REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Confabulario

Instantáneas de la ciudad


Miguel Ángel Tenorio

"EL TÍTULO ES DE CARLOS FUENTES"
Suena el celular. Él contesta:
- ¿Sí, bueno? …Sí, yo voy a estar ahí a las seis y media, esperando a unas personas. Sí, ahí nos vemos.
Cuelga y sigue comiendo. Su esposa lo parodia:
- “Sí, ahí nos vemos. Voy a estar esperando a …unas personas”. Mejor ya di que te vas con la otra.

Él le va a contestar, como siempre: “No, no hay otra”. Pero esta vez, en lugar de hablar, prefiere dar un bocado. 54 años él, 42 su esposa, 7 su hijo, el único, que se alista para su clase de gimnasia.
- Por eso no me quieres llevar a lo de Carlos Fuentes –le dice la esposa.
- Pues vamos –responde él, que tiene un montón de boletos para el evento de esa noche en el Auditorio Nacional, donde Carlos Fuentes, el gran novelista mexicano, hablará de cómo escribió algunas de sus obras.
- Tú sabes que no puedo –contrarresponde la esposa. Tengo que llevar al hijo a la gimnasia y luego a la natación.
Seis y media, afuera del Auditorio Nacional, él espera a la gente que quedó de pasar a recoger sus boletos. Son 50 los que tiene. Llega un primer grupo que se lleva 10. Una mujer sentada en una de las bancas, lo mira. Por un instante, la pregunta: “¿Y si ella fuera la posible otra?”
Pero esa mujer cambia la vista de lugar. Habla por su celular y se desentiende de él. Otro grupo que llega y toma 7 boletos. Otra mujer pasa frente a él y lo mira con cierta insistencia. “¿Y si ésta sí fuera la posible otra?”
La mujer camina rápido y desaparece. Los de los demás boletos por fin llegan. Dan las siete de la noche. Tercera llamada. Él entra y se sienta en un lugar al final de una fila, que todavía está vacía. Carlos Fuentes empieza a hablar y al Auditorio sigue llegando gente.
De pronto, ella llega por atrás y se sienta en uno de los dos lugares que están vacíos junto a él. Parecía que iba a ser en el más lejano, luego cambia de idea y se sienta en el que está justo junto a él. Le sonríe. Se sonríen. Carlos Fuentes dice: “Las obras se construyen con la tradición por un lado y la creación por el otro”. Ella siente frío. Se intenta poner su abrigo. Él le ayuda. ¡CLINC!, suena la tradición. Ella sonríe:
- Gracias.
- ¿Te dio frío? –pregunta él, con el ¡CLINC CLINC!, de la creación.
- Sí –responde ella, con una gran sonrisa.
- Voluntad y Fortuna –dice Carlos Fuentes.
Ella lo voltea a ver a él. Él voltea. Se sonríen. ¡CLINC, CLINC, CLINC!, la Fortuna se asoma.
Carlos Fuentes termina con una lectura muy emotiva, in crescendo, del arranque de su novela La región más transparente”. Y la gente se pone de pie. Ella primero. Él, después.
- ¿Salimos? –dice ella.
- Sí –dice él, que empieza a caminar entre la gente que va subiendo las escaleras para alcanzar la puerta.
Él voltea para buscarla. Ella ya no está. La Fortuna desaparece. Él camina hacia el metro para cruzar del otro lado de Reforma. Sale al camino oscuro, muy oscuro, auténtica boca de lobo, que está afuera de la estación del metro, del lado norte. Y en eso, La Fortuna vuelve a aparecer: CLINC, CLINC, CLINC, CLINC. Ella, detrás de él, pregunta:
- ¿Por aquí salimos?
- Sí –responde él, que empieza a caminar mostrando el camino, y luego pregunta. ¿Para adónde vas?
- Voy al Sanborn´s de Mazaryk, ahí dejé mi carro.
- Ah, mira, yo también –dice él, que de pronto la vuelve a mirar. Se miran.
La voluntad se asoma. Los dos se miran los respectivos anillos de matrimonio.
- Terminó temprano –dice ella. Yo dije que iba a llegar como a las once o doce.
- ¿Te invito un tequila? –explora él, que sin esperar respuesta le arrebata un beso, que quién sabe por qué siente que era eso lo que ella esperaba.
Y ella en el bar pone una mano en el muslo de él, haciendo que en ese momento Fortuna y Voluntad se crucen, se entrelacen, se entrepiernen, se descubran.
- La Voluntad y la Fortuna, el título es de Carlos Fuentes, pero la historia es nuestra –dicen él y ella, cuando a las doce en punto se despiden, tomando cada quien el rumbo para su casa.

“LA NOVIA SECRETA DEL JARDINERO”
Ella lo mira a los ojos y ahora sabe que la mirada de él hacia ella es de adoración. Por eso ella, con sus 42 años, quiere actuar con delicadeza para no romper el corazón de él, de 17 años, que ayer le entregó una carta:
- Señora, por favor, este sobre es para usted –dice él, al momento de colocar la carta en las manos de ella, que aunque quisiera tocar, no se atreve y apenas siente que el sobre hace contacto con las manos de ella, él retira las suyas y el sobre cae. Los dos se agachan rápidamente para tomar el sobre. Las miradas se encuentran. Y ahí abajo, él suplica:
- Por favor, no la lea hasta que yo me vaya.
Ella sonríe, pero cumple. Él se va. Ella abre la carta y lee:
- Por favor, señora, no se vaya a enojar conmigo, pero quiero confesarle que estoy enamorado de usted. Yo sé que esto que le digo está mal, porque usted es una mujer casada, con dos hijas y que tiene un marido que la quiere, pero no lo puedo evitar, cada vez que la veo siento bonito.
Ella, aunque no quiere, también siente bonito.
- Te has puesto muy gorda – le dice su marido a cada rato.
- Sería bueno que pensaras antes de hablar –le dice siempre su marido, después de las reuniones familiares dominicales.
- Tengo sueño, estoy cansado –le dice su marido, casi todas las noches, cuando ella quiere un abracito.
- Ya no pido más, sólo un abracito –clama ella, para sí misma, en la noche, cuando su marido ya duerme y ella se la pasa cambiándole los canales a la televisión, tratando de encontrar algo que calme su ansiedad.
- Cada vez que la miro siento bonito –dice la carta de él, que es el jardinero que trabaja en la casa, que todos los lunes va y arregla el jardín y siempre al final, le entrega a ella un arreglo.
Pero ayer no hubo arreglo, ayer fue carta.
Hoy, el timbre suena. Ella se inquieta. Pregunta por el interfón:
- ¿Quién?
- Soy yo, el jardinero.
- Pero hoy no te toca venir –dice ella, que se descubre ruborizada.
- Es que ...quería venir a pedirle que me perdone, señora.
- ¿Perdonarte, por qué? –pregunta ella, que empieza a sentir que un calor interno la envuelve.
- Es que voy a renunciar –dice él, con la voz entrecortada.
Ella siente que el piso se mueve, que la tierra se abre, que el abismo se la quiere tragar, pero alcanza a no ahogarse lo suficiente y responde con una pregunta:
- ¿Pero por qué?
- Porque después de lo que le dije en la carta, no creo que me pueda atrever a mirarla a los ojos, otra vez.
- Espérame, no te vayas –le dice ella, que muy decidida, cuelga el interfón y camina rápidamente hacia la puerta de entrada.
Abre y lo mira a él, que descubre que la mira con fascinación y siente bonito, porque sabe que él siente bonito.
- Pásale –le dice.
Él entra. Ella cierra la puerta. No hay nadie en la casa, la muchacha fue al mercado. Ella entonces, lo toma por los hombros, se acerca con mucha ternura hacia los labios de él y le planta un beso, que ella siente bonito, y que siente que él también siente bonito. Las manos de él en la espalda de ella, que por un momento siente mucho más que bonito, siente calor, siente ardor, está a punto de poner sus manos en el pantalón de él, cuando de pronto, escucha el sonido de la llave que entra a la cerradura.
- ¡La muchacha! –exclama para sí misma y lo aparta a él, que se desconcierta, pero entiende cuando ve aparecer a la muchacha por la puerta.

La muchacha lo mira con unos ojos que matan. Él baja la cabeza. Ella se da cuenta y dice:
- Aquí está lo que te quedé a deber ayer y nos vemos el próximo lunes.
- Sí, señora, nos vemos el próximo lunes –responde él, que antes de irse le dice a ella, muy en secreto:
- Por favor, que esto nada más quede entre usted y yo.
- Claro que sí, entre tú y yo, nada más –reponde ella, que se va a su cuarto a reposar un rato en la cama con la sensación tan hermosa de saberse la novia secreta del jardinero.