REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Por qué ser infeliz
Hazte, me dijo Feldespato. Los días disolutos te ablandan…. Mi alter ego estaba de buenas. Si le urge posesionarse del teclado me propina de codazos… Estoy harto de tu mundillo deseándote felicidades, dijo él. Por eso te di el empellón cuando tu amigo Gusgús te escribió sí, felices, pero sin recurrir a los santos ni a los convencionalismos. ¿A un pagano? ¿A un anarquista, si bien pacífico?

Doña Guadalupe, tu asesora en inversiones (Lotería y Melate), de la calle de José María Iglesias, es muy talentosa, así como el gerente de Siempre!, el contador Emilio Torres, a quien le entusiasmó tu declaración: Feliz, dejaría de escribir. La doña te dijo pero si usted es feliz escribiendo… Aunque tu reducido mundo lo ignore. Sí, aunque no puedo escribir el día entero, le dijiste. Quién sabe qué hubiera dicho si le respondes escribo hasta cuando no escribo. Claro, ser desdichado no es el único requisito. Labor de mulos, de galeotes, dicen tus maestros. El trabajo sucio y webón: la política, las empresas, ¡la burocracia!, etcétera, es para los demás.

Un aspirante a escribidor quiso convencerte de que feliz se escriben cuentos de hadas. ¿La excepción de la regla? Candy Charamusca presenta en el Taller de Narrativa cuentos chorreando miel, con personajes buena onda. Él mismo camina como sobre un charco de heces de la miel. Echa mano del lado oscuro de tu alma, le dijiste, recuerdo. No puedo, dijo él retorciéndose como su nombre por la cintura. Timiducho. Así soy, ¿qué quieres? Debe haber conflictos en tus historias, le insististe. Yo a la gente nomás le veo el lado bueno, dijo él.
En las últimas sesiones del Taller del 2011 te escribió la chica de ojos como de paloma real, de tez como de durazno de exportación, de cuerpo a la Mónica Belluci. Mamita… No voy a volver al Taller, te dijo ella. Ante la pregunta de los motivos, te dijo la neta, supongo. Candy Charamusca la acosaba implacable. Entonces le hablé a él y le dije que yo, Feldespato, eras tú y que si no escribía el relato de un bandido enfermo de satiriasis y de priapismo, y con final feliz… para el acosador, lo escribirías tú, es decir yo, utilizando su nombre real y su IFE y su RFC. Asustado, aceptó.

Cuando le contestaste a tu amigo Gusgús te di el inevitable codazo más fuerte infligido nunca. Debías decírselo. Debíamos… Si quieres crear, tecleaste, debes ser infeliz… Ni te contestó el dichoso. Pero ¿y qué?

El anarquista neurótico
A ver, se dijo, Feldespato, si soy perredista o priista, sin pensar en los partidos de juguete, ¿qué diablos me interesa cuanto hagan los aspirantes a la candidatura panista? Si ellos disponen de un sistema particular según el cual seleccionan a su candidato, ¿qué pitos tocamos los demás en esa fiesta? ¿Por qué habrían de ser de interés general sus actividades? A mí, ¿qué me importa el blablablá de la señora con voz de locutora monocorde o el güerito desangelado o quien carece de todo como para ocultar lo desagradable que dice en la tele o se ve en las fotos? Ni siquiera tienen la gracia o desgracia de cometer disparates a lo Truman Copetes. Es como oír el parloteo de los cretinos cuando tratan asuntos personales por el teléfono celular.

Feldespato se preguntó cuántas y cuáles notas informativas se desechaban para darle cabida a las inanes propuestas o a los ataques pueriles del trío de grillos brincando de un lado a otro. Él sospechaba que tales expectoraciones no eran reducidas a su mínima expresión, sólo para lectores o espectadores panistas deseosos de enterarse de las tediosas actividades de sus tres precandidatos. Sí, suena justo, y a Feldespato le habría importado un diputado matraca. Serían noticias desechables así como desecha otras que no lo hacen vibrar ni con electrochoques. Sí, las ha venido desechando aunque ya lo colmaron de humores negros el plato.

También rehúye enterarse de las etapas por venir. De reojo lee o apenas si oye sin escuchar a los voceros del organismo burocrático provistos de sueldazazazos cuando divulgan las reglas grotescas para los candidatos. O actúan así o asá y en un tiempo tal o cual y sin la menor posibilidad de hacer esto o lo otro, so pena... Sin frescura. Sin creatividad. ¡Sin golpes bajos!

Pinche país, se dijo Feldespato. Un posible volado estaría sujeto a que no se cumpliera la profecía del fin del mundo. Cierto, el mundo aún no se va a acabar, según los científicos aguafiestas, pero ¿quién nos asegura que nuestro mundillo correrá igual suerte de sobrevivencia? ¿Nuestro mundillo el de la democracia incipiente encasquillada por dos gobiernos de persignados? Toco madera, se dijo Feldes, un anarquista neurótico limítrofe, pero anarquista neurótico esperanzado, y se infligió dos cocos en la tostada y llovida coronilla. Hay algo peor, se dijo. Después de las elecciones, ¿habrá alguna copa mundial de fut?

¿El fisco te hace llorar?
Cuando el empleado dijo ahora pase a las fotos, quise recular y salir aullando y darme de baja del Servicio de Administración Tributaria (SAT). Morir de hambre. Odio las fotos... El iris también, agregó el empleado. ¿Eh? ¿Pues dónde estaba? ¿Había pasado, debido a la maldición maya, a otra dimensión? ¿A la Orwelliana? Un señor obeso retrató mis huellas digitales y mi cara de fierro y el iris. Parecíamos personajes de novela de país totalitario. Era el trámite para obtener la firma electrónica de mis recibos de honorarios. La del causante de impuestos dizque independiente, dos sexenios ya.

¿Imaginas a Slim encorvado y exponiendo el iris?, le pregunté a Petunia. No seas bobo, dijo ella. Slim es persona moral no física. Nunca he entendido la diferencia. El lenguaje burocrático y el del fisco me importa un secretario de hacienda. Sólo quiero pagar mis impuestos y sudar la neurosis pataleando si equis webón de esos incumple sus tareas.

Petunia me dijo la otra mala. Debíamos regresar a esa oficina (Tlalpan) donde te hacen esperar al aire libre, en invierno. Eso sí con turno, puntuales, tras ocupar un amplio estacionamiento gratuito. Es como si, condenado al patíbulo, te dijeran la soga es totalmente Palacio. Petunia inhaló una bocanada de aire gris invernal. Buscaría el perdón de dos multas o rebajas, dijo.
Con las anteriores no logramos nada, le recordé. Ya sabes, el fisco es brutal como el secuestrador que te corta en cachitos. ¿Dónde estuvo la falla? Primero llegó un exhorto y después otro, pero éste no era exhorto, sino requerimiento. Dos multas por desatender exhorto y requerimiento. Las pagaré de mi aguinaldo, dijo ella. Quince mil pesos. Setenta y cinco Turbocrónicas. No se trata de eso, le dije. ¿Cómo estuvo el descuido?

Al regreso fuimos de escritorio en escritorio. Nada. No le dije te lo dije porque le disgusta. Las penas con café son menos, murmuré. Te lo invito. Ella, al volante, lloraba. Sólo la he visto llorar cuando le confirmaron una hepatitis y esta vez. No llores, le dije. No se me ocurrió otra cosa. Entonces, hecha una mujer maya brutal, presa de furia contenida, maldijo al SAT y al presidente. ¿Por qué al presidente?, le dije. ¿Qué tiene que ver? Porque hay muchas madres con hijos perdidos en la “guerra”, dijo, y quienes, por pagar multas al fisco, sacamos a nuestros hijos de la escuela y los ponemos a trabajar.

Tip a los candidatos
Vaya sorpresa, me dije, cuando vi a Eugenio Aguirre, a Felipe Garrido y a Alberto Ruy Sánchez en los baños del restaurante, pero respingué al descubrir a dos o tres autoras, entre ellas a Guadalupe Loaeza, la más famosa. Eran sus respectivos rostros a todo lo alto de las puertas de los excusados. Eran anuncios de una editorial. Repuesto del asombro, ocupado en lo que uno entra a hacer a esos lugares, observé que el anuncio quedaba a espaldas del visitante de los baños. Pero ¿qué había del otro lado de la puerta?

Uno tiene otros hábitos. Por ejemplo, salir de casa a la jungla de la Ciudad de los Palacios presto a enfrentar cualquier peligro sin que, en el trance, nada ni nadie lo sorprenda a uno con las ganas de…, ya saben. Así que entreabrí un retrete y al otro lado de la puerta estaba el complemento del anuncio: la contraportada del libro publicitado y otra foto.

Qué buena onda, me dije. Esto le va a gustar a Gonzalí, amigo, colega y paisano, allá en la costa de la selva, en el Soconusco, a media cuadra de la frontera con Guatemala. Él está empeñado en reclutarme para promover de cualquier manera la lectura. No lo he persuadido de que, en tanto reportero, ando con las antenas arriba para leer lo que encuentre al respecto y para reproducir todo impulso a la lectura en mis dieciséis columnas periodísticas mensuales. Él quiere más y más. Ni el mal ejemplo de los candidatos presidenciales, alfabetos funcionales, ni el precio de los libros nos desalentará, le he dicho.

Así que los carteles dobles en las puertas de los baños del Sanborns me parecieron formidables. ¿Cómo podría escapar al anuncio un cliente en aquella posición con los datos del libro frente a sus narices, sea o no sea alguien que ignora lo fascinante de la lectura? Podrían mejorar el asunto reproduciendo la primera página del libro, con letrotas. El entronizado hasta relegaría el uso del celular.

Salí con premura del baño y ya en la cafetería le conté mi hallazgo a Petunia. Anda, ve tú al de mujeres, le pedí. No tengo ganas, dijo ella. Pero al rato fue y volvió y dijo también están ahí… En el de mujeres habría puras autoras, supuse, pero no. ¿Cómo se sentirían ellas con la cara de Aguirre, de Garrido o la de Ruy Sánchez, tamaño media puerta, mientras…?

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