REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Confabulario

Las transformaciones de Franz Kafka


José Luis Velarde

Samsa, el famoso Gregorio, el transformista inmortalizado en Praga, murió en 1910 poco después de cumplir noventa años, sin saber que Franz Kafka lo había convertido en un bicho incierto e inútil; un adefesio que acarreaba desgracias a una familia empeñada en expulsarlo del hogar por ser incapaz de contribuir a la manutención colectiva como dios manda. Gregorio Samsa fue un tipo tan común que al morir ni siquiera fue relacionado con el protagonista de La Metamorfosis, el famoso libro aparecido en 1915.
Samsa soñó en 1829 ser un escritor de Praga. Un hombre flaco, pobre y enfermizo. Un habitante de los laberintos que construía al toparse con cualquier dificultad. El niño se descubría cada noche inmerso en la existencia de Franz Kafka, un solitario que de tanto padecer el desprecio paterno escribía historias de mundos y seres tan absurdos como él; un burócrata de medio pelo y amores menos intensos de lo indicado por sus anhelos románticos; apenas una sombra de empleo mediocre que poco pudo hacer para demostrar a los demás que era un buen escritor. El sueño de Gregorio Samsa se repitió todas las noches durante un año. En ese tiempo vivió condensada una vida miserable. Las pesadillas se interrumpieron al celebrar su décimo aniversario. Las experiencias nocturnas lo habían transformado. El semblante jovial lucía arrugas prematuras y de su boca brotaban palabras de inusual resentimiento. Las secuelas desaparecieron pronto en el ir y venir de los juegos infantiles, la juventud y las sorpresas deparadas por la vida en la ciudad dorada, entonces perteneciente al Imperio Austro Húngaro, repleto de culturas dispares siempre en el límite de revoluciones y cambios territoriales. Ahí Samsa sobrevivió dedicado al tráfico de armas, pronto supo que no sería millonario, pues le sobraban los escrúpulos que suelen faltar a los comerciantes triunfadores, pero le bastaba sentirse honorable y encabezar una familia donde se sabía feliz. En 1879 se hizo cliente de una tienda de ropa perteneciente a Hermann Kafka, con quien intercambió conversaciones durante un par de años antes de saber el apellido del dueño. Al descubrirlo, recordó la pesadilla infantil, apenado se fue en silencio y sin realizar compra alguna, pero a los pocos días, incapaz de contenerse, preguntó al propietario si conocía a Franz Kafka.
Hermann replicó sorprendido:
—Nunca supe de alguien llamado así. ¿De dónde lo recuerda?
—Ríase de mí, pero lo descubrí en un sueño, una pesadilla repetida durante casi un año. Yo soñaba ser Franz Kafka. Un hombre triste como ninguno. Un ser harto de una familia burguesa que deseaba moldearlo de una manera que él rechazaba.
—¿Un desagradecido? —cuestionó Kafka.
—No creo que sea la mejor palabra. Mi personaje era distinto a los demás. Solía repetir que nuestra sociedad es una cárcel de condenados a seguir designios absurdos. Maldecía los trámites burocráticos. Encontraba imposible tramitar un pasaporte, un salvoconducto, un título de propiedad o registrar un negocio ante el gobierno. Su disgusto era mayor al referir la pérdida de tiempo ocasionada por requisitos imposibles de cumplir —recalcó Samsa.
—¿Un antisocial? ¿Un anárquico? Qué poco hombre debió ser el de su sueño. Cuando yo tenga hijos con mi amada Julie; Julie Löwy. Espero que algún día pueda presentársela… perdón por el desvarío. Cuando yo tenga hijos espero que puedan asumir una existencia disciplinada. Espero que mis hijos sean fieles a su religión y al país o imperio donde radiquen. Los espero formales, dignos y valientes. ¿Cómo era el Franz de su historia?
—Distinto al suyo. Era un solitario con rasgos antisociales a pesar de tener un respetable nivel de vida y la posibilidad de ser un hombre de provecho. Creía que nuestra sociedad se empeñaba en lastimarnos y que los gobiernos sólo desean nuestra ignorancia.
—Algo hay de cierto, algo hay. No es simple ir por este mundo, pero debemos hacerlo de la manera correcta. Es intrigante el tipo que describe. No me gustaría tener un hijo tan conflictivo. ¿Y qué me dice de su aspecto?
—El Franz Kafka de mis sueños era un hombre seco, pálido, infeliz. Aspiraba a obtener reconocimiento como escritor, pero iba a morir sin reconocimiento público. Solía creerse perdido en los trámites diseñados por la autoridad, cualquier autoridad, para extraviarnos en expedientes, registros y requisitos hasta reiterar nuestra particular insignificancia. Era un mundo de situaciones absurdas definidas con lógica sombría. Lo peor de todo es que ese infierno es creíble. Ya ve cómo nos trata la burocracia gubernamental —recalcó Samsa.
—Yo no veo así la estructura del gobierno. Es orden. Simple orden. Lo que me dice sólo representa una desgracia y refleja a un desgraciado. Dios me libre de tener un hijo tan insignificante —exclamó el vendedor de ropa.
—Disculpe haberle contado mis sueños, pero me sorprendió su apellido. Nunca conocí a nadie que lo llevara. Perdón por haberle robado tanto tiempo con mi charla. Me llevo un par de camisas blancas. Por favor dígame cuánto le debo. Ya es tarde.
Hermann Kafka agradeció la confianza expresada en la breve conversación. El comprador prometió volver e iniciar una amistad. Lo dijo a sabiendas de que procuraría distanciarse en el futuro de la calle Hoffman donde se encontraba el establecimiento. Hablar del sueño le había provocado un molesto dolor en las sienes. Se dijo que sería mejor olvidar para siempre a los Kafka y de inmediato sintió que la boca dejaba de saberle a sombras.
En 1883 nació el primer hijo de Hermann Kafka, quien no había podido olvidar lo contado por Gregorio Samsa. Al vendedor de ropa le aterraba tener un descendiente parecido al personaje descrito con tan extraños rasgos. Esperaba un hijo feliz, fuerte, apegado a las buenas costumbres y digno propagador de su sangre. Llevado por un impulso decidió llamarlo Franz, sólo para demostrarse a sí mismo que era capaz de engendrar hijos normales. Cuando Julie reclamó que no se llamara Jakob como el abuelo. Hermann respondió que era un homenaje al emperador de turno. Julie no quiso discutir y el primogénito fue inscrito en los registros sociales con un nombre que no le correspondía.
A los pocos años Hermann descubrió con espanto los rasgos físicos anticipados por Gregorio Samsa. Con devoción quiso prevenir los defectos de su hijo. Una y otra vez le dijo al niño flaco y de color plomizo el futuro terrible que le aguardaba de no seguir los consejos paternales. Un día Franz se atrevió a preguntarle por qué afirmaba tantas desgracias con seguridad de profeta. El padre mencionó por primera vez a Gregorio Samsa. A partir de entonces Franz pudo atestiguar que los vaticinios correspondían con su forma de percibir el mundo. Pasaba las noches insomne. Siempre agobiado por las exigencias familiares que lo llevaron a la escuela de leyes y a un trabajo inserto en la detestable burocracia. El exterior era un edificio dentro de otros edificios donde los hombres padecían indignidades absurdas en habitaciones lúgubres y eternas.
Franz Kafka escribió la historia de un padre destinado a empequeñecer los méritos del hijo y narró mundos tediosos hasta que una tarde sombría de 1914, harto de no encontrar reconocimiento, esperanza, futuro viable o a Samsa en las calles de Praga; repitió para sí mismo que aquel visitante de su padre era el culpable de la incertidumbre y los sobresaltos en que transcurría su existencia. De no haber sido por aquella visita no habría recibido tantas presiones paternas para procurar una vida normal. Maldijo a Gregorio Samsa y estuvo a punto de arrojarse por la ventana de la buhardilla del tercer piso donde solía escribir, sin saber por qué detuvo el impulso y fue hasta su mesita de trabajo. Pensó ahogarse en las aguas frías del río Moldava distante apenas unas cuantas calles, pero pudo tranquilizarse tras unos minutos de cólera. Sólo entonces, virulento, sin pausa, contó la transformación de un hombre común en un monstruo condenado a la malquerencia familiar.
Lo peor de todo fue colocar el punto final y descubrirse aún insatisfecho.