REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su Labertinto


Alonso Ruiz Belmont

Richard M. Nixon
La biografía política del expresidente norteamericano Richard Milhous Nixon es frecuentemente asociada a una sombra de arrogancia, amargura y corrupción. En el imaginario colectivo de las generaciones de jóvenes que marcharon en las calles pidiendo el fin de la guerra en Vietnam y que posteriormente siguieron de cerca el escándalo Watergate, fin de su segundo mandato, Nixon continúa siendo un personaje oscuro
y el principal responsable de no acabar a tiempo un conflicto bélico que cobró la vida de más de un millón de personas. Sólo después de una intensa y salvaje campaña de bombardeos sobre poblaciones civiles en Camboya, directamente aprobadas por su Secretario de Estado, Henry Kissinger, las negociaciones con el Vietcong tomaron fuerza y llevaron a la firma de un ansiado tratado de paz que forzó la salida de las tropas norteamericanas de Vietnam en 1973. La aventura militar en el sur de Asia, iniciada por la administración del presidente Lyndon B. Johnson, dejó una huella imborrable en una generación de estudiantes que temieron ser reclutados y obligados a pelear en una guerra de la cual no regresaron con vida alrededor de cincuenta mil jóvenes estadounidenses. Las universidades de la unión americana se convirtieron en los principales focos de la resistencia pacifista y de la contracultura hippie, que celebró emocionada la salida forzada de Nixon de la Casa Blanca en 1974, tras ser acusado de ordenar el espionaje de las oficinas del Partido Demócrata en el complejo de edificios Watergate de la ciudad de Washington.
Sin embargo, para muchos historiadores la herencia política que deja la presidencia de este hombre trasciende por mucho a su odiada figura. La compleja personalidad de Nixon, su inesperado resurgimiento político en 1968 y la justa medida de su legado histórico, son temas explorados en el filme Nixon* (1995), de Oliver Stone.
A pesar de ser un icono de la retórica anticomunista de la guerra fría, los orígenes sociales de este hombre son en extremo humildes. Hijo de una familia de granjeros cuáqueros, la infancia de Nixon en California durante los años veinte transcurre en medio de constantes penurias económicas y tragedias personales: la muerte de dos de sus hermanos a causa de tuberculosis le da el amargo privilegio de poder cursar una carrera universitaria. Con el dinero que habían ahorrado para sus hijos muertos, los padres del joven Nixon le facilitan obtener una beca para cursar sus estudios en la escuela de derecho de la Universidad de Duke. Con grandes esfuerzos, éste hace todo lo necesario para adaptarse a un contexto social en el cual nunca puede encajar, dominado en su mayor parte por jóvenes de clase alta que tienen un futuro asegurado y conexiones en los altos círculos del poder.
Luego de construir una larga carrera política en las filas del Partido republicano y haber sido vicepresidente durante la administración de Dwight D. Eisenhower, Nixon pierde las elecciones presidenciales de 1960 ante el demócrata John F. Kennedy por un estrecho margen. No tiene el carisma ni el atractivo físico ni la fortuna de aquella poderosa familia bostoniana, y está convencido de que la gente lo percibe con antipatía. En 1962 Nixon es derrotado en las elecciones para gobernador en el Estado de California, todo indica que su carrera política está acabada. Un año después decide incorporarse a un despacho de abogados; el poder ya lo ha absorbido demasiado, la relación con su esposa Pat se está desintegrando y él necesita ganar un poco de dinero para jubilarse y atender su vida familiar. Nixon parece haber tomado ya una decisión definitiva, pero es entonces cuando comienzan a ocurrir cosas extrañas. Una red de poderosos intereses vinculados a la industria petrolera y armamentista se acercan para pedirle que regrese a la política, al tiempo que J. Edgar Hoover, Director del FBI, mantiene en secreto una guerra a muerte contra John Fitzgerald y su hermano Robert. Meses después, el presidente es asesinado en Dallas. Para Stone, el político californiano se convence entonces de que en los sótanos del poder se tejen oscuros complots. En 1968 Robert Kennedy parecía el inminente ganador de la nominación demócrata a la presidencia y el líder que podía terminar con la guerra en Vietnam. Nixon está seguro de que Robert ganará las próximas elecciones, pero, nuevamente algunos republicanos le piden que se postule como candidato de su partido. Poco después, Kennedy es asesinado y las sospechas vuelven a tomar fuerza: han matado a dos hermanos que incomodaban demasiado a los sectores políticos más reaccionarios y a la industria armamentista.
Sin embargo, con Robert fuera de la contienda Nixon consigue una holgada victoria que lo lleva a la Casa Blanca. A pesar de haber financiado en 1973 el sangriento golpe de estado en Chile que terminó con el primer gobierno socialista democráticamente electo en la historia de América Latina, la presidencia de Nixon consiguió también logros históricos trascendentales en política exterior. Estos incluyen el establecimiento de vínculos diplomáticos con la China comunista (un elemento que contiene la hegemonía soviética), así como la doctrina de coexistencia pacífica con la URSS y los tratados de reducción de armas nucleares. Luego de cuatro años el presidente californiano logra un segundo mandato en 1972 y las cosas parecen marchar en orden, pero el escándalo Watergate estalla sorpresivamente y los hilos del poder se tambalean. Resulta extraño que, pese a ser un caso ampliamente documentado, las más importantes preguntas acerca de este periodo histórico aún no han podido ser respondidas. No es un hecho fortuito que la mayor parte de los hombres que fueron misteriosamente sorprendidos como vulgares ladrones espiando al interior de la sede demócrata trabajaban o habían trabajado para la CIA ¿A qué intereses obedecían realmente? Hubo también 18 minutos de conversaciones grabadas entre el presidente y sus colaboradores que fueron borradas deliberadamente ¿Qué fue lo que se dijo y qué decisiones se tomaron durante esos 18 minutos en la oficina oval? ¿Cometió Nixon una torpeza movido por la arrogancia o cayó en una trampa fraguada en las altas esferas de los servicios de inteligencia tras haber afectado poderosos intereses que iban mucho más allá de una simple trama de espionaje político? La transcripción de una conversación entre Nixon y sus colaboradores grabada en 1971 y descubierta treinta años después revela que el almirante Thomas H. Moorer, Jefe del Estado Mayor Conjunto y el oficial Charles F. Radford, espiaron al presidente y filtraron documentos confidenciales a la prensa con el aparente propósito de forzar su destitución. W. Donald Stewart, ex Director de Investigaciones Internas del Pentágono, llevó a cabo los interrogatorios de ambos indivíduos y en 2001 declaró en una entrevista que la política exterior de Nixon con la URSS y China fue considerada por algunos militares de alto rango como un repliegue inaceptable ante la expansión del comunismo.
En 1978 el ex presidente se hallaba retirado en su casa de San Clemente, California. Sin embargo, sus detractores continuaban exigiéndole una disculpa por su responsabilidad en el caso Watergate. Esta parte de su vida es abordada en la cinta Frost/Nixon** (2008), de Ron Howard. Ese año, el famoso periodista británico David Frost, se acercó a los asesores del político solicitando una entrevista de varias horas para la televisión. Watergate sólo ocuparía una fracción de la conversación con Frost, pero había una audiencia potencial de millones de telespectadores que esperaban una confesión del propio Nixon acerca de las razones de su renuncia forzada a la presidencia.
Sorpresivamente, el ex presidente acepta la entrevista. La moneda está en el aire: ¿saldrá el viejo león airoso ante la opinión pública o será destruido por sus críticos? Las primeras horas de grabaciones reflejaron a un político de altos vuelos, extraordinariamente brillante y astuto, que en momentos pareció incluso capaz de remontar su humillante derrota. Frost se juega su prestigio como periodista, si Nixon sale airoso de los cuestionamientos acerca del Watergate se habrá reivindicado ante la historia y bien podría regresar a la política. Es entonces cuando el periodista descubre contradicciones en las palabras del expresidente que ponen al descubierto su culpabilidad en el escándalo. De forma dramática Nixon debe aceptar en público que cometió un error deshonroso, pero
proyecta también una imagen de dignidad. La entrevista ha terminado, pero en realidad nadie ha sido derrotado.
Frost hace un negocio de millones de dólares al vender la grabación y el expresidente refleja una dosis de valor
político que opaca sus errores.
La biografía de este hombre complejo nos muestra cómo, en muchas ocasiones, los grandes líderes políticos que tienen la sabiduría de pactar con sus mayores adversarios y contribuir así a la estabilidad mundial pueden ser también quienes aparentan una mayor dureza, y no resultar necesariamente hombres carismáticos con ideas progresistas. Junto a la frivolidad de Ronald Reagan, la ignorancia de George W. Bush, la arrogancia de Condolezza Rice o el fanatismo de Sarah Palin, la figura de Nixon queda en la historia moderna de su partido como la de un estadista.
Lo anterior también sugiere que en la esfera de la praxis política la línea que separa al liderazgo de la irresponsabilidad es muy delgada. En éste momento la ignorancia de la derecha más populista y violenta está generando una capacidad destructiva sin precedentes alrededor del mundo. La crisis presupuestaria desatada por la ultraderecha republicana del Tea Party ha hipotecado el futuro de los EEUU. La imposibilidad de ver incrementado su techo de endeudamiento obligó al presidente demócrata Barack Obama a efectuar recortes significativos al gasto público que harán todavía más difícil la recuperación a corto plazo de los niveles de empleo y del crecimiento económico en esa nación. La economía mundial, ya de por sí castigada con la actual recesión y la crisis de la insolvencia en la zona euro, no ha sido inmune a la intransigencia de una minoría poderosa que jura solemnemente no aumentar los impuestos a millonarios, banqueros y corporaciones al tiempo que le asigna el
costo de los brutales recortes sociales a la mayoría de la población estadounidense.
Las últimas debacles financieras y la creciente volatilidad de la economía mundial ante el poder desestabilizador de los grandes flujos especulativos han sido relacionadas por muchos economistas con la acelerada desregulación de los derivados financieros que dio inicio hace unos treinta años. Uno de los más connotados defensores de las políticas desregulatorias fue Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de EEUU entre 1987 y 2006. Greenspan confió ciegamente en que la libre interacción de las fuerzas del mercado podía resolver cualquier desequilibrio económico. Por tanto, cualquier intervención del estado para regular los mercados resultaba inaceptable para él, si consideramos su devota admiración por Friedrich von Hayek y Ludwig von Misses. El uso descontrolado de los derivados financieros incrementó aceleradamente las utilidades de los mercados especulativos a costa de riesgos potenciales cada vez más peligrosos para instituciones y clientes. Hoy día, la especulación financiera puede mover por el mundo en cuestión de segundos miles de millones de dólares para concentrarlos en un sector de la economía que no producirá un solo bien manufacturado y que funciona a partir de expectativas inciertas y valoraciones subjetivas.

La globalización de las finanzas y de las cadenas productivas ha generado un significativo deterioro en los niveles de vida de las mayorías sociales en los Estados Unidos. En sólo treinta años, esa nación ha pasado de ser una sociedad de clases medias a contar con una distribución del ingreso similar a la de una economía tercermundista.
Es aquí donde vale la pena hablar de las históricas  discrepancias registradas entre Nixon y Greenspan
(otrora asesor del republicano) en política económica. A finales de los años sesenta EEUU padecía niveles altos de inflación y un enorme déficit gubernamental. Nixon favoreció la intervención activa del Estado en la economía a través del congelamiento temporal de precios y salarios con el propósito de reducir la inflación sin desacelerar la industria ni incrementar el desempleo. Greenspan renunció a su cargo en el gabinete económico escandalizado por una estrategia a la cual consideró una herejía.

Con la renuncia de Nixon en 1974, terminó lo que algunos consideran la última presidencia estadunidense que aplicó políticas keynesianas a gran escala. El reinado de Greenspan en la Fed se prolongó por diecinueve años, trece más que los que Nixon estuvo en la Casa Blanca. Alan Greenspan contó con un aura de poder y prestigio intelectual que el propio Nixon jamás soñó con alcanzar. Sin embargo, valdría la pena preguntarnos qué pensaría
Richard Nixon, un hombre de extracción humilde, sobre la capacidad destructiva de la especulación financiera, la
negligencia de Greenspan y la de las instancias regulatorias estadounidenses que contribuyeron al colapso económico de 2008. Sería interesante imaginarnos también qué pensaría sobre la ingenuidad de los pupilos de Sarah Palin en cuestiones económicas, una ceguera ideológica que está asustando incluso a algunos de los empresarios más ricos de los Estados Unidos. Desafortunadamente, nunca lo sabremos.

Notas
*Nixon, Estados Unidos, 1995. Dirección: Oliver Stone.
Producción: Cinergy Pictures Entertainment, Hollywood Pictures, Illusion Entertainment. Guión: Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson, Oliver Stone. Elenco: Anthony Hopkins, Joan Allen, Powers Boothe

** Frost/Nixon, Estados Unidos/ Reino Unido/ Francia, 2008.
Dirección: Ron Howard. Producción: Universal Pictures, Imagine Entertainment, Working Title Films. Guión: Peter Morgan. Elenco: Frank Langella, Michael Sheen, Kevin Bacon