REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
05 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

Paradojas del mundo frente al fenómeno Trump


Hugo Enrique Sáez A.

Una elección con repercusiones en todo el planeta
Decía Lacan que “luchamos con ideas pero no por ideas”, un principio básico que a menudo se ignora al argumentar en la interpretación de un proceso o de un hecho aislado desde una perspectiva proclive a la especulación. En particular, tratándose de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos cabe afirmar que ejercerá una influencia política, económica y social que trasciende las fronteras de ese país. Por ende, el universo a considerar no se restringe sólo a México -que resiente efectos negativos aun antes de que el candidato asuma-, también abarca la política de las Naciones Unidas sobre el calentamiento global, el realineamiento de las fuerzas militares -en especial, el futuro de la OTAN en Europa- y la posición del nuevo gobierno hacia la Rusia de Putin, conflictos con China por el tema cambiario, el destino de los migrantes y los derechos humanos, la política hacia los musulmanes, y asuntos conexos que se pretenden resolver desde una óptica de racismo, de intolerancia ideológica y de virulenta beligerancia. En el horizonte se anuncia un auténtico estado de excepción sin contrapesos, dado que el partido Republicano controla el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial. ¿Hasta qué punto es probable que se lleve a cabo esa política de exclusión?

¿Desde la ideología o desde los hechos?
Desde una presunta posición de izquierda, Slavoj Žižek afirmó contundente antes del 8 de noviembre: “Aunque la batalla parezca perdida para Trump, su victoria habría generado una situación política totalmente nueva con posibilidades para una izquierda más radical” o, para citar a Mao: “Todo bajo el cielo está sumergido en el caos, la situación es excelente”. Quienes hemos militado en organizaciones marxistas de inmediato identificamos esta tesis como una forma de interpretar el fenómeno Trump con esquemas permitidos, aun cuando Marx nunca dejó de exhortarnos a generar categorías nuevas para hechos inéditos. Me parece que este filósofo sigue aferrado a una vieja consigna fracasada una y otra vez: la idea de que un personaje torpe, racista y autoritario ayudará a la agudización de las contradicciones y hará que las masas (invisibles por ahora) despierten. Amplios sectores sociales ya no votan como ciudadanos sino más bien como consumidores sometidos a la sociedad del espectáculo. Y el personaje multimillonario se presentó como abanderado de esa clase media baja que padeció con crudeza la crisis financiera de 2008.
Se requiere analizar la coyuntura con un criterio que obedezca al principio de realidad; es decir, esto es lo que existe y lo que está determinando el curso actual de los acontecimientos. En Estados Unidos predomina el pragmatismo, es decir, el privilegio de la eficacia y la eficiencia en la realización de las acciones y en la aplicación de las medidas. Por consiguiente, pese a la conformación de un gabinete ultraderechista, el gobierno de Trump hallará varias limitantes en su desempeño. Si bien el poder judicial ultraconservador sobrevivirá más allá de los cuatro años de su mandato, el congreso y el partido Republicano se cuidarán de no romper equilibrios que amenacen su futuro electoral, además de que hay miembros moderados y más inteligentes que el presidente electo.
Por otra parte, en el total de votos ganó Hillary Clinton y ninguna ciudad de más de un millón de habitantes votó por esta caricatura de Hitler. La arcaica ley del Colegio Electoral posibilitó que se eligieran miembros por cada estado de la Unión. Estados como Nueva York y California son abiertamente hostiles a su equipo de trogloditas creacionistas vinculados al Tea Party. Desde noviembre se advierte la profunda división en el pueblo estadunidense. En su detestable verborrea, el personaje candidato atacó al establishment durante su campaña, y él mismo forma parte del sistema oligárquico de la plutocracia. Por ende, ¿se atreverá a sancionar empresas como la Ford, tan imbricada en el aparato productivo?

Ni populismo de derecha ni fascismo a secas
Se califica al régimen que instaurará Trump como basado en un populismo de derecha, y esta categoría no existe en la ciencia política actual. A partir de los estudios de Ernesto Laclau, el populismo se entiende como un régimen en que la hegemonía política y cultural se ejerce articulando al estado un sujeto popular activo al tiempo que se despliegan acciones de control sobre las oligarquías. Y en Estados Unidos está accediendo al poder una oligarquía plutocrática que empleó una táctica publicitaria enfocada a explotar el desprestigio de los políticos y a enfatizar la recuperación de la identidad del país, entendida como supremacía blanca. El próximo presidente encaja a la perfección en lo que Gramsci denominaba “intelectual condensado”, en el sentido de que es un dirigente que como sujeto social reúne al mismo tiempo el poder económico y el poder político. Un caso similar al de Berlusconi en Italia. Por consiguiente, no sería extraño que nos aguardara un período de escándalos y corrupción en la marcha de esta administración.
Aunque el centro del mensaje era racista (retornar al predominio WASP, blanco, anglosajón, protestante), se ha machacado tanto a las masas de que la nación es un melting pot integrado por sucesivas inmigraciones en busca de oportunidades, muchos votantes latinos (como la derecha cubana anticastrista de Miami) se sintieron partícipes de esa proeza en busca de una identidad perdida, mientras que otros asimilaron la pérdida de su trabajo con la pérdida de identidad nacional. Al igual que en las elecciones de otros países, el votante se enfrentó a la decisión de escoger entre lo malo y lo peor. Y con triquiñuelas publicitarias venció el peor.

Las previsibles líneas de acción
At last but not least, ¿qué puede pasar en el convulsionado contexto internacional? Los insultos de Trump en contra de México y de los inmigrantes provenientes del sur del río Bravo reflejan una catarsis de sus frustradas operaciones de este lado de la frontera. Cuando las grandes potencias económicas celebran la apertura comercial, el retorno de un proteccionismo cavernícola parece improbable. La deuda externa de Estados Unidos es de miles de millones de dólares, mientras que China posee reservas enormes en esa moneda. ¿Le conviene a la Casa Blanca desatar una guerra monetaria? Por otro lado, la estrecha relación económica, política y social entre México y Estados Unidos no se desbarata con la casi imposible desaparición del NAFTA ni con la confiscación de las remesas familiares. El deseo político imagina escenarios que chocan con la implacable realidad de las relaciones de fuerza.
La embriaguez del discurso racista, proteccionista, antimujeres, antiaborto, antimusulmanes y antimexicanos, se disipará parcialmente o se atenuará en las declaraciones públicas a partir del 20 de enero de 2017. El bufón se convierte en funcionario y toma conciencia de que no cuenta con el poder ni con los recursos para torturar presos políticos con impunidad ni para lanzar bombas atómicas sobre Corea del Norte. En política, los pactos son imprescindibles para la continuidad de un gobierno, y al acordarlos se tiene que ceder en varios puntos. Es probable que el discurso de lobo feroz persista por un tiempo, pero se encontrará con que no hay ovejas para atemorizar sino responsabilidades que cumplir. Si quiere manejar el estado como lo ha hecho con sus empresas, caerá en un grave error, que será beneficioso para quienes temen a la deportación, a la censura de la libre expresión, a las guerras demenciales, a la discriminación racial; en suma, a la imposición de un estado de excepción criminal. Sus propios compañeros de partido reflexionarán sobre la conveniencia de que siga rigiendo los destinos de 330 millones de habitantes desde la Casa Blanca.