REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Gilberto Castellanos(1945-2010)


Roberto Martínez Garcilazo

Estas notas llevan por finalidad recordar al poeta poblano Gilberto Castellanos dando noticia de la inminente aparición de su libro Aural (BUAP 2011). Ciertamente, el de Castellanos es un caso singular ya que aún después de su lamentable deceso siguen apareciendo libros suyos. El año pasado, meses después de su muerte, aparecieron, con los sellos editoriales de la extinta Secretaría de Cultura de Puebla y de Educación y Cultura, dos poemarios El árbol y el verbo y Trama del día.

El poeta es el hombre que de manifiesto pone ante nuestros ojos la falta de horizonte de la vida del rebaño humano y la necesidad de descubrir -o inventar- el norte magnético que los oriente. Gilberto Castellanos es un poeta hiperbóreo y magnético. Es la marea de luz que nos transforma.

Para Montaigne el poeta es el primero de los hombres excelentes. Utilizo ese aserto para proponer que Castellanos es excelente porque -son palabras Montaigne- su poesía completa el mundo. El español de Castellanos -poderoso, melodioso y eléctrico- es un ser lingüístico en constante transformación que tiene vida propia y muta permanentemente. Su español es vino sagrado que desborda las formas. Su verso es camino estrecho a la visión, es la áurea oscuridad de la revelación, es la purísima luz del origen.

Aural contienen los hilos de los instantes con los que tramó su vida; Castellanos el que consagró sus días a cultivar esas criaturas sagradas que son las palabras.

Fue el miércoles 7 de abril del 2010 cuando falleció Castellanos. Su muerte fue injusta y terrible. Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad, por la lucha cotidiana contra una oscura y persistente adversidad. Y sin embargo, la enfermedad que no fue óbice. Su caudalosa obra poética marcó una frontera entre la poesía decimonónica que aun en el siglo veinte se escribía en Puebla -en la década de los ochentas- y la nueva poesía mexicana.

En sus libros, asistimos a la asunción de la palabra genésica que crea mundos y seres de insólita belleza y poderosa presencia. La obra publicada de Castellanos hasta este día, está integrada por once libros cuyos títulos son los siguientes: El mirar del artificio (1982); Yacimientos del verano (2000); Rama del ser (2001); Semillas de barro (2003); Arcángide (2003); Caudal (2005); Letranía (2007); Como podar la luz 1987-2007 (2008); Omnívaga (2009); El árbol y el verbo (2010); Trama del día (2010). Existen, además, cuatro libros inéditos cuyos títulos son: El bazar de la serpiente; Senderos de grana; Fraselia; y Entre la piel y el vacío.

A continuación, comparto con ustedes un adelanto de Aural (BUAP 2011), del que, en los próximos días, será su duodécimo libro.

LOS DÍAS INSEGUROS

Como rumor, dueño del sendero, línea débil
de hombres en lejanía y los pasos memoriosos
de un aire de polvo sobre otro polvo en molde
que nada configura pero está fraguando
sueños ¿así comienza la sordera del musgo
y la huella en otra pared mide lo callado?
¿Será que mi casa también escucha y nombra
el taconeo del viento, la salud quizá ínfima
de la soledad, la risa suave de lo triste?
De un hato de fechas derramadas ¿cuál será
la que adopte mi cuerpo, la mente y sus andanzas
para que al fin construyamos juntos las paredes
donde se alojen horas, lumbre del oficio
y la moneda líquida que la sal adeuda?
Marro de luz, el sol trabaja y sus obradores
ya son contemplados por el sueño, una encrucijada
muy antigua le derrumba, lo hunde y recomienza
en las arenas de los años ya en los huesos.
¿Cómo hablar de sangre apasionada si un hombre
sin amor pierde su alma y vaga enceguecido?
No cederá sus ganzúas de odio el esperpento;
hay un obstáculo para el habla en la distancia;
se retuerce la mano en la estrategia mustia;
ya pasan su trayecto los días inseguros.
¿Quién ayudó al instante a que se restaure?
¿somos contraparte desastrosa con sus redes?
La ola, lejos, talla de continuo su tiempo
frágil en el cuerpo vigoroso de su ritmo.
Despliegues de trombas ruidosas en los lienzos
de quietud: la calle; la paz que se reconcilia.
Lo que de ahí nos enmuleta y empuja sin saberlo;
el hambre de avenida que siempre nos regresa.


ESPEJO MEMORIOSO

Muro dolido porque tiraban sus adobes,
torre con más altura si ya la demolieron,
retazos de un ruido que cabalga en los yunques;
de las huellas de la niebla el sol aprenderá.
La ciudad camina como el hombre, lleva dudas
en la testa, espejos memoriosos, Antares
con las velas del día en esa oscuridad, mapa
del crisol sanguíneo que al avanzar se prende.
La cal resguarda los armarios, junta las paciencias,
destempla con suavidad la cuerda del quinqué
desabrigado entre la casa sola, muda,
en espera de habitantes; polen, espinas,
hurgan el sueño, plato de cobre para enfriar
otras nostalgias, amapola entre los pliegos
ayuntándose al temor; sala del solsticio.
¿Habrá un frasco donde pase la mano recta
sin destruir sus espejos, embotellar el día,
tal vez contarle los vellos al feto del tiempo,
reconocernos hijos precisos de la hora
en una curva de números, esperas con miedo
y huellas del sable moral, durísimo, en la espalda?
Cada ladrillo se ha de sentir más presuntuoso
cuando resiste ligerezas de lo ausente,
el paso de quien se perdió y todavía nos mira,
las fortalezas del adiós aquí desechas,
el beso final del que se va y permanece,
como aquel inquilino de una roca que vive
raspando el viento hasta que logre hallar pareja;
no el yacido ni aquellos fracasos de la duda
o el hijo con su madurez en ciernes, viajando.
La ciudad, ignorante de sí, cabría en un vaso
y nos arrastra tenaz, inmune hacia su mesa.

CAL RECIÉN LAVADA

Entonces va el instante con toda su inclemencia,
estremece la cara íntima de un dios roto,
de plástico, en alcayatas de paja donde
ya cuelgan los lustros, los pasos regresados,
lo que se desea troquelar y lo desprecian;
escofina, desgaste rudo es el olvido.
El orgullo muestra dagas en su concha, papel
que sobre aguas de impaciencia engrasa y modifica
ya la burla, el rostro escenifica lo pasado.
Estorbos inquilinos: giros, ramalazos, teas,
jolgorios, gestos de seda huidiza, terquedad
como el aceite de un intento, lo cruel simple,
aquel espejo de tallas anchas del manantial
que se deshiela; pañuelo de nadie la calle.
Da el día como si comprara lo tedioso y frío
de los climas, el aire que al calor desuella,
la risa de un mendrugo si por fin lo mastican,
el vacío que sólo se aviene al hambre andante
y un trago de piedritas limpias para enjuagar
la boca, reposo, valle de la sed sin labios.
Los habitantes de mi casa son aspas duras,
voces, tramo, la vuelta, la bondad en tiestos
que destellan con su silencio bajo la lluvia.
¿Las casas nos verán como muros caminantes
llevando sus años de historia sin registro
en el hormigón del alma donde fraguan el día
y sus conciertos, las horas eslabonadas, tristes,
mustios en la margen de su miseria y lentos
para no desalojar la paz de su anhelo?
Salimos con rostro de domesticidad y cal
recién lavada, baldío que al final se puebla,
señal de alertas, el sudor, desplantes y estigmas.

OTRAS CONDENAS

Hay adobes para los jubilados del desahucio,
hay oficios que no aflojarán los torniquetes,
hay silbidos con polvo simple de pinole;
hay alguien como yo que nunca llega sin urbe
con la piel desmantelada por la sucia tarde;
hay combas con bilis entre los dientes falsos,
amígdalas para que chupe más odio el hambre.
Ha de haber ojos inyectados de apetito
que mi yo conmisera, su papel no convence.
Hay un manual que dice cómo chillan los bosques
del estómago vacío si lejos va el sabor
igual que fuese la invención recién descubierta
y alguien, la calle, paga con prisa si prueba.
Son cuerpos, hasta cielos regalan y hay perdón;
quizás el viento es también vidriería de fórmulas,
deja rebabas heladas como soldadura,
endurece los tropiezos por sanar del día,
impide cerrar las puertas para que la tarde
pase, la noche viva los interiores tiernos;
así madrugarán los linos de la espera;
la decepción entibia sus topacios; boreal
continuará el espanto; el hombre que no aprende.
Le faltan puntas a la estrella de la calle,
sin rumbo mal alumbraría, desvíos de suerte, otras
condenas mueren sin catafalco; bajan dudas,
lío de los que no se atan, falta de templanza,
mendrugos agrios de un sol anciano en las calvas,
tal vez perdidos ya por falta de palabras.
Hasta una noche mísera remuele sombras
del sueño que sin digestión se apesadillan;
pero la brasa surge de rostros luminarias;
todo lo deshace un ventarrón con amistad.

ALTAR DEL YA PRONTO

¿Alguien sabrá cómo entra la lengua infecciosa
de la melancolía, moja el tedio, recuerdos
que no saben posarse, lamería las uñas
de lo que reniega estar triste, da un empellón
y escupe tenaz a los indecisos, triunfo
que la casa no esperaba, luz que se movió?
¿Cuál es el mercurio que mide con hielo, lunas
estrelladas en las venas, al rojo mental,
ese hierro que los nervios no sembraron, que citan
al ahora del caído, sábana espesa y alcatraz?
Pies hacia la negación donde se traba un hombre,
copa de su resuello que al día reconstruye
abrasada la sed para templar el rápido
sanguíneo, como despertar en el escaño
no previsto con sendas amplias que se achican;
estirar la mano: el cetro de las abulias;
historia quebradiza, llama suave del farol,
calenda y baldaquino de los que no encuentran
sus ambiciones en légamos de harina enteca.
El barniz guarda pisadas, pesos, horas, vidrios,
brazos ocupados del que llega, se aloja
con el pan y la ciudad que venían en su bolsa;
voces en procesión hacia los nichos movibles
de una victoria, un pliego sin depósito ni líos
entintados que se borren, altar del ya pronto.
Cada instante de la calle pone su calle
adentro de mi casa y el perro de cerámica
de las azoteas baja, esperará la ciudad
y para echarse muerde faldas femeninas
del yeso y las tramoyas resecas de otro día;
existen roedores de caliza empotrados
en la niebla, existen seres que no se reconocen.