REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

El futuro de la democracia


Norberto Bobbio

Norberto Bobbio es sin lugar a dudas uno de los más importantes pensadores del siglo XX. Sus trabajos sobre la democracia así nos lo indican. En virtud de la importancia que actualmente tiene en México el término democracia, esta ocasión hemos seleccionado dos introducciones a la obra de este filósofo, a su libro intitulado El futuro de la democracia. Es interesante leer cómo plantea la discusión en la primera edición aparecida en 1984 y cómo en la segunda de 1991, solo 7 años después, incorpora los acontecimientos importantes que le dieron otro giro a la democracia. En ese periodo aparecieron nuevas democracias y reaparecieron otras, allí donde habían sido eliminadas por dictaduras políticas o militares. Indica Bobbio que nuestro tiempo puede ser denominado como "La era de las democracias", así en plural. La democracia se ha vuelto en estos últimos años el denominador común de todas las cuestiones políticamente relevantes, teóricas y prácticas. En la segunda edición hace hincapié en la aparición de movimientos democráticos en la Europa del este, en los regímenes comunistas, incluida la Unión Soviética. Es relevante introducirnos a este mundo democrático, sobre todo actualmente que existen en el mundo grandes incertidumbres.
El Búho

El futuro de la democracia
Introducción a la Primera Edición

Reúno en este pequeño volumen algunos escritos que hice en los últimos años sobre las llamadas "transformaciones" de la democracia. Uso el término "transformación" en sentido axiológicamente neutro, sin atenerme a un significado positivo o a uno negativo. Prefiero hablar de transformación más que de crisis, porque crisis hace pensar en un colapso inminente; en el mundo, la democracia no goza de óptima salud, y por lo demás tampoco en el pasado pudo disfrutar de ella, sin embargo, no está al borde de la muerte. A pesar de lo que se diga, ninguno de los regímenes democráticos nacidos en Europa después de la segunda Guerra Mundial ha sido abatido por una dictadura, como sucedió en cambio después de la primera. Al contrario, algunas dictaduras que sobrevivieron a la catástrofe de la guerra se transformaron en democracias. Mientras el mundo soviético está agitado por sacudimientos democráticos, el mundo de las democracias occidentales no está seriamente amenazado por movimientos fascistas. Para un régimen democrático, estar en transformación es su condición natural; la democracia es dinámica, el despotismo es estático y siempre igual a sí mismo. Los escritores democráticos de fines del siglo XVIII contraponían la democracia moderna (representativa) a la democracia de los antiguos (directa); pero no hubieran dudado en considerar el despotismo de su tiempo a semejanza del que describieron los escritos antiguos: piénsese en Montesquieu y Hegel y en la categoría del despotismo oriental. Hay quien ha usado, con razón o sin ella, el concepto de despotismo oriental para explicar la situación de la Unión Soviética. Cuando hoy se habla de democracia occidental se hace referencia a regímenes surgidos en los últimos doscientos años, después de las revoluciones norteamericana y francesa. A pesar de ello, un autor muy leído en Italia, C. B. Macpherson, creyó poder ubicar por lo menos cuatro fases de desarrollo de la democracia moderna, desde sus orígenes decimonónicos hasta hoy.
Entre los últimos escritos sobre el tema seleccioné los que me parecieron de cierta actualidad, aunque no estuvieran vinculados a sucesos cotidianos. Coloco al inicio, en orden cronológico, el último, que es el que da el título a todo el volumen. Este estudio nació como una conferencia sostenida en noviembre del año pasado (1983) en el Palacio de las Cortes de Madrid, que fui a impartir por invitación de su presidente, el profesor Gregorio Peces-Barba; posteriormente, corregida y aumentada, sirvió para la disertación introductoria que presenté en el congreso internacional "Ya comenzó el futuro", que tuvo lugar en Locarno en mayo pasado (1984) y cuya realización se llevó al cabo gracias al profesor Francesco Barone. En síntesis, este escrito representa las transformaciones de la democracia dentro de la línea de las "falsas promesas" o de la diferencia entre la democracia ideal como fue concebida por sus padres fundadores y la democracia real como la vivimos, con mayor o menor participación, cotidianamente. Después del debate en el Congreso de Locarno conviene precisar mejor que de aquellas falsas promesas -la sobrevivencia del poder invisible, la permanencia de las oligarquías, la supresión de los cuerpos intermedios, la reivindicación de la representación de los intereses, la participación interrumpida, el ciudadano no educado (o maleducado)-, algunas no podían ser sostenidas objetivamente y, por tanto, eran ilusiones desde el principio, otras, más que promesas, esperanzas mal correspondidas, así como aquéllas que se encontraron con obstáculos imprevistos. Todas son situaciones por las cuales no se puede hablar propiamente de "degeneración" de la democracia, sino más bien de adaptación natural de los principios abstractos a la realidad o de la inevitable contaminación de la teoría cuando es obligada a someterse a las exigencias de la práctica. Todas, excepto una: la sobrevivencia (y la sólida consistencia) de un poder invisible, como sucede en nuestro país, al lado o abajo (o incluso sobre) del poder visible. La democracia se puede definir de muchas maneras, pero no hay definición que pueda excluir de sus connotados la visibilidad o transparencia del poder. Elías Canetti escribió: "El secreto está en el núcleo más interno del poder." Los constructores de los primeros regímenes democráticos se propusieron dar vida a una forma de gobierno en la que este núcleo duro fuese destruido definitivamente (véase La democracia y el poder invisible). Es indiscutible que la permanencia de las oligarquías, o de las élites en el poder, se opone a los ideales democráticos. Esto no evita que siempre exista una diferencia sustancial entre un sistema político, en el que hay muchas élites en competencia en la arena electoral, y un sistema en el que existe un solo grupo de poder que se renueva por cooptación. Mientras la presencia de un poder invisible corrompe la democracia, la existencia de grupos de poder que se alternan mediante elecciones libres permanece, por lo menos hasta ahora, como la única forma en la que la democracia ha encontrado su realización concreta. Lo mismo sucede con respecto a los límites que ha encontrado el uso de los procedimientos propios de la democracia al ampliarse hacia centros de poder tradicionalmente autocráticos, como la empresa o el aparato burocrático: más que de un fracaso se trata de un desarrollo interrumpido. Por lo que toca a la representación de los intereses, que está erosionando paulatinamente el campo que debería haber sido reservado exclusivamente para la representación política, ella es ni más ni menos, incluso para quienes la rechazan, una forma de democracia alternativa que tiene su terreno natural de expansión en una sociedad capitalista, en la que los sujetos de la acción política son crecientemente los grupos organizados, por tanto, es muy diferente de aquella prevista por la doctrina democrática que no estaba dispuesta a reconocer algún ente intermedio entre los individuos específicos y la nación en su conjunto. Si se puede hablar de una crisis a raíz del avance de la representación de los intereses y de su consecuente fenómeno, el aumento de decisiones tomadas mediante acuerdos entre las partes, ésta se refiere menos a la democracia que a la imagen tradicional del Estado soberano ubicado por encima de las partes (véase Contrato y contractualismo en el debate actual). En fin, más que una falsa promesa, el estancamiento de la educación de la ciudadanía, según la cual el ciudadano investido del poder de elegir a sus gobernantes habría seleccionado a los más sabios, honestos e ilustrados de entre sus conciudadanos, se puede considerar como el efecto de una ilusión derivada de una concepción excesivamente optimista del hombre como animal político; el hombre persigue el propio interés lo mismo en el mercado económico que en el mercado político. Pero hoy ninguno piensa confutar a la democracia, como se venía sosteniendo desde hacía años, que el voto es una mercancía que se puede ofrecer al mejor postor. Naturalmente, todo este discurso solamente es válido si nos atenemos a lo que llamo la definición mínima de democracia, de acuerdo con la cual inicialmente se entiende por régimen democrático un conjunto de reglas procesales para la toma de decisiones colectivas en el que está prevista y propiciada la más amplia participación posible de los interesados. Sé bien que semejante definición procesal, o formal, o, en sentido peyorativo, formalista, es demasiado pobre para los movimientos que se dicen de izquierda. Pero, por encima del hecho que no existe otra definición tan clara, ésta es la única que nos ofrece un criterio infalible para introducir una primera gran distinción (independientemente de cualquier juicio de valor) entre dos tipos ideales opuestos de formas de gobierno. Es conveniente agregar que si se incluye en el concepto general de democracia la estrategia del compromiso entre las partes mediante el libre debate para la formación de una mayoría, la definición que aquí se propone refleja mejor la realidad de la democracia representativa, no importa que se trate de la representación política o de la representación de los intereses, que la de la democracia directa: el referéndum, que no puede poner los problemas más que en forma dilemática, obstaculiza el acuerdo y favorece el conflicto; y, precisamente por esto, sirve más para dirimir controversias sobre los principios que para resolver conflictos de interés (véase Democracia representativa y democracia directa). Asimismo, es oportuno precisar, especialmente para quien pone las esperanzas de una transformación en el nacimiento de los movimientos, que la democracia, como método, está abierta a todos los posibles contenidos, pero a la vez es muy exigente en el pedir respeto para las instituciones, porque precisamente en esto reposan todas las ventajas del método; entre estas instituciones están los partidos, únicos sujetos autorizados para fungir como mediadores entre los individuos y el gobierno (véase Los vínculos de la democracia). No excluyo que esta insistencia en las reglas, es decir, en consideraciones formales más que sustanciales, derive de la deformación profesional de quien enseñó durante décadas en una facultad de Derecho. Sin embargo, un funcionamiento correcto de un régimen democrático solamente es posible en el ámbito del modo de gobernar que, de acuerdo con una tradición que se remonta a los antiguos, se llama "gobierno de las leyes" (véase ¿Gobierno de los hombres o gobierno de las leyes?). Retoma mi vieja idea de que el Derecho y el poder son dos caras de la misma moneda: sólo el poder puede crear Derecho y sólo el Derecho puede limitar el poder. El Estado despótico es el tipo ideal de Estado de quien observa desde el punto de vista del poder; en el extremo opuesto está el Estado democrático, que es el tipo ideal de Estado de quien observa desde el punto de vista del Derecho. Los antiguos, cuando exaltaban el gobierno de las leyes contraponiéndolo al gobierno de los hombres, pensaban en las leyes derivadas de la tradición o planteadas por los grandes legisladores. Hoy, cuando hablamos de gobierno de las leyes pensamos en primer lugar en las leyes fundamentales, que establecen no tanto lo que los gobernados deben hacer, sino la forma en que las leyes deben ser planteadas, y son normas que obligan a los mismos gobernantes más que a los ciudadanos: tenemos en mente un gobierno de las leyes a un nivel superior, en el que los mismos legisladores son sometidos a normas ineludibles. Un ordenamiento de este tipo solamente es posible si aquellos que ejercen los poderes en todos los niveles pueden ser controlados en última instancia por los detentadores originarios del poder último, los individuos específicos.
Jamás será exagerado sostener, contra toda tentación organicista recurrente (no extraña al pensamiento político de izquierda), que la doctrina democrática reposa en una concepción individualista de la sociedad, por lo demás semejante al liberalismo (véase Liberalismo antiguo y moderno), lo que explica por qué la democracia moderna se ha desarrollado y hoy existe solamente allí donde los derechos de libertad han sido reconocidos constitucionalmente. Observando el asunto atentamente, ninguna concepción individualista de la sociedad, lo mismo el individualismo ontológico que el individualismo metodológico, excluye el hecho de que el hombre es un ser social y no puede vivir, si objetivamente vive aislado. Las relaciones del individuo con la sociedad son vistas por el liberalismo y por la democracia de diferentes maneras: el primero separa al individuo del cuerpo orgánico de la comunidad y lo hace vivir, por lo menos durante gran parte de su vida, fuera del seno materno y lo introduce en el mundo desconocido y lleno de peligros de la lucha por la sobrevivencia; la segunda lo integra a otros hombres semejantes a él para que de su unión artificial la sociedad sea recompuesta ya no como un todo orgánico, sino como una asociación de individuos libres. El primero pone en evidencia sobre todo la capacidad de autoformarse del individuo; la segunda exalta sobre todo la aptitud de superar el aislamiento mediante diversas habilidades que permiten instituir finalmente un poder no tiránico. En el fondo se trata de dos individuos potencialmente diferentes: como microcosmos o totalidad completa en sí misma, o como parte indivisible, pero componible o recomponible de diversas maneras con otras partes semejantes en una unidad superior. Todos los textos reunidos aquí tratan problemas generales y son (o mejor dicho quisieran ser) elementales. Fueron escritos para un público que se interesa por la política, no para los especialistas. Son textos que en otros tiempos se habrían llamado de filosofía popular. Fueron dictados por una preocupación esencial: hacer descender la democracia del cielo de los principios a la tierra donde chocan fuertes intereses. Siempre pensé que ésta es la única manera de darse cuenta de las contradicciones en las que se mueve una sociedad democrática y de los difíciles caminos que debe seguir para salir de ellas sin perderse, para reconocer sus vicios congénitos sin desanimarse y sin perder la ilusión de poder mejorarla. Si me imaginara a los interlocutores que quisiera, no precisamente convencer, sino hacer menos desconfiados, no serían aquellos que desdeñan y se oponen a la democracia como el gobierno de los "malogrados" -la derecha reaccionaria perenne, que resurge continuamente bajo las más diversas vestimentas, pero con el rencor de siempre contra los "principios inmortales"-, sino aquellos que quisieran destruir nuestra democracia -siempre frágil, vulnerable, corrompible y frecuentemente corrupta- para hacerla más perfecta; serían aquellos que, retornando la famosa imagen hobbesiana, se comportan como las hijas de Pelias, que hicieron pedazos al viejo padre para hacerlo renacer. Abrir el diálogo con los primeros puede ser tiempo perdido, continuarlo con los segundos permite confiar en la fuerza de las buenas razones. Turín, octubre de 1984

Los escritos que aparecen en esta recopilación fueron publicados: "I1 futuro della democrazia", en Civiltá delle macchine, 1984; "Democrazia reppresentativa e democrazia diretta", en AA. VV., Democrazia e participazione, Stampatori, Turín, 1978, pp. 19-46; "I vincoli della democrazia", en La politica possible, Tulio Pironto, Nápoles, 1983, pp. 39-61; "La democrazia e il potere invisibile", en Rivista italiana di scienra politica, X, 1980, pp. 181-203; "Liberalismo vecchio e nuovo", en Mondoperaio, núm. 11, 1981, pp. 86-94; "Contratto e contrattualismo nel dibattito attuale". ibidem, núm. 11, 1982, pp. 84-92; "Governo degli uomini o governo delle leggi?", en Nuova antologia, núm. 2145, enero-marzo de 1983, pp. 135-152.

INTRODUCCIóN A LA SEGUNDA EDICIóN

Al publicar la primera edición, señalé en la introducción que, en contraste con las oscuras previsiones de algunos comentaristas preocupados por el futuro de la democracia en el mundo, los regímenes democráticos, por lo menos en Europa, se habían extendido, en tanto que el mundo soviético estaba "agitado por sacudimientos democráticos". No tuvieron que pasar muchos años para observar que los sacudimientos se convirtieron en trepidaciones que transformaron rápidamente en democracias, aunque todavía en ciernes, los regímenes comunistas del Este europeo, así en los Estados satélites como en el Estado-guía, la Unión Soviética. También en América Latina, dictaduras militares aparentemente sólidas, como las de Chile y Argentina, sucumbieron ante las presiones populares y como consecuencia de sus fracasos. Esta vez los profetas de desventuras se equivocaron, incluso quien había descrito minuciosamente "la implacable máquina para la eliminación de la democracia en la que se ha convertido el mundo moderno".1
Por lo demás, la condena de la democracia como forma de gobierno débil, alicaída, condenada a ser destruida por Estados autocráticos es mucho más antigua que la época en la que el desafío a su sobrevivencia provino de la existencia de Estados autoritarios. El conocido autor del libro Ni derecha ni izquierda, Zeev Sternhell, en una entrevista concedida a Rinascita 2 recordó que la democracia moderna había sido criticada por las mismas razones desde un origen: "La derrota de Francia en 1870 a manos de Prusia proporcionó un argumento a quienes sostenían la tesis de que Alemania, sociedad feudal que mantuvo en vigor el férreo y aristocrático orden jerárquico del ancien régime, había prevalecido". Y había prevalecido "sobre una sociedad que, viceversa, se marchitó a causa de los nefastos valores democráticos", considerados siempre por la derecha reaccionaria como un elemento fundamental de debilidad y de caos destructivo. Puede parecer extraño, en todo caso, que la misma acusación haya sido repetida luego de que las alicaídas democracias, llamadas despectivamente "mediocracias", ganaron ni más ni menos que dos guerras mundiales contra Estados antidemocráticos. Para no hablar de la tercera, ganada sin combatir, y culminada a finales de 1989 con la caída del Muro de Berlín.
Que quede bien claro, no hago ninguna apuesta sobre el futuro. La historia es imprevisible. Si la filosofía de la historia está desacreditada, ello depende de que no hay previsión, enunciada por las diversas filosofías de la historia que se sucedieron a lo largo del siglo pasado y a principios de éste, que no haya sido desmentida por la historia realmente acaecida. Incluso la famosa profecía de Tocqueville, que no era filósofo de la historia, sobre el futuro de un mundo dominado por los dos grandes imperios de los Estados Unidos y de Rusia, no aguantó la prueba de los hechos: uno de los dos se derrumbó. En línea más cercana a la verdad se mostró la previsión elaborada por Hegel, que era un filósofo de la historia, de acuerdo con la cual el progreso de la civilización habría seguido continuamente el camino del movimiento del sol de Oriente a Occidente. Esta profecía es más sorprendente en la medida en que Hegel se detuvo en Europa, mientras el movimiento continuó en la misma dirección, de Europa a los Estados Unidos, y de los propios Estados Unidos desde la costa occidental a la oriental. Si luego el movimiento estuviese destinado a proseguir hacia el Japón -previsión no del todo descabellada- el ciclo se habría cerrado. Sería un ciclo espacial o geográfico diferente del de los antiguos, que era cronológico y temporal, y por tanto más propiamente histórico. Aun sin hacer alguna apuesta sobre el futuro de la democracia, es innegable que -mirando el entorno no como filósofos de la historia sino como simples cronistas del presente que se atienen a los hechos y no se permiten hacer vuelos demasiado altos- las democracias existentes no sólo han sobrevivido, sino que nuevas democracias aparecieron o reaparecen allí donde jamás habían existido o habían sido eliminadas por dictaduras políticas o militares. El historiador francés Elie Halévy escribió después de la primera Guerra Mundial un libro intitulado L'ére des tyrannies. No creo ser demasiado temerario si digo que nuestro tiempo podría ser llamado L'ére des démocraties. La democracia se ha vuelto en estos años el denominador común de todas las cuestiones políticamente relevantes, teóricas y prácticas. Democracia y liberalismo: tema clásico y siempre actual. Yo mismo escribí con este título un librito que ha sido diversas veces reeditado. 3 Democracia y socialismo: salió en edición italiana Democratic Theory and Socialism de Frank Cunnigharn, 4 discípulo de C. B. Macpherson. Democracia y corporativismo (o corporate state): me refiero al debate que rápidamente también se difundió en Italia, provocado hace una decena de años por los escritos del politólogo alemán Ph. C. Schmitter. 5 Democracia y tecnocracia es el título de un libro reciente de Robert Dahl. 6 Democracia y capitalismo: indico el libro que en Italia todavía no ha tenido la repercusión que merecería, Democracy and Capitalism de S. Bowles y H. Gintis. 7 Liderazgo y democracia es el título de una obra coetánea a cargo de Luciano Cavalli, que recientemente retomó el tema en ocasión del debate sobre las reformas constitucionales en nuestro país. 8 Para no hablar de un libro cronológicamente anterior a todos éstos, y que en el propio título resume la variedad de las combinaciones entre la democracia y las otras ideologías o formas de sociedad y de Estado que a ella eventualmente se acercan: hago referencia a la conocida obra de Giovanni Sartori, Democracia y definiciones, cuya primera edición es de 1957, muchas veces reeditada y traducida al inglés, y recientemente reaparecida en una nueva edición revisada, actualizada y notablemente ampliada, con el título The Theory of Democracy Revisited: 9 En la continua producción de libros sobre la democracia, ésta aparece en los ejemplos citados como objeto de comparación con alguna otra cosa; pero también aparece como concepto genérico que requiere una especificación: democracia liberal, socialista, corporativa, popular (ahora un poco en desuso) y hasta totalitaria, democracia de los antiguos y de los modernos, populista o elitista, pluralista, consensual o mayoritaria, 10 y quien tenga más que las ponga. No hay autor que se respete que, proponiendo su propia teoría de la democracia, para renovar o "revisitar", no haya elaborado una nueva tipología de las varias formas de regímenes democráticos. Existe también un libro, muy agradable y para nosotros ilustrativo, que se intitula Democracy ltalian Style, inmediatamente traducido con el título Democracia a la italiana, que podría fácilmente ser retornado con variaciones infinitas: a la inglesa, a la americana, a la sueca, etc. El autor es muy conocido entre los estudiosos italianos, Joseph La Palombara. 11 Son innumerables los títulos en los que "democracia" aparece como complemento ella misma de especificación. Para dar un ejemplo, Crítica de la democracia (1963) es el título de un libro de Ugo Spirito, alumno de Gentile, conocido teórico e ideólogo de un fascismo de izquierda que termina por encontrar un punto de acuerdo entre la crítica fascista y la proveniente de la extrema izquierda. Ponencias e intervenciones que tuvieron lugar en un congreso romano de 1980 fueron recopiladas en un volumen intitulado Los límites de la democracia. 12
Muy conocido y discutido el pequeño libro de C. B. Macpherson, The Real World of Democracy (presentado en varias ediciones a partir de 1965). Reciente, El eclipse de la democracia de Piero Barcellona. Mientras escribo estas páginas, está en ebullición el debate en nuestro parlamento sobre el mensaje del presidente de la República para las reformas constitucionales: un periódico lo comentó hablando del "sueño de la democracia". Para terminar, El futuro de la democracia (título, dicho en confianza, no muy original) está entre La democracia en camino de Maria Luisa Cicalese, a propósito del diálogo político entre Stuart Mill y Tocqueville (Franco Angeli, Milán, 1988) y La democracia difícil, de Danilo Zolo (Editori Riuniti, Roma, 1989). Pero como no se puede separar el futuro del pasado, permítaseme, para concluir esta rápida incursión, la primera amplia, documentada y benemérita Historia de la democracia en Europa de Montesquieu a Kelsen, que debemos a Salvo Mastellone. 13 En los años siguientes a la publicación de este libro, me ocupé con más asiduidad del problema de la paz, que siempre he visto íntimamente vinculado con el desarrollo de la democracia. Una paz más estable en el mundo (no me atrevo a decir una paz "perpetua" aun teniendo presente la famosa obra de Kant, que marcó una etapa de la historia del pacifismo activo) se basa en la mezcla de dos condiciones: el aumento del número de los Estados democráticos en el sistema internacional cuyos miembros todavía están regidos, en su mayor parte, por gobiernos no democráticos, y el avance del proceso de democratización del sistema internacional que, a pesar del reforzamiento incrementado del poder de la comunidad de los Estados, previsto por el estatuto de la ONU, con respecto al previsto por el estatuto de la Sociedad de Naciones, está inconcluso. Teniendo como punto de referencia la gran dicotomía guerra-paz, que distingue la relación entre los Estados, el sistema internacional puede ser representado con una cierta simplificación, de la que estoy perfectamente consciente, mediante estas cuatro figuras: estado anárquico, o sea, guerra sin paz (el bellum omnium contra omnes del estado de naturaleza de Hobbes); sistema de equilibrio entre las grandes potencias, vale decir, la paz como tregua entre dos guerras; el orden derivado del predominio de una potencia hegemónica o sistema de hegemonía, donde la figura de la paz estable pero impuesta desde lo alto por la fuerza, con ejemplos que van desde lapax romana del mundo antiguo a lapax americana de hoy; la sumisión de todos los Estados a un orden democrático, es decir, la paz al mismo tiempo estable y basada en el consenso libre. Conforme se extiende y se refuerza el sistema democrático de los Estados, son superadas todas las etapas anteriores: la condición de anarquía en cuanto la comunidad democrática de los Estados es el inicio de un orden; la situación de equilibrio en cuanto es un orden con un tertium super partes; el Estado caracterizado por la presencia de una potencia hegemónica cuando el poder del tertium super partes reposa en el consenso y no es impuesto por la fuerza.
De los dos ensayos que escribí sobre este argumento, Democracia y paz, 14 nacido de un discurso dictado en Lisboa el 25 de abril de 1987, y Democracia y sistema internacional 15 escrito por invitación de Luigi Cortesi, este último reeditado como agregado a esta nueva edición con alguna página tomada del primero: el "futuro de la democracia" está no sólo en la ampliación del número de los Estados democráticos, sobre el que llamé hace un momento la atención de los lectores, sino también y sobre todo en el proseguir el proceso de democratización del sistema internacional. El sistema ideal de una paz estable puede ser expresado con esta fórmula sintética: un orden universal democrático de Estados democráticos. No tengo necesidad de agregar que, como ninguna fórmula ideal, tampoco ésta pertenece a la esfera del ser, sino a la del deber ser. Turín, julio de 1991

1 J. F. Revel, Comment les democracies finissent (1983), que cito de la trad. it. Come finiscono le democrazie, Rizzoli, Milán, 1984, p. 11.
2 "Le due destre", entrevista a Zeev Sternhell a cargo de U. de Giannangeli, en Rinascita, XLVI, núm. 15, sábado 22 de abril de 1989, pp. 15-17.
3 Franco Angeli, Milán, 1985. [Hay edición en español con el título Liberalismo y democracia, FCE, México, 1989.]
4 Teoria della democrazia e socialismo, Editori Riuniti, Roma, 1991.
5 Para una perspectiva general del debate véase Patterns of Corporatist Policy Making, Sage Publications, Londres, 1982, recopilación de ensayos sobre el tema a cargo de G. Lehmbruch y Philippe C. Schmitter, trad. it. La politica degli interessi nei paesi industrializuui, TI Mulino, Bolonia, 1984.
6 Il Mulino, Bolonia, 1987, con el subtítulo Il controllo delle armi nucleari, que reproduce el título de la obra original Controlling Nuclear Weapons. Democracv Versus Guardianship, Syracuse University Press, Nueva York, 1985.
Otras obras de Dahl recientemente traducidas, I dilemmi della democrazia pluralista, Laterza, Bari, 1989, La democrazia economica, Il Mulino, Bolonia, 1989, La democrazia e i suoi critici, Editori Riuniti, Roma, 1990.
7 Que porta el subtítulo Property, Community and the Contradictions of Modem Social Thought, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1986. 8 Cedam, Padua, 1987. De L. Cavalli consúltense La democrazia con un laeder, La repubblica presidentiale in Italia y La grande riforma e i suoi nemici, en "Mondoperaio", XLIII, núms. 10 Y 11, respectivamente octubre y noviembre de 1990, pp. 72-80 Y 70-76, Y XLIV, núms. 3-4, junio-julio de 1991, pp. 4-11.
9 La primera edición de Democrazia e definizioni es de 1957, en Il Mulino de Bolonia; la traducción inglesa auspiciada por Wayne State University Press, Detroit, es de 1962; The Theory of Democracy Revisited, en dos volúmenes apareció en 1987 en Chatham House Publishing, Nueva Jersey, 1987. Sobre ella escribí La democrazia realistica di Giovanni Sartori, en "Teoría política", IV, (1988), núm. 1, pp. 149-158.
10 Es la distinción propuesta y ampliamente elaborada por A. Liphart, Democracies. Pattems of Maioritarian and Consensus Government in Twenty-One Countries, Vale Universitv Press, Londres, 1984, trad. it. con el título Le democrazie contemporanee, Il Mulino, Bolonia, 1988. Más en general D. Held, Models of Democracy, Polity Press, Cambridge, 1987, trad. it. Modelli di democrazia, Il Mulino, Bolonia, 1989. 11 Vale University Press, Nueva Haven y Londres, 1987, y Mondadori, Milán, 1987.
12 Que lleva el subtítulo Autoritarismo e democrazia nella societa moderna, a cargo de R. Scartezzini. L. Germani y R. Gritti, Liguori, Nápoles, 1985. Allí aparece una ponencia mía intitulada Puó sopravvivere la democracia?, pp. 41-49.
13 Publicada por la Utet, Turín, 1986. En torno a la cual remito a mi reseña publicada con el título Due secoli di democrazia, en "Il pensiero politico", XX, núm. 2, mayo-agosto de 1987, pp. 241-251.
14 Publicado con el título Della democrazia tra le nazioni, en "Lettera internazionale", V, núm. 22, otoño de 1989, pp. 61-64.
15 Para el volumen misceláneo Democrazia, rischio nucleare, movimenti per la pace, a cargo de L. Cortesi, Liguori, Nápoles, 1989, pp. 37-52.

*El futuro de la democracia, Norberto Bobbio, Fondo de Cultura Económica, Pp.7-21. Séptima reimpresión 2012.