REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

De nuestra portada

El desfile expropiado a los militares


Benjamín Torres Uballe

Con amor para Leo, Lala, Irra y Nata

Antes del pasado 16 de septiembre, jamás asistí a presenciar el desfile militar en la Ciudad de México. En mi familia no existió esa costumbre. Mis padres estaban más atareados en trabajar para alimentar y educar a esa irredenta y estridente pandilla de hijos, que no dábamos tregua para un minuto de reposo; además, los exiguos recursos financieros tampoco lo permitían.
Pero el tiempo y la vida, como en un carrusel, nos colocan en situación de nuevas oportunidades, así que desde días previos a la conmemoración de la Independencia empezó a rondar en mi cabeza la idea de darme una escapada sin prisa, sin horarios asfixiantes, para ver de cerca —dice el maestro René Avilés Fabila que los escritores somos muy observadores— cómo se vive lo que ya se convirtió en una fiesta popular; esto, con el riesgo de que uno de los más conspicuos “intelectuales” televisivos que existen en la nación, don Nicolás Alvarado, pudiera colgarme la etiqueta de “naco”.
Decidí correr el riesgo. A las 10:30 llegué en el Metro a la estación Chapultepec y, previendo que la jornada pudiera ser extensa, me apersoné en la barra de Los Panchos para disfrutar dos deliciosos tacos de “chiquita”. Luego empezó la caminata, justo allí, donde se ubica la Torre Mayor, en el esplendoroso Paseo de la Reforma. Surgieron, entonces, las primeras estampas que me atraparon: la impresionante cantidad de gente esperando el inicio del desfile y las familias acomodadas en bancos de madera, de plástico, sillas, escaleras de aluminio y botes, en lo que fuera.
Los policías militares y de la Ciudad de México no permitían cruzar a la acera contraria. Así que continué caminado por la banqueta norte de Reforma hacia el oriente. Tanto qué mirar hacía que mi desplazamiento fuera muy lento. Ahí estaban las familias, los curiosos, los turistas, el ciudadano común y corriente en una verbena sin que nadie les obligara ni impusiera nada. Mucho menos que algún repudiado partido o líder político hiciera uso del deleznable “acarreo” para llevarlos.
Niños con sus padres —en no pocos casos acompañados por las abuelitas—, pletóricos, en el centro de la capital, conviviendo en medio de un oasis que, ya transformado, había dejado de ser —al menos por unas horas— el violento monstruo terrorífico que ensordece con sus malignos decibeles y horroriza con la brutalidad de los imparables asesinatos, secuestros, asaltos, extorsiones, narcotráfico y demencial tráfico vehicular. La convivencia social no sólo es necesaria, sino posible, estaba frente a mí, igual que un abanico festivo que refresca el cuerpo y la esperanza.
Muchas calles repletas para disfrutar con avidez el paso de los soldados, marinos, camiones, perros adiestrados, plataformas transportando helicópteros, lanchas rápidas, unidades blindadas… en fin, toda una gama de los recursos humanos y materiales de las fuerzas armadas, tan denostadas en los años recientes porque a ciertos ignorantes en el gobierno federal se les ocurrió enviarlos a las calles para intentar frenar la violencia derivada del narcotráfico, tarea que corresponde a las autoridades civiles. Pero de ese tamaño son las barbaridades de quienes “gobiernan” México.
Por eso mi asombro y alegría de constatar que en este México —del que se ha adueñado una voraz e inmoral clase política—, el cual por momentos parece caerse a pedazos, prevalece el espíritu férreo y generoso de las familias, que a pesar de todas las adversidades se sienten profundamente orgullosas de aquello que representa a la inconmensurable patria que las vio nacer.
Me bastó con ver a la multitud feliz y respetuosa, la mayoría en ambiente familiar. A los niños sobre los hombros de papá, preguntando todo lo inimaginable de lo que sucedía en el desfile. A las parejas de enamorados atentos a los contingentes militares. A los ciudadanos aplaudiendo y tomado fotos sin dejar de lado las infaltables selfies. Toda una fiesta ciudadana donde se agitaban sin poses las banderas nacionales de todos tamaños. Si para gritar el amor por México hubo que esperar horas bajo el sol, valió la pena y, para mí, ser testigo de ello fue un bálsamo para el espíritu. Simplemente fue maravilloso constatar cómo la gente ha expropiado el desfile militar.
No sé cuántos kilómetros hay desde donde inicié mi andar —la Torre Mayor en Reforma— hasta el Zócalo. Tampoco cuántos sorbos de agua necesité ni cuántas veces me detuve para darme el placer de llenarme los ojos y el alma con los mexicanos que coreaban —también con el alma— a su bandera y todo lo que representa. Saberlo no es necesario ni importante. Lo que sí lo es —sin temor a equivocarme— es el hecho fundamental de que, a pesar del gobierno infausto que padecemos, los mexicanos no pierden su grandeza, ni la fe en su patria. ¡Ah!, incluido yo, por supuesto, faltaba más.

©Benjamín Torres Uballe
@BTU15