REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Lindas chicas miñón
Tomé el taxi al salir del aeropuerto de aquella ciudad en el sur del país. El sol rajaba las banquetas. Una decisión repentina me hizo abrir la portezuela delantera. Suelo sentarme atrás para leer a gusto, pero había leído en la espera y en el vuelo. El taxista estaba como estresado y neurótico. De camisa blanca de manga corta y de corbata. ¡A treinta y cinco grados de temperatura! Pero se la quitó cuidadoso y la colgó del espejo retrovisor.

De baja estatura, güero, de cabello negro y cerdudo. Nervioso. Mentaba madres ante equis falla de los conductores. Le pregunté por un colega suyo de origen japonés, conocido en viajes anteriores. Ya no está, dijo. Muchos vienen y se quieren hacer ricos en seis meses. El güero apenas tenía ese tiempo en el sitio. Pocos se hacen pistudos en tan poco tiempo.
Él había sido chofer de gente poderosa. Ah, ¿sí? Por ejemplo de un alcalde de pueblo pequeño. Lo llevaba y lo traía “en chinga” a la capital del estado. Eso fue hace como cinco o seis años. El jefe iba atrás durmiendo. La primera vez nos hospedamos en un hotel modesto. Comíamos taquitos en el mercado. Allá le dijeron no, no, usted está para los de cinco estrellas todo pagado. ¿Todo? Todo. Hasta lo que no…
Desde el primer viaje cambiamos a uno de siete estrellas, je je… Ahí llegábamos... De superlujo. Cada uno en su cuarto. ¿Ya sin taquitos? Ah, puta, comíamos como coches. Me hice adicto al filete mignón. Así se dice, ¿verdad, señor? Miñón, le dije. Miñón. Es que el italiano (sic), no se me da, je je. A mi jefe le dieron unos números de teléfono y al rato ahí estaban dos, tres chicas galanas. Hasta a mí me tocó... De a grapa. Yo escogí a la miñón, ¡ja! ¡ja! Olía a gardenias.

El gobernador acostumbraba recibir a los presidentes a la tarde siguiente. Era una junta de ésas de municipios jodidos… Valía la pena la espera de horas.

Cuando regresábamos, yo llevaba ahí donde va usted, una enorme paca de pisto… Sí, sí, el gober le daba a cada uno su paca… Nada de cheques. Pacas. Entonces el jefe me decía, toma unos cuantos fajos, güero…, pero no abuses… Lo que pescara la mano, le dije, abriendo a lo que daba mi mano derecha. Me ignoró. Eran como diez o quince mil pesos por viaje.

Ese jefazo terminó su cargo y yo también. ¿No le pidió ser jefe de la policía?, le dije. Se acostumbra. Volvió a ignorarme. Tengo mis inversiones, dijo. Casitas. Terrenitos. Animalitos… Ahí está ya su hotel, señor.

Nidos al vuelo
Abrí la puerta de mi habitación y Pancho entró agitado pero diestro con la enorme charola y mi filete de pescado al mojo de ajo y arroz blanco, agua mineral y un té de manzanilla. Sin más, abrió el pico. Ahí, en el cuarto de junto, dijo, el cliente había pedido dos jaiboles. Se hospeda cada semana con una mujer distinta. Es abogado. Ahora abrió la mujer. ¿Y qué cree? ¿Qué? Ella estaba…, balbuceó Pancho. Estaba... ¿Borrachita?.., lo ayudé. No, bien desnuda. Pero yo siempre les veo los pies.
Pancho el Fetichista debe tener cincuenta y pocos años. Moreno, de regular estatura y de copete oscuro. Le gusta su oficio y lo desempeña con diligencia y profesionalismo.
¿En pelota?, le pregunté. Totalmente…, dijo Pancho. Alta, güera de todo a todo. Unos pechotes… Visualicé a la trompudita de Scarlett Johanson. Acababa de mirar su foto de espaldas a un espejo en el cual se le veía su aguitarrado trasero perfecto. ¿Y? Recibió los tragos, dijo Pancho y se me insinuó y se me untó como gatita insatisfecha. Pero estas charolas viejas son muy grandes. ¿Y él?, le pregunté. Él, echado, cubierto, viendo la tele. Con una pata refea a la vista. Debe estar acostumbrado, le dije. Sí, pero nunca antes su acompañante abrió la puerta… en pelota como dice usted.

Tengo treinta y tantos años en esto, dijo Pancho. He trabajado en el DF y en Puebla, Oaxaca y Chiapas. Allá en la capital, en un hotel de la calzada de Tlalpan, le llevé a una muchacha dos sangrías con vodka. Le llevé otra. ¿La habrán plantado? Cuando llegué con la tercera ella me dijo ¿te espero, Panchito? Yo tenía mi nombre en una plaquita ensartada en el chaleco guinda, recuerdo. Salgo como a las dos de la mañana, le dije, triste. No importa, dijo ella. Yo tenía ventitantos años. Me sentía Tarzán.

Entonces le conté a mi jefe. Eran como las doce de la noche. Déme chance, le pedí. Él dijo, buena onda, está bien, ya vete, pero aguas… Si llega su güey, yo te hago el paro.
Toqué a la puerta. Se le veía bien mareada. Yo les había puesto el doble de vodka a sus sangrías, para quedar bien. Sin malicia.
Ella se quitó la batita y una zapatilla y ¿qué cree?... ¿Un hermafrodita?, le dije abriendo los ojos en señal de asombro. Un mampo. Un homosexual. No, no, que le veo los pies… Seis dedos… Bueno, pensé, ¿eso qué importa? ¿Y? Entonces ella se quitó la otra zapatilla y… otros seis dedos. Me valió… Venga, dije… La chiquita estaba rechula.

La cachiporra
Ofrezco disculpas por mi actitud de rehuir a toda costa el que tus conocidos sepan de entrada mi oficio, amigo. Trato de pasar inadvertido. Ni como reportero ni como narrador debe uno darse a conocer de manera ostentosa o innecesaria, creemos dos, tres. Hay quienes escriben porque buscan fama. Debieron ser actores de cine o de tele, o son unos cobardicas como para, arriba del ring, asestarse de pitutazos con el Canelo Álvarez, o con el Chiquita González, quien ya debe ser abuelo.

Ahora la razón es doble. Hay gente a la caza de víctimas de sablazos o de estafas. Un supuesto pariente desconocido quería plantearme, cara a cara, un problema suyo. Si le platico los míos, contesté a su correo, lloraría. Pero, ¿de qué se trata? El tipo enfrentaba una demanda judicial injusta, según escribió. ¿Y yo por qué?, diría el clásico. Ni soy abogado ni formo parte de ninguna oenegé. Sobrevivo alerta en la gran urbe porque al girar la esquina te aplican la china o te asaltan con pistolas de plástico.
Un vecino me interceptó para preguntarme si era profesor. Tengo veinte años de vivir en la casa de junto. Él ha pretendido venderme perfumes y cuadros de pinturas ni siquiera naif, unos espantajos en relieve horripilantes. No le he comprado nada. Harto debió preguntarse bueno y éste ¿de qué la gira si no me compra nada? Quiero la cachiporra de tu papi, le podría decir. El viejo acaba de fallecer. Durante las trifulcas de barrio, el tipo salía blandiendo el arma contundente y acometía contra los golpeadores de su hijo. A este pobre siempre se lo suenan porque se emborracha en la banqueta y orina ahí mismo al pie de un árbol. Pero ¿y si el viejo pidió como última voluntad que lo sepultaran abrazado a su cachiporra?
Suspicaz, veo a vendedores, pedigüeños o estafadores en cada recién conocido. El mulo no era arisco… A la mayoría le importa un diputado matraca mi ocupación, observo, estudioso de la condición humana. Quienes no leen quisieran conocer a Luismi o a Juanga y quienes medio leen platicarte su vida para que escribas una historia sobre ellos. Los exigentes buscan oír genialidades nomás abres el pico Es como si le dijeran a un cirquero, ah, usted es saltimbanqui del Atayde… ¿De veras? A ver, échese una machincuepa. ¿Va?

Se vende alma
No, no me habías enviado esa foto, querida Martínez. Gracias. Aunque la nostalgia resulta arma de dos filos. Por eso los amargados sugieren desterrarla. Pero es de gran ayuda y de provecho para quienes escriben. La propia experiencia me ha redituado el cierre de capítulos vitales: un poco de la niñez, algo de la juventud, mucho de la inmadurez. Tengo pendientes con la adolescencia. Tales cierres son benéficos para la salud mental, podría decirte, según me ha ido en la feria de la escritura. Ocupado en escribir la siguiente no pienso demasiado en los viejos, prodigiosos tiempos.
Veo formidable esa foto de hace treinta y tantos años cual lo he certificado con las películas. ¿Cómo se verá Jack Nicholson en sus primeras apariciones, por mencionar a alguien, de cuando era un actor flaco? Agradezco el envío… Sitio vulgar, observo. ¿Cómo fue posible mantener al centro tantas botellas de cerveza vacías? Son como veinte, entre cinco, supongo, a cuatro por cliente. Si las dos chicas bebieran al mismo ritmo, je, je. El alcohol, padecimiento incontrolable, siempre resultó para mí un fogoso lubricante cerebral. Excedido, no sirvió para mi interés casi único, escribir. Sí para sobrellevar la realidad real viviendo a cambio la realidad ominosa.
El alcohol te lleva a dimensiones formidables para ubicar una historia en cierto momento. Realidad disfrutable en el amor. Cuando estás a la mitad, sobre la cúspide, ni antes, en el ascenso, ni después, en el declive. Justo en el punto en el cual quisieras vivir siempre… Imposible. Necesitas echarte dos, tres, y permanecer en ese punto, tres meses, tres años. ¿Quién lo consigue? Los teporochos, pero su nivel de realidad es otro.
Hace treinta años habría intentado escribir esa historia. Ahora con media docena de libros empezados, odio imaginarlos inconclusos. Vendería mi alma al diablo si pudiera escribir ese libro, el séptimo. Pero y ¿si a medio camino siento la compulsión de escribir otro? El diablo, es fama, podría cometer equis diablura, equis trampa. Quizá semejante idea, vivir largo tiempo a medios chiles, como decimos, junto a una mujer amándola con fiereza delicada, esté desarrollada ya. Por eso hay que leer todo, dicen.
Pero bien empieza la semana para un condenado..., si recibe en lunes una foto suya de treinta años atrás y esa frase de tu correo de cinco líneas. Las debió haber escrito el condenado.

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