REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

Aguardando aún como Zapata: La Victoria


Marcela del Río Reyes

El 8 de agosto pasado se cumplieron ciento treinta y dos años del nacimiento de Emiliano Zapata y el 10 de abril, noventa y dos del asesinato de esa figura convertida en legendaria, de la tan llevada y traída Revolución Mexicana, que el 20 de noviembre próximo cumplirá ciento un años de haber estallado. Pero ¿cuál es la herencia que nos deja Zapata? ¿Qué significa hoy, en el siglo XXI, su figura?

La antorcha de la lucha por la tierra y por la libertad estaba encendida desde la época virreinal. Desde la Colonia, españoles y criollos se dedicaron a despojar a los indígenas de las tierras comunales a pesar de que las leyes españolas las habían reconocido como propiedad indígena. Al lograr México la Independencia de España, los líderes dieron prioridad al problema de la soberanía nacional y a la recuperación por el Estado, de las propiedades, rurales y urbanas, de manos muertas, debido a la urgente necesidad económica que tenía la nueva nación para sobrevivir como país independiente. De ahí que muchas de esas tierras que habían sido en su origen comunales, fueran también expropiadas, lo que consolidó el despojo que los indígenas habían sufrido durante la época colonial. Por tal motivo, los gobiernos sucesivos: reformista, centralista, federalista, hasta llegar a Porfirio Díaz, pospusieron la recuperación de la tierra y la devolución a sus dueños originales: los campesinos. Más aún, la política relativa al campo acabó por convertirse en la más abyecta explotación al campesino, por los hacendados que hicieron del indígena un burro de trabajo, sin derechos ni libertad. El peón de una hacienda no tenía siquiera el derecho de pasar la noche de bodas con su esposa, ya que el “derecho de pernada” se le otorgaba al dueño de la hacienda.

Cuando Zapata hace suyo el grito de “Tierra y Libertad” lanzado por Ricardo Flores Magón, por primera vez en un artículo titulado “Revolución” aparecido el 19 de noviembre de 1910 y, después, lanzado por el mismo Flores Magón como programa político en la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, el 24 de mayo de 1911 en Los Ángeles, cuando termina su arenga diciendo: “¡Viva tierra y libertad. Pero no os conforméis con gritar: tomad la tierra y dadla al pueblo para que la trabaje sin amos” Zapata, se convierte en el trampolín entre el pasado prehispánico del macehual del calpulli, y el futuro campesino mexicano, que aún hoy sigue peleando porque se le reconozcan sus derechos. El lema tomado por Zapata, significó toda una revolución social.

Para los teóricos, que se han empeñado en distinguir entre rebelión y revolución; entre asonada y motín; entre golpe de Estado y derrocamiento de dictadura, no todas las revoluciones responden a un mismo concepto que las define. Para Wilfrido Pareto “toda revolución es un duelo entre minorías o élites que se disputan el poder”; para Raúl Orgaz es “un proceso de muerte y resurrección del Estado”; para Fair Child y Mattiez las revoluciones se distinguen por su aptitud para “transformar las sociedades y desplazar la propiedad.” Por ello, es interesante reflexionar sobre qué era la Revolución para Emiliano Zapata. ¿Qué distingue su lucha de la que sostienen las otras facciones revolucionarias de su tiempo?

Tal vez, lo que la hace diferente, sea que él no se limitó a reclamar la propiedad rural como una lucha de reivindicación relativa a los abusos del porfirismo, tal como lo hace Madero en el Plan de San Luis, sino como un rescate de la soberanía del pueblo, con un programa agrario en el que Zapata propone, tal como lo formula en el Plan de Ayala, la expropiación de una gran parte de los latifundios, detallando que ésta se haría con una previa indemnización a los terratenientes, y que, posteriormente, ya recuperados los latifundios, estos se fragmentarían para que las tierras pudieran repartirse entre los peones y jornaleros. Este planteamiento representaba en ese momento histórico, una revolución social de índole agraria, muy distante de la revolución política de las otras facciones revolucionarias e incluso distante de otras revoluciones de entre los siglos XIX y XX, como las territoriales, surgidas en Europa con una tendencia hegemónica, y las clasistas, más enfocadas a la lucha obrera, como la “Revolución de Octubre”, de 1917, en la Rusia zarista. Zapata, en cambio, pelea por recuperar los principios de justicia social que se le han negado a los campesinos desde la época de la Colonia, hasta el porfirismo, porque preveía que de no lucharse se le seguiría negando la justicia social a los campesinos en los gobiernos posteriores, lo cual, él intuye desde que Madero lo decepciona, cuando, ya en su calidad de presidente, pospone el reparto agrario. Su asesinato dejó trunca su lucha, sin embargo, Zapata la deja como un legado a las generaciones futuras. El tiempo le ha dado la razón, al demostrar que la falta de justicia social ha conducido al país a una debacle que los gobiernos no saben cómo neutralizar.

Hoy día, la tierra sigue sin pertenecer a quien la trabaja, y la falta de apoyo al campesino y el abuso de los depredadores, ha producido la migración de pueblos enteros no sólo hacia los espacios urbanos del país, sino hacia Estados Unidos. El sistema ejidal que pretendió poner en práctica la Reforma Agraria, sólo fue un intento de parchar los agujeros legales de una revolución democrático-burguesa de carácter liberal que ha producido una sucesión de regímenes disfrazados de democracia, manejados por la burguesía opulenta que se adueñó del poder, y que en su avidez de lucro ha continuado con el despojo al campesino no sólo de sus tierras, sino de todos sus derechos, trocando en páramos los bosques y los campos, por falta de apoyo al campesino y a los pueblos indígenas que viven en la miseria. Esto es, una Revolución que no resultó como la pensaba Emiliano Zapata, porque la truncó la avidez del Poder.

Es preciso, pues, reflexionar sobre lo que significó y sigue significando la lucha de este héroe, ya que no está concluida, por ello siguen surgiendo líderes con movimientos que procuran retomar su antorcha contra el enemigo que sigue siendo el mismo: el depredador, invasor de tierras, minas y bosques, que sólo busca el lucro y su propio beneficio, sin importar si para ello debe recurrir al saqueo, al cohecho o al crimen y que siempre queda impune. Díganlo si no, los que asesinaron a Felipe Carrillo Puerto, en Yucatán (3-Ene-1924), a Rubén Jaramillo, en Morelos (23-mayo-1962), a Catarino Torres Pereda, en Oaxaca (22-Oct-2010).

La lucha de Emiliano Zapata significó pues, retomar una antorcha encendida cuatrocientos años antes, lo que le costó ser asesinado a mansalva, convirtiéndose en el verdadero héroe épico de la Revolución Mexicana. De acuerdo con la definición griega del héroe épico, éste debía poseer las características que su sociedad consideraba como valores, a los que en su conjunto denominaba con el término Areté y que eran: la Fortaleza, la Templanza, la Sabiduría y el Valor. Además, la gesta del héroe debía representar la lucha de un pueblo por un objetivo común que fuera de acuerdo con la nobleza de esos valores. Zapata contenía esos valores y su gesta épica fue la del pueblo indígena, campesino, al que se le han arrebatado no sólo sus tierras, sino su dignidad, su libertad y hasta su derecho a vivir.

Una vez realizada la Independencia y derrocada la dictadura de Porfirio Díaz, la soberanía que deseaba conquistar Zapata, era la del pueblo, como lo dijo en su Manifiesto a la Nación, de octubre de 1913: “La victoria se acerca, la lucha toca a su fin... aguardamos la hora decisiva, el momento preciso en que los pueblos se hunden o se salvan, según el uso que hacen de la soberanía conquistada, esa soberanía tanto tiempo arrebatada a nuestro pueblo...” por desgracia, seguimos aguardando aún, como Zapata, esa victoria.