REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

Somos conejillos de Indias en un laboratorio insensato


Hugo Enrique Sáez A.

"Los seres humanos se ven así transformados
en robots de carne y hueso.” Eric Sadin.

¿En qué se diferencian las técnicas antiguas de las actuales? Se dice que estas últimas descansan en las ciencias naturales exactas. Sin embargo, la afirmación es insuficiente y por eso conviene agregar con Heidegger que las técnicas actuales plantean a la naturaleza la exigencia de “suministrar energía que como tal pueda ser extraída y almacenada”. (“La pregunta por la técnica”). Así se trastocan los mecanismos de las fuerzas naturales -lo que incluye la modificación genética de los organismos- y se pasa a crear el ambiente artificial en el que también se produce nuestra existencia subjetiva, a la que se incorpora como un elemento vivo más de la naturaleza. Somos conejillos de Indias en un mundo convertido en laboratorio sin sentido. La técnica moderna altera el curso habitual de la naturaleza, a diferencia de las técnicas antiguas, que se apoyaban en las leyes espontáneas que rigen en el sistema Tierra. La técnica antigua deja que la naturaleza “florezca” desde sus propias fuerzas, en tanto que la moderna técnica provoca a la naturaleza por medios científicos calculables para apropiarse de todas sus energías.
En contraste con la labor campesina, la agricultura moderna se ha convertido en una industria mecanizada de la alimentación, y ello se traduce en un cultivar que emplaza a la naturaleza, aplica encima de ella procesos que la modifican, implanta mecanismos para transformar los recursos naturales, acumularlos y distribuirlos. Los productos de la técnica moderna se almacenan y quedan a la disposición de la demanda capitalista. El riego de las plantas ya no requiere de una persona que abra las cunetas adecuadas, dado que un programa de computadora se encarga de evaluar la información de humedad y temperatura para desencadenar la cantidad de agua apropiada en el cultivo del que se trate. Los recursos naturales se incorporan en dispositivos técnicos y quedan sujetos a su explotación exponencial.
Conviene remarcar dos aspectos de esta caracterización de la técnica. En primer lugar, considérese la radical transformación de la naturaleza que introducen las máquinas en los procesos naturales; en el caso de la nanotecnología se llega a manipular y a ejercer control en el nivel de los átomos y de las moléculas. En segundo lugar, es ineludible abarcar la disposición de las diferentes técnicas en una auténtica cadena compleja de relaciones que involucra a unas con otras. A escala planetaria se teje una red compleja de la economía basada en tecnologías digitales que emplean el espacio virtual para absorber la vida humana. Mediante la pantalla se ofrece todo tipo de mercancías que tienden a normalizar las conductas.
Con respecto a esa red, Heidegger ejemplifica con el guardabosques que corta la madera demandada por la industria de la celulosa, la cual provee papel a periódicos y revistas orientados a formar la opinión pública. Primero, sin importar la conciencia que se tenga o no de ello, aun el individuo que realiza el trabajo de campo con características ancestrales está conectado por diversos anillos de una compleja cadena a la industria más avanzada (fabricación de papel) y también a la conformación de efectos sociales (la opinión pública). Segundo, por encima de los seres humanos involucrados en las relaciones económicas se imponen estructuras invisibles que condicionan sus actividades cotidianas. Poco a poco, el ejercicio de la política se torna invisible y el sujeto pierde libertad y autonomía. Tercero, no se trata de una estructura estática sino de una dinámica que consta de dos movimientos: emplazar y demandar. Se emplazan recursos humanos y naturales que a su vez son demandados por otra actividad conectada con la anterior. Por último, el esquema que permitiría entender esta lógica se asemeja a lo que Deleuze y Guattari denominan “máquina” en El Anti Edipo:

En todas partes máquinas, y no metafóricamente: máquinas de máquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones. Una máquina-órgano empalma con una máquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta. El seno es una máquina que produce leche, y la boca, una máquina acoplada a aquélla.

Vale la pena apelar al texto citado porque, precisamente, en su concepción desaparece la distinción hombre-naturaleza-industria y prevalece el proceso de producción que conecta esos segmentos y que se desarrolla entre las máquinas y la naturaleza toda, incluidos los animales hablantes, sexuados y mortales. Se desecha la idea de que naturaleza y hombre se hallarían en una relación extrínseca y se destaca la identidad que los une en un solo proceso de producción donde no se identifica sujeto alguno, proceso cuyo motor es la productividad sin límites. De hecho, los operadores del sistema Tierra (ubicados en la política y en la economía) acumulan sus beneficios y tienden a creerse una especie diferente a los explotados con su trabajo. Un racismo silencioso y a veces propagandístico.
Quizá este enfoque signifique sumar una nueva herida al narcisismo humano, tal como las entendía Freud. La primera se atribuye a Copérnico, cuando demostró que la Tierra no era el centro del universo sino un pedrusco que gira en el vacío infinito. La segunda se debe a Darwin, con su teoría que expulsa al hombre del centro de la creación y lo ubica como una especie más de la extensa cadena animal. El psicoanálisis, en tercer término, argumentó que la conciencia está determinada por pulsiones inconscientes de las que no tenemos control ni conocimiento. Ahora sostenemos que la producción humana sólo se entiende si se la concibe como moléculas subordinadas a la anatomía y fisiología del planeta. Como apuntan Deleuze y Guattari: Ya no existe ni hombre ni naturaleza, únicamente el proceso que los produce a uno dentro del otro y acopla las máquinas.
En resumen, la técnica saca a la luz nuevos productos que han sido transformados y que se almacenan para su posterior distribución en actividades que a su vez los conmutan (la electricidad que alimenta esta computadora se traduce en un escrito). Al igual que el “proceso de valorización” en la teoría marxista subsume el proceso de trabajo y determina el objetivo a que apunta cada segmento de la producción, la técnica tiene una presencia que abarca al conjunto de las actividades humanas. En todas partes se provoca a nuestro existir para que nos dediquemos a la planificación y el cálculo de cada paso en un tiempo de momentos aislados. Aun cuando el hacer inmediato de un individuo no esté regido por el cálculo y la planificación, sus productos ingresan en ese territorio cuantificado. De los 900 cuadros que pintó Vincent Van Gogh, que sólo quería pintar, no obtuvo dinero ni siquiera para su manutención; no obstante, hoy varias de estas obras se comercializan en millones de dólares. Dicho de otra manera, aun el desocupado contribuye al objetivo de sumisión a la técnica, y ésta a la valorización capitalista.
No hay técnicas buenas ni malas y tampoco la técnica es algo demoníaco que nos tenga atrapados sin posibilidad de salida. En esta última interpretación catastrofista se parte de la opinión que toma a lo actual como lo único real, y al tiempo como una serie de ahora desconectados entre sí, cuya única función es servir de escalón orientado a la mayor productividad. Hay que entender en qué resultado desembocan las técnicas. En consecuencia, frente a la naturaleza caben dos actitudes, o sea, dos modalidades de la técnica: el provocar la naturaleza (técnica moderna) y el dejar que se muestre (técnica tradicional). Un puente respeta el torrente del agua; en cambio, una central hidroeléctrica convierte al torrente en un fondo disponible. Tecnología según Daniel Bell es “el uso del conocimiento científico para especificar modos de hacer cosas de una manera reproducible”. ¿Desde esta concepción se considera al ser humano también una “cosa reproducible”? Por lo menos, sí se lo somete a un cálculo como si fuera un objeto cuantificable. La digitalización cotidiana de la vida se inmiscuye en el terreno íntimo de los individuos.
La exigencia de extraer energías de la naturaleza convierte a ésta en un reservorio de “existencias” (en el sentido de stock). El individuo viviente mismo se convierte en un bien mercantil explotable, como lo reflejan expresiones del estilo “recursos humanos” de una empresa. ¿Es la humanidad (esa ficción abstracta) quien provoca a la naturaleza para que brinde estas energías transformadas? El sujeto social también es provocado a explotar sus energías por una estructura impersonal que lo rebasa. A esa estructura Heidegger la denomina Gestell, término que en el léxico cotidiano significa “estantería”, “armazón”, “dispositivo”, pero que es utilizado por el filósofo a raíz de que el verbo stellen (poner, emplazar) contiene la idea básica de la técnica impuesta sobre la naturaleza y la partícula Ge- (equivale a “con” en español) proporciona la idea de lo que al poner reúne en un conjunto, es decir, la mutua interacción de las técnicas, que no pueden concebirse de manera aislada. La palabra Gestell ha sido traducida como “estructura de emplazamiento” o bien como “com-posición”, y se la entiende como la interpelación “destinal” que provoca en la era actual para organizar la naturaleza/humano biológico.
Si bien la esencia de la técnica descansa en la estructura de emplazamiento como sino de nuestra época, ello no hace alusión al “destino” en un sentido vulgar, como algo predeterminado que no se puede esquivar. Por el contrario, el destino (Geschick) se refiere a que nacemos en un mundo ya hecho, heredado, al que hemos sido enviados, pero en eso mismo radica el desafío de transformarlo. El presente está cargado de lo que ha sido. Sin embargo, no se trata de una potencia infinita que actuara detrás de los fenómenos. Las cosas “se dan” para el hombre existente, dice Heidegger, y no hay que buscar el sujeto que produjo esta facticidad en la que anclamos. Incluso lo aclara con la idea impersonal de “llueve”. Quizá algunos pueblos adjudicaron la lluvia a un dios personal. Sólo resta decir: llueve. Lo Gestell representa la interpelación central que genera con nosotros el mundo en el que un día nos despertamos ignorando de dónde surgió el Da (ahí). La naturaleza es el almacén de energías, que en muchos casos son agotables. Ahí intervienen las ciencias, en particular la física que intenta descifrar el comportamiento de las fuerzas en medio de las cuales nos movemos. Y ya existen proyectos para huir de este planeta en vías de extinción, como lo mencionó Stephen Hawking.
El anunciar de la naturaleza debe entenderse en el sentido de proporcionar información, un punto clave para el desarrollo del aparato tecno-científico de nuestra época. El impacto de este fenómeno se resiente en el lenguaje humano, que cada vez se asimila más a un simple instrumento de generar, almacenar y comunicar información. La información se cuantifica y para ello se requiere que, a cada individuo, a cada actividad, a cada objeto, se le asigne un código para ingresar a una calificación, desde el deporte hasta la más vulgar de las mercancías, pasando por la educación. Los países son calificados por empresas de servicio especializadas en determinar el grado de inversión. Las escuelas se esmeran en obtener la norma ISO de la Organización Internacional para la Estandarización. Más allá de la maquinaria y los equipos técnicos específicos, lo que se emplaza en la naturaleza es un programa que posibilita explotar los entes naturales a partir de cierta información.
Esta estructura de emplazamiento determina un efecto sobre la conciencia de los individuos; en otras palabras, la verdad que manifiesta la técnica se traduce en un principio de inteligibilidad; se tiende a identificar lo real exclusivamente como producto de la técnica, y en esto radica el peligro que detecta Heidegger: someterse a “la apariencia de que todo cuanto sale al paso existe sólo en la medida en que es un artefacto del hombre.” De esta manera nos cerramos a la manifestación de contenidos diversos y en lugar de habitar un mundo abierto nos instalamos en la repetición absurda de una sola y única perspectiva. Un lenguaje hegemónico induce la coloratura de los lenguajes que se utilizan en la vida social, cultural y política. Así, la economía ha adoptado el modelo técnico para explicar los movimientos de dinero, de bienes y de servicios. A continuación, el léxico de los economistas pasa a ser moneda corriente en los intercambios cotidianos de la gente, y se comienza a hablar de “inversiones” bien hechas en educación o de la “inflación” que afecta a la popularidad de un político. En suma, el homo economicus privilegia su interés.
El predominio de una concepción del mundo centrada en la idea de que la naturaleza está a disposición del hombre para ser emplazada subordina, homogeneiza y empobrece el lenguaje cotidiano en el que se desenvuelven las diversas sociedades. Un niño de cuatro años encuentra un pájaro muerto en la plaza y le comenta a su padre: “A este pajarito se le acabó la pila, ¿verdad?” Las máquinas de pensar (computadoras y robots) se construyen privilegiando el lenguaje como proveedor de información, que a su vez impone y dispone de forma a los objetos y a los seres humanos. Por consiguiente, mediante ese lenguaje penetrado por la exigencia de información se forma un nuevo tipo humano, disciplinado por una política que persigue la reproducción del valor monetario reflejado en los estados del capital financiero. Como apunta Derrida: “La información asegura la seguridad del cálculo y el cálculo de la seguridad”. La automatización informática se ha convertido en un elemento clave del poder en el terreno político, económico y, por supuesto, también en el plano cultural.