REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Confabulario

Carta al abducidor


José Luis Velarde

Carta al abducidor
Debo decirte estimado abducidor que mi vida no es igual desde que fui devuelto a la Tierra. No es lo mismo subir a tu nave en la treintena que descender convertido en un respetable cincuentón. Una semana en el espacio significó veinte años terrestres. En ese tiempo mi mujer consiguió declararme muerto tras un juicio que no pude revocar. Dos de mis mejores amigos fallecieron en el período; mis hijos se olvidaron de mí; no tanto por falta de memoria sino porque nunca creyeron que estuve cautivo de una civilización extraterrestre.
Mi respetabilidad se encuentra en entredicho desde mi regreso. Todos los interlocutores creen que miento. Por dondequiera que estuve en mi pueblo me llamaron loco, aunque lo mismo me dijeron en todas las ciudades a donde fui para contar mi extraña desdicha como si fuera un tango o una canción ranchera. Sufro desde la tarde en que me depositaron con suavidad en la azotea de la misma iglesia donde recibí el bautizo. Aún ahora no sé si fue una coincidencia o una manera perversa de indicar el inicio de una renovada advocación religiosa, quizá extraterrestre. Para colmo de males me descubrí arruinado. Mi taller mecánico quebró en mi ausencia. Vendieron todas mis herramientas y equipos para saldar deudas que yo no contraje ni hubiera contraído. Quisiera recuperar mi patrimonio, pero no puedo conseguir un crédito bancario, pues no existo ante la ley.
De nada me sirvió ir a la capital de provincia para reportar mi caso. De las oficinas del registro civil, me condujeron a la policía para aclarar mi desaparición y sólo conseguí ratificarme en el limbo. Pensé que en el cuartel encontraría apoyo y el número de mi servicio militar como registro que validara mi existencia, pero me enviaron al departamento médico de la universidad estatal. Ahí fui objeto de una revisión rutinaria más que de un análisis verdadero. No les importó que superara las pruebas representadas por un detector de mentiras computarizado. Creo que nuestra nación no progresa porque no hay investigadores comprometidos con actividades diferentes a las consideradas normales. Tan poco me creyeron que a los pocos días fui conducido a un hospital siquiátrico donde me diagnosticaron esquizofrenia aguda. Ahí no disponían de espacio y terminé en la redacción de un diario sensacionalista.
Un reportero añadió sin empacho tantas fantasías que mi relato se transformó en una historia digna de Edgar Rice Burrougs, por la antigüedad y pobreza del lenguaje utilizado. El maldito periodista pertenece a una asociación de ciencia ficción provinciana que aún escribe sobre marcianitos verdes y venusinas de cuerpos voluptuosos. Malditos pueblerinos incapaces de imaginar un planeta en las proximidades de GJ 436, una estrella roja ubicada en la Constelación de Leo a treinta y tantos años luz de la Tierra. De seguro creen que la vida existe como la conocemos sin saber que es producto del azar que se manifiesta en incontables posibilidades. De otro modo no habría podido viajar esa distancia colosal ni sobrevivir entre individuos tan peculiares. Somos más parecidos a un tiburón o a la ameba más simple que a los navegantes que me llevaron tan lejos. GJ 436a, ese maldito planeta de hielo hirviente que ni siquiera tiene un nombre terrestre, apenas sonidos guturales tan irregulares como la órbita que tarde o temprano lo llevará a estrellarse con GJYAS o con GJ 436BT.
El caso es que de tanto hablar de culturas extra galácticas perdí toda credibilidad entre los míos. No me dieron oportunidad de explicar mi desaparición. Quizá por ello me dirijo a ti. Quizá tú podrás atender mis quejas. Con esa esperanza no pierdo más el tiempo en narrar órbitas o hechos que tu cultura juzgará intrascendentes. Bien sabes de las diferencias colosales entre los organismos surgidos en diversas condiciones químicas y gravitatorias, entre tantas otras salvedades que podrían coincidir para crear un ser vivo y lograr alguna manifestación de inteligencia, quizá por eso allá estudian a los terrestres con singular devoción y sin cansancio. Conste que al decir terrestre hablo de cualquier ser vivo de mi planeta. La palabra, al igual que para ustedes, engloba lo mismo protozoarios que elefantes. No les basta una muestra, desean tenerlas todas.
Al enterarme por propia voz de un soldado romano del Siglo II a.C. que nos estudian desde hace milenios, sólo pude preguntarme qué diablos buscan y por qué no se sienten satisfechos de tanto analizarnos, me atormenté con esa idiotez en vez de investigar cómo manejan el tiempo para mantener con vida a terrícolas de procedencias impensables. Bien sé que no puedo pedir tanto. Sin embargo, no dejo de preguntarme por qué unos somos devueltos a nuestro entorno original, mientras que otros permanecen una eternidad con ustedes. Vivos o muertos, no importa. Bien sé que yo sólo era un espécimen de inteligencia mediana y cuerpo más o menos sano. A pesar de ello no puedo dejar de considerarme superior a un renacuajo o a una comunidad microbiana entre tantas otras posibilidades vislumbradas en el mundo abducidor. En tales contradicciones apelo a tu sabiduría con el debido respeto por no poder encontrar explicación para la terquedad con que nos secuestran. ¿Somos excepcionales o ustedes son analistas compulsivos? No entiendo cómo una civilización tan avanzada puede interesarse tanto en los habitantes de la Tierra, pero lo acepto y apegado a lo que considero mi derecho inalienable presento esta amable queja aún sin saber cómo diablos se las haré llegar.
Desconozco la energía que mueve sus naves y no tengo a la mano un mapa que pueda mostrarme la más próxima de sus correrías. No parecen condiciones buenas para mandar una carta, pero de alguna manera intuyo que si he vuelto a mi planeta es porque desean ver el proceder de un terrícola desahuciado una vez devuelto al entorno de donde fue sustraído. Tras mucho meditar supongo que miran mi civilización a través de mis ojos o mediante los pensamientos que me atormentan. Tanto suponer sólo aumenta la paranoia incluida en los análisis rudimentarios a los que fui sometido en mi propio planeta. No detectaron nada extraño en mi cuerpo, pero me resulta inevitable creer que soy una especie de espía entre los míos mediante transmisores indetectables. Más les hubiera valido adaptarme para sus propósitos mientras yo era feliz y sin que me enterara. Ahora exudo amargura en cada una de mis acciones al distanciarme del mundo que yo amaba. Heme aquí, más pobre que nunca, encerrado en un manicomio donde de tanto observar buena conducta me permiten acceder a una computadora y leer algún libro de vez en cuando.
No sé si alguien intentó comunicarse con ustedes en otro tiempo. No sé si alguien más fue autorizado para mantenerse como corresponsal en la Tierra, pero yo tengo fe en su buena voluntad. De pronto veo relámpagos que cruzan mi vista para presagiar facultades que nunca hubiera podido desarrollar sin ustedes. Me siento más fuerte. Cierro los ojos y me descubro conocedor de materias que nunca estudié. Cada vez que me aplicaron un examen de inteligencia se evidenciaron progresos inexplicables. Quizá debo desarrollar mis nuevas virtudes como parte de los retos impuestos por ustedes. No lo sé ni podría afirmarlo. Mientras tanto sólo conozco la incertidumbre y no encuentro respuestas…
Matías Federico Candanosa Saldívar repasa lo escrito y se convence de que los extraterrestres saben todo lo que hace. Intranquilo, reanuda la redacción del documento como si supiera la manera de enviarlo a través del espacio infinito.
Mi mente les pertenece por más que parezca moverse por mi cuenta. A pesar de ello debo solicitar que reconsideren sus acciones. Deben saber que estudiarnos de la manera en que han venido haciéndolo arruina nuestro futuro. Si uno volviera a la Tierra acompañado por unos cuantos lingotes de oro no resultaría tan difícil reincorporarse a una existencia privilegiada, pero nos arrojan en cualquier parte desnudos y sin defensa alguna desfasados en el tiempo convertidos en ancianos. Además muchos de los abducidos enloquecen de tantos horrores vistos. Vi morir a muchos. Quizá algunos supervivientes ni siquiera piensan en la fortuna que representa haber escapado de la vivisección o cualquier otro experimento terrible. Bien sé que debería estar feliz por mantenerme vivo, pero no se ofendan si les pregunto por qué no me regresaron más joven, o por qué no me proporcionaron una vida mejor. Por todo lo antes expuesto solicito de ustedes una indemnización justa o que me devuelvan al momento exacto en que fui abducido.
Matías Federico Candanosa Saldívar oye ruidos en el exterior. Se sobrepone al miedo y al mirar por la ventana blindada descubre una esfera verde en el patio. De ella desciende un ser parecido a un reptil de varias cabezas.
El hombre no se mueve y el ser de múltiples ojos saltones toma la iniciativa de cruzar la pared sin causarle daño alguno.
—Comprendo su espanto, pero manténgase en paz, pues pertenezco a la Asociación Primigenia del Derecho Galáctico. Un organismo que respeta a todos los seres del universo por más que encuentre su aspecto repugnante. No tema.
El terrícola respira aliviado.
—Soy Jiwzaigg de Andrómeda, experto en litigios universales relacionados con abusos provocados por abducidores de cualquier galaxia. Mi patrullaje cotidiano pudo detectar las injusticias a las que ha sido sometido tanto en la Tierra como en la Constelación de Leo. Basándome en mi amplia experiencia puedo asegurarle que tenemos un caso triunfador.
—¿Ganaremos la demanda? ¿Será suficiente lo que sufrí? —interroga Matías Federico.
—Claro y por si las dudas añadiré argumentos contundentes para garantizar nuestro triunfo.
—¿Se permite?
—Claro. Nuestra demanda será sustentada en los padecimientos expuestos con tanta habilidad en el documento del que ya guardo copia. La respaldará también mi amor por la justicia. Esto implica exponer las torturas a las que era sometido casi a diario. ¿Acaso olvidó los veinte días terrestres que estuvo sin probar alimento y las ocasiones en que desfilaron frente a usted los cuerpos de treinta lujuriosas alfacentaurinas sin permitirle tocarlas?
—Eso no es cierto. Nunca padecí hambre ni fui expuesto a esas bellezas. Hubiera sido bueno obtener un beneficio como ése.
—¿Y a quién le importa? Recuerde que le hablo de una amplísima experiencia personal. Recuerde los días que estuvo sin dormir y los golpes… y las vejaciones culturales…
—¿Y no descubrirán que mentimos?
Permítame entregarle una tarjeta y un breve currículum vitae. Revise mis datos, reflexione un poco y no dude al contratar mis servicios. Le aseguro rejuvenecimiento, solidez financiera y casi podría apostar que conseguirá una vida eterna si todo sale de acuerdo a mis cálculos y proyecciones legales.
El hombre responde sin titubeos:
—Sería estúpido no creerle. Estoy de acuerdo y acepto depositar mi futuro en sus conocimientos que desde ahora considero astronómicos. No está de más preguntarle si me reserva un buen descuento.
El extraterrestre movió siete cabezas al unísono mientras sonreía con dientes multiplicados en siete dentaduras.
—Mi asesoría no le representará más que un dos por ciento del total recaudado. Reitero que solicitaremos una indemnización tan grande que no debe preocuparse por unos cuantos millones. Sólo firme aquí para aceptar nuestra custodia y respaldo legal.
Matías Federico trazó con mano firme las líneas que lo representaban en el documento dispuesto frente a él en un instante. Caminó sin miedo detrás de Jiwzaigg de Andrómeda por el hueco abierto en la pared acolchonada y los dos metros de concreto que contribuían al silencio de la institución. Sonrió mientras desaparecía de la faz de la Tierra al ser abducido por segunda vez en su vida. Esta vez no tuvo miedo al descubrirse dentro de una nave de amplios interiores blancos y muebles construidos con estricto apego a la escala humana.
Al asomarse al exterior le pareció advertir un gran revuelo mientras agitaba la mano para despedirse.
El aterrizaje y despegue de la nave espacial no había pasado inadvertido. Diversos videos y fotografías la plasmaron en imágenes que casi al instante los expertos consideraron montajes trucados y engañosos.
El director general del manicomio tuvo que convocar a una rueda de prensa; sólo así podría atender a los periodistas reunidos por el avistamiento de una misteriosa esfera verde en las inmediaciones del sitio.
Un joven reportero lanzó la primera pregunta.
—¿Qué sabe usted del hombre que juraba haber ido al espacio exterior? Me han dicho que desapareció y según la información difundida por ustedes mismos eso es imposible en un edificio de alta seguridad como éste.
—No sé nada. No tenemos cámaras de video en el exterior ni en la biblioteca. Estamos perplejos —balbucea el director—, fue como si se lo hubiera tragado la tierra o hubiera sido abducido por extraterrestres.
El hombre ni siquiera sabe que ha dicho la verdad sin creer en sus propias palabras, pero nota los rostros de fastidio de los presentes y recompone lo dicho; al fin y al cabo político de carrera tan larga como la experiencia adquirida en el transcurrir de los cargos públicos.
—Perdón, ¿pero quién podría creer esos cuentos chinos? Permítanme notificarles que ayer mismo recibimos instrucciones de conducirlo custodiado a la capital del país.
—¿Y qué nos dice de la nave espacial? —insiste el reportero.
—Sé de buenas fuentes que pronto tendremos un nuevo vehículo volador para trasladar a nuestros internos.
La emoción regresa a los congregados que pronto se olvidan de los extraterrestres conforme las preguntas abordan la situación financiera del país, la inventiva nacional, el ingenio de los paisanos y el inminente progreso que por fin conducirá al maltrecho país hasta el primer mundo.
El director del manicomio Sonríe. Escoge las palabras. Le gusta llevarse bien con los comunicadores. Reitera su identidad, el nombre que bien podría llevarlo a una candidatura de índole federal.
-Recuerden que estas declaraciones exclusivas las he vertido como un ciudadano mortificado por mi país. Soy Rodrigo Zapata Díaz, les ruego pasen a tomar un refrigerio en el salón adjunto.
Rodrigo posa para las cámaras mientras miente sin contrapuntearse al comprobar que la verdad a nadie le importa.
Bien lo sabe Matías Federico Candanosa Saldívar, el hombre abducido que ya memoriza la truculenta declaración que presentará cualquier día terrícola ante el Supremo Tribunal Intergaláctico, por hoy instalado en un brazo de Perseo.