REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Borges, Marx, la estadística y las elecciones en Estados Unidos


Hugo Enrique Sáez A.

1. Borges y “la secta de los políticos sinvergüenzas”
Como solía suceder a menudo, Borges hacía declaraciones por la vía del absurdo que ofendían los sentimientos políticos de quienes nos empeñábamos en una lucha por cambiar el mundo, o al menos la autoritaria sociedad en que vivíamos. En una ocasión llegó a sostener que el esclavismo era un sistema mejor que el del servicio doméstico, porque el esclavo representaba un bien de lujo y lo cuidaban como inversión importante del patrón, mientras que a la empleada la contrataban para limpiar una casa y se la acusaba de ladrona por la desaparición de cualquier objeto. El esclavo hasta gozaba de cierto afecto, según su versión. Yo pienso que sería similar al que yo tengo por mi gatita Nina. Cuando me enteré de que Thomas Jefferson, tercer Presidente de los Estados Unidos, había tenido como pareja, paralela a su matrimonio, a la esclava negra Sally Hemmings, confirmé que en algunos casos ese “afecto”, por exceso o por consentimiento, la relación del patrón llegaba a extremos eróticos en los que se puso a generar una prole. Cabe acotar que tampoco las empleadas domésticas escapan de los arrebatos libidinosos del patrón.
Ahora bien, hace poco evoqué en facebook una antigua declaración de Borges:
Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano. Esto no lo digo contra ningún político en particular. Digo en general, que una persona que trate de hacerse popular a todos parece singularmente no tener vergüenza. El político en sí no me inspira ningún respeto. Como político.
Durante mucho tiempo yo me había resistido a siquiera analizar esta tesis de Borges, aun cuando mi admiración por su obra literaria era enorme, y no es que ahora comparta el contenido de las citadas palabras sino que extraigo algunas lecciones de su posición en la coyuntura política que la expresó. Más grave que sus palabras en contra de la democracia fue el contexto en que las pronunció: una entrevista con Bernardo Neustadt en julio de 1976, cuatro meses después del criminal golpe cívico militar en Argentina. (http://www.bernardoneustadt.org/contenido_150.htm). Neustadt, un periodista manipulador de ultraderecha, intentaba en esos momentos justificar la dictadura de Videla desprestigiando al depuesto gobierno constitucional que había encabezado la viuda de Perón, Isabelita. Por supuesto, el caos de esta última administración compartida con López Rega (fundador de la Triple A) en nada se parecía a una democracia, y Borges cayó en la trampa de desprestigiar a los políticos en general, en lo que terminaba coincidiendo con los militares que se erigían en salvadores de la patria frente al terrorismo, término denigrante para designar a cualquier atisbo de oposición.

2. Marx y la igualdad en una sociedad desigual
La primera lección que extraigo es que Borges fue sincero al declararse ignorante de la política, como también lo era, según reconocía, de la medicina o de la física. Luego, a sus 80 años también destapó cosas sorprendentes en una incisiva entrevista con el español Joaquín Soler Serrano: “Es tan deplorable que en un país haya millonarios como que haya mendigos". No sé por qué pero terminé asociando esa frase con algo de Marx que yo había leído en Crítica del Programa de Gotha: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. A principios de la década de 1980, época, con el humor que siempre los caracterizó, Emilio de Ípola y René Avilés Fabila habían intercambiado en México textos en que usaban información ficcional (sintiéndose más cercanos al autor) para afirmar que Borges se había afiliado como camarada del partido comunista argentino y que a los dirigentes les había propuesto que al tomar el poder debían pintar de rojo la Casa Rosada, de modo que estuviera a tono con la ideología revolucionaria. El agregado militar de la embajada argentina llamó por teléfono a la redacción de El machete para investigar la fuente de esa noticia.
La cuestión es muy compleja. A Borges, mejor dicho, a lo que representaba su figura pública, lo odié durante mi exilio por su apoyo a las dictaduras argentina y chilena. Mujica Láinez se erigía entonces en el intelectual adocenado del régimen de Videla, pese a que en su novela Los viajeros había dibujado un magistral retrato sobre la decadencia de la estúpida clase oligárquica argentina. Con todo, en ambos casos la obra supera al individuo cotidiano que suele tener opiniones miserables, como en el caso de Borges cuando escribió la infame farsa del funeral de una muñeca, en una versión francamente vomitiva del dolor del pueblo cuando Evita murió. Creo que ni así pudo sacarse de su espíritu la genial maniobra de Perón cuando lo quitó de su puesto como bibliotecario y lo hizo nombrar "inspector de aves y corrales" en el mercado municipal, la peor ofensa para una clase europeizante en vías de pudrición. El antiperonismo de Borges fue nauseabundo y ofensivo. Hasta aquí la figura pública reprobable y hasta odiosa del escritor.
Retornando a Marx, agregaba éste en el mismo texto crítico que era absurda la existencia de leyes iguales en un país de desiguales.
¿Se cree que en la sociedad actual (que es la única de que puede tratarse), la educación puede ser igual para todas las clases? ¿O lo que se exige es que también las clases altas sean obligadas por la fuerza a conformarse con la modesta educación que da la escuela pública, la única compatible con la situación económica, no sólo del obrero asalariado, sino también del campesino?

En apariencia, habría una similitud entre la respuesta de Borges y el fragmento de Marx. No obstante, en este último se trata de una desigualdad económica la que prevalece entre las clases sociales, sostenida por la violencia del derecho, mientras que en Borges se trata de diferencias en cuanto a conocimientos, sin indagar más allá de las razones que ocasionan esta barrera gnoseológica.

3. La estadística y las elecciones
Un estimado amigo interpretó que Borges se inclinaba por un gobierno de expertos, conclusión que no se desprendía de las breves frases de la primera entrevista, según mi opinión. En cambio, yo me aboqué a pensar una sola dimensión del texto aludido: el exagerado papel que la estadística desempeña en la vida social contemporánea. De las declaraciones de Borges yo tomé la idea de la estadística como abusiva. Hoy en el planeta se gobierna basándose en la estadística, en los rangos de crecimiento, de los precios, de la tasa de interés. Mi admiración adolescente por su obra ya es cosa del pasado. Mi odio durante la dictadura es cosa del pasado. Hoy no tengo odios y lo leo con placer y admiración. Quizá sea un déficit de mi personalidad. Creo que el totalitarismo que nos está ahogando en México y en el mundo debe combatirse con el corazón limpio. Hoy más que nunca, la libertad y la igualdad nos exigen que haya fraternidad, es decir, relaciones de amistad con el afecto de hermanos.
La cruda realidad se tomó el trabajo de demostrar que en la actualidad la estadística se encarga de dictaminar todos los fenómenos sociales, desde el ranking de universidades del mundo pasando por los votos para elegir una reina de belleza hasta la aprobación popular de un gobierno. El problema es que se rebaja a la carencia de valor cualquier dato cualitativo, y los datos cualitativos son encerrados en categorías numerables y calculables. Un mundo en que se compite por obtener la mayor calificación cuantitativa.
Precisamente, las elecciones de noviembre 2016 en Estados Unidos despiertan una enorme expectación más allá de sus fronteras. Según un viejo chiste atribuido a los rusos en la época de la guerra fría, los estadunidenses votan para elegir si beben Pepsi Cola o Coca Cola. Sin embargo, las próximas elecciones no hay que juzgarlas con tanta ligereza. En gran medida se define el futuro inmediato no sólo de esa nación sino de la orientación que tomará la crisis mundial en la que nos estamos hundiendo.
El candidato Donald Trump suscita temores por la personalidad simplista y feroz al mismo tiempo en el momento de revelar su programa de gobierno. Su ignorancia marcha a la par con su audacia. Muchos nos sentimos como si se agitaran fantasmas en recuerdo de los sombríos acontecimientos de 1933 en Alemania. ¿Se repite la historia una vez como tragedia y luego como farsa? Incluso hay sectores del partido republicano preocupados por el fracaso a que podría llevarlos con sus actitudes torpes y racistas. Al respecto, el analista Marshall Shalins ha escrito lo siguiente (diario La Jornada, 18/09/16):
Los mexicanos son para Donald Trump lo que los judíos eran para Hitler: violadores, traficantes de drogas, asesinos, una degenerada raza criminal que debe ser arrestada y deportada para preservar la pureza de los estadunidenses y la mera existencia de la patria.
Hitler culpaba a los judíos por la mala situación económica de Alemania, y se apoyaba en criticar las descomunales sanciones económicas impuestas al país en el Tratado de Versalles al finalizar la primera guerra mundial, que de hecho se terminaron de saldar hacia el año 1964.
Trump acusa a los mexicanos de la migración ilegal (que él detendría con el muro “financiado” por México), de la introducción de la droga (¿quiénes la demandan?, convendría interrogarse) y del déficit comercial de su país con respecto a las exportaciones mexicanas. La solución parece inverosímil: abrogar o modificar el NAFTA (el Tratado de Libre Comercio de América del Norte), expropiar las remesas que los trabajadores mexicanos envían a sus familiares (más de 25 mil millones de dólares anuales) y financiar con estos recursos el muro fronterizo de más de 3000 kilómetros. Dicho en otras palabras, plantea una anexión de México sin invasión militar, al extender la legislación estadunidense más allá de sus fronteras, como ya lo ha hecho el tétrico juez Griesa al obligar el pago de otros gobiernos a los fondos buitre. En 1938 Hitler procedió a la Anschluss de Austria a Alemania. ¿Será el modelo de Trump?
Un sector del gobierno mexicano, que navega a la deriva, se atrevió a invitar a Trump y le brindó trato de jefe de Estado, lo que desató una crisis del gabinete y un amplio repudio popular por la sumisión frente a quien ofende a su población con insultos, al tiempo que de ganar la presidencia sumiría al peso en una profunda devaluación. Aun así, parece inexplicable que en algunos mítines del candidato republicano aparezcan “hispanos” que lo apoyan. Retornamos a la opción Pepsi-Coca. No se trata de ignorancia de la población de origen latino, que podría optar preferentemente por Hillary Clinton. Por una parte, quienes ya obtuvieron la nacionalidad están más interesados en su progreso económico que en asistir a unas elecciones que no inciden, según ellos, en su vida privada. Por otra, los candidatos se producen como un objeto simbólico, y en el caso de Trump se ha privilegiado el perfil de macho fuerte, que despierta adhesiones inconscientes para sentirse protegidos, algo similar a lo ocurrido con la caricaturesca figura de Hitler. Chaplin no tuvo que esforzarse mucho para remedarla en su película.