REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Clave de sol

Liszt


Edwin Lugo

Liszt Ferenc es sin duda alguna uno de los más extraordinarios músicos de todos los tiempos, ya que conjugó en su polifacética personalidad artística al compositor, director orquestal y en su época al más afamado y laureado virtuoso del teclado, al grado de que ningún otro pianista logró ya no digamos superarlo ni siquiera igualarlo

El genial músico nació la noche del 21 al 22 de Octubre de 1811, bajo el signo zodiacal de Scorpio, en la ciudad de Raiding, Hungría, siendo hijo de padre húngaro y madre austriaca aunque de origen alemán, vivió como teutón y no como mayar.

Fue un auténtico niño prodigio. A temprana edad llamó la atención del príncipe Esterhazy, melómano dueño de una extraordinaria fortuna y a la vez un mecenas cuyo patrocinio generoso amparó a muchos grandes músicos. El padre del futuro artista que se ocupaba de administrar los bienes del noble relataba que cuando el pequeño fue interrogado acerca de la profesión que deseaba adoptar, señalando un retrato de Beethoven, respondió convencido: ¡Quiero ser como ese señor!

A temprana edad inició sus estudios como discípulo de Czerny con quién estudió piano y composición con Salieri el enconado rival de Mozart.

Antes de ofrecer su primer concierto en 1823, cuando solamente contaba l2 años fue a ver a Beethoven, quién ya sordo, más que escuchar su ejecución, adivinó su talento, pronosticándole: ¡Ve, y sé feliz y haz muy felices a los que te escuchen!

El llamado Paganini del piano consiguió que cuando apenas contaba l4 años se representara en la Opera de Paris su ópera Don Sancho. A partir de entonces empezó a viajar triunfalmente por toda Europa ofreciendo conciertos y dando a conocer sus composiciones, entre otras sus estudios para piano y las famosas Rapsodias Húngaras que compuso cuando contaba sólo l6 años, convirtiéndose en el primer compositor que rescataba las hermosas melodías del folklore popular húngaro, para elevarlas al rango de música clásica de concierto. Su arte prodigioso producía tanta emoción que muchas damas llegaron a desmayarse en medio de sus ejecuciones.

No se trataba solamente del pianista revolucionario quién renovó la técnica del piano, de cuya escuela moderna es uno de sus principales creadores; su música seducía el espíritu, desbordándose como un manantial cuyo rocío propiciaba ansias de vivir, porque él mismo era un derroche de vitalidad, alegre, optimista, presto a la acción, pero también inclinado a la generosidad, pues siempre estaba dispuesto a proteger y apoyar a sus contemporáneos.

Liszt obtuvo mucho porque renunció mucho en bien de los demás, y dio con tal largueza que se convirtió en un auténtico altruista. Pronto conoció a Schumann y a Wagner de quién intuyó el talento.

En l840 cansado de viajes, aplausos, homenajes y admiración aceptó la oferta del duque de Weimar para dirigir la orquesta y el teatro de dicha ciudad a la que no tardó en convertir en la meca de la música; así la ciudad de Goethe acogió a los talentos de Gluck, Mozart, Schubert, Berlioz y Schumann, sirviendo simultáneamente a Weimar, al arte y a los compositores.

No obstante su febril actividad como director, promotor y concertista Liszt encontraba unas horas para componer. Así lo testimonian: sus obras: Il tasso, Lo que se Oye en la Montaña, Mazzeppa, Ruido de Fiesta, Prometeo, Fausto, Orfeo, Los Preludios, Los Hunos, Hamlet, etc., tan extraordinaria capacidad de trabajo sólo puede ser explicada, por la combinación del genio y la disciplina.

Hombre apasionado halló también tiempo para amar y supo hacerlo tan vehementemente, que la condesa Marie D’Agoult, escritora que se firmaba con el pseudónimo de Daniel Stern abandonó marido y familia, por seguir al compositor. De esa unión nacieron tres hijos entre ellos, Cósima quién casó primero con Von Bullow y después con Wagner.

Entre l847 y l870 se desempeñó como maestro de capilla y dio a conocer obras de Berlioz, así como de Wagner de quién fue su padre espiritual y de Saint-Saëns. Cabe señalar que los adelantos y orquestaciones que propuso Liszt fueron aprovechadas por Wagner, quien sin el apoyo del húngaro que incluso dirigió sus óperas Tannhäuser y Lohengrin no hubiera alcanzado el prestigio y la trascendencia. De Saint-Saëns dirigió Sansón y Dalila y justo es recordar que habiendo llegado a Paris en el tiempo de Chopin, no sólo brindó al polaco su amistad sino que le abrió las puertas a través de sus relaciones.

Sin embargo su inquietud amorosa no cesaba y después de un amorío con la célebre Lola Montes se enamoró de la esposa del príncipe ruso, Carolina de Sayn-Wittgenstein, con quién vivió 13 años en Weimar, cuando la pareja intentó casarse ambos fueron a solicitar del papa se nulificara el matrimonio de la princesa en l86l, petición que fue denegada sumiéndolos en una cruel depresión, entonces el apasionado músico tomó las órdenes menores y como un abate fue a consolarse en la vida contemplativa, dando lugar a la creación de inmortales páginas religiosas como San Francisco de Asis predicando a los pájaros, obra que revela el vuelo y cantar de las aves, y la Leyenda de San Francisco de Paula, creando además su Sinfonía sobre la Divina Comedia ya que gustaba tanto de Goethe como de Dante, y sus hermosos Sueños de Amor.

Una vez que hubo renunciado a la orden religiosa se refugió una temporada en Budapest, sin olvidarse de las divisas cristianas servir, en lugar de ser servido, prodigar amor y caridad, desconocer el rencor y apoyar a los artistas y necesitados sin aguardar la cosecha de la gratitud.

Organizó un siglo de arte, dando cuanto tenía, y murió pobre y piadoso después de una audición de Parfisal y de Tristán e Isolda, la noche del 3l de julio al lo. de agosto de 1886.

Fue un gran músico, pero sobre todo con un gran corazón.