REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 08 | 2019
   

Confabulario

Canícula y antinomia del amor


José Luis Velarde

I
Y la tarde y 39° centígrados y la humedad en el 90 por ciento y la voz que se ausenta incendiada en julio infinito.
Uno se ahoga y la canícula despelleja deseos en el paisaje.
¿Sabe la chica del pronóstico del clima que su mirada esconde un oasis?

II
Verte es regodearme en cada palabra que te nombra y al decirlo siento la infinita cursilería donde la melcocha supera cualquier argumento. Bien sé que las palabras excesivas producen efectos inexplicables en ti. A veces bastan para desatar personalidades tuyas que nunca imaginé cada vez que sentí conocerte en demasía. Digo lo anterior para hacerte saber que en esos extravíos fuiste capaz de amarme o de comprar un boleto al Polo Norte para emprender vacaciones sin tomar en cuenta mi presencia.
A veces te ibas, en otros días yo abordaba un tren suburbano y viajaba melancólico o hierático, sin saber si era necesario volver. Acabo de escribir “hierático” y aún recuerdo la sonrisa surgida en tu rostro la primera vez que utilicé la palabra. Dije entre carcajadas: “Te amo más risueño que hierático”.
No esperaba una transformación tan inmediata.
Lo dije más como una broma que como un cumplido. Había visto la frase en una pinta callejera que consideré absurda y digna de un mal poeta. No esperaba ni siquiera que entendieras lo que había querido decir, pero fue inaudito presenciar cómo tus cejas se arqueaban mientras tus ojos ofrecían profundidades donde podía hundirme sin alcanzar el fondo.
No sé aún si “hierático” es una palabra mágica los sábados, lo que sí sé es que cuando la pronuncié ante ti dejaste de ser quien eras. Con esa palabra iniciaron tus transformaciones. Fue como soltar abracadabra y descubrir un buen hechizo. Una mujer apasionada. Un festín perpetuo que no tardó en diluirse.
Horas después, aquel mismo día, dije “hierático” y ni siquiera me miraste.
Repetí el encantamiento con optimismo y me pediste que te dejara sola.
Quizá “hierático”, sólo funcionaba en la primera dosis.
Bebí algunas cervezas. No más de diez, quizá nueve. Un partido de futbol y la televisión fastidian a cualquier espectador tanto como la derrota del equipo favorito. Caminé hasta la ventana y vi una parvada de golondrinas atravesar un domingo de marzo con ráfagas grises.
Te llamé “golondrina” y antes de arruinar la palabra con alguna frase digna de cartel publicitario o anuncio vacacional volviste a sonreír.
Dije: “Vamos a volar como golondrinas en la tarde luminosa”.
Me sentí tan cursi como el poeta que había desencadenado los cambios inauditos y una tarde digna de la más febril primavera con un grafiti de mal gusto.
No esperaba, lo confieso, verte sonreír de nuevo y buscar mi abrazo como si yo fuera un roble. Un estandarte listo para esgrimirse una y otra vez sin saber del menoscabo de las medias tardes domingueras, las botellas vacías y el cielo emborronado de gris por revoloteos de golondrinas borrachas.
En pleno acoso repetí mi frase publicitaria de alturas libertarias y símbolos gastados para ver si lograba contenerte.
—Vamos a volar como golondrinas en la tarde luminosa —por fortuna y desgracia se me ocurrió añadir—. Es muy extraño descubrirte “fluctuante”.
Supe que “fluctuante” también era una palabra mágica cuando tus ojos, los mismos donde antes deseabas hundirme, se oscurecieron con odio antes de anegarse con el llanto de la mujer enfurecida que ocultabas en ti. Nunca antes había sabido de tu rabia. Exigiste mi partida y no tuve más remedio que esconderme en la habitación destinada a las visitas o los hijos que imaginamos para formar una familia.
No pude dormir de tanto pensar en las consecuencias de mis palabras. El silencio me ayudó a saber que cada palabra inusual podía ser un detonador de reacciones impredecibles. Antes de amanecer fui hasta nuestra cama. Aún dormías cuando comencé a decirte que tras analizar la nueva problemática iba a esforzarme para sincronizar mis palabras y mis acciones. Me mirabas con curiosidad cuando dije que no pretendía hacer una alocución que dilucidara tus arrebatos hormonales.
Aún no sé si fue “alocución”, “dilucidara” o “sincronizar”, la palabra que terminó de despertarte. Quizá fue “hormonales”. Sólo sé que no debo pronunciar ninguna de esas expresiones frente a ti. Me miraste con rabia distinta a la de la mujer enfurecida que había descubierto la tarde anterior. Era una rabia que nos distanció muchos días. De lo que sí estoy seguro es que verte es reinventarme en cada palabra que te nombra y al decirlo siento la infinita cursilería donde la melcocha supera cualquier argumento. Bien sé que las palabras excesivas producen efectos inexplicables en ti y que me enloquece saberte distinta cada día. Por ello aún entablo debates en mi cabeza para encontrar la antinomia precisa que sirva para externar el amor que te profeso.