REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

El cuento brevísimo


René Avilés Fabila

El cuento muy corto, el que los españoles suelen llamar “Érase una vez y colorín colorado”, en México, tal vez por el acelerado ritmo de la vida moderna y de la sobrepoblación literaria, ha tenido un enorme éxito. De la novela-río, hemos pasado a un esmerado cultivo del texto breve que se aprecia en impresos y en las nuevas tecnologías como Internet. De muchas maneras podríamos decir que éste, en México, proviene de Torri, de Arreola, principalmente. Pero tendríamos que meditar en otros posibles orígenes para apreciar su grandeza, por ejemplo, en la importancia del haikú en este fenómeno literario. Edmundo Valadés entre nosotros popularizó las brevedades y las hizo célebres a través de su revista El Cuento. No siempre eran pequeño relatos sino frases memorables. Asimismo cuenta la presencia externa de Franz Kafka, de Jorge Luis Borges y Julio Torri y Juan José Arreola. Tanto Borges en Argentina como Valadés en México extrajeron frases hermosas de autores afamados que muchos aceptamos como cuentos. Sin embargo, para la mayoría de quienes los leen y escriben, todo viene de Monterroso. No sólo ello, han hecho de “El dinosaurio” una leyenda. Hasta politólogos, periodistas y académicos recurren a esta línea magistral y hacen toda clase de paráfrasis. Me parece que fue Efraín Huerta quien dio principio a las variantes al escribir uno de sus poemínimos. “Cuando desperté, la putosauria todavía estaba allí.”

Pero es evidente que son otros los que motivaron a esa larga fila de autores que en nuestro país se han inclinado por redactar textos brevísimos. Los fabulistas como La Fontaine y Samaniego. La fábula o apólogo cuentan de manera fundamental. Pienso asimismo en Juan José Tablada y sus famosos haikús y poemas sintéticos: “Los gansos. Por nada los gansos/ Tocan alarma/ En sus trompetas de barro.” Y jamás he dejado de lado a Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), quien tuvo el acierto de inventar lo que conocemos como greguería y que es una frase aguda, breve, paradójica y metafórica. Una especie de aforismo con un resuelto sentido del humor. Julio Gómez de la Serna, su hermano, en un prólogo al respecto precisa: “Ramón es para mí, en sus greguerías, como un ilusionista que va extrayendo de su mágico sombrero de copa una serie de cosas heterogéneas: palomas, banderas, conejos, pañuelos.” Y es cierto. Ramón escribió cientos, tal vez miles de textos cortos que llamó greguerías y que tuvieron en el mundo una enorme influencia... Nos quedan por allí Gracián, quien ponderaba la brevedad y frases y epigramas eficaces de Jules Renard, Bernard Shaw y Alfonso Reyes quienes las llevaron a la práctica en distintas variantes, algunas juguetonas, por sólo citar a un puñado de inmensos autores.

Todavía en mis años de formación, en la librería de viejo de Polo Duarte, nos reuníamos un grupo de jóvenes a escuchar el ingenio del narrador hispano Otaola. A este hombre de impecable sentido del humor, le escuché las primeras greguerías. Las decía de memoria, una tras otra y así me acerqué al mundo de Ramón Gómez de la Serna. Es natural, entonces que alguna vez intentara escribir greguerías. Textos cortos, de una o dos líneas que denominé cuento y que tienen una indudable presencia ramoniana. Quizás el que más me gusta de los que he escrito sea el siguiente, llamado “Los fantasmas y yo”, publicado alrededor de 1973 en La desaparición de Hollywood, obra que obtuvo uno de los premios de la antes festejada Casa de las Américas: “Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.”

Algunos críticos nacionales de inmediato señalaron la influencia de Monterroso, pero con su habitual ignorancia nunca hablaron de sus orígenes ligados a las greguerías. Para Gómez de la Serna las cosas eran tan simples como fórmula matemática. Decía en su mejor definición que la greguería era “Humor + metáfora = greguería”. Es una graciosa y aguda manera de explicar estas líneas epigramáticas, de las cuales forma parte el multicitado dinosaurio de Tito Monterroso, sin duda alguna.

He aquí algunas greguerías de Ramón Gómez de la Serna, del olvidado autor de páginas memorables llenas de buen humor y sensibles observaciones.

“Monólogo significa: el mono que habla.”
“Los tornillos son clavos peinados de raya en medio.”
“Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.”
“Soda: agua con hipo.”
“La morcilla es un chorizo lúgubre.”

Hoy el texto breve, el reducido cuento, vive un éxito descomunal. En Internet van y vienen, hay páginas y blogs dedicados a ellos. La gente del mundo moderno no tiene tanto tiempo para leer una novela-río. Prefiere lo que unos denominan minificciones, ficción mínima, microrrelatos, nanorrelatos o brevicuentos. Hace todavía unas cuatro décadas, no había un nombre específico para este tipo de textos literarios. Lauro Zavala, me recordó que me correspondió hacer una de las primeras antologías de minificciones nacionales, a la que titulé Antología del breve cuento mexicano. El criterio utilizado fue que ninguno excediera la página y media, hoy diríamos que no pasara de mil caracteres. Yo mismo he sido un escritor obstinado en la brevedad. La inmensa mayoría de mis cuentos son efectivamente breves. Si he de llamarlos de otra forma, me quedo con minificciones. Los he escrito con pasión. Ignoro cuántas lleve publicadas, pero son muchas docenas. En este sentido, yo nunca rebaso las cinco líneas.

Las teorizaciones al respecto son muchas y muy diversas. Los críticos distinguen no sólo por el número de palabras sino por la forma en que están escritos los mini relatos. Es correcto: hay quienes escriben frases ingeniosas, una broma, alguna gracejada y listo. Pero en tal sentido, los relatos brevísimos deben tener una historia y personajes. No es fácil, pero hay que intentarlo para que no sean solamente el resultado de una eficaz frase. Yo, en lo personal, no tengo una explicación satisfactoria del "nuevo género". Me limito a escribirlos, otros son los que deberán analizarlos y ponderarlos.

A continuación, incluyo algunas minificciones mías recientes:

Juramento

Lo juro, nunca me acosté con él. Siempre hicimos el amor de pie.


Falos de ciego

La mujer salió profundamente consternada de la habitación nupcial aún virgen: pobre, se había casado con un invidente sin puntería.


La verdadera y más completa autobiografía

No fue sino hasta después de su muerte cuando decidió escribir la autobiografía perfecta y más rotunda: comenzó por su muerte, relatando los detalles de la agonía y la consternación familiar, y la concluyó con el nacimiento, cuando sus padres entusiasmados le auguraron una larga y fructífera vida.


Novelista afortunado

Dickens fue un escritor afortunado: para hacer sus obras maestras contó con la poderosa ayuda de Oliver Twist y David Coperfield.


Perversiones

La correspondencia y las autobiografías son como el espejo: un invento perverso para desatar la vanidad.
La pareja dispareja

Era una pareja de varones homosexuales. Realmente era dispareja: Jorge, joven y guapo, Marcos, feo y viejo. Esa noche decidieron ir a una fiesta de disfraces. Ambos optaron por ir como Dorian Gray: el primero era el personaje, el segundo su retrato.

Diálogo imposible sobre Poe

                           Con admiración para Sergio Gaut Vel Hartman

Borges: “La muerte y la locura fueron los símbolos de que ése (Poe) se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la vida, por obra de la muerte y de la locura”.*

MK: Hoy tendría que visitar a un psiquiatra.

Borges: “Sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perduraría, el otro es casi un sueño.”*

MK: Insisto, quien redactó esa literatura, como Kafka la suya, requería de tratamiento profesional.

RAF: Estoy de acuerdo, Borges, no así con usted, María: Si Poe se hubiera sometido a tratamiento psicológico, sus días habrían concluido escribiendo Mujercitas de Louise M. Alcott.


*Las palabras de Jorge Luis Borges aparecieron en La Nación, Buenos Aires, 1949.

Sus últimas palabras

Al reaccionar, quiso ver dónde estaba. En pocos segundos se percató que estaba dentro de un ajustado ataúd, muerto y sepultado.
-Ahora sí -dijo calmado, en su habitual lenguaje-, ni para dónde moverme.

Palabra cumplida

Arrogante, Galileo, ante príncipes, científicos y eclesiásticos, retó: Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, tratando de mostrar que la tierra es redonda y gira. No faltó algún colega asimismo vanidoso que le acercó la luna, hasta casi rozar con la tierra. Galileo tuvo que cumplir su palabra: con una descomunal palanca movió al planeta. Pero lo hizo con tanta fuerza que lo sacó de su órbita. Desde entonces, somos una especie de pelota azul rodando por el Universo. El planeta errante lleva un sol ilusorio y carece de lunas.