REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 12 | 2018
   

Confabulario

Cuentos


Leopoldo Sánchez Duarte

Adrianella

No hay ningún lugar, al menos en nuestro futuro cercano,
al que nuestra especie podría migrar.
Visitar, si, establecerse, aún no.

KARL SAGAN

Tal y como estaba programado, Adrianella comenzó a volver en sí después de doscientos cincuenta días de hibernación inducida -tiempo requerido para llegar a Marte en la primera misión enviada desde la Tierra para la exploración y colonización de este planeta- transcurridos en la más profunda e insondable inconsciencia, encerrada en una cápsula de titanio.
Regresar de un letargo tan prolongado, un sueño sin sueños, sin imágenes ni fantasías de ninguna especie; resurgir de tan enorme oscuridad ajena a toda realidad, no era cosa fácil. Pero la astronauta había sido concienzudamente entrenada para ello, así que empezó a retomar conciencia de manera paulatina. Casi sin sentirlo entreabrió los ojos resguardados por grandes lentes especiales que le protegían de la tenue luminosidad que empezaba a invadir la cápsula donde se encontraba, e inició el elaborado procedimiento previsto para reactivar sus músculos, su mente, sus órganos, su naturaleza toda, siguiendo las indicaciones que recibía de una voz impersonal tan distante y a la vez tan presente, también grabada muchísimo tiempo atrás.
Conforme esto ocurría, la cápsula que la albergaba se erguía, se enderezaba lenta, suavemente. Adrianella apenas lo percibía ocupada como estaba en seguir las instrucciones de la voz desconocida y si bien cada vez se encontraba más alerta, más consciente, la pasajera sideral todavía no recuperaba mayor sensibilidad en su cuerpo. Apenas comenzaba a mover ligeramente los dedos de ambas extremidades, mientras el resto de su organismo, excepto los ojos que ya se encontraban completamente abiertos y con mejor visibilidad, permanecía adormecido, aletargado, lo cual no dejaba de preocuparle. Ella no lo sabía, pero habían transcurrido veinticuatro horas a partir del momento en que su proceso de recuperación física y mental se había iniciado.
Así las cosas, el procedimiento de reanimación continuó durante dos días más en los que la viajera fue recuperando sensibilidad y conciencia de manera lenta pero continuada, hasta que fue capaz de accionar algunos de los dispositivos del interior de la cápsula programados para desconectarla de la fuente de vida -una serie de refinados conductos, tubos, sondas y delicados aparatos acoplados a su cuerpo a través de la piel y de sus conductos naturales, para alimentarle, hidratarle, dotarle de oxígeno y monitorear sus signos vitales por pausados que fueran, al igual que sus funciones corporales, indispensables para mantenerla con vida durante el tan prolongado periodo de hibernación al que había sido sometida, pero sobre todo recobrar el funcionamiento de su cerebro, la memoria, el pensamiento y la conciencia de su identidad.

La misión se componía de tres personas más: dos hombres y otra mujer
Finalmente, el proceso de recuperación llegó a 511 culminación y Adrianella, libre ya de sus ataduras con la cápsula que la alojara durante tan largo tiempo, ahora colocada de manera vertical, perfectamente consciente de lo que ocurría, se preparó para abandonarla. Al efecto, accionó el mecanismo de apertura de la portezuela de salida, no sin antes asegurarse de que el interior de la nave donde se encontraba contaba con oxígeno presurizado suficiente para su supervivencia y la de sus colegas -la misión se componía de tres personas más: dos hombres y otra mujer- quienes seguramente, al igual que ella, estaban a punto de abandonar sus respectivas cápsulas, si no es que ya lo habían hecho y la estaban esperando, se dijo animada. El corazón le latía furioso, apresurado, moría de ganas por reencontrarse con otros seres humanos, verlos, saludados, hablar con ellos, intercambiar impresiones; integrarse con los demás de manera única, indisoluble; reiniciar con ellos el consumo de agua y alimentos de manera gradual y en las proporciones previstas por los científicos que los capacitaron para el viaje y, en fin, prepararse adecuadamente para llevar al cabo su delicada misión en el planeta rojo.
Adrianella percibía que algo extraordinario le esperaba; se sabía parte de un todo enigmático, desconocido. Su mente, su memoria trabajaban aceleradamente buscando una explicación a este desasosiego, este presentimiento que tanto le inquietaba. Una vez abierta la portezuela, aspiró con profundidad comprobando que la atmósfera en el interior de la nave era respirable; a continuación, se despojó de la mascarilla para sujetarse con ambas manos de la salida, asomarse al exterior y pasear la mirada buscando a sus compañeros. No había nadie. Las cápsulas restantes permanecían cerradas. Pensó que tal vez sus colegas se le habían adelantado y los llamó a voces. Ninguno respondió. Extrañada, procedió a abandonar la cápsula, lo cual hizo con gran dificultad; se sentía agotada, sumamente cansada, débil, muy débil, a grado tal que sus piernas temblorosas respondían con enorme dificultad a su voluntad. Ella sabía -sus instructores se lo advirtieron en repetidas ocasiones- que esto muy seguramente ocurriría después de doscientos cincuenta días de vida en suspensión. Era mucho tiempo, sí, pero nunca esperó que el agotamiento, la debilidad que ahora experimentaba llegara a tales extremos. Tomó asiento en un escalón y esperó a recuperar el aliento para levantarse y caminar, vacilante, tambaleándose, hacia los receptáculos que ocupaban sus colegas. Cuando llegó al más próximo su sorpresa fue mayúscula: tras el empañado cristal de la ventanilla pudo vislumbrar el rostro borroso del primero de ellos: tenía el aspecto amarillento y reseco de una momia con la piel pegada al cráneo, los ojos desmesuradamente abiertos y la boca desdentada y congelada en una mueca de impotencia, casi de terror: Estaba muerto. Estremecida, Adrianella retrocedió, se cubrió la cara con las manos y, temblando, sacudida por la impresión, sumamente angustiada, se dirigió a las cápsulas restantes para encontrarse con el mismo cuadro: para su congoja, todos sus colegas habían perecido ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? Imposible saberlo, pero habían fallecido.

Se encontraba sola en el planeta Marte, sin posibilidades de regresar
Cuando la ingeniero y piloto aviador Adrianella Da Botto fue seleccionada y aceptó formar parte de la misión colonizadora a Marte, lo hizo perfectamente consciente de los riesgos y peligros que ésta entrañaba; sabía perfectamente que muy probablemente no regresaría a su hogar en su natal Palermo ni volvería a ver a su amada familia por mucho tiempo, sí, pero nunca imaginó un final tan inusitado, tan impactante como el que ahora vivía. La situación era verdaderamente desesperada. Todo parecía indicar que se encontraba sola en el planeta Marte a más de cincuenta millones de kilómetros de la casa de sus mayores, de la Tierra, de sus amigos y de sus seres queridos, sin posibilidades de regresar y lo más trágico: no había nada que ella pudiera hacer para remediarlo.
Sacudida por los sollozos, tiritando de miedo, la mujer tomó asiento de nuevo, encorvada, en posición fetal, abrazada a sus rodillas, procurando calmarse y tratando de pensar con claridad sobre tan inesperada situación. Por lo pronto, siguiendo el procedimiento aprendido de sus instructores, bebió unos sorbos de agua e ingirió una tableta preparada con los nutrientes adecuados y en las proporciones previstas, que tomó de los bastimentos almacenados en la nave. Hubiera dado cualquier cosa por una taza de café -se decía, resignada- pero este primer alimento la hizo sentirse mejor, lo cual ya era algo dadas las circunstancias.
Una vez repuesta del susto; ya más sosegada, Adrianella se dirigió a la gruesa ventanilla de la escotilla principal de la nave para echar un vistazo al exterior. Lo que vio la sorprendió muchísimo: si bien agreste y desolado, el paisaje no estaba desprovisto de vegetación, a la distancia le pareció distinguir la silueta de algunas plantas y arbustos chaparros, incluso se apreciaba un cielo azul pálido y algo que parecían nubes, lo cual no coincidía con las imágenes que numerosos satélites y sondas interplanetarias habían recogido del planeta rojo; algo andaba mal, pensó mortificada, de manera que ahora se dio media vuelta para colocarse ante el módulo de mando de la nave el cual continuaba encendido, con un zumbido sordo que contrastaba con el impresionante silencio de su interior, a fin de cotejar la información consignada en sus sistemas sobre la trayectoria, duración del viaje, distancia recorrida y lo más importante: su ubicación final en el planeta Rojo.

¡Suspendida en el espacio, orbitando la Tierra durante veinte años!
Habiendo obtenido información al detalle sobre lo acontecido con la nave durante el tiempo que permaneció en ella, la mujer, asombrada, concluyó que definitivamente no estaba en Marte; pero, entonces... ¿dónde se encontraba? ¿Qué había fallado? Después de cotejar una y otra vez los registros sobre lo ocurrido, no le quedó la menor duda: los primeros quinientos veinte días de vuelo espacial, ésta había recorrido el doble de la distancia prevista para llegar al planeta rojo, lo cual significaba que efectivamente había viajado hasta Marte, para entonces retomar la trayectoria programada para su regreso a la tierra y permanecer suspendida en el espacio orbitando el planeta durante... ¡nada menos que veinte años! -de 2023 a 2042-. ¿Veinte años?, se preguntaba incrédula al tiempo que revisaba una y otra vez la información y confirmaba que, en efecto, habían transcurrido dos décadas, después de las cuales, por razones inexplicables, el artefacto descendió y aterrizó por sí solo donde ahora se encontraba: en el corazón del desierto mexicano de Altar, Sonora, al norte de ese país. Adrianella no lo podía creer.
Al fin mujer, se aproximó a un espejo y vio la imagen de una señora madura -tenía treinta y seis años cuando partió al espacio---, sorprendida, mortificada, se encontró ajada, marchita, envejecida. De su otrora frondosa cabellera castaña, no quedaban más que unos largos y no muy abundantes mechones rojizos, grises, opacos; sus grandes ojos verde aceituna se habían empequeñecido circundados por innumerables arrugas y perdido su brillo de antaño; las comisuras de los labios, las líneas de la frente y la incipiente flacidez de su cuello y de sus mejillas, las cuantiosas pecas en la cara y en las manos y la pérdida de estatura, de peso y de sus redondeces -el traje espacial le venía sumamente holgado-, como todo lo demás, acusaban claramente su edad, y si bien éste su nuevo aspecto no le agradó en absoluto, optó por tomársela con calma, resignarse a ello y no permitir que le afectara todavía más. Después de todo, no había nada que pudiera hacer para remediado, se dijo, apaciguada. Sin embargo, no pudo dejar de pensar en cuál habría sido la vida que no vivió de no haberse alistado para la misión a Marte; ¿Estaría casada? Muy probablemente, y a esas alturas con hijos y hasta con nietos, seguramente. Ella creía en la familia y siempre le gustaron los niños -razonaba con nostalgia- pero ya era demasiado tarde, lo sabía. Los recuerdos de su vida anterior al viaje se agolparon en su mente, agudizando un sentimiento de profunda soledad que la llenaba de temor, de angustia y de tristeza. Sin embargo -se decía tratando de sobreponerse-, muy posiblemente reencontraría con vida a algunos de sus colegas y amigos, a sus hermanos y hermanas y otros parientes; tal vez hasta conocería a sus sobrinos y a los hijos de estos y eso la hizo sentirse mejor, más confortada.
Después de confirmar una y otra vez que la atmósfera exterior era respirable, Adrianella salió de la nave que había sido su hogar durante los últimos treinta años; agitada, conmovida, descendió por la escalerilla, se postró de hinojos, besó la tierra agrietada y seca del desierto y suspirando agradecida con Dios, levantó la vista al firmamento que resplandecía en el horizonte dándole la bienvenida. Estaba viva, de nuevo en casa y eso era lo más importante.

La Humanidad se había destruido, había desaparecido, se había aniquilado a sí misma
Lo que ella ignoraba era que después de tantos conflictos y guerras libradas por los hombres de todas las épocas a lo largo de su historia milenaria; conflagraciones absurdas en las que viejos intolerantes, caprichosos y soberbios enviaron al combate, al sacrificio inútil, a millones de jóvenes limpios y buenos, siempre en nombre de la democracia, de la libertad y de la paz, finalmente, no obstante el enorme, el fabuloso progreso científico y tecnológico alcanzado en su pasado reciente, la naturaleza y la condición humana no cambiaron un ápice, y la maldad, el egoísmo, la violencia prevalecieron sobre la razón y la conciencia de los hombres justos; la humanidad había logrado su objetivo: se había destruido, había desaparecido, se había aniquilado a sí misma a resultas de un enorme, formidable, monstruoso y por demás estúpido conflicto nuclear ocurrido poco después de su partida. Adrianella era, pues, la última de su especie.

Un secuestro más

¡Oh, libertad, gran tesoro! Porque no hay buena
prisión, aunque fuese en grillos de oro


LOPE DE VEGA

Cuando el ingeniero Santiago de la Barrera -un próspero, importante y adinerado empresario de la construcción- despertó con un terrible dolor de cabeza, no tenía la menor idea de dónde se encontraba. No podía ver nada. Intentó ponerse de pie, pero le fue imposible; azorado, con gran alarma, descubrió que estaba inmovilizado, atado de manos y pies, sujeto a una silla, amordazado y con una venda en los ojos. Sintió miedo, mucho miedo. Lo último que recordaba era que Anahí -así dijo llamarse aquella morena soberbia, de físico espectacular, ojos almendrados, nariz afilada, labios carnosos, busto generoso, talle breve y piernas largas, perfectas-, que conoció en el canta-bar cercano al edificio de su propiedad, por la avenida Insurgentes Sur donde tenía las oficinas de su empresa, y quien, después de una farra animadísima que se prolongó hasta las tres de la madrugada, hora en que cerraba el establecimiento, lo invitara, sugerente, sensual, hablándole con voz ronca y mordisqueándole al oído, a "tomar una última copa" en su departamento.
-No te arrepentirás, papacito... me haces un regalito y yo te llevo al paraíso... ya verás.
El ingeniero, quien se había tomado unas copas de más y la estaba pasando muy bien, no tuvo inconveniente en pasarla todavía mejor con aquella mujer tan guapa, tan cachonda, de manera que aceptó su propuesta y, después de pagar la cuenta, le dio un generoso anticipo que ella guardó en su seno. Más tarde, recordaba vagamente, salieron del lugar para abordar su lujoso Mercedes, que ella condujo, trasladarse a un edificio de la colonia Del Valle, cuya ubicación tampoco recordaba, y subir al departamento de la mujer, quien, abriéndose el escote con descaro y picardía, tomándole las manos para que le acariciara los espléndidos senos, sobándole, lasciva, los genitales, besándolo con ardor y pericia, le aflojó la corbata, le desabrochó la camisa, le quitó los zapatos y lo hizo acomodarse en un mullido sofá de piel para servirle un vodka tónic más, que el hombre bebió con avidez, excitado como se encontraba por la expectativa de una noche de lujuria con su hermosa y apetecible anfitriona.
No sería la primera vez que faltaba a su casa; lo hacía con frecuencia, y Hortensia, su abnegada y tolerante esposa, estaba acostumbrada a sus escapadas. Después, se hizo la más completa oscuridad. Anahí le había suministrado un fuerte somnífero.
No sabía cuánto tiempo había transcurrido y tampoco tenía la menor idea de dónde se encontraba. Lo que era evidente, concluía sumamente consternado, era que había sido secuestrado, pero... ¿por quién, o por quiénes? Esa mujer, Anahí, que lo había llevado con engaños a su departamento y lo había drogado, seguramente tenía socios, cómplices, profesionales del secuestro; tal vez eran policías, como solía ocurrir en estos casos, y él, incauto, ¡pendejo!, ¡muy pendejo!, había caído en la trampa, apenas lo podía creer... ¡Haberse dejado engatusar de esa manera!, se repetía anonadado, incrédulo, arrepentido y mucho muy preocupado.

¿Qué onda, ingeniero, cómo se siente el hombre?
De un día para otro, tontamente, había perdido su libertad, la que jamás había valorado como ahora. Pero si esto lo inquietaba, también tenía claro que podía perder la vida. Y ahora... ¿qué?, se preguntaba inquieto, incómodo, adolorido por las ataduras que le lastimaban tobillos y muñecas y la mordaza que le impedía respirar libremente, cuando, de pronto, escuchó voces apagadas y el ruido de una puerta al abrirse. Alguien, un hombre oloroso a lavanda, sudor y cigarrillo le arrancó la venda y le desprendió la mordaza de un tirón para enfocarlo a la cara con una gran linterna de mano. Deslumbrado, encandilado, el prisionero apenas alcanzó a vislumbrar dos personas más en la habitación, mujer una de ellas, seguramente se trata de la puta ésa, la tal Anahí, pensó irritado.
-Qué onda, ingeniero, ¿cómo se siente el hombre? -inquirió el alto y corpulento sujeto de la linterna quien, al igual que sus acompañantes, se cubría el rostro con un pasamontañas.
- ¿Ya está despierto? Vamos, tome un poco de agua -la mujer se aproximó y le dio de beber-, le va a caer bien para la pinche cruda... más tarde, si se porta como Dios manda, lo voy a desamarrar para que pueda comer algo, no queremos que se nos muera, al menos no todavía; eso depende de usted y solamente de usted, de nadie más, como se puede imaginar...
A punto del llanto, con voz quebrada, agitado, descolorido, el ingeniero Santiago de la Barrera alcanzó a preguntar.
- ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy? ¿Qué quieren de mí? Yo soy un hombre respetable, un hombre de trabajo, un hombre de familia y, que yo sepa, no tengo enemigos, ni problemas con la justicia... seguramente se trata de una confusión, un lamentable malentendido, yo soy una persona honesta...
- No esperará usted que le demos nuestros nombres, nuestra dirección, referencias de trabajo y le mostremos nuestros rostros para que los coteje con nuestras credenciales de elector, ¿verdad, señor ingeniero? -interrumpió burlón, el hombre-. Porque si así fuera, además de viejo incauto, rabo verde y pendejo, es usted un ingenuo... ¿Estamos? ¿Quiere saber quiénes somos? Hasta la pregunta es necia: somos sus secuestradores y punto. En cambio, nosotros sí sabemos quién es usted. Lo hemos investigado a fondo. Durante las últimas semanas nos hemos informado al detalle sobre todas y cada una de sus actividades, socios, amistades, su esposa, sus hijos, sus escuelas, su domicilio, los restaurantes y lugares que frecuenta, como el canta-bar donde estaba tan contento y galán anoche tomando y fajándole aquí a la señora -se dirigía a la mujer que le miraba sonriendo, displicente- que lo acompañaba, y lo más importante: sabemos de sus autos de lujo, sus residencias en el Pedregal, en Cuernavaca, Acapulco y en San Diego, California; también estamos enterados de sus abultadas cuentas bancarias, sus cuantiosas inversiones en la bolsa y en las Islas Caimán, así como de los contratos millonarios de su constructora; sabemos, pues, que usted vale mucho dinero; que el ingeniero Santiago de la Barrera es un hombre rico, muy rico...

Queremos su dinero, porque usted tiene demasiado y nosotros nada
-Como le decía -continuó el encapuchado-, contestando a su pregunta, somos sus secuestradores... nada más y nada menos y, evidentemente, lo que queremos de usted, no es otra cosa que su dinero, porque usted, viejo cabrón, tiene demasiado y nosotros nada o casi nada, lo que en nuestra opinión es sumamente inequitativo, ¿verdad? Se trata pues de un asunto de justicia social; todo lo que pretendemos, como dirían algunos politiquillos demagogos, de esos buenos para discursear y para robar, es una mejor y más justa distribución de la riqueza... ¿Qué le parece? El sujeto se expresaba con propiedad; su vocabulario correspondía a una persona instruida.
-Ahora, lo voy a desatar para que se tranquilice, coma algo, se relaje un poco y platiquemos con calma sobre las condiciones y el monto de su rescate. ¿Le parece bien?
El hombre procedió a liberarlo de las ligaduras, le colocó una esposa en la muñeca izquierda sujeta por una cadena soldada a la cabecera de una vetusta cama que se encontraba adosada a la pared de la modesta, reducida y húmeda habitación desprovista de ventanas donde se encontraba; seguramente el sótano de una vieja casa pensó el cautivo.
La mujer le ofreció un emparedado y una cerveza que el ingeniero devoró y bebió con avidez; la cerveza lo reanimó bastante.
-Antes que nada, quiero decirle que por ahora su vida no corre peligro siempre y cuando cumpla con todas y cada una de mis instrucciones y, sobre todo, no se le ocurra mentimos y no trate de pasarse de listo y menos aún de fugarse, porque, entonces... ¡No respondo, le rompo la madre sin pensarlo dos veces! ¿Le queda claro? Para su información esta casa se encuentra donde menos se imagina y tengo dos hombres de mi absoluta confianza en la habitación contigua con órdenes de vigilarlo, alimentarlo y atender sus necesidades más elementales. Éste no es un hotel de lujo, como usted comprenderá, pero nada le faltará, incluidas sus medicinas, pues sabemos que usted es hipertenso. Aquí lo tendremos hasta que su familia pague el rescate, no importa el tiempo que esperemos, siempre y cuando no sea demasiado -agregó el enmascarado-. Esta mañana nos hemos comunicado con su mujer para enterarla de la situación. Al principio la vieja pendeja creyó que se trataba de una broma, pero acabó por creernos cuando le describí su ropa y la cicatriz de su operación del apéndice; también le ofrecí que usted hablaría con ella y le advertí claramente que no se le ocurriera hablar a la policía si quiere verlo de nuevo, porque si lo hiciera nosotros nos vamos a enterar, puede estar seguro, tenemos contactos, y entonces, como comprenderá, ya no habrá negociación y usted... don Santiago, puede darse por muerto.

Haz lo que te digan estas personas y no llames a la policía...
Sudando, muy alarmado, De la Barrera asentía vigorosamente a las amenazas del encapuchado, quien continuaba enfocándolo con la linterna de mano.
-Sí, sí... ¡por supuesto! ¡Entiendo¡ ¡Entiendo! Le aseguro, le... le juro que cumpliré con sus órdenes al pie de la letra... ¡Lo que usted mande, lo que usted quiera, señor! Sólo dígame qué debo decirle a mi mujer. ¿Cuánto quieren ustedes? ¿Cuándo y dónde debemos pagar? ¿De qué tiempo disponemos para reunir el dinero?
-Con calma y nos amanecemos, ingeniero, no coma ansias -continuó el hombre del pasamontañas entregándole un teléfono celular de prepago que destruiría una vez concluida la llamada-; por lo pronto, aquí tiene, comuníquese con su pinche vieja y dígale que, en efecto, está usted secuestrado; que por ningún motivo llame a la policía y siga todas y cada una de nuestras instrucciones al pie de la letra. Dígale también que solamente trataremos con ella, con ninguna otra persona y que no recurra al consejo o a la ayuda de nadie, pero absolutamente de nadie, en especial de los abogados, esos cabrones todo lo enredan... ¡Ah!, Y sea breve, no hable más de lo indispensable y no diga nada distinto a lo que le he ordenado, ¿OK?
-¡Sí... sí... sí... señor! -tartamudeó De la Barrera tomando el celular para marcar a su casa-. ¿Hortensia?, sí, habla Santiago, sí... es verdad... me secuestraron... sí, pero estoy bien, ahora escucha: ¡cálmate mujer, trata de controlarte, nada ganamos con llorar! Haz lo que te digan estas personas y, sobre todo, no llames a la policía ni lo comentes con nadie, pero con nadie, ni con los muchachos, ¿entendido? -se refería a sus dos vástagos-. Y, por favor, hazme caso, está en juego mi vida, esto va en serio. Ellos se pondrán en contacto contigo. Espera su llamada. Voy a colgar porque se acabó el tiempo. Cuídate. Hasta pronto. Federico devolvió el celular a su captor, quien lo apagó para guardárselo; más tarde lo destruiría; era el primero de varios que tenía preparados, adquiridos en otro extremo de la ciudad e imposibles de rastrear pues sólo utilizaría uno cada vez que lo requiriera.
Transcurrieron varios días y los secuestradores no se comunicaban. La señora Hortensia De la Barrera informó a sus hijos que su padre había salido de viaje y no sabía cuándo regresaría, misma versión que dio a todas las personas, amigos y colegas que llamaron preguntando por él.
Con nadie comentó lo ocurrido a su marido y, siguiendo las instrucciones de los secuestradores, no llamó a las autoridades, si bien ganas no le faltaron. Cuando más desesperada se encontraba haciendo guardia junto al teléfono, finalmente recibió una llamada en la que se escuchaba una voz de hombre, distante, distorsionada por algún dispositivo electrónico.
-Ponga atención, vieja taruga, porque no voy a repetir lo que tengo que decirle. Sabemos que usted no ha llamado a la policía y ha hecho muy bien porque de otra manera no estaríamos en contacto con usted y su marido habría pasado a mejor vida, se lo aseguro. El ingeniero se encuentra perfectamente. Incluso le hemos proporcionado su medicina para la hipertensión, como le ofrecí; a nosotros nos sirve más vivo que muerto, de manera que por eso no se preocupe. ¿OK? Ahora escuche: tiene usted cuarenta y ocho horas para reunir dos millones de dólares americanos en billetes de veinte y cincuenta, y no me venga con el cabrón cuento de que no los tiene o no puede disponer de ellos, porque sabemos perfectamente que ustedes cuentan con esa cantidad y más, en las cajas de seguridad de sus bancos, a las cuales usted también tiene acceso; el culero de su marido, que está cagado de miedo, nos lo ha confirmado, así que no pierda tiempo en pendejadas, ni trate de tomarnos el pelo si lo quiere volver a ver con vida; cuarenta y ocho horas, ni un minuto más, ¿entendido? Entonces recibirá instrucciones para la entrega del rescate -y sin darle oportunidad a replicar, el hombre colgó.

¡Más le vale, vieja bruja, de lo contrario, ya sabe lo que puede ocurrirle a su marido!
Transcurrió de nuevo una semana sin noticias. Hortensia ya no pudo ocultar a sus hijos lo que ocurría, y los chamacos, asustados, opinaron que debían llamar a la policía, pero ella no estuvo de acuerdo: era mejor reunir el dinero del rescate, esperar la llamada y pedirles que lo pusieran de nuevo al celular para comprobar que seguía con vida; entonces decidirían qué hacer, de manera que uno de ellos, el mayor de sólo quince años, la acompañó a tres bancos distintos para retirar el dinero de las cajas de seguridad, en tanto que el otro se quedó en casa junto al teléfono por si entraba la tan esperada llamada de los secuestradores, lo que no ocurrió hasta la mañana siguiente.
-Escúcheme bien, ¡vieja babosa! -dijo la voz distorsionada y lejana-. Sabemos que ayer visitó tres sucursales bancarias acompañada por su hijo, lo que significa que ya tiene nuestro dinero, eso está muy bien; sin embargo, nos preocupa que sus hijos cometan una indiscreción. La semana pasada le advertí que no comentara con nadie sobre el secuestro de su marido, ni siquiera con ellos y usted... ¡vieja estúpida, hija de su putísima madre!, desobedeció mis órdenes poniendo en riesgo la vida del maricón de su marido. Si alguno de sus chamacos comete la pendejada de avisar a la policía, ya puede ir preparando el funeral del pinche ingeniero, y de paso le advierto que también le rompo la madre a usted y a los chamacos... ¡se lo garantizo!
-Pero es que no pude hacer otra cosa -respondió Hortensia atribulada-; estaban tan preocupados por la ausencia y falta de noticias de su padre que me vi obligada a informarles la verdad para evitar que acudieran a las autoridades. Le aseguro que mis hijos están de acuerdo en pagar el rescate y no lo van a comentar con nadie. Me lo han prometido, y le garantizo, le juro que son incapaces de desobedecerme. ¡Créame, por Dios! -la señora se tomó un respiro-, así que por favor dígame cuándo, dónde y a quién le entrego el dinero...
- ¡Pues más les vale, vieja bruja!, porque de lo contrario ya sabe lo que puede ocurrirle a su marido. Por esta sola ocasión voy a confiar en usted y en sus hijos, aunque sean unos chiquillos babosos, pero asegúrese de que le harán caso, si no... ya sabe. ¡También a ellos nos los cargamos! ¿Está claro? Ahora, escuche: ponga ese dinero en bolsas negras de las que se utilizan para la basura y mañana espere mi llamada para decirle qué hacer.
Al día siguiente, el sujeto llamó en la madrugada. Hortensia, quien a duras penas había podido conciliar el sueño, se despertó sobresaltada. Era la misma voz distorsionada...
-Tiene usted treinta minutos para levantarse, vestirse, subir el dinero a su carro sola; no quiero acompañantes, recuerde que la estamos vigilando. Tome el periférico, entra y se estaciona en la Plaza Perisur, a la derecha frente a Sears, cerca de la salida a Insurgentes; espere en su auto hasta que un Jetta negro sin placas, conducido por una mujer con lentes oscuros, que se va a estacionar atrás de usted, le haga un breve cambio de luces, entonces, sólo entonces, sin voltear a ver y sin descender de su vehículo, baja usted las bolsas, las deja sobre el piso y se retira de inmediato y sin apresurarse por la salida de Insurgentes hacia la derecha. ¿Le queda claro? ¡Y no se le vaya a ocurrir hacer una pendejada, pinche vieja, porque no respondo!
-Bueno, sí... sí, está bien, de acuerdo, haré lo que usted me ordena, pero... ¿Y mi marido? ¿Cuándo lo dejan en libertad? ¿Está enterado? ¿Qué va a pasar con él? ¿Cómo sé que se encuentra bien, que no le han hecho daño, que está con vida? Quiero... necesito hablar con él -inquirió desconfiada, insistente, Hortensia De la Barrera.

Si usted cumple y sigue mis instrucciones, mañana lo soltamos...
- ¡Con una chingada! ¿Pues qué no entiende? Soy yo quien pone las condiciones, no usted, no lo olvide... ¡Bájele, vieja taruga!, ¡modere su tono! -respondió el hombre, muy molesto, levantando la voz-. Ya le dije que el ingeniero está bien y si usted cumple con su parte y sigue mis instrucciones, mañana mismo lo soltamos, tiene mi palabra; sin embargo, por esta vez no me crea a mí, ahora se lo paso -concedió el hombre de la voz distorsionada-; pero por esta última ocasión y sólo por un momento, ¿de acuerdo?
La señora pudo hablar brevemente con Santiago, su marido, quien le confirmó el dicho de sus captores y le rogó, le suplicó con voz entrecortada, muy asustado, que cumpliera estrictamente con sus exigencias y que por ningún motivo diera parte a la policía.
Ella hizo lo que le ordenaron y permaneció en su auto estacionada en Perisur, frente a Sears por más de tres horas pero nadie acudió al lugar, de manera que regresó a su domicilio a esperar que le llamaran nuevamente. No podía hacer otra cosa.
Los plagiarios dejaron pasar otra semana. El hombre se comunicó. Le dio nuevas instrucciones, muy similares a las anteriores, esta vez la hicieron desplazarse hasta Plaza Galerías en Cuernavaca. Hortensia De la Barrera cumplió estricta, puntualmente lo que le ordenaron, pero, para su consternación nuevamente la dejaron plantada. La señora no sabía qué pensar, ni qué hacer. Al día siguiente, el sujeto de la voz distorsionada, llamó de nuevo. Ahora lo hizo tarde por la noche.
-Ponga atención a lo que le voy a decir porque no lo voy a repetir ¡Vieja estúpida! Cambie de inmediato el dinero a una maleta clara con un listón amarillo en el asa y sin identificación; si la maleta tiene ruedas, mejor, para que usted misma la pueda llevar; váyase al aeropuerto a la terminal uno; colóquese en la sala de espera de vuelos nacionales, párese ante la escalera automática que está frente a la sala, la que sube al estacionamiento, ponga la maleta en el piso a un costado recargada sobre la pared de la escalera y, sin voltear para nada, camine rumbo a los sanitarios, pase al baño de mujeres y espere cuando menos quince minutos encerrada en un retrete.
-Después, sin prisas, puede regresar a su casa, ¿entendió?... y no quiero retrasos, a esta hora no puede haberlos -aclaró el hombre-, actúe de manera normal, natural, sin vacilaciones, no hable con nadie y no haga pendejadas. ¡Recuerde que la estamos vigilando a usted y a sus hijos, y que podemos romperles la madre!... ¡ No lo olvide!
Hortensia hizo lo que le ordenaron. Cuando salió de los sanitarios, donde Anahí se encontraba vigilándola sin que ella se percatara, la maleta había desaparecido.

Harta de su marido, decidió liberarse de él
Después de varios días de inútil espera, Hortensia De la Barrera, quien estaba haciendo preparativos para trasladarse a San Diego con sus hijos menores, finalmente tuvo noticias de su marido: lo habían encontrado en el mirador de la carretera federal a Cuernavaca, recostado sobre el volante de su flamante Mercedes con un balazo en la nuca y un montón de periódicos arrugados en el asiento derecho del vehículo.
Puesta de acuerdo con el inspector comandante Severiano Martínez, quien fue el encargado de darle tan infausta noticia y con quien sostuvo una larga, productiva entrevista, Hortensia, ahora viuda de De la Barrera, vestida de negro, bañada en lágrimas, triste, muy afligida, se apersonó ante el ministerio público para presentar una denuncia de hechos en la que relató con lujo de detalles, paso a paso, todo lo acontecido a partir de la infortunada desaparición de su marido, incluida la entrega del rescate en el aeropuerto. Lo que la santa señora se guardó muy bien de informar fue que la maleta en cuestión no contenía dinero, sólo papel periódico, circunstancia de la cual el comandante Severiano estaba al tanto pues había recibido una generosa cantidad a cambio de su complicidad, de su silencio.
La verdad era que Hortensia, harta de su marido, de sus descaradas infidelidades, de sus borracheras, sus insultos, sus vulgaridades, groserías, golpes y malos tratos; de sus horribles ronquidos que no la dejaban dormir; su aliento avinagrado, sus hediondas flatulencias, su ácido, repulsivo olor a viejo, la insufrible arrogancia y el enorme desprecio de que hacía gala hacia su persona y todo lo que se relacionara con ella, después de muchos años de abnegación, tolerancia y paciencia, consideró que ya había tenido suficiente y decidió liberarse de él. Por eso lo mataron.