REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

El ameno estilo de hacer crónicas de Oscar Wilde


El Búho

En esta ocasión le concedemos la palabra al siempre admirado y citado Oscar Wilde. De vida agitada y tormentosa, fue uno de los mayores escritores entre el siglo XIX y el XX. Vivió éxitos memorables y prisiones. Fue leal a él mismo, al arte. Sus cuentos son hoy referencias obligadas por su belleza, delicadeza e inteligencia. Por décadas, luego de su muerte en París, vejado y humillado, su genio se terminó por imponer, en menos de cincuenta años. Murió en 1900, en París, y desde entonces el mundo lo tenía como hasta hoy como un autor fundamental, imprescindible. Su tumba en el Cementerio de Père-Lachaise es de las más visitadas y hasta punto referencial en filmes, mientras que su obra es multicitada y realmente leída y admirada. Entre nosotros, el poeta Marco Antonio Campos, ha sido su divulgador al grado de traducirla fragmentariamente. Su obra completa, que no es muy extensa, supera en intensidad, belleza y calidad a lo de muchos autores que pensamos eternos. Jorge Luis Borges, precisó que su obra es tan fresca y actual que parecía escrita esta mañana, este texto confirma la aseveración del escritor porteño.
Hoy nuestra revista, ha seleccionado uno de sus más agudos trabajos, pletórico de buen humor, del Wilde más sonriente, lejos de la tragedia de la cárcel que lo demolió, pero que le permitió escribir algunos de los más hermosos poemas y textos. Se trata de “Impresiones de yanquilandia”, lleno de agudas observaciones sobre la naciente potencia norteamericana y sus desconcertantes y rudos ciudadanos. Una suerte de ensayo, crónica y artículo o todo junto, del Wilde más irónico, de fino humorismo, aquí lo hace de lado para convertirlo en ligeramente más rudo, descriptivo del tenaz emprendedor estadunidense que estaba por consolidarse en un arrogante habitante de la mayor potencia del mundo, hija de una pequeña Isla, donde había nacido y vivido Oscar Wilde: la Gran Bretaña. Vale la pena leerlo o releerlo.

El Búho



IMPRESIONES DE YANQUILANDIA
Oscar Wilde

El país americano


Creo que no podría describir a América, en su conjunto, como un Eliseo, acaso conozco poco de ese país desde el punto de vista corriente. No sabría dar su latitud ni su longitud, no puedo comparar el valor de sus primeras materias, ni tengo ningún conocimiento íntimo de su política. Todas éstas son cosas que no pueden interesarnos y que a mí no me interesan ciertamente.

Lo primero que me chocó al desembarcar en América fue que, así como los americanos no son los hombres más elegantes del mundo, son, indudablemente, los que van más confortablemente vestidos. Se ven individuos con ese horrible tubo de chimenea; pero hay poquísimos que no llevan sombrero. Se ven hombres que llevan el feo traje de etiqueta de cola de urraca; pero también se ven muchos sin él. Hay una nota de confort en el aspecto de la gente que forma un contraste marcado con lo que se ve en nuestra tierra, donde tropieza uno harto frecuentemente con gentes harapientas.
La segunda cosa particularmente notable es que todo el mundo parece apresurarse para tomar un tren. Es ésta una situación poco favorable a la poesía o a la novela. Si Romeo y Julieta se hubiesen hallado en un constante estado de ansiedad a causa de los trenes, o si hubieran tenido la cabeza trastornada por la preocupación de los billetes de vuelta, Shakespeare no habría podido legarnos esas deliciosas escenas del balcón, tan llenas de poesía y emoción.
América es el país más ruidoso que ha existido nunca. Lo despierta a uno por las mañanas, no el canto del ruiseñor, sino la sirena de algún vapor o de alguna fábrica. Es raro que el sentido profundamente práctico de los americanos no haya intentado disminuir ese ruido intolerable. Todo el Arte depende de la sensibilidad exquisita y delicada, y un torbellino semejante e ininterrumpido tiene que acabar por destruir la facultad musical.

No existe tanta belleza en las ciudades americanas como en Oxford, en Cambridge, en Salisbury o en Winchester, donde se encuentran las adorables reliquias de una época maravillosa; pero, sin embargo, puede hallarse de cuando en cuando bastante belleza en dichas ciudades, aunque tan sólo allí donde los americanos no han intentado crearla. Allí donde los americanos han intentado producir belleza, han fracasado por completo. Una de las características notables de los yanquis es la manera que han tenido de aplicar la ciencia a la vida moderna.

Esto salta a la vista en un simple paseo superficial por Nueva York. En Inglaterra, a un inventor se lo considera casi como a un loco y, en sobrados casos, el inventor termina en el desaliento y la miseria. En América se honra al inventor, se lo ayuda, y el ejercicio del ingenio, la aplicación de la ciencia al trabajo del hombre, es allí el camino más corto hacia la fortuna. No hay país en el mundo donde la mecánica sea tan bella como en América. He creído siempre que la línea de poder y la línea de belleza no son más que una. Esta creencia quedó plenamente confirmada para mí al contemplar la mecánica americana. Únicamente cuando vi las fábricas hidráulicas de Chicago comprendí las maravillas de la mecánica; la elevación y la caída de los vástagos de acero, el movimiento simétrico de los grandes volantes, son la cosa más magníficamente ritmada que he visto. Se queda uno impresionado en América; pero impresionado desfavorablemente por la insólita grandeza de todo. El país, a mi juicio, parece como si quisiese hacernos creer en su poder por su imponente grandeza.

El Niágara me desilusionó, cosa que debe de sucederle a la mayoría de la gente. Allí acuden todas las recién casadas, y la contemplación de las prodigiosas cataratas representa una de las primeras y seguramente de las mayores desilusiones de la vida conyugal americana. Se ven en malas condiciones, desde muy lejos, y el punto de vista no muestra realmente la magnificencia del agua. Para apreciarla bien hay que situarse abajo, en la caída, y para esto es necesario revestir una piel engrasada y amarillenta, que es tan fea como un impermeable y que creo que ninguno de ustedes se pondrá. Resulta un consuelo saber que una artista tan grande como Sarah Bernhardt no solamente se ha puesto ese ropaje amarillo y feo, sino que se ha hecho fotografiar con él.

La parte más bonita de América es, indudablemente, el Oeste; pero para llegar a él hay que hacer un viaje de seis días, atado a una máquina de vapor, que es una especie de puchero de hojalata. La única pequeña satisfacción que tuve durante ese viaje fue ver que los pillastres que infestan los coches vendiendo todo lo que se puede comer o lo que no se puede comer, vendían asimismo una edición de mis poemas, vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido precio de cincuenta céntimos. Los llamé y les dije que, aun cuando a los poetas les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, y que vender ediciones de mis poemas sin provecho alguno para mí era asestar a la literatura un golpe que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas. Todos ellos me respondieron invariablemente que sacaban provecho para ellos de la venta y que esto era lo único que les interesaba.

Una de las supersticiones más corrientes es que en América le llaman siempre extranjero al turista. A mí no me lo han llamado jamás. En Tejas me llamaron capitán; cuando llegué a la región central me llamaron coronel, y al pisar la frontera mejicana, general. Sin embargo, casi siempre emplean el señor, siguiendo la vieja costumbre continental.

La antigua vida del país existe realmente en las colonias y no en la metrópoli. Si quiere uno comprender lo que es el puritanismo inglés, no en lo que tiene de peor (siendo, como es, muy malo), sino en lo que tiene de más aceptable (y entonces no resulta muy bueno), creo que no puede encontrarse mucho en Inglaterra; en cambio, puede encontrarse a cada momento en Boston y en Massachusetts. Nosotros nos hemos desprendido de él y América lo ha conservado, supongo que como curiosidad de bastante novedad.

San Francisco es realmente una urbe magnífica. La ciudad china, poblada de obreros chinos, es la ciudad más artística que he visto. Sus habitantes orientales, extraños y melancólicos, que ciertas personas llamarían ordinarios y que realmente son muy pobres, han decidido no tener nada a su alrededor que no sea bello. En el restaurante chino, donde se reúnen a cenar sus marineros, los vi beber té en tazas de porcelana tan delicadas como pétalos de rosa, mientras que en los suntuosos hoteles me lo servían en una taza de pulgada y media de espesor. La cuenta estaba hecha sobre papel de arroz con tinta china y en caracteres fantásticos, como si un artista hubiese grabado pajaritos sobre un abanico.

Salt Lake City no contiene más que dos monumentos notables: el principal es el Tabernáculo, en forma de sopera. Está decorado por el único artista indígena y ha tratado el asunto con el espíritu ingenuo de los primeros pintores florentinos, representando gentes de nuestros días con trajes de aquel tiempo, al lado de personajes bíblicos vestidos con trajes de la época romántica.

El monumento que le sigue en importancia es el Amelia Palace, levantado en honor de una de las esposas de Brigham Young. Cuando éste murió, el presidente de los mormones se irguió en el Tabernáculo y dijo que había tenido la revelación de que era necesario construir el Amelia Palace, ¡y que sobre este asunto no habría ninguna otra revelación!

Desde Salt Lake City se viaja por las grandes llanuras del Colorado y se sube a las Montañas Rocosas, en cuya cumbre está Leadville, la ciudad más rica del mundo. Tiene asimismo fama de ser la más peligrosa, y todos los habitantes usan revólver. Me habían dicho que si iba a ella me matarían o matarían a mi director de tournée. Escribí allí diciéndoles que nada de lo que pudieran hacer a mi director de tournée me intimidaría. La población está compuesta de mineros y de hombres que trabajan en las fundiciones; por eso les hablé de la Ética del Arte. Les leí trozos escogidos de la autobiografía de Benvenuto Cellini y parecieron encantados. Me reprocharon que no lo hubiese llevado allí conmigo. Les expliqué que había muerto hacía algún tiempo, lo cual hizo que me preguntasen: «¿quién le pegó el tiro?» Me llevaron después a un salón de baile, donde vi el único sistema racional de crítica de arte. Encima del piano aparecía impreso el siguiente aviso:

           SE RUEGA AL PÚBLICO QUE NO TIRE SOBRE EL
            PIANISTA, QUE LO HACE LO MEJOR QUE PUEDE

La mortalidad en el gremio de pianistas es asombrosa en aquel lugar. Luego me invitaron a cenar y, una vez que acepté, tuve que bajar a una mina, en una artesa muy estrecha, en la cual era imposible resultar bien. Llegado al corazón de la montaña, sirvieron la cena. El primer plato fue whisky; el segundo, whisky, y el tercero..., whisky.

Me trasladé al teatro para dar mi conferencia, y me notificaron que precisamente antes de mi llegada habían sido detenidos dos individuos por haber cometido un asesinato, llevados al escenario de aquel mismo teatro a las ocho de la noche y, después de juzgados, ejecutados, ante una sala rebosante. Pero encontré a aquellos minutos verdaderamente encantadores y nada peligrosos.

Entre los pobladores de más edad del Sur observé una tendencia melancólica para situar todos los acontecimientos importantes antes de la guerra. «¡Qué hermosa luna la de esta noche!», dije un día a un caballero que estaba junto a mí. «Sí —me contestó—; pero ¡tenía usted que haberla visto antes de la guerra!»

Encontré la ciencia del arte tan desconocida al oeste de las Montañas Rocosas, que un aficionado a él, que había sido minero en su juventud, entabló un pleito por daños y perjuicios contra la Compañía de ferrocarriles porque la reproducción en yeso de la Venus de Milo, que había hecho traer desde bastante lejos, le había sido entregada sin brazos. Y lo más asombroso del caso es que ganó el pleito y fue indemnizado por daños y perjuicios.

Pensilvania, con sus desfiladeros rocosos y sus paisajes selváticos, me recordó a Suiza. Las praderas me recordaron una hoja de papel secante.

Los españoles y los franceses han dejado tras ellos recuerdos en la belleza de los nombres. Todas las ciudades que tienen nombres bonitos se los deben al español o al francés. Cierto lugar tenía un nombre tan feo, que me negué a hablar allí. Llamábase Grigsville. Supónganse ustedes que hubiese yo fundado allí una escuela de arte y figúrense un Grigsville primitivo e incluso imagínense por un momento esa escuela enseñando un Renacimiento Grigsville.

Los muchachos americanos son pálidos y precoces o amarillos y arrogantes; pero las muchachas americanas son encantadoras y agradables y resultan como unos pequeños oasis de gentil inconsciencia en un vasto desierto de buen sentido práctico.

Toda muchacha americana tiene derecho a doce muchachos, que le son muy adictos. Son esclavos de ella, que los gobierna con encantadora despreocupación.

Los hombres se dedican por entero a los negocios. Tienen, como ellos mismos dicen, su cerebro en la parte de delante de la cabeza. Acogen también con excesivo entusiasmo las ideas nuevas. La educación es eminentemente práctica. Nosotros basamos la educación infantil por entero en los libros, pues nos vemos en la precisión de dar al niño un cerebro antes de poder instruir dicho cerebro. Los niños sienten una antipatía natural hacia los libros; el trabajo manual debería servir de base a la educación. Niños y niñas deberían aprender a utilizar sus manos para hacer algo, y así serían menos propensos a la destrucción y la maldad.

Recorriendo América, ve uno que la pobreza no va unida necesariamente a la civilización. En todo caso, aquél es un país donde no hay ornato ni ostentación, ni ceremonias pomposas. No vi allí más que dos desfiles: uno, el de los bomberos, precedidos por la Policía, y otro, el de la Policía, precedida por los bomberos.

Todo ciudadano, al cumplir los veintiún años, tiene derecho a votar y adquiere, por eso mismo, inmediatamente su educación política. Los americanos son el pueblo mejor educado políticamente del mundo. Vale la pena ir a un país que puede enseñarnos la belleza de la palabra LIBERTAD y el valor de ese concepto.

                                       El hombre americano

Una de nuestras duquesas más deliciosas preguntaba el otro día a un viajero distinguido si existía realmente eso que llaman el hombre americano. Y para justificar su pregunta decía, explicándola, que si bien conocía muchas mujeres americanas encantadoras, no había conocido nunca padres, abuelos, tíos, hermanos, maridos, primos o simplemente parientes varones de ellas.

La respuesta exacta que recibió la duquesa no es digna de ser copiada aquí, pues adoptó la forma deprimente de una información útil y precisa; pero es innegable que el tema resulta interesantísimo, si observamos el curioso hecho de que, en lo referente a relaciones exteriores, la invasión americana ha sido siempre de un carácter puramente femenino. A excepción del embajador de los Estados Unidos, personaje que es siempre bien acogido en todas partes, y de algún elegante advenedizo de Boston o del Far-West, ningún hombre americano hace vida de sociedad en Londres. Sus compatriotas femeninos, con sus toilettes maravillosas y su conversación más maravillosa aún, brillan en nuestros salones y encantan nuestras comidas; nuestros jóvenes gentlemen quedan esclavizados por su admirable cutis y nuestras bellezas envidian su notable ingenio; pero el pobre hombre yanqui permanece constantemente relegado a último término, sin elevarse jamás por encima del nivel del turista. De vez en vez aparece fugazmente en el parque y resulta algo chocante con su larga levita de paño negro lustroso y su sombrero blando tan práctico; pero su sitio predilecto es el Strand y el American Exchange, que es tal como él se representa el cielo. Cuando no se mece en un rockingchair con un puro entre los dientes, recorre las calles con un saco de mano, adquiriendo gravemente todos nuestros productos e intentando comprender a Europa a través de los escaparates de sus tiendas. Es el hombre sensual, medio, de Renán; el filisteo de la clase media de Arnold.

El teléfono es la medida de la civilización para él, y sus más audaces sueños utópicos no pasan nunca del ferrocarril aéreo y de los timbres eléctricos. Su placer principal consiste en caer sobre algún extranjero desprevenido o sobre algún compatriota afín, para dedicarse entonces al juego nacional de las 'comparaciones'.

Con una ingenuidad y una despreocupación totalmente encantadoras, compara gravemente el Palacio de Saint-James con la gran estación central de Chicago, o la Abadía de Westminster con las cataratas del Niágara. El volumen es su canon de belleza, y la altura, su patrón por excelencia. Para él, la grandeza de un país estriba en el número de kilómetros cuadrados que tienen de superficie; y no se cansará nunca de decir a los criados de su hotel que el Estado de Tejas es él sólo más grande que Francia y Alemania juntas.

Sin embargo, en conjunto, se siente más feliz en Londres que en cualquier sitio de Europa. Allí puede hacer siempre algunos conocimientos y, en general, hablar el idioma. En el extranjero es hombre al agua. No conoce a nadie, no entiende nada y lo recorre todo, paseándose de una manera melancólica, tratando al Viejo Mundo como si fuese un almacén de Broadway y cada ciudad un mostrador de productos de pacotilla. Para él, el Arte no encierra ninguna maravilla, ni la Belleza tiene significación, ni el Pasado le trae mensaje alguno.

Considera que la civilización empezó con el descubrimiento del vapor, y mira con desprecio todos los siglos que no han tenido calefacción central en sus viviendas. La ruina y la decadencia producidas por el tiempo no lanzan para él ningún llamamiento patético. Se aleja de Rávena porque en sus calles crece la hierba y no encuentra la menor belleza a Verona porque sus balcones están llenos de herrumbre. Su único deseo es restaurar toda Europa. Se muestra severo con los romanos modernos porque no cubren el Coliseo con una techumbre de cristales y no lo utilizan como almacén de primeras materias. En una palabra: es el Don Quijote del sentido práctico; pero es tan utilitario, que resulta él mismo inútil. No es nada deseable como compañero de viaje, porque parece siempre fuera de lugar y se siente deprimido. Realmente, se moriría de aburrimiento si no estuviese en constante comunicación telegráfica con Wall-Street; y la única cosa que puede consolarlo de haber perdido un día en un museo de pinturas es un número del New York Herald o del Boston Times. Y, finalmente, después de mirarlo todo y no haber visto nada, regresa a su país.

Allí resulta delicioso, pues lo más extraño de la civilización americana es que las mujeres resultan más encantadoras cuando están fuera de su país y los hombres son más encantadores cuando se hallan en él.

En su tierra, el americano es el mejor de los compañeros, de igual modo que el más hospitalario de los anfitriones. Los muchachos son particularmente agradables, con sus bellos ojos brillantes, su energía infatigable y su habilidad divertida.

Se lanzan a la vida mucho antes que nosotros. A una edad en que nosotros somos aún boys en Eton o lads en Oxford, ellos ejercen ya una profesión importante, haciendo del dinero un comercio complicado. Adquieren la verdadera experiencia con tal antelación a nosotros, que no son nunca torpes ni tímidos y no dicen tonterías jamás, salvo cuando nos preguntan la diferencia que hay entre el Hudson y el Rin, o si el puerto de Brooklyn no es realmente más notable que la cúpula de Saint Paul. Su educación es completamente distinta de la nuestra. Conocen a los hombres mucho mejor que los libros, y la vida les interesa más que la literatura. No tienen tiempo de estudiar nada más que los mercados bursátiles, ni ratos libres para leer más que periódicos. A decir verdad, sólo las mujeres americanas tienen ratos de ocio, y como resultado necesario de ese curioso estado de cosas, no es dudoso que de aquí a un siglo toda la cultura del Nuevo Mundo estará en enaguas.

Sin embargo, aunque esos jóvenes especuladores, sagaces, puedan no tener cultura, en el sentido que nosotros la entendemos, es decir, como conocimiento de lo mejor que se ha pensado y que se ha dicho en el mundo, no por eso resultan, en modo alguno, fastidiosos. No existe americano estúpido. Muchos americanos son horribles, vulgares e impertinentes, lo mismo que muchos ingleses; pero la estupidez no es uno de los vicios nacionales. Realmente, en América no hay salida posible para un imbécil. Ellos exigen cerebro hasta a un limpiabotas y lo consiguen.

En cuanto al matrimonio, es una de sus más puras instituciones. El hombre americano se casa pronto y la mujer americana se casa a menudo; y se entienden extraordinariamente bien. Desde la infancia el marido ha sido educado conforme al sistema muy perfeccionado del «sal a buscar y trae algo», y su respeto al sexo débil tiene cierto tono de caballerosidad obligatoria; mientras que la mujer ejerce un despotismo absoluto, basado en el aplomo femenino y suavizado por el encanto de su sexo. En conjunto, el gran éxito del matrimonio en los Estados Unidos se debe, en parte, a que ningún hombre americano está nunca ocioso y en parte también a que ninguna esposa americana es responsable de la calidad de las comidas de su marido. En América, los horrores de la vida doméstica son casi enteramente desconocidos. No hay escenas por la sopa ni riñas por el primer plato, y como, por medio de una cláusula inscrita en todo contrato matrimonial, el marido se compromete solemnemente a usar botones de muelle y no botones ordinarios para sus camisas, uno de los principales motivos de discordia en la vida de la clase media queda suprimido en absoluto.

También la costumbre de residir en hoteles o pensiones de familia suprime esos monótonos téte-a-téte que son el sueño de los novios y la desesperación de los hombres casados. Por vulgar que pueda parecer una mesa redonda, es preferible, en todo caso, a ese eterno dúo sobre cuentas y bebés en que incurren James y Beatrice con tanta frecuencia, cuando el uno ha perdido su ingenio y la otra su belleza. Hasta la libertad del divorcio en América, por criticable que pueda parecer en ciertos puntos, tiene, por lo menos, el mérito de aportar al matrimonio un elemento novelesco de incertidumbre.

Cuando las personas están unidas para toda la vida, consideran demasiado a menudo las buenas maneras como algo superfluo y la cortesía como una cosa inútil; pero si el lazo puede ser roto con facilidad, su misma fragilidad constituye su fuerza y recuerda al marido que debe siempre procurar agradar, y a la esposa que no debe nunca dejar de fascinar.

Como consecuencia de esta libertad, o quizá a pesar de ella, los escándalos son muy raros en América, y si alguno se produce, es tan grande la influencia femenina sobre la sociedad, que no se perdona jamás al hombre. América es el único país del mundo donde no se aprecia a Don Juan y donde no se siente simpatía por George Brummel, el dandy.

En conjunto, pues, el hombre americano en su tierra es una persona dignísima. Sólo tiene un aspecto desilusionante. El humour yanqui es una pura invención del turista: no existe en realidad. A decir verdad, lejos de tener humour, el hombre americano es el ser más normalmente serio que existe. Dice que Europa es vieja; pero es él y sólo él quien no ha sido nunca joven. No sabe nada de la irresponsable ligereza de la infancia, de la graciosa inconsciencia del espíritu animal. Él ha sido siempre prudente y práctico, y paga una multa abrumadora por no haber cometido nunca ningún pecado.

Justo es consignar que puede exagerar; pero hasta su exageración tiene una base racional. No está fundada en el talento o en la fantasía; no brota de una imaginación poética; es simplemente un serio intento por parte de la lengua para estar en armonía con la enorme superficie del país. Es evidente que allí donde se necesitan veinticuatro horas para atravesar una sola parroquia y siete días consecutivos de tren para no faltar a una comida en otro Estado, a la que se ha comprometido uno a asistir previamente, los recursos ordinarios de la oratoria humana resultan completamente insuficientes para el esfuerzo que se les pide y es necesario inventar nuevas formas lingüísticas y nuevos sistemas de descripciones imaginadas. Pero ello se debe únicamente a la influencia fatal de la geografía sobre los adjetivos, pues el hombre americano humorista, por naturaleza, no lo es. Verdad que cuando nos lo encontramos en Europa en conversación, nos mantiene en constante hilaridad; pero es tan sólo porque sus ideas resultan incongruentes por completo en un ambiente europeo. Colóquenlo en su propio ambiente, en medio de la civilización que se ha creado para él y de la vida que es obra de sus propias manos, y esas mismas observaciones suyas no provocarán ni una sonrisa. Habrán pasado ya a la categoría de verdades insignificantes o de observaciones discretas; y lo que parecía una paradoja cuando lo escuchábamos en Londres, se convierte en una vulgaridad cuando la oímos en Milwaukee.

América no ha perdonado nunca a Europa el haber sido descubierta un poco antes en la Historia que se ha descubierto ella a sí misma. Y, sin embargo, ¡cuán inmensas son sus obligaciones para con nosotros! ¡Qué enorme su deuda! Para tener fama de humoristas, sus hombres tienen que venir a Londres; para hacerse célebres por sus toilettes, sus mujeres tienen que hacer sus compras en París.

No obstante lo cual, el americano puede no ser un humorista, pero es innegablemente humano. Se da perfectamente cuenta del hecho de que hay mucha naturaleza humana en el hombre, y procura ser agradable a todo extranjero que llega a sus costas. Se halla saludablemente libre de todos los antiguos prejuicios; considera las presentaciones como una reliquia de la etiqueta medieval, y se las arregla de tal modo, que cada visitante casual puede figurarse que es el huésped predilecto de esa gran nación. Si la muchacha inglesa se lo encontrase en sociedad, se casaría con él; y si se casase con él, sería feliz. Pues por atolondrado que pueda parecer en sus maneras y por falto de la pintoresca insinceridad novelesca que pueda hallarse, es siempre amable y atento y ha logrado convertir su propio país en el Paraíso de las Mujeres.

Aunque sea ésta, quizá, la razón que explica por qué las americanas están siempre deseando salir de él, como Eva.