REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

En homenaje a todos los escritores caídos
-asesinados- en este y por este régimen


Es una verdadera desgracia, pero vemos en el entorno, en la vida diaria, cómo el país “Mi país, pobre país” (E. Huerta dixit), está ahora dominado por la corrupción. Sí, muchos amigos periodistas –los que aún quedan con vida, que no han sido asesinados por el “sistema”-, en una reunión dominguera, en charlas de café, me decían que querían precisar lo que otros calificaban a México de tener un Estado Fallido, que no era así, que ese calificativo no iba de acuerdo a dicha realidad, que la verdad – y documentado está- es que este México es un Estado Corrupto (dañado, perverso, torcido). Para poder comprobar este dicho, en la mesa en donde lo debatíamos acaloradamente, Ignacio Trejo Fuentes (Maestro, escritor) nos decía que bastaba con ver los diarios en los que escribimos, en escuchar la radio, en ver la TV, para verificar tal efecto. Esta calificación fue “aprobada” por todos los que en la mesa estábamos. Y como deseábamos estar con vida, dado que en otra mesa había sido ocupada por tres hombres que se habían bajado de un auto negro, sin placas, y con la facha de guaruras o judiciales o narcos, y como está en todo el país el acoso de gobernantes y narcos en contra de los que nos dedicamos a tratar de decirle al público lector de los males que nos aquejan, y señalar los orígenes, y decir nombres de los culpables de ese deterior, etc., decidimos suspender el juicio que estaba en apogeo en nuestra plática.
Y para hacer una graciosa huída –más vale vivos que muertos- optamos por pedir la carta de ese restaurante y dado que la hora de la comida estaba vigente, empezamos a escudriñar los platillos listados y ordenar luego aquellos que nos parecían más apetitosos, o más sabrosos. Para empezar, yo pedí una cuba: ron Bacardí blanco, hielos y coca normal. Me cayó de perlas, pues el calor estaba dándonos duro, y además estaba presente el “calor” que nos provocaban los individuos empistolados que nos veían con cara de “fuchi”. Y, por cierto, para tratar de protegernos o de tener alguna evidencia de esos “malosos”, un amigo, con su celular, oculto bajo el diario en el que escribe, “filmaba” los movimientos de dichos guaruras. Al cabo de un rato, apagó el aparato y lo puso, también oculto, debajo de la mesa, en un pequeño hueco que le sirvió de escondite. Al mesero, que es amigo nuestro y de toda nuestra confianza, le dijimos lo que acontecía y que si algo pasaba –le señaló el lugar en donde estaba el celular-, él podría hacer uso de él ante algún policía honesto. Así la cosa, si nos mataban, había, al menos, una prueba. Aunque ya sabemos que las pruebas, ante Ministerios públicos y demás jueces, no existen en este tipo de delitos. Ésa es la cruel realidad. Así que ante esas circunstancias nos dieron más ganas de pedir alguna bebida y ordenar nuestro banquete. Yo me adelanté a todos y pedí para empezar: una crema de flor de calabaza, luego un arroz a la jardinera, coronado con un huevo estrellado, de plato fuerte unas albóndigas con un caldo al chipotle. Al centro estaban unas tortillas de maíz recién salidas del comal, y en un molcajete lucía el guacamole en donde se daban vuelo las picaduras finas de cebolla y jitomate y chile. Yo “robaba” unos frijoles charros que otro compa había pedido. Como la cuba había ya volado, para acompañar estos platillos pedí un mezcal de Oaxaca, un “Embajador” que iba acompañado con su sal, chile y chapulines, y unos gajos de naranja agria. A la hora del café yo pedí un café de olla, y de postre unos chongos zamoranos. Ya estando un poco más calmados –sí como dice mi abuela: “panza llena corazón contento”-, cuando la charla se había dirigido hacia el tema del futbol, tema que no nos ponía a nadie de acuerdo. Ya había risas y había otro ambiente, pues para fortuna nuestra, los “guaruras” o los mensajeros de la muerte, o lo que estos hayan sido, se levantaron y abordaron su auto negro. Respiramos profundamente. Mi amigo sacó su celular de la mesa y lo guardó, dándole un beso de agradecimiento. Otro periodista se persignó y dio gracias por estar vivo otro día.
Sí, qué duro es para los que, en la república, otrora mexicana, se dedican en cuerpo y alma al oficio periodístico, claro, me refiero a los periodistas que no reciben “mochada” que no están volcados al halago hacia los políticos y que no le besan la mano al presidente en turno, y que de su pluma salen las verdades de los atropellos gubernamentales, no, sino a esos a quienes les depara el secuestro, las balas, las torturas, las amenazas, la muerte, y que son su pan de cada día.
Vale. Abur.