REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

El león de Venecia
Las primeras líneas del cuento “El buen león” de Ernest Hemingway (Lumen 1989).
“Érase una vez un león que vivía en África con todos los otros leones. Los otros leones eran malos y todos los días comían cebras, ñus o cualquier tipo de antílope, y les gustaban especialmente los comerciantes hindúes... Pero este león al que todos queremos mucho porque era bueno, tenía alas en la espalda, y a causa de ello los demás leones se reían de él.
–Mira ése con alas en la espalda –decían, y luego rugían con risotadas.
–Mira lo que come –decían, porque el buen león sólo tomaba pasta italiana y pizza, ya que era muy bueno.
Los leones malos rugían con risotadas y se comían otro comerciante hindú, mientras sus mujeres le chupaban la sangre haciendo lap, lap, lap con sus lenguas como gatas grandes... Pero el buen león se sentaba y recogía sus alas, y preguntaba educadamente si podía tomar un café o un cortado...
–¿Quién eres tú para creerte mejor que nosotros? ¿De dónde vienes comedor de espaguetis? Y, en cualquier caso, ¿qué haces aquí?...
–Mi padre vive en una ciudad bajo la torre de un reloj, y a sus pies ve miles de palomas, todas las cuales son sus súbditos. Al volar hacen el mismo ruido que un torrente. En la ciudad de mi padre hay más palacios que en toda África, y cuatro grandes caballos de bronce que miran a mi padre, todos con una pata levantada por el miedo que le tienen. En la ciudad de mi padre lo hombres pueden ir andando o en barcos y ningún caballo de verdad se atreve a entrar en la ciudad por miedo a mi padre...
–Eres un mentiroso –dijo uno de los perversos leones–, no existe ninguna ciudad así…
Entonces los leones se abalanzaron sobre él. Pero él se elevó por sobre ellos y mientras todos le gruñían pensó: ‘Qué salvajes son estos leones’... El buen león voló en círculos cada vez más altos y puso rumbo a Venecia. Aterrizó en la Plaza y todo el mundo estaba encantado de volver a verlo. Voló otra vez y besó a su padre en las dos mejillas y vio que los caballos todavía tenían sus patas levantadas y que la Basílica lucía más bella que una pompa de jabón...”

Cien años de Juan Rulfo

En el mes de Juan Rulfo, las primeras líneas de sus diecisiete cuentos:
Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros… (“Nos han dado la tierra”).
Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse… (“La Cuesta de las Comadres”).
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar… (“Es que somos muy pobres”).
Los pies del hombre se hundieron en la arena, dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal... (“El hombre”).
San Gabriel sale de la niebla húmedo de rocío. Las nubes de la noche durmieron sobre el pueblo buscando el calor de la gente… (“En la madrugada”).
Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y empezó a sentirse con ganas de consuelo… (“Talpa”).
Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció… (“Macario”).
“¡Viva Petronilo Flores!” El grito se vino rebotando por los paredones de las barrancas y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo… (“El Llano en llamas”).
--¡Diles que no me maten, Justino!, Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad… (“¡Diles que no me maten!”)
--De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal... (“Luvina”).
--¿Por qué van tan despacio? –les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante--. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?... (“La noche que lo dejaron solo”).
--Me voy lejos, padre, por eso vengo a darle el aviso.
--Y pa ónde te vas, si se puede saber?
--Me voy pal Norte. (“Paso del Norte”).
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo, de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito”, cuando la época de la influencia (“Acuérdate”).
--Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte… (“No oyes ladrar los perros”).
--Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón? (“El día del derrumbe”).
En Corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; si acaso porque los dos se llamaban Euremios. Uno Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también, aunque no costaba ningún trabajo distinguirlos, ya que uno le sacaba al otro una ventaja de veinticinco años bien colmados (“La herencia de Matilde Arcángel”).
¡Viejas hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol… (“Anacleto Morones”).

Soy este viejo

En 1962 se publicó por primera vez, con el sello del Fondo de Cultura Económica, La muerte de Artemio Cruz, novela donde Carlos Fuentes narra las doce horas de agonía de un viejo líder de la Revolución mexicana, y a la vez hace una síntesis de los mecanismos del poder en este país. A cinco años de la muerte de Carlos Fuentes, las primeras líneas de la novela:
“Yo despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?... Pero los párpados me pesan: dos plomos, cobres en la lengua, martillos en el oído, una… una como plata oxidada en la respiración. Metálico, todo esto. Mineral, otra vez. Orino sin saberlo. Quizás –he estado inconsciente, recuerdo con un sobresalto– durante esas horas comí sin saberlo. Porque apenas clareaba cuando alargué la mano y arrojé –también sin quererlo– el teléfono al piso y quedé boca abajo sobre el lecho, con mis brazos colgando: un hormigueo por las venas de la muñeca. Ahora despierto, pero no quiero abrir los ojos. Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras y círculos azules. Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio. Soy este ojo. Soy este ojo. Soy ese ojo surcado por las raíces de una cólera acumulada, vieja, olvidada, siempre actual. Soy este ojo abultado y verde entre los párpados aceitosos. Soy esta nariz. Esta nariz. Esta nariz. Quebrada. De anchas ventanas. Soy estos pómulos. Donde nace la barba cana. Nace. Mueca. Mueca. Mueca. Soy esta mueca que nada tiene que ver con la vejez o el dolor. Mueca. Con los colmillos ennegrecidos por el tabaco. Tabaco. Tabaco. El vahovahovaho de mi respiración opaca los cristales y una mano retira la bolsa de la mesa de noche.”
–Mire doctor: se está haciendo…
–Señor Cruz…
–¡Hasta en la hora de la muerte debía engañarnos!
No quiero hablar. Tengo la boca llena de centavos viejos, de ese sabor. Pero abro los ojos un poco y entre las pestañas distingo a las dos mujeres, al médico que huele a cosas asépticas: de sus manos sudorosas, que ahora palpan debajo de la camisa mi pecho, asciende un pasmo de alcohol ventilado. Trato de retirar esa mano.
–Vamos, señor Cruz, Vamos…

Quince y treinta y cinco

Antigua luz es una de las más recientes novelas del irlandés John Banville (Premio Príncipe de Asturias), famoso por su extraordinaria prosa y su doble personalidad literaria: como Banville es autor de unos 20 libros (novelas, cuentos, teatro), y ha publicado unas diez novelas policiacas firmadas por Benjamín Black. Aquí las primeras líneas de Antigua luz (Alfaguara):
“Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de mono, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.
”¿Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madam Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general –y ¿qué es la vida sino un naufragio gradual?– a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos; quizá representativos, quizá de manera convincente, pero sin embargo azarosos.”

Aprender de los clásicos

Escribió Eduardo Mendoza en El País: “Habíamos decidido representar Esperando a Godot (Samuel Beckett), pero sólo disponíamos de un ejemplar y necesitábamos cinco... Me ofrecí a pasar en limpio el texto que teníamos, con tres copias en papel carbón. No sé cuantas horas me llevó ese trabajo en una máquina de escribir manual de antes de la guerra. No hay aprendizaje sin esfuerzo físico. Al acabar, había aprendido todo lo que sé sobre escritura teatral. Copiar a los clásicos es un ejercicio que deberían practicar todos los que quieren escribir. No basta leer. Hay que poner atención en cada palabra.”

Novedades en la mesa

Alessandro Baricco adaptó La Ilíada de Homero para lecturas públicas en Roma y Turín en otoño de 2004. A las dos lecturas acudieron, pagando, más de diez mil personas. De esta versión, publicada en español por Anagrama, transcribo el pasaje donde Paris huye de Menelao.
“Todo empezó en un día de violencia. Hacía nueve años que los aqueos asediaban Troya... La tierra retumbaba terriblemente bajo los pies de los hombres y los cascos de los caballos… Al final estuvimos los unos frente a los otros... de repente, en las filas de los troyanos salió Paris, semejante a un dios, con una piel de pantera sobre los hombros. Iba armado con un arco y una espada. Sujetaba en una mano dos lanzas con punta de bronce, y las blandía hacia nosotros desafiando a un duelo a los príncipes aqueos. Cuando Menelao lo vio… pensó que había llegado el momento de vengarse del hombre que le había robado a su esposa. Y saltó a tierra empuñando las armas. Paris lo vio y el corazón le tembló. Se replegó entre los suyos para huir de la muerte. Como un hombre que ha visto una serpiente y da un salto hacia atrás, y tiembla, y huye, pálidas sus mejillas, así lo vimos huir...” … Ya está en mesas de novedades El asesinato de Sócrates de Marcos Chicot, finalista del Premio Planeta 2016, y que es una novela de intriga que recrea la vida y época del más grande filósofo de la historia... Para los nostálgicos, la editorial Galaxia Gutemberg acaba de reeditar la novela Rebeca, de la inglesa Daphne Maurier… Kafka, Chandler, Dostoievski y Hemingway desfilan por el libro más esperado del japonés Haruki Murakami (Tusquets), De qué hablo cuando hablo de escribir, un texto en el que el autor superventas desmenuza su oficio.