larga y una voz retumbante. Un tiempo también vivió por ahí el colombiano Porfirio Barba Jacob, un gran poeta que pensaba de forma muy distinta de nosotros los comunistas. Él escribía entonces en el periódico Excélsior. Otro personaje era Enrique de Montalvo, auténtico reaccionario que solía escribir proclamas nazis por las calles. Era 1932 y el nazismo iba en ascenso. Hitler había sido nombrado primer ministro.

En el patio de esta casa había un restaurante que frecuentaba Silvestre Revueltas, a quien recuerdo con mucho cariño. Yo no tenía más que bajar a comer ahí para encontrarlo y poder conversar con él. Lo recuerdo acompañado muchas veces por su esposa Angelita y por su pequeña hija Eugenia. Otras veces solía llegar un violinista de la orquesta que dirigía Silvestre. Se vestía siempre con un traje negro con manchas que brillaban sobre el negro y que usualmente eran de grasa. Chencho, que así se llamaba el violinista, se dirigía a Silvestre con aires de solemnidad: “Maestro, mañana es día de cobro y usted está invitado a una comida en Xochimilco”. Silvestre contestaba como si hablara consigo mismo: “A ver si puedo”. Chencho insistía, le decía que no podía despreciar a los campesinos y a los amigos de aquel rumbo. Creo que Angelita —y yo también— sentíamos que esta invitación era perjudicial para Silvestre, quien era capaz de coger una borrachera que durara hasta una semana o más. Silvestre tendría entonces unos treinta y tres años.

Mi relación con Silvestre estaba ligada a mi amistad con Pepe, su hermano, con quien entonces trabajaba. Fue por esa temporada cuando asistimos a un mitin de la Liga Anticlerical en la calle de Cuba. La Liga tenía entonces una revista que se llamaba La Sotana, cuyo director era el doctor Enrique Beltrán, eminente biólogo. Llegando apenas a esta manifestación atisbé a la policía, pero decidí meterme de frente. Pepe me llamaba para que me detuviera cuando lo alcanzaron unos policías. “Compañero, ¿va usted al mitin?”, le preguntaron. Pepe asintió inocentemente y con él caminaron. Yo quería salir corriendo cuando me agarraron. Alcancé a sujetarme a una reja, y ya me jalonaban cuando aparecieron otros policías. Estos creyeron que yo era víctima de un asalto y se aprestaron a defenderme. Todo mundo sacó sus credenciales y entonces sí me detuvieron. Me negué a decirles dónde vivía. Ya comenzaba un interrogatorio cuando de pronto aparecieron los compañeros mostrando el permiso para hacer el mitin.

Tuvieron que soltarnos. Subimos al mitin, en donde estaba el grueso de la policía. No nos apresaban pero nos hostigaban. Volvieron a preguntarme por mi domicilio y volví a negarme. Les dije que dormía en la calle. Pepe y yo sabíamos que no se atreverían a detener a Rafael Ramos Pedroza, quien estaba por ahí y ya era una persona respetable, autor de varios libros, maestro de la Universidad y por supuesto compañero del Partido Comunista. Me acerqué a Rafael para pedirle cinco pesos prestados. La única forma que veíamos para huir era tomar un coche pero ni Pepe ni yo teníamos dinero. Me los prestó. Pepe y yo salimos, pero afuera ya no encontramos policías que nos siguieran. Pepe propuso entonces que no desperdiciáramos ese dinero en un coche, que mejor fuéramos a cenar. Así lo hicimos.

El mitin había sido un sábado por la noche. El domingo por la mañana llegó mi hermano muy temprano y, por un casual —no extraño— arranque de generosidad, me dio un traje nuevo.

Parecía yo otra persona distinta a la del mitin anticlerical, con una corbata y sombrero nuevo, baño e incluso limpieza de zapatos. Cuando salimos a la calle no me di cuenta de que me seguían, aunque para ellos era imposible distinguir quién era quién entre mi hermano y yo. Íbamos a casa de la novia de mi hermano, a dos cuadras de la nuestra. El se quedó ahí, mientras yo salí junto con otro amigo que encontré por ahí, Ramón Herrada. Ahora es millonario pero entonces era pobrísimo. Me preguntó si podía invitarlo a cenar y lo llevé a un pequeño restaurante frente a la Cerrada de Jesús. Allí llegó, minutos después, el socio de mi hermano con quien compartía el consultorio. Se trataba de un nicaragüense primo del poeta Salomón de la Selva. Llegó demudado y nervioso. Se detuvo frente a mí y soltó: “Han cateado el consultorio, ahí está la policía”. Pude averiguar, días después, que los policías enloquecieron con la necedad de que yo debería estar ahí.

Había dejado mi traje viejo, mi saco a cuadros el sombrero viejo y estaban empeñados en encontrarme desnudo.
El cateo ocurrió por el mes de junio. Lo recuerdo claramente porque días después, en la noche lluviosa de aquel 24 de junio de 1932, alguien llamó a mi puerta. Desconfiado —cualquier signo era persecución— me animé a abrir. Me encontré con una hermosa mujer elegantemente vestida con un bellísimo traje largo. Era Benita Galeana. “Vengo por ti —dijo—, porque es día de tu santo”. Fuimos a su casa, que entonces estaba por la colonia Doctores.

Con Benita tuve primero una gran amistad y por esa amistad, como yo andaba siempre a salto de mata, ella me ofreció que fuera a vivir a su casa. “Ahí estamos sólo mi hija y yo —me dijo—. No tenemos otra cosa pero te damos un cuero de venado y un petate para dormir. Y de paso, ¿por qué no practicamos para que yo pueda leer y escribir?” Acepté con gusto y cada noche leíamos y escribíamos un poco. Yo le iba explicando y corrigiendo. Ella practicó y finalmente aprendió. Tiempo después escribió un libro sobre su vida.

Luego sucedió lo que era un poco inevitable. “Toda la gente cree que tú vives conmigo —dijo— y además me dan consejos. Dicen que cómo puedo vivir con ese peludo que además es un vago, que no me convienes, que eres desobligado y que no podrías mantenerme.” Yo no pude más que enfrentarla y preguntarle qué pensaba ella realmente. “Pienso que ojalá fuera verdad”, contestó. Pero esta respuesta no era sino un juego, una broma que los dos aceptábamos hasta una noche en la que falté a la casa. No sé qué sucedió, por qué no pude ir. Al día siguiente, cuando llegué, encontré a Benita conversando con dos compañeros del Partido. Su hija no estaba; Benita la había mandado con su hermana Lupe. Ella estaba reclinada en uno de los barrotes. Traté de entrar en la conversación pero apenas lo hice, los compañeros se despidieron. Benita me contó que la noche anterior la había pasado muy preocupada, que no había podido dormir pensando si yo estaba bien. Contesté —dócil— que me habría gustado avisar, pero que no tenía forma. Esa noche Benita decidió ser mi amante. A la mañana siguiente sin embargo, tuve que buscar otro lado donde pudiéramos vivir.

Cuando desperté no pensaba en nada, tenía la mente en blanco. No sabía qué haría pero tampoco me lo pregunté. Y así hubiera seguido un buen tiempo sin hacer nada. Pero los guardianes de la castidad de Benita —¿sus vecinos o sus amigos? no sé —me decidieron a salir de ahí. Se asomaban por encima de los postigos y gritaban lo que Benita ya me había contado. Fui a ver a Pablo Salinas y le expuse el embrollo en el que me encontraba. “Tengo un compromiso del diablo”, recuerdo que le dije. Luego de que le conté la historia, Pablo me ofreció 50 pesos para conseguir adonde vivir. Fui a parar al número 14 de la calle Efrén Rebolledo. Por 14 pesos al mes conseguí un pequeño departamento con una sala, cocina y un cuarto. La corriente eléctrica tenía que robarla con un “diablito” y el agua debía traerla de una pluma que estaba a unas calles de ahí. Aún así el lugar me pareció excelente.

Por esa época escribí algunos cuentos que inmediatamente vendí. La revista que más pagaba era Todo, que dirigía Félix Fulgencio Palavicini y que es el FFP de mi cuento “La botica”. A Palavicini no le gustaba que yo trabajara en su revista, pero por suerte siempre conté con el apoyo de un gran amigo y jefe de redacción, Rosendo Gómez Lorenzo. Rosendo me aconsejó que usara un seudónimo y él se encargaría de pagarme. Así publiqué “La niña”, “A bordo” y “Las odaliscas y el azafrán”.
El primer sábado que pasamos en la nueva casa de la colonia Doctores lo recuerdo como una pesadilla. Benita y yo no teníamos un centavo. Todo ese día lo pasamos caminando de un lado a otro, en busca de un amigo y un préstamo que nunca encontramos. Ya por la tarde conseguí algunas monedas por unos libros que vendí. Todavía era tiempo de comprar leche y pan. Regresamos a casa pero no cené; ya no tenía hambre.

Me acosté sin poner el diablito para robar electricidad. Con una vela empecé a leer Los Artomanov, de Máximo Gorki. Luego el sueño me venció. A la media hora, sin embargo, un dolor me regresó a la vigilia. En el estómago se inició una tortura que rápidamente me impidió siquiera moverme. Le pedí a Benita que fuera por mi hermano. Regresó sin encontrarlo. El dolor no cedía y Benita se animó entonces a ensayar un remedio que había aprendido en su natal Guerrero. Me dio un enorme vaso de agua con sal disuelta para que vomitara. Días después averigüé que si esa sal hubiera funcionado, habría muerto. No vomité y mi dolor crecía. Entonces buscamos la ayuda de un amigo taxista para que nos llevara al Hospital General.

Mi historia en el hospital comienza con mi desesperación para hacerme entender por la recepcionista. No sé si sea difícil de creer, pero esta señorita cuya labor consistía en registrar a los enfermos era sorda. Cada vez que le informaba de mi nombre, ella repetía: “Ah, sí, Juan de la Calzada”. Y si yo la corregía ella decía: “Ah, sí, Cebada”. Cuando por fin pudimos hacerla entender, yo apenas resistía el dolor. Me mandó a un cuarto donde me acostaron sobre una plancha. Empecé entonces a sentir un frío recorriéndome y como si algo —imaginé en ese momento que era la muerte— me hundiera en la plancha. En medio de esa somnolencia, recuerdo el rostro de la recepcionista asomándose al cuarto y preguntando a Benita: “¿Ya se murió?”

Cuando vino el médico y me revisó, diagnosticó enseguida:
—Yo creo que esto es apendicitis aguda y hay que operar.
Se trataba de un joven que apenas habría salido de la escuela y que a Benita le inspiró gestos de escepticismo. Desconfiada, le preguntó al joven si él se haría responsable.
—No —dijo él—, yo sólo doy un diagnóstico y creo que lo que debe hacerse es operarlo, pero no puedo hacerme responsable de la vida de nadie. Además, para operarlo necesitamos su consentimiento y el de él.
Benita iba a replicar, pero yo ya no resistí:
—Cállate Benita —y suplicando al doctor—: por favor, máteme pronto.

Él mandó tranquilamente a que me revisaran para ser operado.

Me condujeron a una salita donde fui lavado, rasurado y cubierto con una sábana. De ahí me llevaron hacia la sala de operaciones. En ese trayecto improvisé —sin querer— la nostalgia de una despedida. Los pasillos del hospital tenían grandes ventanales, por los que podían verse plantas y arbustos, gotear los restos de una lluvia reciente. Donde se encontraban, el agua y la luz dejaban lo que entonces me pareció una hermosa coloración rosácea. Pensé que no volvería a ver ninguna lluvia. Adiós árboles, adiós plantas, hojas, piedras. Y así, despidiéndome de cada objeto que se me cruzaba, llegué hasta el quirófano.

Ya en la sala de operaciones, me atacó la ansiedad. Aún entre regaños de las enfermeras, me inclinaba hacia adelante para ver lo que tenía en el estómago. Era una lucha desigual que mi curiosidad estaba condenada a perder. Empecé a toser y las enfermeras aullaron que otra vez tenía la zona séptica, y que debían hacer otra “asepsia”. Por fin, y amablemente, una enfermera se acercó para pedirme que pusiera mis manos atrás de la nuca. Cuando lo hice, sacó una soga y me amarró a la camilla. Por fin pudieron hacer la operación.

Cuando salí del quirófano ya era de día. Serían como las seis de la mañana del domingo primero de octubre y había una alborada preciosa, llena de matices rosas que un sol apenas tibio provocaba. Fui llevado a la cama número 26 del pabellón de rehabilitación. Me sentía débil pero renovado, con nuevas energías. Me animé incluso a gritarle a un cura y a unas monjitas que estaba prohibido que oficiaran en un hospital del Estado.

Ese día vinieron algunos amigos a visitarme. Me encontraron en el pabellón general, e insistieron para que me mudara a una sala que llamaban de distinción. Pero apenas estuve en el hospital, me había enterado de que en esa sala había muerto de apendicitis el ilustre médico Gastón Melo, por lo que ahora esa sala tenía justamente ese nombre. Me negué por supuesto a ser transferido porque en esos momentos sentía que todo era un oráculo que algo me decía. Por cierto, ese mismo domingo, a lo lejos, habían cubierto con un biombo a un paciente que recién había muerto de apendicitis. Quizá fuera una señal, no lo sé, porque al fin y al cabo bien podía encontrar señales de otro tipo. Por ejemplo lo que me sucedió al caer la tarde de ese domingo. Luego de que mis visitas se fueron, llegó un nuevo paciente a la cama 25. Era un señor de bigotazo y complexión robusta que venía de Michoacán. Le habían diagnosticado bocio y tenía completas esperanzas de aliviarse. Años atrás, según narró este michoacano optimista, ya había estado en el mismo hospital, afectado por un accidente de trabajo. Guardaba excelentes recuerdos de su estancia, había sido bien atendido y salió perfectamente restablecido. Admito que, como un virus, su entusiasmo tenía algo de contagioso.

Ésta también podría haber sido una señal. Lo malo de las señales es que muchas veces sabemos que algo significan, pero sólo cuando esto sucede averiguamos qué eran. La noche de ese domingo soñé vagamente con la novela de Máximo Gorki.

A la mañana siguiente, comandada por el doctor, arribó una comitiva de médicos residentes. Eran jovencísimos doctores que se acercaron a la cama número 25. Recuerdo bien las palabras del doctor: “Es un caso, señores, muy interesante”.
Luego de dirigirse a los pasantes, le dijo al enfermo: “Usted cuídese bien porque pronto, quizá pasado mañana o el jueves, le daremos su tratamiento de insulina. Que lo preparen para el tratamiento, que lo mantengan a dieta”. Después la comitiva apenas se fijó en mí. Miraron los dos tubitos que me habían dejado después de la operación por si acaso supuraban mis heridas. No hubo ningún comentario y la comitiva se alejó; buscando algún caso más interesante.

Los días pasaron. No recuerdo bien si el miércoles o el jueves mi vecino debía de haber tomado su insulina, pero por una u otra razón, todavía no la tomaba. Regresó el mismo médico con su comitiva a la cama 25. Una vez más dio su cátedra sobre el bocio y resaltó lo interesante del caso. Esta vez el médico indagó con la enfermera si el paciente estaba en ayunas y listo para tomar la insulina. La enfermera contestó, cabizbaja, que el enfermo había desayunado. Entonces el doctor la regañó con una pregunta: “dije que no desayunara ¿Cómo es posible, caramba? Tome nota señorita, que mañana le ponen a este señor la insulina”.

Yo también debía estar a dieta y así fue. Debía tomar solamente té. El té me lo traía un soldado que también estaba interno. Era una celebridad en el hospital, ya que se había sometido a una operación de várices sin anestesia alguna. Su estoicismo era verdaderamente militar. Además de semejante hazaña, este soldado practicaba un servilismo ejemplar. Colmaba de atenciones a los demás enfermos con más diligencia que cualquier enfermera.

Con mi vecino, sin embargo, las atenciones de las enfermeras y el soldado se convirtieron en una desventaja. Al contrario de las indicaciones del médico, el desayuno no faltaba en la cama número 25. Por eso, un par de días después, cuando médico y comitiva hacían su recorrido, la escena volvía a repetirse.

Exclamaba el doctor: “¿No dije que se le mantuviera a dieta?”
Cuando llegó el viernes, a mi vecino aún no le aplicaban la insulina. Ni el sábado. El domingo pasadas las tres de la tarde, cuando me encontraba en uno de los innumerables duermevelas que frecuenté durante mi enfermedad, el vecino se levantó de su cama rápidamente. No supe si intentaba llegar al baño o buscar a alguien, pero cayó sobre mí. En ese momento, y encima de mí, ese paciente de Michoacán cuyo entusiasmo llegaba a ser contagioso murió.

Yo seguí en el hospital unos días. Pronto me quitaron las canalizaciones y una semana después empecé a comer alimentos sólidos. Dejé el hospital acaso porque no era mi turno o quizá porque en esa ocasión sólo me tocó ver señales.

*Gustavo Fierros. Memorial del aventurero. Vida contada de Juan de la Cabada. CONACULTA, 2001.