REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

El mundo sin ti, Daniel


Martha Bátiz Zuk

Cuánta razón tiene Sandra Lorenzano al afirmar que le resultan “muy antipáticos los comentarios de homenaje que comienzan diciendo ‘Conocí a Fulanito...’, porque buscan poner al hablante en el centro del relato, y no al homenajeado.” Sin embargo, cuando el homenaje es personal, porque hubo una auténtica relación de amistad, no hay otra manera de comenzar. Cuando muere alguien que le ha cambiado a uno la vida, es muy difícil comprender esta ausencia, y lo único que queda son los recuerdos, las vivencias compartidas que, invariablemente, arrancan en el momento en que se conoció a esa persona. Y yo conocí a Daniel Sada cuando apenas acababa de cumplir 21 años y él me otorgó mi primera beca literaria. Ahí nació una amistad tan improbable como larga y resistente; el virtuoso norteño con la niña fresa chilanga.

¿Te acuerdas, Daniel?

Cuántas veces nos reímos de aquellas primeras reuniones en que debiste separar al grupo de becarios para evitar pleitos -causados por mí, por supuesto, que nunca fui capaz de ser piadosa en tu taller. “Esas cosas no se dicen”, reías. “Se piensan, pero no se dicen en voz alta, Martha, qué barbaridad”, y nos carcajeábamos los dos y tomábamos café y leíamos y me contabas de tus tías y tu vida en el desierto, historias que luego te escuché narrar en público en Ciudad Juárez y en Tampico años después, de gente accidentada en la carretera y zapatos tirados acá y allá, “todavía con el pie adentro”; haikús al estilo Chihuahua que recitabas de memoria hasta que llorábamos de tanto reír; largas tardes en tu casa leyendo el manuscrito de Porque parece mentira escrito a máquina, en hojas impecablemente golpeadas al ritmo del mundo en que te empeñabas en vivir, lejos de aquel hoy, flotando en algún ayer sin fecha y sin aire, como cualquier mediodía en la tierra donde creciste.

Me cuesta tanto creer que ya no existes, Daniel, que cuando vaya a México no iremos más a desayunar por horas y a platicar de todo desde la mañana hasta la tarde; tu voz al teléfono se oía fatigada, es cierto, pero tus palabras prometían continuidad y permanencia. Hoy leo que terminaste la novela de que hablamos la última vez, que la publicarán póstumamente, y esta palabra me parece más cruel que nunca; debiste estar para verla salir a la luz, Daniel, porque los niños y los libros no deben nunca nacer sin padre. Hoy entendí, quizá por vez primera, lo irreversible. Adriana, tu mujer y mi amiga -tu viuda hoy, terrible palabra ésa, violenta como golpe a traición- me dijo “tú sabes cuánto te quería Daniel”, y en ese verbo conjugado en tiempo imperfecto (ironía, ¿es que hay un tiempo perfecto, en realidad?) se condensó el peso enorme de tu muerte y se me nubló la vista. Me quería, pienso, pero ya no, porque ya no está. Y yo te sigo queriendo, ¿ves? ¿Quién me puede explicar cómo reconciliar estos tiempos verbales? ¿Cómo es que la gramática me puede hacer llorar así?

Te debo tanto, Daniel. El prólogo de mi primer libro, tesoro indeleble; las mejores horas de mi vida como escritora en Tamaulipas, en aquel festival donde me cediste el asiento junto a Vargas Llosa y bailamos canciones norteñas y tu generosidad me hizo sentir parte del grupo de agasajados aunque estuviera en calidad de colada. Tu generosidad, Daniel, es algo que nunca pude -ni podré- pagarte. Todo lo que aprendí de ti, los conocimientos que compartiste, y que fueras mi cómplice y mi mejor porrista cuando me convertí en madre y me advertiste, muy serio, “no debes dejar de escribir, ¿oíste? Tienes que hacer obra, haz tu obra.”
No he sido obediente, Daniel; fallé. Pero te haré caso en cuanto la vida me suelte el cuello y pueda volver a respirar con la calma que toda gestación requiere.

Me harás falta siempre para compartir las quejas y las burlas hacia la academia (y conste que nunca escribí texto alguno que hablara de “ejes actantes”), para hablar mal de los ignorantísimos y siniestros funcionarios públicos y culturales (que ahora, malditos sean mil veces, se llenarán la boca con tu nombre para quedar bien), para celebrar tus éxitos (¡faltaban tantos!), para compartirte mis pequeños logros (tu aprobación siempre fue tan importante para mí…). Te voy a extrañar siempre, Daniel, porque has dejado un vacío inmenso -y a mí qué me importa el vacío en la literatura mexicana, si tú eras mi amigo y en esa calidad te he perdido-; porque no puedo creer, cuando veo la foto tuya cargando a mis hijas pequeñas en Tampico -ellas llorando y tú con tamaña sonrisa sosteniéndolas como quien presume un par de peces gordos recién sacados del mar-, no puedo creer que ya no estés y que no voy a volver a verte.

No, estas líneas no son un homenaje vacío que busque abrigar mi nombre con la luz de los reflectores que han sido, y serán por siempre, sólo tuyos. Estas líneas son un homenaje lleno de amor y de nostalgia para el amigo que fuiste, para el primer escritor que confió en mí y me guió y me apoyó sin dobleces; para el hombre de familia que me abrió su hogar y me hizo sentir parte de su mundo. Tu talento es ya inmortal, vive en las páginas de tus libros, y de desentrañarlo y darle su justo valor se encargarán los especialistas en el área, pero tu voz y tu risa están grabadas en la mente y el corazón de quienes tuvimos la fortuna de que nos permitieras quererte. Una joya absoluta, más valiosa todavía por exclusiva e incompartible. Gracias, amigo mío, por existir.

¡Viva Daniel Sada!

Ya nos encontraremos en otra vida en donde la verdad, porque seguirá pareciendo mentira, todavía no podrá saberse.