REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Un Nobel gobernador
Desearía ver a Julio Derbez del Pino de gobernador de Chiapas. También de Nobel de Literatura… ¿Qué ruta hubiera seguido él? Siempre me lo pregunto de quien escribe y hace política. Ahí están Vargas Llosa y el querido Laco. Recuerdo a Vasconcelos, cuyo Ulises Criollo me deslumbró a los quince de mi edad. Pero vine a hablar de Julio no de Vargas Llosa ni de Vasconcelos. De mí, je je, respecto a Julio.

Lo conocí desayunando en el hotel Fénix de Tapachula, a fines del siglo XX. Ya había oído hablar de él como funcionario público. Me cayó bien, la neta. Enseguida mejor al tomarnos un café en el DF. Ahí preguntó si tenía algo para publicar. No vengo preparado, dije, y saqué de mi mochila un mamotreto. Muñequita de barrio se llama.

Casi caigo de la silla cuando preguntó ¿dónde quieres publicarlo? Uno siempre piensa en España. Aunque entonces era asediado por la ambición ilusa de publicar en el Fondo de Cultura Económica (FCE). Julio nunca tuvo empaque de Santoclós sino de rey mago. Se lo dije y ahí se publicó (coeditado con el Coneculta-Chiapas). Varios compas preguntaron cómo le había hecho y, en un coctel de fin de año del FCE, único al cual he sido invitado, un diplomático me preguntó y tú ¿que haces aquí? Julio hace las cosas tan bien que el libro se presentó en Bellas Artes. Yo había estado ahí sólo en calidad de espectador o de claque de los amigos.

Después publiqué Vida real del artista inútil en Colibrí porque Julio me recomendó con el editor y escritor Sandro Cohen con quien conecté igual muy bien.

Más delante supe del mal que atacó a Julio. ¿Será peor que perder la vista como Borges? Soy hipocondríaco y supuse que moriría como James Dean, joven si bien nada guapo. Vivo espantado porque los males degenerativos se presenten a esta provecta edad mía. Quería morir, no tripulando un porshe como el clásico rebelde sin causa, sino empinándome lingotazos de whisky como Dylan Thomas. Este poeta dobló el pico para siempre al beberse dieciocho, uno tras otro. Pero soy un hipocondríaco mediocre, sospecho. No le tengo miedo a la muerte y sí a quedar inválido. Cuando digo prefiero perder un dedo a efectuar trámites burocráticos, salvaría los tres con los cuales escribo. En cuanto a Julio sentí la desgracia de que se malograra quien pudo ser gran gobernador. En este caso ya di ejemplos. En el otro, él puede aún ganar el Nobel. Ahí está su novela Al día siguiente… Mónica Lavín me preguntó ¿ya la leíste? Ya, le dije. ¿Y? Oye, le dije, quedé asombrado. Yo también, dijo ella. Temía que fuera apenas regular. La disfruté. No dije nada del título porque yo también soy malo para acertarle.

El abogado rapero

Invito los tacos, dijo el Hombre de la Coimbra (a) Sergio Cerdio cuando salimos del Taller de Narrativa. Acepté aunque soy herbívoro. Quería caminar antes de dormir. El Hombre de la Coimbra (HdelaC) acababa de leer el primer capítulo de su novela. Platicamos en el trayecto por la Tercera Oriente y al llegar a la Trece Norte giramos a la izquierda. A dos cuadras y pico está la taquería Rubí. El puesto (cocina íntegra de metal) lo capitaneaba doña Cecilia.

Nos sentamos a una mesa abajo de la banqueta. Las de arriba estaban ocupadas. Como los vehículos circulan de norte a sur, de bajada, imaginé un camión de tanques de gas embistiendo nuestra mesa. Íbamos a volar dando de marometas propulsados por una ola de fuego en el aire otoñal caliente de Tapachula. Habíamos hablado de la necesidad de ejercitar la imaginación Durante el taller y de cómo uno se considera escritor cuando se la pasa veinticuatro horas imaginando situaciones, útiles o no. A Stephen King le preguntaron si afecta al escritor de historias de espanto. Sí, dijo él. De madrugada. Pero imaginar al camión del gas embistiendo aquellas mesas de plástico era puro sentido común.
HdelaC estaba en sus ejercicios al contarme de su nueva cafetera… Entonces llegó un sexagenario tambaleante y pidió tacos para llevar. Alto, blanco, tripón. ¿Podía sentarse a nuestra mesa? El HdelaC reanudó su plática. Programaba la cafetera electrónica para cierta hora, dijo. Al despertar, el café estaba listo. El señor Tambaleante nos veía con grosera fijeza ebria. ¿Tiene despertador?, pregunté. Sí, dijo mi compañero. También escucho la 40, de Mozart u Otoño, de Vivaldi en un despertar celestial.

¡Mentira!, dijo don Tambaleante. ¡Miente!... Nos volvimos a verlo. Se la había creído…. El Hombre de la Coimbra (a) Sergio Cerdio quería tomarme el pelo, pudo haber supuesto. Hubiéramos enredado las cosas si le explicamos lo del ejercicio. Tampoco hubo tiempo. Sus tacos estaban listos y él pagó y se fue, refunfuñando. El señor Tambaleante pasaba cada mañana por ahí con un portafolios, dijo el subgerente de la taquería. Era abogado.

Sin el hábito de cenar, tuve pesadillas. No, no soñé comiendo tacos de ubre acostado bajo la vaca, sino a don Tambaleante con toga y birrete. En otra secuencia se quita la toga y la arroja por encima de su blanca testa, y queda en pelotas arriba de la mesa tratando de bailar rap, temblorosa la tripa.

El Hijo del Fígaro

Leí tu texto, Jorge López Ventura acerca de La Mesa Redonda. El director de Raíces, Gustavo Gonzalí, me mostró ese número del suplemento del Diario del Sur. Gracias. El mérito de haber presentado ahí por primera vez un libro, mío, es mérito de Gerardo Pensamiento, presidente de la Fundación Cultural Soconusco, y tuyo. Lo he dicho siempre. Se trató de La novela de Betoven (cuentos, Katún, 1986). Aunque yo escogí el sitio, creo recordar. Lo han hecho en La Guadalupana del DF, por ejemplo. Ahora cunde la moda de organizar sesiones en bares gringos para fomentar la lectura, con lectoras güeras y, ¡oh!, los pechos al aire. El trago se paga…

Me gustó eso de Hijo del Fígaro y pienso usarlo como seudónimo. Si Mozart creó su ópera Las Bodas del Fígaro su admirador podría escribir una historia con el Hijo del Fígaro de personaje. El padre de Henry Miller era sastre. A veces me hacen falta seudónimos. Aunque te los roben o te los pidan regalados como a mí un licenciado en periodismo. No sabía escribir ni su nombre. Regálame uno, dijo cuando era funcionario y no podía firmar con su nombre los artículos redactados por su novia. Te lo presto, le dije. No, regálamelo, dijo él. Nunca supe por qué regalado. ¿Qué oscuras intenciones guardaba en su depauperada sesera, incapaz de inventarse otro nombre?, pregunto ahora. Lo utilizó un tiempo. Cuauhtémoc del Valle era el seudónimo. Tiempo después dejó de “escribir”, cínico, porque se peleó con su amante. En un reencuentro, nomás por moler, se lo pedí, dadas las circunstancias. Ya no me acordaba, dijo él. Con más razón, le dije. Pero, prostituido, no he vuelto a usarlo.

Ha sucedido con el título de mis columnas “La vida en rojo”, “En esta esquina...” Regístralas en derechos de autor, dijo alguien. Eso sí es una monserga, repuse. Prefiero perder un dedo a hacer trámites. Además ahí sí tengo para regalar... Títulos y siete dedos porque se me ocurren los suficientes, menos los seudónimos. Pon un negocio, dijo el colega. No, le dije, porque los pienso para mí. Te los roban, dijo él. Una cosa es el robo y otra la venta. El número de columnas supera el de lectores. Quizá la demanda sea superior a la oferta. Pero la idea me asalta de pronto. Ganaría más que escribiendo crónicas y columnas. El fino guitarrista Juan Helguera siempre quiso poseer un negocio con el anuncio: “Se reparan metáforas”.

¿Una estatua a plomazos?

Maestro: No te calientes, garnacha, solía decir nuestro querido amigo Rafael Ramírez Heredia (1942-2006). A tu primera pregunta respondo que en el corpus del texto, dirían los cultos, está explicado el apodo. En este caso, el de Reportero Biónico. Los remoquetes juegan cierto papel en la historia. Ignoro si has terminado de leer el mamotreto o, saltado sobre el comal humeante, lo arrojaste a la basura. Por la década de los setenta estuvo de moda lo biónico. Yo no le puse el apodo. Soy malo para semejantes bautizos. Pero un gran porcentaje de la humanidad practica esa costumbre y reconozco algunos geniales. El apodo de tu personaje, el Sopa Aguada, me parece formidable.

Respecto a tu segunda pregunta permíteme revelarte que en Últimas Noticias (Ficticia editorial) hay personajes recreados y personajes inventados. Recreación y creación. ¿Por qué no preguntas quién era la Lolita mexicana y si existió en la realidad real como sí existió la de Nabokov en la adolescencia de él, según se sospecha? ¿Y el elevadorista? ¿Y el lavacoches? Podría pedirte que leyeras la historia sin preguntarte si los pasajes de Loubet son ficticios o no y si Cantinflas estuvo en Ciudad Neza o no estuvo. ¿Y si el Reportero Biónico no existió y sólo es la representación del machismo, a manera de contrapunto con la actitud a veces amelcochada del Príncipe?

También podría decirte que el Reportero Biónico ha muerto y que aparece en Morir de periodismo (Axial) con nombre y apellido. Ante la experiencia de la publicación de ese libro, pareciera haberme ido con tiento en el manejo de los nombres reales. Una colega indómita mandó decir que iba a quebrarme las piernas y el guarura del CDG que iba a convertirme en estatua a plomazos.

Ahora bien, si me mandas copia del texto en el cual mencionas mi libro te digo quién era el Reportero Biónico, siempre con la petición por supuesto de que no le digas a nadie, je je. También estoy listo para presentarme ante tus alumnos de la carrera de periodismo en la UNAM si por favor mercan el libro para hablar de cuanto ellos y yo sabemos de la historia narrada en Últimas noticias, menos tú, acaso.

Hay una pregunta sobre la mezcla de personajes reales y ficticios en narrativa, estimado Rojas Arévalo Armando: Dentro de cien años ¿quién va a saber qué personaje existió en la vida real y quién no?

marcoaureliocarballo.blogspot. com