REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Fantasmas de infancia: el nuevo libro de Ángela Reyes


Marisa Trejo Sirvent

“Antes de que las sombras cayeran sobre ti,
tuviste que multiplicarte
para que hubiera para todos un poco de amapola.
La casa se hizo grande, porque la casa eras tú
con las alcobas soleadas a ambos lados de tu cuerpo,
el pasillo muy largo trenzado a tu cabello
y la cocina por tu cara, donde el agua corría,
donde el horno caliente
y más granate que tus labios
siempre olía a compota de manzana”.


Así habla Ángela Reyes de los recuerdos de sus primeros años de vida. Los ha escrito, según sus propias palabras: “como un ejercicio de rescate de cuanto he conseguido recordar y salvar del paso de los años y antes de que la memoria se apague”. Recuerdos, en especial, de su madre, de la casa soleada de su infancia, de los olores a compota de manzana que salían del horno, del sur de España de donde vino a Madrid hace muchos años.

En Granada, en la bella Granada, fue donde Ángela Reyes (19 de agosto de 1946) encontró la poesía a los ocho años como quien encuentra una especie de tesoro, “un cofre lleno de palabras” que le pertenece a uno y que nadie viene nunca a reclamar. La poesía ha sido siempre parte fundamental de su vida, y no se ha separado jamás de ese magnífico cofre de palabras, porque afirma:

“…es una de las cosas más preciosas que poseo. Desde los ocho años no he dejado de abrirlo ni un sólo día y, de su fondo inagotable, he extraído las palabras precisas para inventarme mundos que me hubiera gustado habitar, situaciones, personas inmensamente bellas, largamente desgraciadas, siempre tiernas, crueles hasta donde mi imaginación me permitía, dioses venidos a menos, humanos tan magníficos que morían para volver a resucitar en páginas posteriores. Para ello, unas veces elegía las palabras más líricas, otras veces las retóricas, las amorosas, muchas veces las sensuales, místicas en pocas ocasiones, palabras y más palabras con que creaba personajes de ficción que, después de convivir con ellos un tiempo, se convertían tan humanos, tan de mi sangre, que llegaba a amarlos y a sentir su ausencia a la hora de abandonarlos a su suerte. Esto es, a la hora de finalizar el libro”.

Ese encuentro maravilloso con las palabras la ha llevado a escribir doce libros de poesía entre los que destacan: Amaranta (1981); La muerte olvidada (1984), Lázaro dudaba (1987), Cartas a Ulises de una mujer que vive sola (1992); Breviario para un recuerdo (1997), Carméndula (2001), No llores Poseidón (2008); cinco novelas y varias plaquetas y pequeñas publicaciones promovidas por la Asociación Prometeo de Poesía, en Madrid, de la cual ha sido Secretaria General desde hace más de treinta años. En la última década ha escrito mayormente narrativa, aunque también obtuvo el premio Blas de Otero en el 2000, por su trabajo poético titulado “Majadahonda”, entre una veintena de reconocimientos a los que se ha hecho merecedora, en poesía y en narrativa, como el Premio Juan Pablo Forner, en 1999, por su novela Morir en Troya.

Ángela Reyes ha publicado este año un nuevo poemario. Fiel a la memoria de una infancia lejana pero no perdida, la recupera en cada uno de los poemas a manera de remembranzas de los fantasmas de sus primeros años: su madre, su abuela, el hombre que vende miel (el melero), una viuda que jamás se consoló, un cardador de lana, un hombre que cantaba, otro que llegaba y se iba con el tren, un gitano molinero de café, la niña que “vendió sus labios a un labriego a cambio de un cestillo de manzanas” o la otra que “entregó su amapola aún por deshojar, al ladrón de caballos porque supo mecerla entre canciones”, en fin, los personajes del pueblo, la prostituta que era “una mujer sin luna, una mujer de noches muy lluviosas”:

“En su propia corriente fue feliz/ coleccionaba hombres que escondía/ muy dentro de sus medias,/ donde la luz de la muchacha es triste./ ¿Quién olvida un entierro bajando por el río? ¿Quién se olvida de una mujer/ disuelta entre la bruma de los anocheceres,/ untada con la brea de viejos marineros,/ envuelta en el dulzor de la llovizna/ que algunos, casi niños, dejaban por su cama?/ A todos ellos tuvo, / mas nunca por dinero, tampoco por amor;/ y para compartir la miel de la palabra/ y el migajón de la ternura”.

El libro, editado por Huerga y Fierro Editores este año, llegó ayer a mi buzón con una dedicatoria con su hermosa letra, que agradezco donde esta autora hace referencia a “los fantasmas juveniles que llegan con la madurez”. Fue firmada en noviembre de 2011, pero no menciona el día, quizás haya tardado casi un mes en llegar desde el otro lado del océano, hasta el momento en que el cartero me lo entregó y yo lo recibí como siempre agradecida, y esta vez, de manera especial, para poder leer otro libro de esta destacada poeta española. El libro se titula Fantasmas de mi infancia y está dedicado así: “A mi madre, que es del sur. Al sur, testigo de mi niñez feliz”. Y es que fue en el sur, en Jimena de la Frontera, Cádiz, donde vivió feliz hasta los doce años, según afirma en unas palabras previas al poemario:

“Alguien dijo que una infancia feliz sirve para toda la vida. La mía lo fue, a pesar de vivirla en tiempos de postguerra con sus consabidas estrecheces y con las heridas aún abiertas, por uno y otro bando. Al menos en mi familia hubo heridas en los dos lados. He escrito este poemario desde la nostalgia positiva, con olores, voces, rostros, nombres y rincones hallados en Granada. Gratos recuerdos vividos con mi amplia familia andaluza (gaditanos, jimenenses y granadinos), en su mayoría mujeres de luto que olían a jabón “Heno de Pravia”; viudas matriarcas llenas de hijos, con la crucecita colgada al cuello y el cabello muy recogido en un moño, ni muy alto ni muy bajo, colocado en el centro de la cabeza, en perfecto equilibrio con sus penas y sus pensamientos. Las matriarcas de mi familia, viudas o no, valieron por todo un regimiento de infantería”.

A Madrid llegó desde los doce años, ahí ha realizado diversas actividades, todas giran en torno a la poesía: Cofundadora y Secretaria General desde 1980 de la Asociación Prometeo de Poesía (Madrid); coordinó la organización de la Escuela de Poesía de Madrid y de cinco Ferias de la Poesía, tres bienales internacionales de Poesía en Madrid, dos Encuentros Luso-Españoles de Poesía; y ha sido Co-fundadora y co-editora de las revistas Cuadernos de Poesía Nueva, Carta de la Poesía y la reconocida revista La Pájara Pinta. Pero como buena andaluza, la tierra la lleva en el alma, y en la memoria:

Hay cosas en la vida
quizás innecesarias,
que no se desvanecen aunque la lluvia las golpee,
como aquella muchacha en bicicleta,
o como cuando tú dijiste:
-Ya viene abril-.
Y llegaron las aves
a beber el cilantro de tu rostro.


Se percibe en el trabajo lírico de este libro melancólico de Ángela un ritmo, una profundidad, una belleza que sólo se recrean luego de muchas lecturas; nos deja entrever el “genio” de los buenos poetas como decía Octavio Paz. Las finas y sensibles palabras del cofre muy bien atesorado por su dueña, le deja a uno un buen sabor de boca.