REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

Antipostales de Nueva York - El beso de los tiempos


Malú Huacuja del Toro

Amanece el primer día del año en Nueva York con una imagen prostibularia, desde luego, como corresponde a una de las ciudades más parranderas del mundo y con más dinero para serlo: el primer minuto del temido 2012 quedó sellado con el beso de la joven veinteañera vendida al ya casi anciano benefactor, el hombre más rico de la ciudad y alcalde inconstitucional (tomando en cuenta que sus diputados y senadores estatales sobornados obligaron a implantar modificaciones a la Constitución por las que el pueblo no votó, y mediante las cuales se amplió un tercer período de mandato), quien apenas un mes y medio antes había mandado desalojar a golpes a los manifestantes de Ocupa Wall Street para que sus festejos decembrinos cristianos, judíos y musulmanes se desarrollaran sin contratiempos.

La multimillonaria cantante Lady Gagá besó en la boca al multimillonario alcalde Michael Bloomberg. Las cámaras insistían en mostrar cartones con la insignia: “I "3 Lady Gaga”. Los locutores de radio y televisión hablaban como si tuvieran orden de decir que “nunca antes había acudido tanta gente a la plaza”, omitiendo que también era el primer año en que no estábamos por debajo de los cero grados centígrados.
Bloomberg sabe lo que hace. No por nada semanas antes, su homólogo mexicano y seguidor Marcelo Ebrard lo había emulado con un concierto de Britney Spears en el Ángel de la Independencia. Lady Gaga no es sólo la “cantante de moda”, sino la imagen de la rebeldía pasteurizada actual, como antes lo fueron Madonna y Britney Spears; como no lo han sido Laurie Anderson, Ani Di Franco, ni la propia Sinnead O’Connor (modelo rival de Madonna). La industria del espectáculo no requiere rebeldía ni talento: necesita simulacros de rebeldes y talentosas. Y, aunque en el desesperado atuendo de la superestrella la sensualidad se quedó empaquetada en alguna bodega de la fábrica de acrílico (o de una pollería, no sé), en parte Gagá quiso imitar a Marilyn Monroe. Literalmente, “en parte”: del cuello a los muslos, con su corsé.

Pero no pudo ser más acertada. Como piraña de símbolos que es, al igual que sus antecesoras, ella tal vez lo hizo sólo porque acaba de estrenarse en Nueva York la película My Week with Marilyn (Simon Curtis, 2011), la cual a su vez versa sobre la filmación de El príncipe y la corista (Laurence Olivier, 1957). Sin embargo, su elección atina en más de un sentido: es también la imagen de la corista besando al mandatario Kennedy o al magnate Bloomberg; de la juventud en buenos términos con el poder; no confrontándolo, como se había mostrado durante la mitad del año en la Plaza de la Libertad, frente a Wall Street, ni mucho menos mostrando que Gaga y Bloomberg están exentos de impuestos, a diferencia del 99% de la población. La de Lady Gaga es la juventud permitida, esto es, pagada por los grandes consorcios empresariales. El suyo es el “talento permitido”, también. Si así le place, se puede vestir de árbol de Navidad con luces de bengala en el coño y los pezones, siempre y cuando los foquitos los encienda Wall Mart, y ella bese al gerente de la ciudad-empresa.

Sin embargo, el sabor de liberación que acompaña al beso desde el legendario momento espontáneo, no posado, entre el marino y la enfermera en Times Square en 1945 —captado en la fotografía de Eisenstaedt—, celebrando el final de la guerra, se recupera entre los jóvenes de Ocupa Wall Street cuando logran lo que parecía imposible: llegar a la plaza siendo tantos que la policía no los podía arrestar ni desviar instalando barandales, y hacer que hasta en las marquesinas de los rascacielos se hablara de su amor. Cuando ya todo rasgo de humanidad parecía estar perdido en vísperas del año electoral, cuando incluso la lucha por los derechos de las mujeres y los homosexuales se había logrado encapsular en la campaña sangrienta de Hillary Clinton, los indignados le meten una zancadilla a la república de la partidocracia con elecciones compradas y plantean: ¿quién les dijo que esto es democracia?

Durante alguna asamblea posterior al desalojo ordenado por Bloomberg, en cierta ocasión se presentó una comitiva de señores muy amables, procedente de algún partido socialista de Canadá. Querían el respaldo del movimiento Ocupa Wall Street para su partido.

En ese momento, se hace un silencio, no necesariamente incómodo, pero sí expectante. Y alguien, sin ánimo de ofender, y sin petulancia tampoco, sin ponerse de acuerdo con otros, les explica:

—Yo creo que somos un movimiento del futuro. No sabemos todavía muy bien en qué consiste. Pero no queremos repetir las viejas formas que ya vimos a lo que nos llevaron.

Ésa es la razón por la que el acampe en Wall Street representa tanto riesgo para los negocios de potentados como Bloomberg y Slim, y requiere que Lady Gaga baile en los quioscos. No está pagado por los gobiernos. En principio y por principio, lo que está planteando es el fin del sistema electoral tal como lo conocemos. Fin a los partidos políticos. ¿Por qué? No porque “sean corruptos” unos y otros no, sino porque no son sinónimo de democracia. Fin a las elecciones presidenciales. Fin a los simulacros de cámaras de diputados y senadores en contienda. Anulación de las elecciones tal como las conocemos, por bizarro que nos suene esto a quienes crecimos en la era de la Guerra Fría y escuchamos a Mario Vargas Llosa o a Enrique Krauze aseverar que ese sistema es La Democracia, si no con adjetivos, sí con mayúsculas.

“¿Y entonces por quién votamos?”, se preguntan los neoconservadores del siglo XXI, igual que los monárquicos alegarían, y siguen alegando: “¿Pero qué vamos a hacer si no tenemos rey?”. Y sí: el paso de la monarquía a la república no fue por todos aceptable, pero este siglo será el del fin de la república rumbo a otra forma de gobierno. El beso del futuro en la plaza de los tiempos es lo que se tratará de impedir.

He asistido a asambleas de Ocupa Wall Street que quedan invalidadas por no haber en ellas suficiente horizontalidad ni inclusión. No es fácil. Lo fácil son las prisas, las decisiones tomadas en ausencia de los que no entendieron, el Tratado de Libre Comercio en fast-track, los líderes que todo lo deciden y que de todo se hacen cargo. El movimiento se halla a estas alturas, además, ampliamente infiltrado por agencias gubernamentales y partidos. Como comentaba una amiga activista neoyorquina: “Sería ingenuo pensar que en el corazón del mercado financiero y bajo el reino de Bloomberg, Occupy Wall Street no esté lleno de espías a seis meses de su aparición”. Sin embargo, como dijo su espontánea portavoz a los representantes de un partido político: “Éste es un movimiento del futuro y va a costar mucho trabajo. Todavía no sabemos a dónde nos va a llevar”.

Sí saben muchos, en cambio, a dónde no quieren ser llevados.
Porque actualmente “ya es aceptable” ser homosexual, siempre y cuando la homosexualidad esté pagada por una empresa y rinda millones en utilidades para la empresa. Se vale ser mujer y hasta feminista, siempre que sea un feminismo infiltrado que sirva para invadir Irán, con ayuda de las chicas de Sex & the City, quienes nos anuncian antes que Wikileaks cuál es el próximo país en la agenda de invasiones de Estados Unidos, mediante sus críticas a ciertos países o regiones. Para dar inicio al año de elecciones, el “movimiento gubernamental” a favor de los derechos de las mujeres y los homosexuales parece haber lanzado su nueva ofensiva en contra de las mujeres y los homosexuales, vía Hollywood: tras permitir el matrimonio del mismo sexo, dos figuras entrañables para el público de cualquier tendencia política —Meryl Streep y Leonardo de Caprio— encarnan sendos homenajes a dos íconos de la ultraderecha: Margaret Thatcher a nombre de las mujeres fuertes y Edgar J. Hoover simbolizando a los homosexuales, en filmes que les adjudican una humanidad de la que ellos mismos se despojaron en vida. Es más fácil creer en la profecía maya del fin del mundo que en una coincidencia semejante en año electoral.

Si los símbolos no fueran importantes, ¿para qué gastar tanto dinero y tiempo desmantelándolos?

Igualmente cabe preguntarse, si algunos besos no significaran tanto, ¿para qué contratar a publicistas encargados de imitarlos y multiplicarlos por doquier? En México, tras cubrir al poeta Javier Sicilia de improperios por querer transmitir su mensaje cristiano besando incluso a los posibles asesinos intelectuales de su hijo, los publicistas de campaña de López Obrador arrancaron arremedándolo. No lo hacen por maldad: el publicista a eso se dedica. Su trabajo es espiar la realidad y destruirla; convertir todo lo que exista en una simulación de algo más. Para eso le pagan, trátese de Jesusa Rodríguez o del encargado de la publicidad de Starbucks. Tal como nos lo demostró el resbalón de Peña Nieto en la Feria del Libro de Guadalajara, lo único que se puede hacer para lograr elecciones más limpias es impedir el uso de publicistas y “asesores de imagen”. En cuanto estos estuvieron ausentes o hicieron mal su trabajo, el público tuvo la oportunidad de evaluar a la persona tal como es.

Escribo estas líneas el día en que finalmente la policía de Nueva York ha removido las barricadas de la Plaza de la Libertad. Estamos todos llamados a reocuparla, física y metafóricamente, en contra de las elecciones prostibularias, hoy y todos los días de este año.

Nueva York, 11 de enero de 2012.