REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

Confabulario

Amnesia


César Alberto González Zuarth

Duermo, sueño, despierto. Bajo a desayunar. Te veo. Tu rostro me produce placer, tranquilidad, ternura. Pero no consigo ubicarte en algún momento de mi vida. Te escucho hablar de cosas cotidianas. Hay que comprar agua, cuanto calor hace, necesito trabajar más. Desespero y te interrumpo. Discúlpame por favor pero ¿Quién eres? Te irritas, te exasperas, te indignas. Me dices que efectivamente has cambiado pero que eres la misma. Percibes mi vacilación. Te cuestionas entonces mi salud mental. Y te preguntas si acaso vale la pena cumplir tu promesa de permanecer para siempre junto a mí. Permanezco sentado. Confundido. Intuyo que te conozco de toda la vida. Pero te percibo como una extraña ¿Quién eres?

Decido entonces resolver esta paradoja. Me sumerjo en mis recuerdos. Escudriño cada recoveco de mi memoria donde tu identidad pudo haberse extraviado. Percibo la luz de una tarde de otoño. Las hojas de los árboles caen. Una de ellas se posa sobre mi cabeza. Señal de buena suerte. Estoy seguro de que tendré éxito. Me adentro aún más en mis pensamientos. Aprehendo una señal que pasa distraída cerca de mí “Te espero en la isla de las aves marinas” ¿Será una pista? La conservo. Continúo caminando por los senderos de la inconsciencia. Al doblar un recodo me veo bailando en un hermoso jardín. Flores, amigos, alcohol. Intento enfocar la escena para identificar a mi pareja. No me es posible. Decido guardar en mi alforja también este evento. Continúo. Frente a mí aparece una compleja red neuronal ¿Qué ruta debo tomar? Decido recorrer el axón más próximo a mí. Empieza a llover. Gruesas gotas resbalan por mi frente, me trago algunas. Ahora las puedo identificar, son lágrimas de tristeza. Las atesoro. Después de sortear temerariamente una sinapsis, reparo en una figura femenina cubierta por una sábana que apenas oculta su desnudez. Excitación, deseo, sexo. Quiero hacerle el amor, pero no me atrevo a despertarla. Me acuesto junto a ella. La abrazo. Me siento tranquilo, los temores desaparecen. Me gustaría quedarme por siempre en este oasis de paz. Es imposible. Debo partir. Me introduzco en una neurona al azar. Encuentro congresos-flamencos-isla tropical. Conceptos inconexos para mí. Pero que me infunden zozobra. Siento frío. Me cobijo con unos versos de Jaime Sabines que tengo a la mano y huyo de ese lugar. La travesía continúa. A lo lejos observo una dendrita que de manera intermitente manda impulsos eléctricos. No necesito acercarme demasiado para poder interpretarlos. Humus… Pasta al dente… Chocolates belgas… Queso pan y vino. Tengo hambre y estoy exhausto. Me siento un momento a descansar y sacio mi apetito con frases silvestres que crecen junto al camino: te amo, te necesito, nunca me dejes. Reanudo mi peregrinar. Se hace de noche. Una luna de octubre despierta de su letargo a un coyote. Aúlla. Mi piel advierte tu presencia. Te acurrucas junto a mí, te sientes protegida. Transito por un sendero que sigue el curso de un río de acetilcolina. Durante el recorrido escucho canciones de Serrat, Silvio Rodríguez, Frank Sinatra. Un soplo de nostalgia me despeina. Decido llevarlas conmigo. No dejo de trajinar cada madriguera que voy encontrando. De ellas brotan, cual conejos, sueños, ilusiones, fantasías ¿Cómo llegaron a mi cabeza? Tú eres la principal sospechosa. Prosigo merodeando por mi cerebro. Descubro numerosas sonrisas colgadas de unos árboles de mango. Las colecto. Me como una bastante madura y guardo las demás. Me tropiezo con un grito de foca y caigo. Puedo ver entonces la coraza inerte de un caracol. Me lo llevo al oído y escucho un bostezo. Desciendo por una pendiente. Me enredo con tus rizos cuando atravieso un nódulo de Ranvier. Un viejo me ayuda a liberarme y me pregunta ¿Qué haces? Reconstruyo un arquetipo, le respondo. Se ríe. Suficientes piezas has encontrado ya. Sólo debes poner cada una de ellas en el lugar correcto. Así lo hago. Con desaliento compruebo que me hace falta una. El viejo me da un regalo: unos ojos oscuros y expresivos. Consigo terminar el rompecabezas. Tu figura emerge libre de prejuicios, sin ambigüedades. Puedo contemplarte tal como eres. Volteo hacia él para agradecerle. Se ha ido. Mi vista se posa nuevamente en tu imagen. Percibo tu esencia. Corro hacia ti para decirte que por fin sé quién eres. Te observo detenidamente. Pero tú a mí no. Tu mirada se encuentra extraviada en otros mundos. Eres tan distinta a mis recuerdos. Caigo en el desánimo. Sigues siendo una desconocida. Me siento desolado. Entonces te digo adiós. Debo partir en pos de ti.