REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Máximo Gorki


El Búho

Sin duda una de las figuras señeras de fines del siglo XIX y principios del XX es el ruso Máximo Gorki. Autor de libros fundamentales y obviamente clásicos, como La madre y Los Artamonov, de memorables obras autobiográficas y por extensión un enorme luchador social que contribuyó a edificar la mayor revolución intentada alguna vez, la que encabezara Lenin, basada en las ideas de Marx y Engels. Su literatura contribuyó a replantear las letras universales al darles un profundo contenido social. Sus preocupaciones por la miseria, las desigualdades, la injusticia, le dan a sus libros una dimensión distinta a la tradicional: lo hacen el gran cronista de los desamparados, de aquellos millones y millones que la inclemencia capitalista ha desechado.

Hoy, en un mundo globalizado bajo el sistema de la economía de mercado, que jamás será capaz de eliminar las contradicciones, con una intensa frivolización y comercialización de las artes, la literatura de Gorki adquiere nueva relevancia. Es una obligación volver a ella, a su autor, un hombre que hizo una trágica y hermosa literatura y al mismo tiempo halló la forma de luchar contra la tiranía.

Las páginas siguientes, son el prólogo de una selección española de obras de Gorki, cuyo prólogo es de Francisco Caudet Yarza. Son sin duda tendenciosas y de tufillo anticomunista, el autor no acaba de aceptar una revolución violenta que, como todas, devoró a sus hijos, pero contiene información que muestra a un Gorki de cuerpo entero. Quizá nos ayude a recuperar a esta figura legendaria de las letras rusas que no se doblegó ni ante el poderío de Stalin.

El Búho


BIOGRAFÍA*
Francisco CaudetYarza

A Nikilái le gustaba mucho enseñarme y aprovechaba todas las ocasiones que se presentaban para incrustar en mi cerebro algo indispensable, sin lo cual no era posible vivir. Yo le escuchaba con ansia y después, Focucault, la Rochefocauld y la Rochejaquelin se confundían en mi mente en una sola persona, y no podía recordar quién le había cortado la cabeza a quién: si Lavoisier a Dumouriez, o viceversa. El buen muchacho quería sinceramente hacer de mí un hombre de provecho; así me lo había prometido lleno de convencimiento, pero le faltaba tiempo y las demás condiciones para ocuparse de mí seriamente. El egoísmo y la ligereza de la juventud le impedían ver los enormes esfuerzos y el derroche de ingenio que hacía la madre para sacar la casa adelante, y menos aún se apercibía de ello su hermano, chico esquinado y parco en palabras, alumno del Liceo. En cambio, yo conocía con exactitud, desde hacía tiempo, las complicadas combinaciones químicas y cálculos económicos que se efectuaban en la cocina y veía bien la inventiva de aquella mujer, obligada diariamente a engañar el hambre de sus hijos y a alimentar un muchacho ajeno, de desagradable aspecto exterior y malos modales. Y es natural que cada pedazo de pan que me tocara me pesase en el alma como una losa. Empecé a buscar algún trabajo. Por la mañana temprano me marchaba de la casa para no comer allí y, cuando hacía mal tiempo, me quedaba en la explanada, metido en el sótano. Allí aspirando el nauseabundo olor de gatos y perros muertos, acompañado del rumor de la lluvia torrencial y el suspirar del viento, me di cuenta pronto que lo de la Universidad era una fantasía y de que mejor hubiera sido marcharme a Persia. Y me veía convertido ya en un mago de barbas blancas que había encontrado el medio de obtener granos de trigo del tamaño de una manzana, así como patatas de un pud de peso, e ideado ya no pocas cosas beneficiosas para este mundo donde me era tan endiabladamente difícil salir adelante, y no sólo a mí.

Había aprendido ya a soñar con aventuras extraordinarias y grandes hazañas. Aquello me ayudaba grandemente en los días duros de la vida, y como tales días eran muchos, me ejercitaba cada vez más en el arte de los ensueños. No esperaba ayuda exterior ni confiaba en la suerte, pero en mí se iba desarrollando una voluntad tesonera, y cuanto más difíciles eran las condiciones de vida, tanto más fuerte e incluso más inteligente me sentía. A muy temprana edad comprendí que al hombre lo forja su resistencia al medio que le rodea.

Para no pasar hambre, iba al Volga, a los embarcaderos, donde era fácil ganarse quince o veinte kopeks. Allí, entre cargadores, vagabundos y pícaros, yo me sentía como un hierro entre unos carbones al rojo; cada día me saturaba de multitud de impresiones, agudas, quemantes. Ante mí, como un torbellino, giraban gentes de una codicia sin veladuras, de unos instintos groseros; a mí me gustaba su rencor a la vida, su burlona y hostil actitud ante todo lo del mundo y la despreocupación que mostraban por ellos mismos. Todo lo que yo había vivido me empujaba hacia aquellas gentes, despertando el deseo por su cáustico medio. Bret-Harte´s y la enorme cantidad de novelas folletinescas leídas despertaban aún más mi simpatía por aquel medio ambiente.

Bashkín, ladrón profesional, ex alumno de la Escuela Normal de Maestros, hombre tundido a palos y tísico, me aleccionaba elocuente:

—¿Por qué te encoges y tiemblas como una muchacha? ¿Es que temes perder la honra? Para una muchacha la honra es todo su tesoro, mientras que para ti no es más que una collera. El toro es honrado cuando de hierba está saciado.

Pelirrojo, rasurado como un actor, Bashkín, por los suaves y ágiles movimientos de su cuerpo menudo, se asemejaba a un gatito. Me adoctrinaba como un maestro y un protector, y yo veía que me deseaba suerte y felicidad con toda su alma. Era muy inteligente y había leído no pocos libros buenos; el que más le había gustado era
El Conde de Montecristo.

—En esa obra hay objetivo y corazón —decía.

Le gustaban mucho las mujeres y hablaba de ellas chasqueando golosamente los labios, con entusiasmo y un estremecimiento de su cuerpo maltrecho; había en aquel temblor algo de enfermizo que me causaba repugnancia, pero escuchaba sus palabras atentamente, percibiendo la belleza de las mismas.
—¡Las mujeres, las mujeres! —entonaba su loa, y la piel amarillenta de la cara se le arrebolaba, mientras sus ojos oscuros relucían de admiración—. Por las mujeres soy capaz de todo. Para ellas, como para el diablo, ¡no hay pecados! Vive enamorado, ¡no hay en el mundo nada mejor!

Tenía dotes de narrador y componía con facilidad conmovedoras cancioncillas, para las prostitutas, sobre los pesares de los amores desdichados; sus coplas se cantaban en todas las ciudades del Volga; a él pertenece, por cierto, la siguiente copla, muy difundida:


Soy pobre y fea,
voy mal vestida,
nunca marido tendré
en la vida...

Mis Universidades, Máximo Gorki.

Gorki el amargo fue llamado también el autodidacta, hijo del pueblo. Las universidades de Alexei Maximovich Pechkov fueron las horas de miseria que tuvo que sufrir, la perplejidad frente al debate ideológico que dominaba en la Rusia prerrevolucionaria, las personas con las que tuvo que convivir, los primeros contactos con el mundo de los conspiradores, el propio intento de suicidio que tanto le enseñó y que tanto le humilló. Las páginas de Gorki constituyen una sucesión ininterrumpida de personajes, cargados de esperanzas, más valiosos que los libros: Necesitáis aprender, pero de forma que los libros no hagan sombra a las personas. Toda lección proviene del hombre. Los hombres dan lecciones más dolorosas, más groseras, pero la ciencia que contienen penetra con mayor fuerza. La gran lección de Gorki proviene, precisamente, de su contacto activo y comprometido con la universidad del pueblo, sin aulas ni programas académicos.

SECUENCIA LITERARIA

Gorki, cuyo verdadero nombre era Alejo (Alexei) Maximovich Pechkov, nació en Nijni Novgorod el 14 de marzo de 1868. De una familia humildísima quedó huérfano de padre a los cinco años de edad, siendo recogido por su abuelo, que se dedicó al oficio de zapatero, pero su naturaleza inquieta le hizo variar muchas veces de profesión en poco tiempo. De este modo adquirió aquel conocimiento del bajo pueblo y dotes de observación que tanto descuellan en sus obras. Habiendo abandonado ya a su familia, quiso dedicarse a la Pintura de imágenes, embarcando después como pinche de cocina en un barco de los que hacían la travesía del Volga; más tarde fue Vendedor ambulante de sidra. Nadie hubiese podido adivinar entonces en él el futuro gran novelista, pues Gorki permanecía ajeno completo al mundo de las ideas y su cultura se reducía a haber leído deprisa y corriendo algunos episodios de carácter histórico. Cuando ya contaba diecisiete años el azar le llevó a Kazán, donde se hizo amigo de algunos estudiantes; estas relaciones despertaron en su inteligencia el deseo de aprender, pero, como no contaba con recursos para estudiar en la Universidad, tuvo que entrar como operario en una panadería, mientras sus nuevos amigos se dedicaban a instruirle en diversas ciencias. En 1888 cayó enfermo de gravedad y estuvo a punto de suicidarse; habiendo perdido el empleo, se vio obligado a regresar a su pueblo natal, donde halló un trabajo de escribiente en casa de un abogado. Pero pronto se hastió de aquella vida sedentaria y monótona, dedicándose de nuevo a recorrer Rusia, pero esta vez ya tenía una orientación y su cultura había aumentado notablemente.
En 1892 tuvo la inmensa fortuna de conocer al célebre escritor Korolenko, que supo apreciar las dotes del joven vagabundo, aconsejándole que se dedicase a la literatura. Gorki comprendió al instante que era aquélla su verdadera vocación, escribiendo un cuento que envió al director de la revista de San Petersburgo “El Mensajero del Norte”. El cuento fue aceptado y su autor adoptó el seudónimo de Gorki (amargo), en recuerdo de las muchas penalidades sufridas. Este inicial trabajo llamó extraordinariamente la atención, y al poco tiempo Gorki era uno de los escritores más populares de su país y las principales revistas comenzaron a disputarse su firma. Nuestro personaje, antes de cumplir los treinta años, era comparado ya a León Tolstoi y a los más grandes literatos rusos, siendo sus obras traducidas a todos los idiomas al tiempo que alcanzaban tiradas envidiables. El que no ha mucho vagabundeaba por todos los rincones de su país se había convertido, de la noche a la mañana, en todo un personaje, pero no abandonó por completo sus hábitos, pues si bien para algunos esta actitud era un rasgo de sinceridad, para otros no pasaba de ser una pose con la que no pretendía otra cosa que aumentar su popularidad. Paralelamente a su actividad literaria, Gorki también se dedicó a la política, defendiendo las ideas más radicales, las mismas que en sus textos, por cuya razón sufrió numerosas persecuciones. En 1906 hizo un viaje a Norteamérica, pero con anterioridad ya había visitado parte de Europa.

Al estallar la revolución rusa en el 1917, Gorki se mostró como un entusiasta partidario de ella, pero más tarde, al ser derribado Kerenski por los bolcheviques, aunque coincidiendo en muchos extremos con ellos, exteriorizó su disconformidad con los procedimientos empleados por el nuevo Gobierno, queriendo alejarse de Rusia, pero no se le permitió bajo el pretexto de que sus servicios eran imprescindibles para el nuevo régimen, al que, efectivamente, había defendido con la pluma, dedicando calurosos panegíricos a Lenin. Pudo por fin abandonar su patria, residiendo sucesivamente en distintos países. En agosto de 1918 la prensa publicó la noticia de su fallecimiento, extremo que se desmintió poco después.

Su personalidad ha sido una de las más discutidas, no tanto desde el aspecto puramente literario, como por sus doctrinas, pero no puede negarse que es una de las figuras más fuertes, originales y sobresalientes de su época. La realidad viviente de los personajes, el vigor de las descripciones, sus facultades de observador, su estilo lleno de colorido y movimiento, aunque desigual, dan la sensación de un verdadero artista de la pluma. Sus temas y el ambiente en que éstos se desenvuelven producen, ciertamente, un efecto lúgubre, y hay que remontarse a Fedor Dostoiewski para encontrar algo parecido. Todos los grandes novelistas han sido demoledores y han demostrado el mismo amor a los humildes, pero quizá ninguno como Gorki ha pintado los bajos fondos de la sociedad con semejante crudeza y realismo, de un modo tan siniestro y sombrío. La lectura de algunas de sus obras produce un efecto desgarrador por la verdad y la fuerza con que aparecen dibujadas las miserias humanas; antes de él se conocía la triste literatura de los mujiks, pero Gorki descendió aún más y quiso ser el poeta de los vagabundos de la estepa, cuya existencia nadie había descrito todavía. Sus textos son numerosos, si bien en los últimos años su producción descendió notablemente. Citaremos: Makar Cudra (1892), Celkas, Cuentos y narraciones, varios volúmenes; La estepa, Un lector, La familia Oxlof, El mujik, Foma Gordeief, Troya, Malva, Acerca del demonio, Más acerca del demonio, Tres hombres, Camaradas (1907); La vida de un hombre innecesario, En la cárcel, Entre el pueblo, Varenka Oksova, Mi madre, Mi infancia, libro autobiográfico de una fuerza de evocación extraordinaria (1915); Mis Universidades, En el mundo (1917) y Reminiscencias del conde León Tolstoi (1920).
Es autor, así mismo, de los dramas Nadnie, Los bajos fondos y El asilo nocturno.

ALEXEI MAXIMO VICH PECHKOV, EL HOMBRE QUE ESCAPÓ DEL FANGO

—MÁXIMO GORKI, EL ESCRITOR SURGIDO DE LA NADA—

Alexei vivirá el resto de sus días prisionero de los recuerdos de una infancia cruel, brutal, llena de carencias y privaciones, repleta de edades y desengaños, una infancia de guiños burlescos, casi morboso, que por fuerza calan hondo en la personalidad del muchacho. Muy pronto, harto de tanta decepción, hastiado de todo, abandona sus orígenes y se lanza a la aventura del mundo sin brújula ni rumbo fijo. Recorre caminos, consume kilómetros y más kilómetros, y los ambientes que encuentra no mejoran en nada aquél al que abandonó. La vida sigue empeñada en mostrarle su más dantesca careta, aunque Alexei no se arredra y prosigue su trayecto. En algún momento unos tímidos rayos de sol iluminan su hasta entonces oscuro horizonte y conoce personajes importantes, gentes que tratan de comprenderlo y que atinan a descubrir en él ese talento que algún día le hará famoso.

Especialmente el afamado literato Korolenko es quien le anima a inscribirse en el mundo de las letras, intuyendo la inteligencia que se esconde tras aquel cerebro vagabundo. Alexi le escucha y nace Máximo Gorki. Escribe y le publican, pero ni ese éxito inicial ni los posteriores conseguirán que se libere del pesado lastre psíquico con que le ha marcado su mundo de procedencia. Pasa el tiempo, y un Gorki inexperto comete el grave error de involucrarse en política, área de la que siempre debió mantenerse lo más lejos posible. Combate duramente el Olimpo de los zares y su reiterada tozudez acaba costándole cara: el destierro. Simpatiza al principio con los bolcheviques, pero tarda poco en descubrir sus discrepancias con ellos; quiere a Lenin y luego le odia, y por último se muestra totalmente contrapuesto al proceder del padre Stalin. Puede que Gorki sea un inadaptado, o quizá un hombre con las ideas demasiado claras, tanto que resultan incompatibles con aquellos que manejan las ideologías a su antojo y conveniencia para sacar el mayor provecho de ellas. Lo cierto es que Máximo no encaja en ninguno de los sistemas políticos de su país y esto, como su infancia, le crea graves problemas psíquicos, dado que llega un momento en que su confusionismo es alienante. No, no ha debido meterse en política... Incluso después de su muerte, sotto voce, en versiones por supuesto no confirmadas, se dice que Stalin ha tenido mucho que ver en la definitiva desaparición del escritor. Estamos a principios del siglo xx.

Ni en Europa ni en Estados Unidos era Gorki un desconocido. Desde 1901, sus obras eran traducidas a varias lenguas. En ese año aparecerían publicadas por seis editoriales alemanas y, en Francia, Melchior de Vogué consagraba al literato un estudio de gran resonancia. Los bajos fondos era representada en la mayoría de escenarios europeos. En el momento en que, evadido de Rusia, Gorki llegaba a Berlín, el Teatro Artístico de Moscú, en gira, representaba esta obra y, en escenarios berlineses, Max Reinhardt presentaba Los bajos fondos y Los hijos del sol. Reinhardt organizó en su honor una velada pública. Cuando el escritor apareció en el escenario, los asistentes —entre los que se encontraban numerosos emigrantes rusos por causas políticas— se levantaron para saludar gritando: ¡Hoch! Karl Liebknecht, el futuro tribuno del comunismo alemán, acercándose a Kachalov, famoso actor del Teatro Artístico, le dijo que echase una ojeada a un rincón del Zoo dentro de la misma sala: ocultos tras las cortinas, los hijos de Guillermo II, incluido el Kronprinz, estaban sentados en un palco.

De Berlín, Gorki se dirigió a París. En esa primavera de 1906, el gobierno ruso, arruinado por la desastrosa guerra ruso-japonesa, a punto de derrumbarse a causa del empuje revolucionario, negociaba con los Estados occidentales un préstamo que debía ayudarle a consolidar su situación interior. Gorki había recibido la misión de soliviantar la opinión pública occidental en contra de tal préstamo. El 9 de abril de 1906, L’Humanité (la de Jaurés) publicaba la llamada de Gorki, ¡Ni un céntimo al gobierno ruso!, calurosamente apoyada por la Sociedad de Amigos del Pueblo Ruso, de la que formaban parte Anatole France, Steinlen, Mirbeau, Langlois y Seignobos, entre otros. Pero los bancos franceses, con el visto bueno del gobierno galo, otorgaron el crédito, y Gorki, decepcionado, indignado, fuera de sí, escribió el violento libelo La bella Francia, que le acarreó severas críticas por parte de algunos periodistas franceses: un año antes le habían defendido, cuando estaba encarcelado en la fortaleza Pedro y Pablo, ¡y ahora escarnecía a su patria! Gorki respondió con dos cartas, publicadas en L’Humanité del 11 de diciembre de 1906, con el título de A mis detractores. Una de estas misivas, de tono moderado y triste, la dirigía a Aulard; la otra, violenta y despectiva, a Gérault-Richard, René Viviani, Jules Claretie, etc.
Por todos los medios, el gobierno zarista trató de impedir la entrada de Máximo en Estados Unidos. El embajador de Rusia en Washington trató de hacer valer contra él la ley americana que prohibía la entrada al país a los anarquistas. Pero el departamento de inmigración, respetando la Constitución y las libertades cívicas, se negó a considerar como tal a Gorki.

Entonces, al no poder contar con las autoridades, el embajador jugó con más éxito la baza de la mojigatería americana. Con la ayuda de una cadena de periódicos cuyo magnate se llamaba Hearst, hizo saber que la mujer que acompañaba al escritor no era su esposa legítima. La pareja fue expulsada sucesivamente de varios hoteles, pero Gorki salió beneficiado de la maniobra, ya que le hizo una enorme publicidad. La señora Andreeva y él, sentados en la calle, sobre sus maletas, en medio de una corte de periodistas, acabaron por ser recogidos por una comuna de Staten Island, en casa de los esposos Martin.

Sin embargo, el éxito de la misión del escritor estaba comprometido. Tenía, indudablemente, amigos, pero la mayoría de intelectuales americanos, virtuosos ellos, le ponían mala cara. Mark Twain se negó a presidir un banquete en su honor. El producto de la cuestación fue poco importante: unos diez mil dólares.

En contrapartida, el verano que Gorki pasó en Estados Unidos, en la casa de campo de los Martin, en los montes Adirondacks, fue un período de fecunda creación. Entonces escribió su obra propiamente proletaria, La Madre, y la pieza teatral Los enemigos, amén de una serie de libelos políticos de extremada violencia: En América y Mis entrevistas. Gorki se revelaba como un libelista poderoso, pero brutal. La virulencia sarcástica de sus entrevistas imaginarias que estigmatizaban el capitalismo americano, el militarismo alemán y la avaricia de la banca francesa, no parece haber sido superada. Pero, mordaz o patético, ignora el arte sutil de la ironía. Para La Madre, el escritor se había inspirado en hechos reales que se habían desarrollado en las fábricas de Sormovo; había conocido a los héroes de la misma: el obrero Zalomov (en el relato, Pavel Vlaslov) despierta a la vida del espíritu y se integra en la acción revolucionaria, y su madre, Anna (Nilovna), campesina analfabeta de ojos desencajados, se ofrece para la peligrosa misión de distribuir octavillas. Vuelto a Nijni en octubre de 1902, poco antes del proceso de los obreros, Gorki había tomado parte activa en la organización de su defensa. La madre, aparecida en una revista americana en 1906, y después, como libro, en Nueva York y Londres, se publicó por primera vez en ruso en Berlín. La prensa obrera occidental, sobre todo la alemana, seguida de la francesa y la italiana, se apoderó de ella inmediatamente, imprimiendo millones de ejemplares en forma de folletines o de suplementos en los periódicos. En Rusia, tan sólo la primera parte, muy censurada, pudo aparecer en 1907, en las colecciones de Znanié, pero pronto fueron secuestradas éstas. El Comité de los asuntos de prensa tomó la decisión de perseguir al autor de la propagación de una obra que incita a cometer breves delitos, provoca la hostilidad de los obreros hacia las clases poseedoras e incita al motín y a actos de rebelión.

Pero si legalmente la versión íntegra de La madre no debía imprimirse en Rusia hasta después de 1917, circularon clandestinamente innumerables ejemplares de la edición berlinesa en ruso. El drama Los enemigos, escrito en la misma época, se inspiraba en idénticos sentimientos. Pronto fue prohibido.

(Se observará que, en los expedientes de la policía rusa, el escritor de celebridad mundial, que provocaba oleadas de pasión, de amor y de odio a ambos lados del Atlántico, continuaba siendo designado con el nombre de Alexei Pechkov, hijo de Máximo, artesano de la corporación de los pintores de brocha gorda de Nijni-Novgorod.)

A su regreso de América en otoño de 1906, Gorki busca un refugio. Tras la resonancia de su propaganda contra el préstamo zarista, no podía pensar en volver a Rusia. En octubre se instala en Capri, donde permanecerá siete años.
Es preciso imaginarse la atmósfera peculiar de esta residencia. Si hay en el mundo dos nociones contradictorias, irreconciliables, antagónicas, son sin duda Capri y Gorki, el encuentro de la isla encantada, madre de los juegos latinos y de los deleites griegos, y del rudo hijo del Volga. Durante los siete años que Gorki va a pasar en Capri, al igual que durante los cuatro que pasará más tarde en Sorrento, sus tres en Alemania, o su verano en América y París, no cesará de transportar consigo a toda Rusia, ciego e impenetrable mundo que le rodea. Habiendo vivido en el extranjero una buena parte de su vida, Gorki no aprenderá ni una sola palabra en ninguna lengua extranjera. Ningún paisaje extraño cautivará su mirada, ninguna de sus obras llevará la impronta de ellos. Sus breves e incoloros Cuentos de Italia no tienen nada de italiano, sino unos pocos detalles coloristas locales tan convencionales como sus descripciones urbanistas de Nueva York. Por eso, en un proyecto de prefacio, Gorki explica que, aunque se tratase de imágenes de acontecimientos reales, las habría titulado cuentos, porque la vida y la naturaleza italianas se parecen en muy poco a las de Rusia. Únicamente Rusia es para él la realidad. En Alemania, en América, en Italia, continúa tratando su único tema, el del destino particular del hombre ruso, el de describir su único paisaje: los inmensos y melancólicos espacios rusos, despreciando las mareas tirrenas y las grutas azules. En Capri concibió una de sus obras más características, La pequeña ciudad de Okurov (1910), cuadro extremado de la paralización de las provincias rusas. En medio de las delicias de Capri, su nostalgia no conoce límites. Si un diente arrancado de golpe de la mandíbula pudiese experimentar un sentimiento, se sentiría sin duda tan solo como yo, exclama a propósito de este aislamiento. Por ello acoge con tanta ansiedad todo lo que llega de Rusia.

Se han forjado muchas leyendas malévolas sobre esa estancia en Capri, sobre la jaula dorada en la que su compañera, la señora Andreeva, habría tenido prisionero al escritor proletario. Es cierto que Maria Fiodorovna Andreeva, rica y generosa, se dedicaba con devoción a rodear de comodidades a su compañero, aquel gran trabajador y gran enfermo. No era en absoluto una mujer vulgar. Antigua actriz del Teatro Artístico, hacía tiempo que había abandonado a su marido, un general, para dedicarse a las actividades revolucionarías. Había seguido a Gorki con conocimiento de causa, no sólo como mujer, sino también como camarada de lucha. Por lo demás, el propio Gorki disponía de importantes recursos procedentes de sus derechos de autor, un autor reeditado sin cesar en Rusia, traducido a todas las lenguas y representado en todos los escenarios. Su celebridad era enorme. Modesto y desinteresado, no tenía, por así decirlo, necesidades personales. El capítulo principal de su presupuesto, libros al margen, era la ayuda a la caja del partido y a innumerables menesterosos (recordando seguramente su difícil infancia y los años que había pasado, como aquellos a los que ayudaba, sumido en el fango; se trataba de una huella indeleble que difícilmente se borraría de la mente de Máximo).
Tolstoi no hacía sino breves apariciones ante su corte de admiradores, arrojándoles como alimento unas pocas frases bonitas que ellos recogían con aire de gravedad y, la mayor parte del tiempo, le venía muy bien la guardia feroz que montaba a su alrededor la condesa para defender la labor del genial escritor contra los mediocres intrusos, lanzando sobre ella el descontento de los tolstoianos. Gorki, por el contrario, permanecerá a lo largo de su vida accesible a todo el mundo. Nada —ni siquiera sus trabajos literarios, que jamás cesa de apreciar con extremada modestia— le parecía tan precioso como el contacto con el alma más humilde. Sin duda, en Capri, los visitantes eran escasos, aunque, habida cuenta de la distancia, su número fue asombroso. Todo ruso que iba a Italia consideraba un deber efectuar esta peregrinación, sin hablar de aquellos a los que Gorki y la señora Andreeva invitaban a residir en su casa algunos días o algunos meses: los amigos, los enfermos, los hambrientos, los desesperados, a quienes se sacaba a flote, a quienes se practicaba una cura de optimismo.

Pero estaba sobre todo la cuestión de las cartas, una correspondencia enorme que afluía del fondo de las provincias rusas, misivas torpes, con direcciones inverosímiles: Suiza, Isla de Chipre. Gorki, y que, a pesar de todo, llegaban a su destino, confesiones, manuscritos, preguntas sin cesar. Leía todas las cartas, seria, atentamente, y respondía a todas. Fue quizá el único escritor del mundo que cuidó de que, por su culpa, ningún humilde se sintiese herido.

El hombre es la única maravilla sobre la tierra, todas las demás son producto de su imaginación de su inteligencia, de su voluntad creadora.

Máximo GORKI

A finales de 1913 —pese a que, con anterioridad, Lenin y Gorki ya habían tenido sus dares y sus tomares— el ideólogo revolucionario animó a Gorki —tranquilizado éste por las explicaciones de Chaliapin, favorito de la Corte— a aprovecharse de la amnistía concedida con ocasión del 300 aniversario del advenimiento de la dinastía de los Romanov, para regresar a Rusia. Lo hizo. La acción judicial se encontraba archivada, pero el departamento de policía ordena de inmediato mantener al escritor en constante y estricta vigilancia.

La guerra determina una escisión en el seno de los partidos socialdemócrata y socialrrevolucionario. Unos, Plejanov, Kropotkin, Deutsch, Vera y Zasaluch, se declaran partidarios de una guerra contra el militarismo alemán: son calificados de socialpatriotas por Lenin, Zinoviev y Bujarin, quienes, por su parte, prefieren el derrotismo, en la esperanza de que la derrota del Imperio ruso aboque a la revolución. Gorki, hostil por naturaleza a toda guerra, se alinea al lado de los leninistas, con tal impulso que no duda en apartarse de Zinovi Pechkov, su hijo adoptivo, que combate en las filas del ejército francés (recientemente fallecido con el grado de general y embajador de Francia).

En las condiciones draconianas de la censura militar, recurriendo a menudo al maldito lenguaje abusivo de Esopo, Gorki sostiene una lucha encarnizada contra la burguesía de derechas, el capitalismo, el colonialismo (el peligro blanco), el antisemitismo; en suma, contra la opresión en todas sus formas. Llega a dar a la revista Los anales (Lietopis), que había fundado en 1915, un acento derrotista. En 1914, publica la primera Antología de los escritores proletarios (la segunda aparecerá en 1917), que señala una etapa importante hacia una literatura democrática.

Estalla la revolución. Pero el estampido de octubre encuentra a un Gorki desconfiado. Teme los horrores de la guerra civil, la dictadura, el terror, teme sobre todo a esa marejada popular que ve aproximarse. ¿Sabrán dominarla los soviets? Gorki no ve la salvación más que en la alianza de la elite obrera con las fuerzas intelectuales del país, es decir, con la intelligentsia liberal de los sabios y los técnicos. Sólo le parece posible la revolución si se consigue la elevación del nivel cultural del pueblo. Preconiza, por tanto, la democratización del saber y la salvaguardia de los valores de la civilización, una construcción cultural inmediata, planificada, multiforme y perseverante. En pleno caos funda la Libre Asociación para el Desarrollo y la Propagación de las Ciencias Positivas, Ligas de Educación Social, Cultura y Libertad, y, sobre todo, la Comisión para la Protección de los Museos, de los Objetos de Arte y de los Monumentos Históricos. Trotski dirá: Gorki acogió la revolución con la inquietud de un director de museo. Los soldados en desbandada y los obreros que no trabajaban le producían horror.

En su diario La vida nueva, Gorki no cesa de entablar polémicas Pravda, de estigmatizar los linchamientos, el veneno del poder que, dice, ciega a Lenin y a sus compañeros, haciéndoles sacrificar a las masas el precioso cerebro del país. En su número de Navidad de 1917, escribe: Lo más grande que ha creado la humanidad son los dos símbolos que expresan sus aspiraciones supremas: Cristo, inmortal idea de caridad y misericordia, y Prometeo, enemigo de los dioses, el primero en rebelarse contra el destino.

Enemigo decidido del régimen del comunismo de guerra, se conducía como oponente del gobierno soviético. Esto le acarreó la desconfianza e incluso la hostilidad de la camarilla de Lenin y especialmente de Kameniev y Zinoviev. Con ocasión de la terrible hambre padecida, 1919-1920, el escritor salió momentáneamente de su semidesgracia. El gobierno soviético, con la esperanza de obtener la ayuda de los países occidentales, quiso hacerse aliados entre los intelectuales. Gorki, el amigo y protector de éstos, era la persona indicada para servir de fiador. Con su activa ayuda se formó, pues, el Comité Panruso de Ayuda a los Hambrientos. Hubo un breve período liberal, pero muy rápidamente la checa puso fin al mismo, enviando a prisión a casi todos los miembros del Comité. Gorki, en su desesperación, acusaba a Kameniev de haberle hecho desempeñar el papel de provocador.
Justiciero implacable, el escritor, a quien su prestigio y su amistad con Lenin hacían tabú, se tornaba demasiado molesto. Y como su salud estaba de nuevo quebrantada, Lenin insistió en la necesidad de su partida hacia el extranjero, donde podría hacerse cuidar en condiciones imposibles de conseguir en la hambrienta Rusia. Pero el revolucionario necesitó mucho tiempo y persuasión para lograr que Gorki consintiera en marcharse. Finalmente, en 1921, cedió. Este nuevo exilio debía durar siete años, que el literato vivió como semioponente al régimen soviético, sin romper nunca con él, sin atacarle jamás en presencia de Europa, esperando en todo momento ver su humanización. Pensó incluso que podía servirle, tratando en vano de establecer el lazo de unión entre los soviets y los escritores rusos emigrados.

En enero de 1924 muere Lenin, y Gorki, lleno de desconfianza en los sucesores, no se decide a regresar a Rusia. Le gustaría volver a Capri, pero el gobierno fascista duda en dejarle entrar en Italia. Finalmente, en la primavera, es autorizado a residir no en Capri, donde, según declaran las autoridades mussolinianas, su presencia podría despertar ciertas pasiones políticas, sino… en Sorrento, ¡lugar políticamente más seguro en apariencia! Gorki permanecerá allí durante cuatro años, haciendo la misma vida sencilla y laboriosa de siempre. Pero se repite el viejo drama: el escritor se ve atormentado por la nostalgia. El exilio de Capri había sido duro para el hombre de cuarenta años; el de Sorrento es insoportable para el de cerca de los sesenta. Por lo demás, este exilio no tiene sentido: ya está hecha la revolución. De esta época nos queda un retrato expresivo con la mirada triste.

Tienen lugar interminables negociaciones entre el escritor —o más bien su camarilla— y los soviets, y cuando al fin decide volver a la URSS, los emigrados le acusan de venderse al diablo. En una breve carta aparecida en Europa (15 de agosto de 1928), Gorki precisa su posición: Me considero bolchevique desde 1903, pero jamás me he adherido a ningún partido... Tuve diversas controversias con los bolcheviques y reñí con ellos en 1918; me parecía que serían incapaces de dominar a los campesinos, anarquizados por la guerra, y que, luchando contra ellos, sacrificarían el partido obrero. Pronto me convencí de mi error, y hoy estoy persuadido de que el pueblo ruso, a pesar de la guerra que le hacen los gobiernos de Europa y las dificultades económicas derivadas de ello, acaba de franquear el umbral de su renacimiento.

Después Gorki explicará muchas veces este punto, particularmente en sus recuerdos sobre Lenin, pero su confesión más conmovedora se encuentra contenida en una carta al profesor Gruzdev, de fecha 19 de abril de 1933: Se ha comprobado que el teórico Lenin conocía infinitamente mejor que yo la realidad rusa... Me parece que la divergencia entre nosotros reside, no sólo en la envergadura de la concepción y en la precisión de la teoría, sino también en algo que podría ser la altura del punto de observación. Ésta no es posible más que si se posee un raro don: saber considerar el presente a partir del porvenir.

Siete años antes, Gorki había abandonado un país en ruinas, que apenas comenzaba a curarse de las llagas que le habían producido el hambre y la guerra civil.

El sentido de la revolución, el sentido del advenimiento de los soviets reside para Gorki en la promoción del hombre. ¿Que los emigrantes le acusan de haberse vendido por la gloria o por un espejismo? ¡Nada más falso! Los autores de las cartas anónimas —responde— querrían saber por qué no repito ya las acusaciones que formulaba en 1917 contra los soviets. ¡Pues respondo! En 1917 me equivocaba, en mi sincero temor de que la dictadura del proletariado acabase en la disgregación y el aniquilamiento de la única fuerza verdaderamente revolucionaria que poseíamos entonces: los obreros bolcheviques, políticamente educados. Este aniquilamiento habría comprometido por mucho tiempo la idea misma de la revolución Social... No pretendo lisonjear al poder obrero y campesino, sino que admiro muy sinceramente su obra y su habilidad para despertar el entusiasmo por el trabajo creador.

Las dificultades de los principiantes no cesaban de conmover a Gorki. En 1919 publicaba un curioso artículo, “Los escritores autodidactas”, en el que resumía los resultados del examen de más de cuatrocientos manuscritos que le habían sido dirigidos a Capri por escritores del pueblo. Gorki los había leído atentamente, anotado y clasificado. Entre los autores dominaban los obreros: 114; después venían los campesinos: 67; el resto era de composición diversa: 9 zapateros, 6 porteros, 5 soldados, 4 sastres, 4 ex presidiarios, 5 modistas, 3 criadas, 2 prostitutas, 1 lavandera, 1 guarda de cementerio, 1 agente de policía, etc. De 429 manuscritos, solamente 67 relatos y 6 obras teatrales estaban dedicados a la revolución: la mayoría de los autores hablaban de ella no en prosa sino en verso.

Durante su segundo exilio, en Sorrento, Gorki renueva la experiencia de Capri. En 1927, en sus Notas de un lector, da cuenta de doscientos libros de jóvenes autores soviéticos a los que trata de comprender y guiar. De regreso a Rusia, se integra en ese flujo literario que no cesa de subir, lee manuscritos, escribe prólogos, corrige, explica, discute línea por línea y, al resultarle imposible responder a cada uno, escribe cartas colectivas, dirigidas a grupos: principiantes lectores, corresponsales obreros y campesinos, redacciones, escuelas de adultos, pedagogos (a propósito de lecturas infantiles que le interesan vivamente), tipógrafos, ferroviarios, guardias rojos, grupos literarios o dramáticos en conexión con clubs obreros, etcétera. También escribe artículos, da conferencias, redacta folletos, el más conocido de los cuales es Cómo he aprendido a escribir (1928), en el que quiere hacer aprovechar su experiencia a los principiantes ahorrándoles la dispersión y las búsquedas inútiles.

En medio de su gloria, el escritor sigue siendo infinitamente modesto. Si habla sin cesar de su persona no es en absoluto para analizarse a sí mismo. Por el contrario —y se trata de un caso en verdad raro—, el autor de una obra tan vasta y en la que abunda tanto el elemento autobiográfico se desinteresa de su yo. Se dice de cuando en cuando que su alma le hace daño, que está triste y disgustado, es siempre con relación a hechos exteriores precisos, resultado de un orden social detestable que pretende demoler. No habla para mostrar en qué su yo se distingue de los demás, sino para tranquilizar, precisamente porque él es semejante a todo el mundo. En ningún momento, este hombre que, en vida, conoció una gloria sin par, cedió a la vanidad.

Por ello es importante aclarar una leyenda de la que Gorki no es en absoluto responsable y que proyecta sobre su memoria una sombra de ridículo que no mereció.

El 11 de octubre de 1931, Stalin y Vorochilov visitaban al escritor. En esta ocasión, les leyó uno de sus pecados de juventud, el poema La joven y la muerte (1892). Stalin escribió en la página, al sesgo, una especie de testimonio chistoso, firmado y fechado: «Este trasto es mucho mejor que el Fausto de Goethe; el amor vencedor de la muerte.» Decimos testimonio chistoso, primero en razón de su forma, y después porque es impensable que Gorki, dada su idiosincrasia y su respeto por los ilustres, y que situaba a Goethe entre los más grandes genios de la humanidad, pudiese tomar en serio la nota de Stalin. Existe una fotografía que parece relacionarse con la visita del 11 de octubre: nos muestra a Stalin, Vorochilov y Gorki, este último examinando un libro abierto, y los tres riendo a carcajadas. Sea como fuere, Gorki puso en el lugar correspondiente de su biblioteca el ejemplar que llevaba la inscripción de Stalin, y así quedó el asunto. Diecisiete años después se encontró el testimonio staliniano y se le dio la más amplia publicidad: la reproducción de la página fatídica apareció en la nueva Enciclopedia Soviética, en las obras completas de Gorki, y en numerosas revistas y monografías. Un pintor oficial tomó incluso este motivo como tema de un cuadro en el que Gorki, en Zuna postura patética, lee su obra al dictador soviético y a Vorochilov (el pintor añadió incluso a Molotov). Evidentemente, esta divulgación no hubiese podido producirse sin el consentimiento de Josef Stalin, cuya apreciación —a juzgar por lo que se sabe de su gusto— podía ser perfectamente sincera. Gorki no estaba ya para defenderse. Así es como la crítica rusa tuvo que simular que la tomaba en serio, con gran alegría de los emigrados, libres de deplorar la barbarie soviética. Pero la torpeza fue lanzada por Europa que, no contenta con reproducir reverentemente el juicio crítico staliniano, lo acompañó con el texto mismo del poema.

Incluso dentro de la literatura rusa, generalmente bastante discreta sobre la vida íntima de los autores, pocos hombres de letras han defendido con más energía la barrera de su vida privada. Sus numerosos relatos autobiográficos no hacen referencia a ella, a excepción de su primer amor, la señora Kaminskaia, que le siguió en 1892 a Nijni-Novgorod. Y como una serie de emociones tragicómicas es como describe las divergencias entre él y esta dama de su corazón, como la llama, alegre, escéptica y cultivada. Ella compartía animosamente la miseria del periodista principiante, que cobraba a dos kopecs la línea, haciendo sombreros o retratos de popes y de sus esposas, y hablaba a Gorki de su estancia en París, de poetas que él no comprendía, de un mundo lejano y brillante. Gorki cuenta sin rencor cómo ella se durmió mientras le leía una de sus obras. Estos dos seres tenían pocas cosas en común y se separaron sin complicaciones dramáticas. En Nijni-Novgorod se casó. La señora Catherine Pechkov era una típica intelligentka rusa, una ardiente revolucionaria. Estuvieron juntos pocos años; la señora Pechkov dio al escritor dos hijos: la pequeña Katiuchka murió joven y Máximo se convirtió en un inútil, a pesar de lo cual su padre sintió siempre un gran afecto por él. En la época de sus éxitos dramáticos, Gorki conoció a la señora María Andreeva, quien le acompañaría a América y a Capri. Bajo la revolución, le sucedió la inquietante baronesa María Budberg, que tenía el don de hacerse antipática a los amigos del escritor.

Procedente del mundo aristocrático petersburgués hablaba extremadamente bien varias lenguas y el ruso con acento inglés. Fue la compañía del segundo exilio del literato. En suma, la única mujer de la que Gorki habla con ternura y sin reservas fue la reina Margot de su adolescencia, de la que se forjó un ideal inaccesible.

A pesar de sus numerosas y crudas descripciones de desbordamientos sexuales, uno se siente inclinado a acusar de mojigatería a Gorki. Y es que —y el francés Melchior de Vogué lo ha observado mejor que los rusos— carece singularmente de sensualidad. Las brutales escenas eróticas que describe comportan siempre una segunda intención moralizadora que enfría al lector. Gorki es púdico hasta el extremo de sustituir la palabra goce por la de placer. A menudo, en sus relatos, vemos al narrador hacer de José, por pura nobleza de alma, lo que no siempre le libra del ridículo.

Cuando, en La confesión consiente en hacer un hijo a una joven y bella novicia que espera así hacerse expulsar del convento en el que se halla encerrada a la fuerza, se decide a hacerlo de mala gana y solamente por humanidad. Con todo, en su espíritu se trata del sacramento del matrimonio. ¿Cómo fueron los últimos años de Gorki? ¿Se adhirió por completo al régimen soviético, o bien discutió, protestó, contradijo? ¿Es verdad que llenó de quejas varios cuadernos voluminosos, misteriosamente desaparecidos con ocasión de su muerte? Nada sabemos de ellos. El pasmoso comunicado oficial del 3 de marzo de 1938 ha dado pábulo a estas fábulas. Dos años después de la muerte del escritor acaecida el 18 de junio de 1936 a consecuencia de una pulmonía, este comunicado declaraba que había sido médicamente asesinado por los doctores que le habían tratado, por orden del jefe de la Checa, Iagoda, y del centro trotskista de derecha. Se precisaba además que el hijo de Gorki, el jovial y anodino Máximo, cuya muerte —igualmente a consecuencia de una pulmonía— había precedido en un año a la de su progenitor, había sido así mismo víctima del mismo complot.

¿Qué había de cierto en tan terrible acusación? Su paralelismo con el caso de los médicos acusados de delitos análogos, el 13 de enero de 1953, esta vez por instigación de Beria, y rehabilitados inmediatamente después de la muerte de Stalin, hacen sospechoso el asunto. En ausencia de una documentación seria y fehaciente, la prudencia aconseja desestimar hipótesis que conduzcan al error y al confusionismo. Cualesquiera que pudiesen ser las razones del gobierno soviético para rodear de vigilancia al bullicioso escritor, vigilancia que ni el propio Lenin había conseguido, es lógico suponer que un hombre de sesenta y ocho años, cuya pulmonía agravaba el estado de un organismo quebrantado por medio siglo de enfermedad pulmonar, pudiese morir por puras y simples razones físicas. Cabe, incluso, deplorar la vulgar sospecha lanzada sobre el último instante de uno de los hombres más puros y más desinteresados que ha conocido el mundo de las letras.

Aun estando situado, literariamente, en las antípodas, Alexandre Blok lo comprendía profundamente al decir: Si existe ese no sé qué inmenso, vasto, nostálgico, esa tierra prometida del alma, que acostumbramos a designar con el nombre de Rusia, Gorki es quien mejor ha sabido expresarlo.

*Máximo Gorki. Obras selectas. La madre y Los vagabundos. Edimat libros, S. A. España, 2001. 503 pp.