REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

De la feria, según te vaya

Leí dos veces el correo de Ignacio Trejo Fuentes (ITF) y quedé perplejo sin llegar a patidifuso. Acostumbro leer los correos al final de mis tres sesiones de trabajo porque unos me dejan temblando de neurosis y otros de espanto. Las cadenas y las cretineces, respectivamente. Pero a ITF, escritor y crítico, lo tengo en la categoría de aves de buen agüero. Por eso lo abrí de inmediato… En una mesa de la Feria de Minería había libros míos a precios de “ganga”, informaba, y yo podía “comprarlos todos”. Imaginé la pila de un metro de altura. De inmediato le agradecí el tip. Mi segunda reacción fue de rechazo. ¿Cómo comprar mis propios libros? Luego, pensándolo bien, el quinientón de reserva para cualquier libro importado, uno y hasta 1.5, podía destinarlos a semejante rescate. Pero ¿cargar tantos como veinte? Bueno, la mitad, o cinco, bastante manejables.

Cada vez soy más indeciso y recurro al viejo consejo: si dudas no actúes… Odio cuando acreditan a la abuela esas sugerencias. También a un personaje como ese de Sancho, ladran, es decir cabalgamos. Claro, más grave es caer en manos de los caza-plagiarios. Así que le pregunté a Petunia. Puedes venderlos en tus pláticas, respondió ella, aplicando la tasa del editor: a cuatro veces su costo. No, le dije, sólo al doble. Está bien, dijo ella aunque contradice al gobierno en cuanto a que la inflación es sólo del tres por ciento. Es del treinta, dice, indignada, del cincuenta.

Mientras entraba al Palacio de Minería iba pensando en que soportaría todo menos un libro mío guillotinado como le ha sucedido a escritores famosos. ¿Debía agregar el pago de mi entrada al costo de Muñequita de barrio (FCE, 1998) cuando vendiera los ejemplares? Pregunté dónde estaba situado el Fondo de Cultura Económica y llegué de tres zancadas a “la mesa de ofertas”. Directo para no engentarme. Con vista de reportero la ubiqué, era como de dos metros por lado. Le di varios vistazos por encima de las pilas y por debajo, y entonces pregunté. Un chamaco de gafas, buena onda, fue a una compu. Hay dos ejemplares, informó…

¡¿Sólo dos?! ¿Y si un despistado los adquiría? ¿Y si ya habían estado ahí y se los habían llevado? El chico ofreció buscarlos en cuanto hiciera no sé qué cosa. Al darme la espalda, troté hacia la salida como caballo percherón con dos orejeras. ¿Había agotado la edición catorce años después?

Tip a plagiarios

He leído dos consejos para quienes escriben, de maestros que no doran la píldora. Si puedes vivir sin teclear abstente y los primeros cuarenta años son los difíciles. Hay quienes se acogen a la frase de “los genios no corrigen”. El riesgo para quien se autoengaña es que mami o papi le diga hijo mío eres un genio. Entonces el genio postizo va por la vida escribiendo pomposidades. Algunos publican pagando, y regalan el libro y reclaman aplausos. Como en todo, en la escritura hay “genios” subnormales.

Grandes escritores aconsejan como ejercicio copiar de pe a pa los cuentos del escritor favorito. La mayoría escoge a un escritor de segunda y se queda en esa división. Con ese ejercicio, el aspirante dirá estoy listo para escribir un cuento que me salga del forro del alma, si es honesto, y no del forro del alma de Rulfo, digamos. Problema es cuando publica sus plagios porque juzgue a sus lectores estúpidos de primera.
Cada vez resulta más difícil perpetrar esa tomadura de pelo, gracias a Internet, una de las ventajas de la mundialización y de la información en cantidades industriales y en greña. El caza-plagiarios Guillermo Sheridan aportó este enlace para descubrir a tales gandayas: (turnitin.com.es.hom). Los hay hasta en las tareas escolares y en las tesis.

El tip para hacerse escritor (nace pero se hace) es ejercer el periodismo. Hemingway sugirió cinco años, mas si es para dedicarse al oficio de narrador bastaría con un año de trabajo a fondo. Se aprende a entrecomillar las citas y queda uno a salvo del plagio y de ser exhibido y ridiculizado.

Una tarde José Pagés Llergo charlaba con Humberto Romero, exsecretario del presidente López Mateos y mandó llamarme. Cierta periodista se había autoexiliado porque escribió una columna sobre la compra del vestido de novia de la hija de un presidente de la república, sin utilizar ni las fuentes ni las comillas. Le cayó encima el siniestro poder del Estado. ¿Por qué?, me preguntó Pagés Llergo. Odio los exámenes y en tanto reportero yo hago los interrogatorios. Mas ¡era el jefe Pagés! Por falta de oficio, le dije. No se puede ser reportera una semana y a la siguiente columnista. Ahí está, dijo Pagés. Ésa es la razón… Uf, dije, sintiéndome aprobado, y salí deprisa porque Pagés ordenó vuelva a lo suyo, no nos quite más el tiempo.

La muerte, brava

                              A la memoria de Aurora Berdejo Arvizu

Como creo haberte escrito, Albertico, tuve una influenza medio mampa. Andaba en el trajín con algo de dolor de cabeza y algo de fiebre y moqueando. Simple gripe, supuse. Debió ser media influenza porque me aplicaron la vacuna. De otro modo habría estirado la pata y ¡sobrio! El médico (homeópata) ordenó recluirme y como ese tratamiento es lento el asunto llevó dos semanas.

La muerte anda brava este invierno, como dicen allá en la costa de la selva. Recordé a un ex compañero que acostumbra leer, antes de otra cosa, la lista diaria de bajas en el obituario de las funerarias importantes del DF. Desde luego hay quienes nunca apareceremos ahí, menos si pedimos como el colega León Roberto García que, si debe informarse, informen tres días después. Si uno va a revivir te dan veinticuatro horas, ¿verdad? ¿Era León Roberto demasiado optimista o sólo discreto?
Debió ser el subconsciente pero empecé a soñar con media docena de compañeros desaparecidos. Soñé dos veces con León Roberto García y con Rafael Ramírez Heredia (en orden de desaparición). A Octavio Paz (OP) una. En vida, lo vi nada más durante un homenaje a José Pagés Llergo. En mi sueño, OP iba en mangas de camisa y con pantalón vaquero. Había terminado una conferencia o la presentación de un libro. Rodeado de chicas, OP empezó a acercarles sillas. Pero es odioso contar los sueños. Ricardo Garibay detestaba al escritor cuando llegaba al punto en el cual contaba un sueño de varias páginas. Lo llamaba obtuso o cretino.

Albertico, aún no termino los chochos. Aunque, de “eso”, ya estoy bien. La fiebre derrenga, así que trabajé digamos al diez por ciento. El invierno es una tortura para todo costeño y mojarrero. Sentí ganas de abandonar la cama a media noche y caminar sin detenerme hasta la tierruca, arrojando a diestro y siniestro abrigo, suéter, camiseta térmica, etcétera. Para qué vas tan lejos, dijo Petunia, implacable. Acapulco te queda cerca. Hace dos inviernos ella regaló unos calentadores porque consumían demasiados vatios. Ya sabes, el monopolio de Estado vende carísimo el kilo. La próxima semana espero enfrentar con el ánimo al ciento por ciento la batallas de principio de año como son las del Taller de Narrativa y darle seguimiento al libro Cuentos del sur, el segundo de nuestro Taller.

Negocio para Rico McPato Slim

La pareja de ancianos debía de vivir cerca pues llegó directa a la barra con las manos limpias, se dijo Feldespato. Ellos hubieran lamentado la disposición de mostrar un pase en los lavabos o el recibo del pago. Voy a lavarme las manos, le dijo Feldespato al bañero. Una señora le había dicho acabo de subir los veintidós escalones. Tengo años de venir a este lugar, pero hoy será el último día…

El anciano pidió cafés y sacó dos conchotas de una bolsa de la panadería de la tienda. Una oscura y la otra blanca. Las partió con el cuchillo y las sirvió en dos platos. En cada uno la mitad exacta de la blanca y la mitad de la oscura. Ella empezó con la blanca y él con la oscura. El anciano tenía gafas sobre la nariz ganchuda y bigote corto. Un milímetro menos y Feldespato podría calificarlo de hitleriano. Le observó una mirada mefistofélica pues tenía el ojo izquierdo desorbitado o de vidrio. Ella era de rasgos finos y de gafas con montura de oro y maquillaje discreto. El anciano juntó las moronas de sus dos mitades y las puso con sumo cuidado en la cuchara y se las zampó.

Una tropilla de turistas, ellas en bermudas, entró por Cinco de Mayo y se detuvo a tomar fotos a las fotos de los muros. Al final el guía les dijo dónde estaban “the bathrooms”. Feldespato rió. El bañero los mandaría a volar.

Ante la caja, formado en la fila, Feldes le vio al anciano un aparato para la sordera. ¿Cuánto habrá ahorrado en la compra del pan en la panadería?, se dijo Feldes. Aquel Sanborns era de la gente del rumbo no sólo del hombre más rico del mundo y del guitarrista al que contratan en la barra y de los aboneros que venden bisutería a las meseras y acaparan horas los gabinetes y de los jubilados y de quienes sólo van a los baños.

Feldespato subió los veintidós escalones y mostró el pago de su consumo, ahora a la bañera. Ella y él se turnaban. Dentro preguntó cuánto iba a durar la disposición. Empezó ayer, contestó el encargado. Al notar que el hombre necesitaba un aparato para la sordera repitió la pregunta. Entonces la respuesta fue quién sabe. Quizá cuando termine la Feria del Libro, dijo Feldespato. Esa noche vio a Slim en sueños inaugurando una cadena de miles de w.c. con diarios y revistas, y minifarmacias para los males del sistema digestivo y del sistema urinario, etcétera. Así conservaría por cuarto año el primer lugar del McPato más rico del mundo.

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