REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Confabulario

La lámpara rota


César Alberto González Zuarth

Muchas noches han pasado desde el día en que partí tras de ti. Infinidad de pistas que han terminado en callejones sin salida. Mi aspecto desaliñado evidencia las horas que he pasado frente a la computadora planeando nuevas estrategias. Pizzas, galletas y cervezas mi único alimento. La luz que emite la pantalla de mi laptop ilumina débilmente el estudio. La casa luce más lúgubre que nunca. Súbitamente la radio se enciende. La voz sensual de una mujer se deja escuchar. Esta melodía es para ti, por no claudicar en tu búsqueda aún sabiendo que sólo corres tras una utopía. Las primeras notas de un nocturno de Chopin son interpretadas por Vladimir Horowitz. Sobresaltado, salgo a investigar. La música despierta a los fantasmas. Salen de todas partes. De los cajones del armario, del grifo de la cocina, del cigarrillo que ahora fumo. Trato de ahuyentarlos pero es imposible. Empiezan a acosarme ¿Quieres jugar tridominó? ¿Podemos cenar afuera y aprovechar el fresco de la noche? ¿Ya hablaste con tus papás? No viviré tranquilo hasta que me libre de ellos. La única manera de exorcizarlos es trayéndote de vuelta y la intrusa que está conmigo desaparezca pero ¿lo conseguiré?

Percibo la figura de un piano en la pared. Se ríe de mí. Sus carcajadas se transforman en un pentagrama. Me invita a subir. Vacilo en hacerlo ¿No es verdad que los pentagramas son usados también para invocar al maligno? Sonríe socarronamente. Como siempre ganarán tus miedos ¿Verdad? La ira nubla mi razón e impide que, como siempre, los temores me impidan continuar. Asciendo de prisa. Sin medir las consecuencias. Cuando llego frente a él, Inhala bruscamente y me engulle. Trato de sujetarme de uno de los pedales. Es inútil. Caigo a una velocidad infinita ¿Habrá sentido Alicia lo mismo que yo?

El lugar está muy oscuro como saber dónde me encuentro. Tengo que caminar a ciegas. Espero no encontrarme con una estúpida y diminuta puerta porque entonces estaré en verdaderos problemas. Dos pasos más adelante tropiezo con un objeto. Una luz proveniente de una lámpara ilumina la habitación. Es una lámpara rota idéntica a aquella que te prometí mil veces que arreglaría y nunca lo hice ¿Cómo llegó aquí? Sonríe con coquetería. Siento cosquillas en la barriga. Su luz acaricia mi rostro. Añoro la calidez de tus manos. De pronto se queda inmóvil, seria. Me dice: para continuar recibiendo mimos y sonrisas por favor deposita todas las monedas que tengas en el interruptor. Reviso mis bolsillos, vacíos como lo está mi corazón desde el día en que extravié tu identidad. La lámpara hace un mohín de enfado y se apaga. Alcanzo a tocar una pared. Está empapada con tu esencia. La escucho respirar. Ahora duerme. Continúo avanzando a tientas. Mis ojos comienzan a acostumbrarse a la falta de luz y empiezo a distinguir objetos. Una sombra cruza fugazmente. Voy tras de él. Lo encuentro acurrucadito detrás de un pequeño librero. Es una clave de sol. Lo sé porque se parece a un cisne. Al verse descubierta emite un sonido agudo que me recuerda a un violín. Intento que me dé alguna información que me lleve hacia ti. Dirige su mirada a una puerta. Eso me distrae y aprovecha el momento para escapar a un compás de 4/4. Ante la falta de una idea mejor, decido traspasar la puerta que la clave de sol observó antes de huir.

Unos seres elegantemente vestidos de negro se aproximan a mí. Buenas noches distinguido señor. Somos sus corcheas anfitrionas y nos complace que no haya olvidado nuestra invitación a cenar ¿Cómo puedo olvidar algo que no recuerdo que haya sucedido? Me pregunto. Confundido por la situación permanezco inmóvil. Una corchea me empuja suavemente. Vamos, vamos, los demás invitados nos esperan. Me conducen a una mesa en forma de escala diatónica. Reunidas en torno a ella, se hallan numerosas notas musicales. La mayoría son blancas y negras, aunque al fondo descubro a una tímida redonda. Una fusa me guiña un ojo y me propone que me siente junto a ella, acepto. Apenas lo hago, me pregunta ¿A usted le gustan los ritmos suaves? Prosigue sin esperar mi respuesta. Sospecho que hoy cenaremos adagio al horno. No está mal, aunque yo siempre preferiré un buen plato de larghettos asados. Me gusta como crujen cuando los mastico. Mientras comemos noto que cada vez que se dirige a mí, sus ojos adquieren un brillo especial. De la misma manera que lo hacían los tuyos cuando su luz evitaba que me extraviara por las noches. Al terminar el postre una de las corcheas anfitrionas se pone de pie, ordena que nos llenen las copas con un allegro espumante y propone un brindis: por esta cena, que gracias a la compañía de todos ustedes, se ha convertido en un concierto para piano de Rachmaninov. Me uno al coro de aprobación sin saber qué papel juego en esta partitura. Nos volvemos a sentar. Ella aprovecha el momento y me invita a su casa a tomar una taza de andantino con galletitas. Puede ser cualquier tarde después de que salga del trabajo. Puedo ir a cualquier hora que le plazca, le respondo ¿Cómo, no tiene usted un empleo formal? No, sólo escribo y sueño. Desaparece el brillo de sus ojos y se marcha sin despedirse. Decido hacer lo mismo. Salgo de la habitación y desciendo por una escalera de caracol que me lleva a la calle. El sol de la tarde me transporta a Marraquech. Un arpegio de aves aparece en el firmamento. Una tras otra pasan velozmente frente a mis ojos. Parecen decirme adiós. Presiento que nunca las volveré a ver.

Camino sin rumbo fijo por las calles hasta llegar a un inmenso parque junto a un río. A la distancia diviso a una gaita que infructuosamente intenta calentarse bajo un mezquino sol escocés, mientras interpreta “Flowers of Scotland” con su gaita. Llego hasta él justo en el momento en que termina la canción. Me ve, sonríe y levanta una botella de whisky a manera de invitación. Acepto de buena gana. Mientras bebemos le pregunto sobre el día en que por fin Escocia sea un país libre. Pronto, muy pronto, me responde con optimismo. Sin embargo sus ojos tristes lo desmienten ¿Pasará lo mismo conmigo? ¿Acaso mi obstinación por encontrarte sea únicamente para no detenerme y aceptar que ya te perdí? Le digo adiós y parto un poco ebrio y cabizbajo. Me detengo junto al río a observar a un grupo de saxofones con su plumaje de invierno que nadan buscando alimento ¿Recuerdas cómo disfrutábamos verlos desde “nuestro” puente? Les arrojo un puñado de acordes que por casualidad llevo conmigo. Un par de violines se me acercan. Ambos portan con orgullo el kilt ¿Qué pasa amigo? Les cuento de mis desventuras. Las respuestas están en los momentos alegres. En la tristeza solo es posible encontrar malos recuerdos.

Organicemos entonces un céilidh propone uno de ellos. Un par de llamadas bastan para que al cabo de pocos minutos se presenten frente a nosotros decenas de flautas, acordeones y más violines. Una simpática viola me invita a ser su pareja. El céilidh da inicio con la canción “The Stack of Barley”. Uno de los violines nos va indicando los pasos que debemos ejecutar. No soy un experto en estas danzas, pero gracias a la habilidad de mi pareja luzco como un buen bailarín. Las latas de Murphys y Guinness aparecen por doquier ¿Cuántas veces bailamos esas mismas canciones? Debo hallarte y enseñarte los nuevos pasos que aprendí esta tarde. Abandono la improvisada fiesta sin despedirme de nadie. Persigo un aroma de haggis ¿Me llevará hacia ti?

El silencio invade la calle por la cual camino, hasta que los redobles de unos tambores desolados lo interrumpen. Me hacen voltear a ver a una limusina negra que transita a baja velocidad. Detrás de ella una comitiva fúnebre camina al ritmo de los tambores. Algunos llevan coronas de flores con leyendas escritas sobre ellas. Alcanzo a leer algunas: Kirie eleison, Ofertorium, Agus dei, Communio ¿No son acaso algunas de las partes de un réquiem? Inexplicablemente el cortejo se detiene frente a mí. Puedo observar con detalle el ataúd. Es de una madera oscura ¿Ébano tal vez? Bellamente labrada y con incrustaciones de marfil. Un impulso desconocido me lanza hacia ella ¿Será este ataúd el final de mi viaje? Un arranque de ansiedad y abro la puerta de la carroza, me introduzco en ella. Trémulamente abro poco a poco la caja. Falta un ligero movimiento para conocer la verdad. Lo hago rápidamente para no arrepentirme. Una intensa corriente de aire me aleja del lugar y caigo nuevamente por el mismo pozo sin fondo que me trajo hasta aquí. Pierdo la conciencia. Despierto en la casa ¿Habrá sido un sueño? Todo parece estar como siempre. Demasiada pequeña para contener toda mi soledad. Las cazuelas, los libros y las plantas empecinadas en añorarte. La lámpara rota que algún día prometí arreglar, me ve con reproche.