REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Homenaje

La cordial muerte de René Avilés Fabila


Héctor Anaya

Antes que nada (Noblesse oblige, habría dicho el francófono escritor amigo y cómplice de tantas aventuras), unas palabras sobre la sorprendente muerte del novelista, cuentista, articulista y editor, que realmente nos deja desolados a los compañeros de generación. Nos vamos haciendo menos...
En octubre, el domingo 9 (alguien propuso que el domingo es un buen día para morir) falleció, como cabría esperar, de lo que antes se llamaba más sencilla y coloquialmente, “un ataque” y hoy se ha cientifizado como infarto al corazón. Su deceso fue verdaderamente cordial.
Murió, poco antes de cumplir 76 años, lo que habría ocurrido el próximo 15 de noviembre. Tal vez fue un rasgo de coquetería, para no llegar a la edad en que murió el poeta Juan Rejano, a quien reconocía como uno de sus guías intelectuales. La coquetería se le daba natural, pues como el Maracumbé (el rey de todos los sones) del mariachi Vargas, pretendía ser “querido de las mujeres/ apreciado de los hombres”.
A su edad, coetáneo de quien firma estas líneas, no tenía más que una marca del zorro (o del zorrillo, por lo pequeña) alrededor de las sienes, lo que lo hacía un berrendo escritor singular, pues los de la generación ya éramos cabecitas blancas, teníamos cabellos extintos (ya sin tintura: claros, canos) y él se presentaba con una cabellera orgullosamente bruna. Al “misterio” respondía sin timidez alguna y con ligera muestra de audacia y desparpajo, que todo se lo debía “al milagro Clairol”.
Tenía sentido del humor, pero también –y hay “víctimas propicias” que podrían dar fe de ello– “sentido del amor”. Y como esta pulsión –según los terminajos freudianos– proviene del corazón, conforme a la conseja popular, no se podía esperar que otra víscera le fallara, dado el uso y el abuso gozoso, que tenía a orgullo, aunque no lo presumiera con los extraños.
Con sus amigos cercanos y cómplices, podía mostrarse ufano de sus haberes, pero también humilde con sus pérdidas. Si sus artes seductoras habían fracasado con alguien, podía confesarlo y hasta mostrar “envidia de la buena” por no haber logrado, por ejemplo, lo que otro había conseguido: el amor de la poeta de los sombreritos.
Si Lope de Vega llegó a señalar que las motivaciones de su vida habían sido las letras, las armas y las mujeres –aunque no necesariamente en ese orden–, René podría haber compartido ese credo vital, porque si fue raudo en amores, también fue pródigo en letras y aunque no llegó a usar las armas, sí se sirvió de los puños cuando alguna pendencia iba más allá de su tolerancia o de la capacidad dialéctica de discutir.
En la amplia autobiografía que permeó su obra ¿de ficción?, abundan las infidencias de amores reales disfrazados de inventados, y en las propiamente memorísticas como Recordanzas, que en realidad mitifican al escritor, René dio cuenta de sus bravuconerías (estuvo a punto de golpear a Carlos Fuentes, como también le quedó ese pendiente a José Luis Cuevas), de sus peleas escolares, estudiantiles, callejeras, y también de sus rencillas culturales y distanciamientos de protagonistas de la cultura, como Carlos Monsiváis, Octavio Paz y otros.
El mórbido lector o el simple curioso que quiera satisfacer esa ansia de conocimiento, puede buscar en sus libros: Tantadel, El gran solitario de Palacio, La canción de Odette, Cuentos y descuentos, Los oficios perdidos, Réquiem para un suicida, Los animales prodigiosos e incluso El amor intangible y en todos podrá encontrar una parte del rompecabezas, que en realidad debe ser la clave de la obra reunida Todo el amor. La otra parte la hallará en obras abiertamente declaradas autobiográficas como Recordanzas y Memorias de un comunista.
Alguna vez, en una de sus disputas culturales, en ese caso con el poeta Marco Antonio Campos, metió el autor de estas líneas “su cuarto a espadas”, un texto contra El Pollo y a favor de René y ante el agradecimiento público de este escritor, hubo que responderle que “uno es uno y sus amigos” y finalmente coincidir en otra convicción: también el tamaño de los enemigos dan la dimensión de uno.
De buen nivel fue Octavio Paz, quien aprovechó el apellido de René, para atacarlo con el tipo de ocurrencias que el Premio Nobel censuró en Monsiváis: René Hábil Es y René Ah Vil Es.
Y en buena medida por esa pugna con quien se erigió como el Caudillo de las Letras Mexicanas, cuando el poeta y ensayista demandó del director de Excélsior que nos corriera a René (“un troskista emboscado”) y a este redactor (“un comunista que atenta contra lo mejor del país: él y Enrique Krauze”), por una broma que el autor de estas líneas le hizo a Paz y sus seguidores, René tendió su mano franca. En La Culta Polaca, una sección del suplemento cultural, que abordaba con humor “las ineptitudes de la inepta cultura”, definidas por López Velarde, escribió el que firma estas líneas que hacían bien los amigos de Paz en insistir en proponerlo como candidato al Premio Nobel, pero que a lo mejor se habían equivocado de rama, ya que si no le daban el de Literatura podrían otorgarle el de Física, pues con las revistas que dirigió, Plural y Vuelta, había demostrado que “el espíritu es más pesado que la materia”.
Ante la actitud intolerante y de escaso humor de quien se autoproclamaba como ardiente defensor de la libertad de expresión, René se manifestó solidario y le consultó a este redactor si era conveniente renunciar, pero aceptó otra estrategia propuesta: seguir en el diario y aplicarle a Paz el peor tratamiento que él mismo postuló en su Laberinto de la soledad: el ninguneo.
Pero la decidida participación del amigo y cómplice de andanzas literarias y vitales, fue manifiesta. Y por ello es un rasgo de su personalidad que cabe resaltar: correr riesgos con sus cuates y solidarizarse en las buenas y las malas.
Cuando coincidimos, él en la UNAM y yo en la UAM, en tareas de Difusión de la Cultura nos brindamos mutua ayuda y colaboración para cubrir lo mejor posible el propósito de divulgación o extensión universitaria, que nos animaba a ambos. Y en cuanto encontramos trabas a nuestra tarea, la vocación libertaria de ambos nos llevó a renunciar a los respectivos puestos amenazados. Luego nos volvimos a unir en un programa cultural de televisión que este redactor coordinaba y al cual lo invitó y él en correspondencia me abrió las páginas del suplemento cultural de Excélsior que dirigió varios años. A veces yo era su jefe y en otras él era el mío.
La cultura nos unió en muchas ocasiones, pero también la ideología, la pasión por la producción literaria, la vida combativa y libertaria, el interés por la docencia y el goce de los amoríos de cada quién, convertidos a fin de cuentas en pálpitos del corazón. De ahí la cordialidad de su vida y de su muerte.