REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Giacomo Leopardi, el ilustre giboso


Edwin Lugo

Giacomo Leopardi es uno de los más prominentes poetas italianos. El autor de los Canti, suma a su devoción por la hélade un extraordinario soporte de conocimientos lingüísticos, filológicos y literarios. Nació el 29 de junio de l798, hijo del conde Monaldo Leopardi y de la marquesa Adelaida Antici, sus padres procrearon doce hijos, el condado era un palacio rojo más allá de Porto Recanati, situado frente a un bosque que concluía en un abismo, la niñez y juventud del escritor tiene por escenario este entorno tranquilo, lugar de paso para los viajeros que iban de Venecia a Roma o se dirigían al santuario de Loreto sede de masivas peregrinaciones. Su padre nombrado gobernador debió de haberse enfrentado a la invasión napoleónica, arrojados los franceses, la burguesía adueñada de la ciudad fue contagiada por las ideas revolucionarias.

La familia del futuro bardo vivía con sobriedad, y éste fue obligado por su padre a una estricta vida de estudio, en cuanto a la madre jamás prodigó a su hijo la más leve caricia y su hermana atacada de un delirio religioso ignoró la sensibilidad de su fraterno sujeto a un preceptor jesuita, el padre Torres, expulsado de España. La biblioteca paterna constaba de 20,000 volúmenes, producto del saqueo de conventos y que actualmente forman parte del Museo Leopardi, muchos de estos libros estaban escritos en griego, latín e inglés y discurrían sobre Filosofía, Moral, Química, Zoología y Mineralogía. Contaba el niño 12 años cuando sus maestros decretaron que al no tener más que enseñarle, debía continuar su formación como autodidacta, así escribió sus primeras composiciones: El rey mago, Los Epigramas, La muerte de Ettore y Pompeyo en Egipto y aunque carecía de vocación le fue impuesta la solución eclesial, recibiendo la tonsura el 19 de agosto de 1810 por el obispo de Recanati, monseñor Bellini. Teniendo que vivir como fraile, fue encerrado en la biblioteca por 19 años. En esa época apareció su tío Carlo, bonapartista y barón del imperio con quién realizó un viaje a Roma, para entonces había realizado una erudita traducción de Marco Tulio Cicerone, produciendo además sus ensayos: César Vencedor, Muerte de Catone y Escipión partiendo a Roma más tarde escribirá El mes de Diciembre donde la descripción de la soledad imperante es estremecedora, en ella el poeta asegura “que el ruiseñor no canta en los bosques y que hasta los osos y lobos huyen, añorando la luz y el oro otoñal”.

A los l5 años inicia el estudio del griego que llega a dominar igual que el español, francés, alemán, hebreo, inglés y el latín de los poetas: Horacio, Virgilio y Ovidio. Lee a Lope de Vega, Calderón de la Barca, Rioja, Voltaire, Diderot, Fontenelle, Rousseau, Bufon, Saint-Pierre y Montesquieu, no obstante su predilección se acentúa por los héroes griegos: Aquiles, Héctor, Píndaro; Leopardi confiesa que nunca creyó haber sido poeta sino hasta después de haber leído a los bardos griegos, así denodadamente tradujo y parafraseó a: Hesíodo, Sócrates, Esquilo, Demóstenes, Platón y Aristóteles, también escribió una Historia de la Astronomía, el ensayo Zibaldone en defensa de las verdades católicas frente a las costumbres de los antiguos, lo cual es un pretexto para recrearse en los oráculos, magia, cometas y mitos de gigantes, cíclopes, pigmeos, etc. y el gran poema Himno a Neptuno.

Mientras tanto la obligada inclinación sobre los textos le fue propiciando una joroba que dio motivo a burlas. En 1816 tradujo y publicó La Odisea y a continuación La envidia y empezó a escribir la tragedia María Antonieta y aunque fue marcada su predilección por los helenos no desdeñó a los latinos: Lorenzo de Medici Sannazaro, Taso, Castiglione, Ariosto, Guicciardini, Pietro Aretino, Dante, Coletta, Monti y sobre todo a Fóscolo y Petrarca con quienes se identificó profundamente.

Sin embargo el despotismo familiar lo afectó profundamente, la soledad se le fue haciendo insoportable y apenas encontró refugio y comprensión en su hermana Paulina y en su amigo Pietro Giordani fiel admirador de su homólogo. Por esa época escribió El discurso de un italiano en torno a la poesía romántica texto publicado hasta l906, y el poema L’infinito.

La visita de Gertrude Lazzari, prima de su padre lo indujo a la primera pasión amorosa, que aunque platónica marcó un hito importante en la identificación de su sensibilidad concibiendo el poema El primer amor escrito en tercetos encadenados y que recuerda la influencia de Dante si bien conteniendo un tono más íntimo y personal que solemne.

Teresa Fattorini y María Bellardinelli le inspiran también algunos versos, en tanto que las relaciones con sus padres son cada vez más distantes. Por ese tiempo un grupo de florentinos planeaba erigir un monumento a Dante, idea que es aprovechada por Leopardi para preparar un canto con alusiones al tema patriótico. La conjura de los carbonarios en Macerata también le cautivó y sus canciones fueron llegando a Milán, Florencia y Bolonia concediéndole popularidad, un intento de huir de su casa es frustrado por sus hermanos Carlos y Paolina y solamente más tarde viajará a Roma donde su tío Carlo Antici intenta conseguirle una colocación de escribano en la santa sede alejándole de su parnaso, pero la anhelada respuesta a la petición es siempre retardada, debido a las ideas del vate y el poeta se pone mejor a escribir La noche del día de fiesta, El último canto de Saffo y La vida solitaria.

Entre 1823 y 1824 Giacomo compila las obras que había escrito hasta entonces e inicia la redacción de sus diálogos, por esos años el editor milanés Stella lo invita a Milán a dirigir una edición completa de las obras de Cicerón, Leopardi acepta y parte el 13 de abril de 1925, procediendo a realizar el ensayo crítico de la edición, visita Bosnis, sosteniéndose de impartir clases de griego y viviendo uno de los más tranquilos otoños de su vida, pero el campo no le es propicio y pesimista escribe Soy un sepulcro ambulante, su desdicha se completa cuando conoce a la condesa Malvezzi que aunque madura y casada poseía “gracia y espíritu”, el desenlace lo sumerge en una tremenda desolación, comienza a escribir en la revista Antología de Florencia y editan en Milán su libro Petrarca también se ocupa de una Antología de Prosistas italianos, La enciclopedia de las cosas inútiles, El Diálogo de Flotino, Porfirio y Copérnico y Operette Moral.

En Florencia es recibido como un gran helenista y conoce a Gino Capón, Guissepe Montani, Pietro Coletta, Antonio Ranieri; Viesseux, Saint-Beuve, Stendhal y Manzoni, el autor de Los novios quién elogia vigorosamente su obra, tiempo después parte a Pisa donde el clima marino le sienta bien a su quebrantada salud, allí, Giovanni Rossini le da el manuscrito de La monja de Monza para que lo corrija.

La alegría del carnaval pisano lo lleva escribir El resurgimiento y A Silvia que encubre a la tísica Teresa Fattorini muerta en 1818.

Hasta su retiro le llega la noticia de la muerte de su hermano Luís de 20 años en Recanati, el poeta siente que sus males se agravan y decide regresar al lar paterno, en el viaje lo asalta una fuerte bronquitis, sin embargo escribe los poemas Después de la tormenta, El gorrión solitario y El canto nocturno de un pastor errante en Asia en el que se remonta a los cantos líricos orales de los pueblos primitivos.

Una enfermedad de los ojos se agrava al grado de afirmar “aunque he perdido el uso de los ojos, no he perdido el recuerdo de las personas que quiero”, demostrando así que el hombre y el artista no se dan por vencidos, porque ahora que ya había conocido la libertad y la vida fuera de casa, nada le haría renunciar a sus ansias de vuelo.

El 29 de abril de 1830, merced a una aportación para su sostenimiento que sus amigos encabezados por el general Coletta realizan a su favor, parte a Florencia “para buscar salud o para morir” desde allá le escribe a Paolina “que sepan en Recanati, que ven con los ojos del cuerpo -los únicos que tienen- que un jorobado sirve todavía para algo en este mundo”.

Su primer impulso es rembolsar a sus amigos la donación, y empieza a conseguir suscriptores para su nueva edición de Los Canti, entonces en medio del dolor y de la enfermedad conmovido por la generosidad de los florentinos les dice:“…vuestro amor quedará y durará más que mi cuerpo, acaso cuando ya no viva y sea sólo un montón de cenizas”.
La edición de Los Canti vio la luz en 1835, posteriormente publica Diálogo de un vendedor de almacén, Un pasajero y Diálogo de Tristán y un amigo”.


Apasionado de Fanny Targioni esposa de un profesor de Física y Botánica exclama: “El amor y la muerte son las dos cosas más bellas que tiene el mundo”.

No obstante al troncharse sus ilusiones con la dama en una imprecación desesperada tacha a Dios de “arcana maldad”, amargado escribe en su diario: “Hay dos versiones en las que los hombres no creerán nunca: una, es el no saber nada, la otra es el no ser nada, añadamos una tercera, no tener nada que esperar después de la muerte”.

Desesperado escribe a su padre informándole de su enfermedad y miseria, lo que casi lo ha orillado a morirse de hambre, no obstante su progenitor testarudo, conservador y anti-liberal no puede comprender al hijo repudiado quien ha osado oponerse a sus ideas y designios y lo ignora. Entonces Ranieri, no tiene más remedio que llevarse a su amigo a su casa en Nápoles haciendo el viaje en cinco etapas: Lévana, Cortona, Perugia, Spoleto, Temi y Civita Castellana; la familia de Ranieri acoge a Leopardi que es ya un ser fantasmal, no obstante acude a tertulias, va al teatro y los napolitanos lo llaman maestro, la cordialidad y el clima le reaniman, pero una crisis nerviosa le hincha las piernas y le sobreviene la hidropesía, así concibió sus más ambiciosos poemas El ocaso de la luna y La flor del desierto.

Visitó las ruinas de Pompeya, un cuñado de Ranieri lo invitó a su casa en las laderas del Vesubio, mientras la peste asolaba a la ciudad; allí murió Leopardi el 9 de marzo de l837 asistido hasta el último momento por la devota bondad de Manuel Ranieri.

La noticia del fallecimiento causó fuerte impresión en sus amigos y entre quienes conocían la alta calidad de su obra, y aunque persistía el cólera en la región y los cadáveres de los pestíferos eran arrojados en la fosa común, Ranieri consiguió librar de esta afrenta al cadáver de su amigo que al fin fue sepultado en Fuorigrotta; su protector costeó el sepulcro y la lápida donde escribió: “El conde Giacomo Leopardi, admirado filólogo, escritor de filosofía y poesías, digno de parangonarse con los griegos, falleció a los 39 años de edad”.

En 1937 sus restos fueron objeto de un homenaje nacional y conducidos a la próxima tumba de Virgilio, también en Nápoles; pero en l942 se ordenó fueran llevados a su natal Recanati donde ha sido construido un centro de estudios leopardinianos.

Giacomo Leopardi mucho más allá de los juicios, es el símbolo del talento, del esfuerzo y de la disciplina; después del inmortal Dante es uno de los más grandes poetas de Italia y del mundo.