REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Conservación del Patrimonio Monumental - Una biografía arquitectónia de Carlos Flores Marini


Martha Fernández

El libro que ahora presentamos no es uno más en la vasta bibliografía de Carlos Flores Marini, en realidad, podríamos considerarlo como la historia de su legado, de ahí que el título sea muy acertado, pues en efecto, se trata de una biografía en varios niveles y en diversos temas, de los cuales he seleccionado algunos de mi particular interés. Es una biografía profesional del arquitecto desde que, siendo estudiante, se interesó por la historia de la arquitectura virreinal gracias a maestros como Francisco de la Maza y a compañeros como el también arquitecto Manuel González Galván; en este punto, a lo largo del libro podemos constatar la importancia que tiene para el rescate y la restauración del patrimonio monumental (y que la ha tenido para el propio Flores Marini) la fusión entre el arquitecto y el historiador de la arquitectura.

Por ello, el libro es también una biografía de iglesias, palacios, plazas, mercados, ciudades y fortificaciones de México y de países como Guatemala, Costa Rica, Panamá, Colombia, Brasil y Venezuela, cuyas historias fundacionales y constructivas relata y analiza con toda puntualidad y precisión, lo que sin duda le ha servido como base sólida para entender el patrimonio monumental desde su propio contexto y a partir de ello, llevar a cabo trabajos de restauración respetuosos de la historicidad de cada obra.

Es también una historia o una biografía de la conservación y restauración de monumentos y zonas patrimoniales, de la manera en que en Europa se tomó conciencia de los conceptos de “monumento”, “monumental” y “patrimonio”, de la forma en que se han ido modificando esos conceptos a lo largo del tiempo y del estado en el que se encuentra actualmente la conciencia del valor patrimonial de la arquitectura y del urbanismo en América Latina, muchas veces enfrentada al poder y a funcionarios insensibles e incapaces de reconocer la importancia de preservar el legado monumental de sus respectivos países; tales han sido los lamentables casos de la sala de espectáculos del Palacio de Bellas Artes de México y de nuestro Monumento a la Revolución. Carlos reproduce con acierto, los documentos que el ICOMOS Mexicano y otras instituciones enviaron a las autoridades para tratar de frenar o revertir los daños causados a las obras con las recientes intervenciones. La sala de espectáculos del Palacio de Bellas Artes no solamente perdió la dignidad que la caracterizaba, la monumentalidad acorde con la cortina de cristal que cierra el proscenio, sino que también perdió la isóptica del escenario y la acústica de la sala, porque de ser el más importante recinto de las artes, fue convertida en salón de usos múltiples.

El Monumento a la Revolución es un caso inaudito, pero no aislado. La presencia del elevador al centro destruyó el espacio que lo constituía; destruyó un monumento artístico, pero la falta de respeto a un símbolo patrio, a un hito de la ciudad (como bien lo ha calificado Carlos), a los héroes sepultados en la base de sus machones y a la plaza misma como espacio conmemorativo, tiene raíces más profundas, pues está vinculada con la falta de una noción clara de nuestra Historia y de nuestros valores de identidad nacional. Por ello, mientras en el Monumento a la Revolución se organizan conciertos y mítines, el Hemiciclo a Juárez sirve de marco a puestos de comerciantes ambulantes; el Ángel de la Independencia recibe a Shakira y el Zócalo, se transforma en un monumental escenario de ferias de libros, museos ambulantes, vivienda de inconformes (que no llegan a ser indignados) pistas de hielo y todo cuanto pasa por la cabeza de los funcionarios en turno.

En otras ocasiones, la conservación y restauración de las zonas monumentales se encuentran también contrapuestas al culto a la personalidad de arquitectos e intelectuales deseosos de dejar su impronta aunque para ello tengan que destruir una casa antigua o el paisaje urbano que los rodea, como bien lo hace notar Carlos Flores Marini al abordar la casa de Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias donde no se tomaron en cuenta las características tradicionales de la arquitectura del sitio donde se construyó; es más, ni siquiera miraron las colindancias. O en los antiguos claustros del convento de la Enseñanza de la ciudad de México, donde el arquitecto Teodoro González de León destruyó espacios del siglo XVIII para construir un auditorio a El Colegio Nacional, institución que ocupa actualmente el edificio.

Pero el libro que ahora presentamos es sobre todo una biografía del trabajo que Carlos Flores Marini ha llevado a cabo en la difícil tarea de preservar y restaurar monumentos y zonas monumentales. En este sentido es de destacarse y agradecerse, la exposición de motivos y criterios técnicos, artísticos, estéticos y sociales que ha adoptado en cada caso.

Como él mismo afirma, “la restauración tiene que abordarse según el caso específico y no como receta de cocina”, de manera que resulta no sólo interesante, sino de una gran utilidad, conocer los criterios que, al menos a su juicio, han sido los más atinados para resolver los problemas que implica tratar de devolverle a cada obra su antiguo esplendor. Todo ello puede servir de base, de guía y de ejemplo a otros arquitectos restauradores, pero también a los historiadores del arte y a los estudiosos de la arquitectura, en general. Como es sabido, en el campo de la restauración, pese a los acuerdos internacionales como la Carta de Venecia y Las Normas de Quito que Carlos reproduce en su libro, muchas veces se toman criterios “de moda” o con visiones que tienen que ver más con asuntos económicos que artísticos, como sucedió con el convento de Santo Domingo de Oaxaca, cuyos criterios renovadores más que restauradores, han sido muy controvertidos. Por ello, resulta muy importante conocer las soluciones adoptadas por un arquitecto, como Carlos Flores Marini, que da crédito y respeta las normas internacionales.

Uno de los aspectos centrales que aborda Carlos en su libro es la relación de las zonas monumentales con la población que las habita; de manera que nos muestra que no se trata solamente de rescatar monumentos y trazos varios, se tiene que entender que estos forman parte de la vida de las personas, de manera que se tiene que tomar en cuenta la vida comunitaria en la zona. De ello el autor destaca varios ejemplos en los que él mismo ha intervenido, como las ciudades de Culiacán, en Sinaloa y Bahía, en Brasil, en los que analiza niveles de pobreza, problemas de prostitución y drogadicción, tipo de transporte, etcétera; todo ello antes de presentar un plan de rescate de edificios, calles y plazas.

Otro asunto de importancia en la labor de la restauración de monumentos y que aborda Carlos en su libro es el de la integración de lo moderno con lo antiguo. Es un tema difícil en el que cada persona, sea arquitecto o comitente, historiador o intelectual, tiene sus propios puntos de vista. El arquitecto Flores Marini habla de dos casos: el retablo mayor de la iglesia franciscana de Cuauhtitlán, en el Estado de México y el retablo mayor de la parroquia de Tlalpan. En el primer caso, se pensaba colocar en una estructura moderna, pinturas de Miguel Cabrera que habían pertenecido al retablo barroco del siglo XVIII, ya desaparecido. En la parroquia de Tlalpan, se trataba de integrar a un retablo barroco proveniente de una hacienda, pinturas de artistas contemporáneos. Ninguno de los dos proyectos fue aceptado; no obstante en otros momentos, el arquitecto Mathías Göeritz pudo realizar sin problemas un “retablo” moderno, la famosa “Mano de Dios”, en el ábside de la iglesia de San Lorenzo en el Centro Histórico de la Ciudad de México y pudo también colocar vitrales de colores con diseños modernos nada menos que en la Catedral Metropolitana.

Por supuesto, en un libro como el que presentamos, dedicado a la Conservación del Patrimonio Monumental, no podían faltar las pérdidas y las destrucciones. Carlos las menciona muy de paso, pero finalmente da cuenta de algunas como las tres tablas del siglo XVI, pintadas por Andrés de Concha, procedentes del convento de Epazoyucan, Hidalgo, que después de haber sido restauradas, desaparecieron. Igualmente menciona las pinturas murales, también del siglo XVI, que cubrían el cubo de la torre y la fachada de la capilla abierta del convento franciscano de Tochimilco, que se destruyeron en una labor de “restauración” el año de 1967. Quizá entre las destrucciones más notables que menciona Carlos en su libro, se encuentra la “demolición de más de veinte edificios” en el Centro Histórico de Guadalajara, entre ellos, “la escuela de Música de la Universidad… instalada en un estupendo edificio ecléctico del siglo XIX”. Lo paradójico del caso -dice- es que esa “demolición fue ordenada por el rector, que era arquitecto.” Claro que esto no solamente ha sucedido en México, en el libro encontramos ejemplos como el de la Catedral de San José de Costa Rica que gracias a las autoridades eclesiásticas de aquel país fue envuelta en concreto armado supuestamente para preservarla de los temblores, lo que la convirtió en una “bonita maqueta”, “sin ningún mérito histórico o artístico”.

Para terminar, me gustaría hacer referencia a un asunto de grata memoria que de alguna manera explica mi presencia en esta presentación. Se trata del texto que Carlos tituló “Metamorfosis de un monumento virreinal. República de El Salvador 56”. Mi historia personal con ese edificio se remonta al año de 1985; yo colaboraba en la sección cultural del periódico Excélsior, denominada “La Cultura al Día” que dirigía mi entrañable amigo René Avilés Fabila. Esa casa la descubrí cuando recorrí el Centro Histórico de la Ciudad de México para conocer el estado que guardaba nuestro patrimonio después de los sismos del mes de septiembre. Me di cuenta de su importancia, aunque no pude ver la fecha de 1714 que encontró Carlos en sus trabajos de restauración, pero sabía que era del siglo XVIII y que además tiene una hermosa vista desde el zaguán hacia la portada barroca del ex-templo de San Felipe Neri, el Nuevo, hoy convertido en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada. Escribí sobre ese edificio para “La Cultura al Día”, denunciando no daños causados por el sismo, sino un impresionante deterioro por la desidia y el desinterés de las autoridades. Curiosamente me hicieron caso y medio rescataron el edificio, pero en realidad no tuvo nunca un uso que garantizara su permanencia y con los años volvió al mismo estado de deterioro que tenía en los años ochenta. Me alegra saber que ese edificio fue finalmente restaurado o “metamorfoseado” por Carlos Flores Marini para la Suprema Corte de Justicia, institución que seguramente le garantizará larga vida. Pero decía que esa casa justifica mi presencia en esta mesa, y lo hace porque de “La Cultura al Día”, pasé a colaborar en el Suplemento Cultural El Búho, también de Excélsior y también bajo la dirección de René; todas esas colaboraciones de varios años estuvieron dedicadas precisamente a la defensa del patrimonio artístico, histórico y cultural de nuestro país y eso me hizo vincularme con los temas de conservación y restauración del patrimonio monumental. Gracias a eso, el arquitecto Carlos Flores Marini, me consideró persona apta, no solamente para escribir de esos asuntos, sino que, como presidente del ICOMOS Mexicano, me invitó a integrarme a ese organismo, al que pertenezco gracias a él desde el año de 1992.

En conclusión, felicito a Carlos por este magnífico libro que hoy presentamos y le agradezco que comparta con nosotros sus amplios conocimientos sobre la historia, el rescate y la restauración del patrimonio arquitectónico, a través del trabajo que él mismo ha llevado a cabo a lo largo de su vida, el cual se agradece mucho más que el propio libro porque nos permite disfrutar y heredar a quienes nos sucedan una buena parte de nuestro patrimonio histórico, artístico, cultural y arquitectónico.