REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Confabulario

Retrato


Mauricio Vega

Me citó en la Plaza Río de Janeiro, en la Colonia Roma, a las nueve horas menos cuarto. Y agrego: “Por favor, sea puntual”. Con agrado acepté el lugar y la hora, a pesar de mi desconfianza habitual y la extraña manera de citarme. A las “nueve horas menos cuarto” era una expresión poco habitual en mi vocabulario. Pensé en la manera en que se citan a determinada hora en España o Sudamérica, pero no en México. Sin embargo, al teléfono, no percibí acento extranjero alguno ni rasgo distintivo de la mujer aquella. “Una cosa más, espéreme por favor a espaldas de la réplica del David de Miguel Ángel, junto a la fuente, ¿la conoce?”. Le respondí que sí y se despidió sin mayores señas. Decidí llevar el caballete plegable y la caja de madera en que acomodé perfectamente las barras de carboncillo, el aceite de linaza, el aguarrás, los tubos de óleo y los pinceles que requería. Agregué la carpeta del papel y el lienzo de lino de una buena vez, según la petición del cliente: 80 x 60 cm. El taxi entró por la calle de Puebla y giró a la izquierda en Orizaba, me dejó a un costado de la plaza. Llegué con diez minutos de anticipación, rodeé la fuente, admiré la perfección anatómica del David –réplica exacta en bronce del original de la Galleria dell’Accademia, en Florencia, Italia– y finalmente me senté en el pretil a esperar. Revisaba los mensajes en mi celular cuando escuché los tacones de una mujer cerca de mí, se detuvieron justo delante de donde me encontraba. Un hermoso y delicado par de piernas en unos tacones ligeros quedaron a un palmo de mis narices. Preferí no levantar la vista, aguardé callado unos segundos. La mujer preguntó: “¿Antonio Ramírez, el pintor?”. Levanté entonces la mirada, pero no pude ver su rostro, a contra luz del sol sólo vi su bella silueta. Me puse de pie y respondí: “Sí, señora, soy yo, mucho gusto”. Le ofrecí mi mano para saludarla, pero la ignoró deliberadamente. “Venga conmigo, por favor”. Y echó a andar rodeando la fuente hacia el norte de la plaza. Mientras trataba de alcanzarla pensaba en su descortesía al ignorar mi mano extendida y en su incomprensión al hacerme caminar de esa manera con los materiales encima, sin saber bien hacia dónde nos dirigíamos. Intenté igualar sus pasos, pero me era imposible moverme a su ritmo. Caminó con idénticos pasos hasta el final de la plaza, dio vuelta a la derecha sobre Durango, cruzamos la calle y se detuvo en una casona de hermosa fachada neoclásica.

Sin ver aún su rostro entré con ella a la casa, pero me detuvo en seco con mi carga: “Espere aquí, deje ver si la persona que va a retratar está preparada”. Puse en el piso las cosas y miré un rato a mi alrededor. Un mueble con espejo y perchas de metal lo recibía a uno invitándolo a dejar sombrero y abrigo. La estancia era lujosa, aunque de muebles antiguos. Delante de mí estaba una elegante sala de terciopelo roja adornada con delicadas carpetas de hilo blanco, sobre brazos y respaldos. En la mesa de centro había un par de viejos libros: La amada inmóvil de Nervo y Angelina de Rafael Delgado. Un enorme comedor de altas sillas con floridos ornamentos estaba al otro lado de la habitación. El pasillo hacia las escaleras estaba cubierto por una fina alfombra. Los lienzos originales en las paredes montados en fastuosos marcos, los esquineros de caoba y los finos tibores daban un toque exquisito a aquella casa. Aguardé no sé cuánto tiempo, tal vez veinte o treinta minutos, no quise ver mi celular para estar atento al regreso de la joven y bella mujer. Su fina voz me llamó, al cabo, desde lo alto de las escaleras: “Puede subir, es la recámara al final del corredor”. Con incertidumbre caminé hacia las escaleras, antes de pisar el primer escalón un vientecillo helado que provenía de lo alto golpeó mi rostro y me obligó a cerrar los ojos, mi carpeta con los papeles de dibujo cayó al suelo y las hojas se extendieron en el piso. Apresuradamente los recogí, acomodé mis pertenencias y subí a toda prisa. Las puertas de las recámaras eran altas y blancas, pero la joven mujer no estaba por ningún lado. Recordé sus instrucciones y me dirigí al final del corredor, la puerta del fondo estaba entreabierta. La empujé ligeramente con mi caballete y nuevamente un vientecillo gélido me golpeó el rostro, tampoco le di importancia. “Pase por favor, lo esperaba más temprano”, me invitó una voz a pasar. Entré finalmente a la alcoba y junto a la cama estaba una mujer vieja sentada en un sillón, que me sonrió con amabilidad. Me señaló una silla y acomodé mis utensilios de trabajo. “Puede empezar en el momento que quiera”, ordenó con solemnidad la anciana.

No es habitual que a mi taller lleguen encargos de esta índole, pero no había razón para rechazarlo. El pago del retrato lo depositaron por adelantado puntualmente en mi cuenta bancaria, como lo ofreció la mujer al teléfono. No había plazo para concluirlo. El tiempo es un factor fundamental para conseguir un buen retrato. “Le ruego de manera encarecida que sea fiel a la modelo”, me pidió. No vi problema en ello y acepté, aunque no me dio referencia alguna sobre la persona a retratar. En la recámara de la anciana habían dispuesto también una mesita junto a la silla, una jarra con agua y un vaso. Me dispuse a trabajar de inmediato. Coloqué sobre mis piernas la carpeta con una hoja encima, para trazar un boceto general y realizar el encuadre antes de abordar el lienzo, la anciana mujer permanecía quieta, prácticamente inmóvil, con un bello gesto dibujado en el rostro. En tanto analizaba luces y sombras con grandes trazos de carboncillo, me preguntaba porqué habían decidido realizar un retrato pintado. “Porque sólo un buen pintor es capaz de retratar el alma y robarle al tiempo un fragmento de eternidad”, dijo la mujer como si hubiera hecho yo mi reflexión en voz alta. Me inquieté un poco, pero no le di mayor importancia al suceso y guardé silencio. Preferí concentrarme en el modelado local de las facciones que, inexplicablemente, me resultaban hermosas y atractivas a pesar de ser una mujer de entre ochenta y noventa años. Concluí el boceto y se lo mostré desde mi lugar de trabajo, como lo hago habitualmente cuando dibujo con modelo. La mujer asintió con la cabeza y se quedó inmóvil nuevamente. Llevaba puesto un elegante vestido de seda blanco con encajes delicados en el cuello y las mangas, y unas altas zapatillas de charol negro. El peinado era sencillo y su pelo recogido destacaba sus finas facciones. Evité distraerme en nimios detalles y como en otras ocasiones permití que el trabajo fluyera sin pensar demasiado en el aspecto de la mujer; sin embargo, algo raro pasó, el boceto no era del todo fiel a la persona, parecía mucho más joven sobre el papel. Insistí nuevamente en no darle importancia al asunto y armé el caballete para trabajar sobre el lienzo.

Reproduje con premura sobre el lienzo los trazos básicos del boceto también con carboncillo. Decidí trabajar primero el rostro a la manera clásica y ocuparme posteriormente del cuerpo, dejando para el final la atmósfera del entorno. Hice el fijado de las líneas primarias con pincel y sombra tostada adelgazada con aguarrás, apliqué después siena natural para el manchado general, las zonas de penumbra las acentúe con sombra nuevamente y con blanco de titanio delimité las luces. Finalmente con un poco de tinta de carne establecí el tono local de la piel. Como era posible trabajar con veladuras suaves los días siguientes, esa primera jornada sólo establecí, pues, el manchado general, concluí una carnación muy ligera y me despedí de la mujer después de las dos horas de trabajo, que suele tolerar sin queja la persona que posa. Los días que siguieron fueron reveladores. Me presentaba a las diez de la mañana de manera puntual. Viajaba en el Metro desde mi casa en la colonia Obrera, descendía en la estación Insurgentes y atravesaba la singular glorieta hundida, maravilla arquitectónica con tintes futuristas que el cine hollywoodense ya explotó alguna vez con éxito mundial. Algunas veces antes de abandonar el andén me detenía a contemplar el mural de Rafael Cauduro, y estudiaba con atención el rostro envejecido de Sir Bertrand Russel, intrigado por el noble gesto del filósofo. Caminaba por la calle de Orizaba y me persignaba al pasar frente a la iglesia de la Sagrada Familia. Al aproximarme a la casa ya me aguardaba la mujer joven en la entrada, quien al divisarme volvía al interior y me dejaba la puerta abierta. Me introducía solo hasta la recámara donde ya me aguardaba la anciana, y me ponía a trabajar de inmediato para disimular mi zozobra ante la inédita situación. Los días que siguieron fueron de cierta monotonía, la mujer sonreía siempre afectuosa y mantenía extrañamente la misma postura del día anterior, como si no se hubiera movido nunca. Sin queja alguna ni señales de cansancio posaba orgullosa ante mí. Las jornadas de trabajo, ligeras al principio, se fueron volviendo extenuantes y me marchaba sensiblemente agotado. En ocasiones daba un pequeño paseo por la plaza, me sentaba a la sombra de un árbol y después de relajarme me encaminaba al metro para volver a casa. El retrato marchaba muy bien, superaba incluso mis propias expectativas, había logrado cierta perfección en los pliegues del vestido y los encajes resultaban de un realismo inusitado. El sillón, el buró, la lámpara de bronce con pantalla de finos holanes y la escena campestre de José María Velasco que colgaba detrás, aparecieron paulatinamente sobre el lienzo con una delicada belleza que me sorprendía cada jornada. Sin embargo, era incapaz de retratar con fidelidad el rostro envejecido de esa mujer. Sus manos y brazos poseían en el lienzo una extraña lozanía que me inquietaba. Incluso sus piernas, marchitas y sin carnes en realidad, eran hermosas en la pintura. Me persuadí que lo que pasaba en realidad era que trabaja aún sobre una base superficial de pintura, pero que tarde o temprano tendría que establecer con el pincel los detalles grotescos de la vejez.

Pero no fue así. El tiempo de elaboración del retrato se alargó inexplicablemente, mis esfuerzos por concluirlo eran en vano; siempre al volver a la pintura enfrentaba el mismo dilema: mi incapacidad para retratarla con fidelidad. El resultado de las correcciones era invariablemente el mismo; la anciana parecía rejuvenecer sobre la tela con cada pincelada. Me aterraba pensar que al revisar los progresos del retrato después de que me marchaba, descubriera mi incapacidad para pintarla. Pero no había comentario alguno, por el contrario, la mañana siguiente aparecía más satisfecha y complacida. En casa empecé a pasarla mal, Hortensia notó cambios notables en mi persona. Mi apetito disminuyó y dormía con dificultad, abandoné deliberadamente otros encargos y los niños me eludían cuando estaba en casa, sólo el gato se iba a recostar a mi lado y permanecía ahí hasta que era hora de dormir. Sin embargo, me sentía imbuido de una vitalidad desconocida cuando entraba a aquella casa de nuevo. Bebía un poco de agua par mitigar los calores de mayo y tomaba de nuevo los pinceles. La mujer continuaba impávida frente a mí, sin achaques ni quejas. Algunas veces después de abandonar la recámara para retirarme, caminaba lentamente oteando para espiar a la mujer joven; pero nunca apareció, avergonzado salía mejor de la casa para no ser sorprendido. Pensé en abandonar el retrato y en no volver, pero mis íntimas negativas terminaban cuando salía rumbo a la colonia Roma. Además, en el estado de cuenta de mi tarjeta de débito aparecieron nuevos depósitos en efectivo que triplicaban el presupuesto inicial del encargo. En fin, Hortensia estaba tranquila al menos por la entrada de dinero, aunque descuidara los otros encargos, abandonara las clases particulares y el taller de los fines de semana en el Palacio de Hierro. “Ya me repondré y me disculparé con todo mundo, no te preocupes”, le decía cariñoso al volver a casa. No estuvo de acuerdo, empero, cuando empecé a asistir a la casona de la Plaza Río de Janeiro los sábados y después también los domingos, se despertaron en ella otra clase de sospechas. Le expliqué de mil maneras que el retrato no resultaba como yo quería y que tenía que trabajar horas extras para conseguirlo; que de esa manera terminaría pronto y dejaría atrás ese incómodo encargo. Sus sospechas se tornaron suspicacias y dejó de hablarme convencida de que se trataba simplemente de otra mujer en mi vida. Y en cierta forma así era.

Cerca ya de los dos meses de trabajar en el retrato y con las primeras lluvias de junio empecé a acostumbrarme a la situación. Ya no lidiaba con la idea de corregirlo y simplemente ansiaba concluirlo. No había tampoco reproche alguno sobre mi trabajo. El retrato casi terminado era el de una joven y bella mujer que en nada se parecía a la anciana que había posado para mí durante semanas; excepto el azul de sus pupilas, ningún otro rasgo pude plasmar de su fisonomía. Sin embargo, estaba satisfecho con el modelado general, era un hermoso retrato de una mujer que en realidad nunca vi frente a mí. Si la anciana tenía casi noventa años, la mujer del retrato no llegaba a los treinta. Tampoco me incomodaba lo extraño de la situación, todos parecíamos satisfechos. La colonia Roma, además, se había vuelto mi rumbo preferido, por las tardes recorría sus galerías y espacios culturales. La casa donde vivió Ramón López Velarde los últimos meses de su vida me atrae particularmente, aunque la soledad que su recámara condensa entre cuatro paredes me resulte abrumadora. Me sentaba a veces en Casa Lamm a tomarme un capuchino al atardecer, viendo desde su terraza a la avenida Álvaro Obregón. En la casa de Colima 196 visité alguna vez una espléndida exposición colectiva de los miembros del Salón de la Plástica Mexicana, en particular me embelesé con dos lienzos de Rafa Merino. Este entorno urbano de fachadas neoclásicas, calles afrancesadas y románticas plazas, de amor por el arte y la cultura, me influían de manera poderosa para conservar la cordura en el tránsito, en realidad espeluznante, en que se desarrollaba mi trabajo en la casona aquella. La colonia Roma y sus aires cosmopolitas de principios del siglo XX me persuadían de que lo que estaba viviendo no era ajeno a sus viejas casas, fachadas y calles. Era en cierta forma un hecho que no parecía extraño a la colonia fundada en los albores del siglo pasado.

La mañana del 12 de junio de ese 2009 las cosas tomaron otra dimensión. Llegue puntual, pero por primera vez no me aguardaba la mujer joven en la puerta. Estaba cerrada y tuve que llamar. No recuerdo ahora cuánto tiempo estuve afuera, pero no quise regresar a casa e insistí. Finalmente alguien corrió el pasador y la puerta se entreabrió. Con indecisión entré como si fuera la primera vez que cruzaba aquel umbral, saludé por no resultar descortés, pero no había nadie. Me introduje hasta la recámara de la anciana confiado en encontrarla y reanudar mi labor, pero tampoco estaba en su sillón ni recostada en su cama. Sensiblemente nervioso me senté unos segundos en mi silla de trabajo de las últimas semanas y hasta entonces me percaté que tampoco se encontraba la pintura sobre mi caballete. Un temblor helado recorrió mi cuerpo y decidí huir. Al salir apresuradamente al pasillo, por descuido tropecé y me golpeé la cabeza con el barandal; un hilillo de sangre empezó a descender por mi frente. Me senté unos minutos en el piso para serenarme, a poco me incorporé y bajé a la estancia buscando la salida. Al cruzar junto a la sala encontré a la mujer joven sentada en uno de los sillones, me detuve y aturdido la saludé de manera poco convincente. La mujer no respondió. Caminé hacia ella y volví a saludarla, pero permanecía inmutable, al buscar su rostro descubrí horrorizado que era la misma mujer que había pintado. Con la mirada fija mirando hacia ninguna parte estaba en un trance fuera de este mundo. Aterrado ante la presencia de la mujer del retrato caminé tambaleante hacia la salida para escapar pero una voz femenina me llamó por mi nombre, me detuve y volví hacia donde estaba la mujer. Ya no estaba ahí…

La recámara está idéntica, tal como la dejó la semana pasada. Salvo el neceser nuevo de Elena sobre el tocador, las cosas permanecen en su sitio. Boca arriba el color del cielorraso le parece ridículo, pero el plafón del centro luce bastante bien, piensa. Aguarda ensimismado a que Elena suba a verlo o que alguno de los criados le traiga algo de comer. Es antes del mediodía, en la calle gritan algunos pregoneros y las mujeres vuelven del mercado saludándose a grandes voces, la calle es un bullicio. Por fin alguien llama a su puerta. Él pregunta y le da el paso a uno de los criados, porque Elena tiene prohibido que las muchachas suban con el servicio a la recámara.

--Buenos días. ¿Cómo se siente el señor el día de hoy?--le pregunta el criado al entrar.

--Bien, Manuel, ¿qué fecha es?--responde el hombre convaleciente en la cama.

--¿No sabe el señor? 13 de junio, Día de San Antonio, la semana pasada entró el Presidente Madero a la ciudad de México. La señora Elena le prepara algo especial.

--¿Si? ¿Qué cosa?
--Es una sorpresa, averígüelo al rato mejor usted mismo. ¿Cuántos años cumplen los señores de casados? --continúa indiscreto el criado.
--Nueve años, mi buen Manuel. ¿Y el retrato de la señora ya lo trajo el pintor?
--No, señor. Pero vino el lunes una hija a avisar que estaría listo para la fecha que se comprometió. Era una moza muy linda. ¿El patrón desea algo más?
--Sólo avisa a la señora Elena que ya desperté y que suba a verme --le suplicó.
--Si ya volvió de la iglesia le daré su recado. Con su permiso señor --y el criado se marchó finalmente.
Elena volvió después de la comida acompañada del doctor con un obsequio para el enfermo. El doctor lo revisó y su semblante reflejó profunda preocupación.
--¿Sigue sin mejorar, doctor?--preguntó Elena, el médico guardó silencio.
Para el atardecer empeoró. Cerca de las once preguntó agonizante por el retrato de Elena, si el pintor finalmente lo había llevado a casa. Hasta esa hora fatal Elena se enteró de su obsequio de aniversario. La última imagen que los ojos de Antonio vieron, fue la de su mujer sentada en el sillón, en el que pasó días y noches junto a su cama...


No tenía idea del tiempo transcurrido ni de la forma que había vuelto ahí. Me aterrorizó descubrir que estaba recostado en la cama de la anciana. Sin entender lo que pasaba repasé los últimos hechos en mi cabeza sin moverme, no había lógica alguna. Levanté un poco la cabeza sobre mi pecho para ver hacia los pies de la cama. Mi caballete permanecía en el mismo lugar cerca de la puerta. Temeroso giré la cabeza lentamente para ver la silla en la que se sentaba la mujer del retrato, ¡y ahí estaba!, sentada junto a mí, velando mi sueño. Un escalofrío corrió por mi espalda hasta la nuca. Estaba dormida. Decidí incorporarme y salir nuevamente de ahí. Al llegar a la puerta percibí sus movimientos al despertar, pero no volví la cabeza; poco antes de girar la perilla con voz apagada suplicó:

--No te marches aún. He aguardado tanto tiempo.

Sin responder tiré de la perilla y salí aprisa al corredor, la mujer dijo algo más pero no pude comprender. Apresurado descendí por las escaleras buscando la salida, esta vez no encontré a la otra mujer en la sala ni en el comedor. Aliviado por no encontrar obstáculo di un último vistazo al interior antes de salir y lo que descubrí me paralizó por completo. Al fondo de la sala, sobre la chimenea, estaba colgado el retrato que había pintado. Sin marco, y tal como lo había dejado la última vez sobre el caballete, el retrato presidía la sala desde su sitio en el muro. La dulzura de su mirada me hizo olvidar por un momento la confusa y terrible situación. Como si de pronto reconociera a la bella mujer del retrato me aproximé y tuve la impresión inmediata de haberla tratado alguna vez; sus facciones de pronto me parecieron familiares. Aunque ciertamente se trataba de la misma mujer que acompañaba a la anciana en la mansión aquella, el gesto afable que había yo plasmado sobre el lienzo me atraía y conmovía de manera incomprensible. Era un rostro armado.

Permanecí de pie mirando el retrato. Por un momento la casa y los muebles me parecieron más que familiares, tuve la impresión de que me pertenecían de alguna forma. Sin embargo, en medio de la conmoción, pensé en Hortensia y los niños y mi pensamiento voló hacia ellos. Como si abriera los párpados en medio de un terrible sueño, mi vista descubrió de pronto una casa en ruinas, los muebles y los muros estaban cubiertos de polvo y telarañas acumulados por muchos años, la casa estaba abandonada y sólo el retrato lucía limpio y nuevo. En el piso, mis pisadas habían abierto brecha todos esos días entre tierra y basura. Como si de pronto hubiera recobrado la lucidez, abrí la puerta y salí a la calle…
Era el atardecer, la luz crepuscular iluminaba la calle y en la plaza el David de Miguel Ángel era bañado por la luz crepuscular. Sólo volví la vista hacia la casa cuando me sentí seguro, lejos de ella. Estaba a punto de derrumbarse, de manera incomprensible no parecía ser la misma casa que visité por más de dos meses, mis materiales de trabajo aún permanecían dentro. Mi razón, entorpecida, no atinaba a comprender lo sucedido. El celular sonó y salí de mi cavilación, era Hortensia, preocupada por que no había vuelto aún a casa; le dije que iba de regreso, que estaba bien, que sólo pasaría a la iglesia de la Sagrada Familia para persignarme.