REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Apantallados

Consumatum est


Martha Chapa

Si bien la beatificación de Juan Pablo II corresponde a un ritual de carácter religioso, es imposible ignorar que la política ha tenido una influencia determinante en este hecho.

El mundo católico celebra que se haya reconocido las virtudes de Karol Wojtyla, pero también advierte que el proceso no ha estado exento del pragmatismo político más allá de los linderos del Vaticano.

En el caso de México, como ocurre en otros países, es muy fácil verificar tal dimensión. Cabe anotar que no es un fenómeno reciente, pues forma parte de un conjunto de conductas sociales que se comenzaron a manifestar desde el primer viaje que hizo a nuestra tierra del hoy beato, hace más de 30 años.

En efecto, aquí fuimos testigos del manejo que le dieron a la presencia de Juan Pablo varios de nuestros presidentes en turno, lo mismo con la intención de mejorar la imagen de sus respectivos gobiernos en medio de crisis económicas recurrentes, que con el propósito de mantener una buena relación con la influyente Iglesia católica. Se llegó incluso a una especie de esquizofrenia política, pues el carácter laico del Estado mexicano que establece nuestra Constitución fue ignorado y transgredido en diversas ocasiones.

Fueron varios los gobiernos que en su momento aprovecharon a su favor –y con un trasfondo electoral– la popularidad avasalladora del papa, quien visitó México en cinco ocasiones, la primera, en 1979.

Nos referimos a gobiernos tanto priistas como panistas. Imposible olvidar, por ejemplo, que José López Portillo llegó incluso a celebrar una misa en la residencia oficial de Los Pinos, o que Vicente Fox no tuvo empacho en arrodillarse, con su esposa Martha Sahagún, frente al representante de los católicos, sin importarle que con ello quebrantaba al Estado laico y lo subordinaba a sus creencias personales, por más respetables que éstas fueran. Sin hacer demasiado esfuerzo de memoria podemos recordar otros hechos en este mismo contexto, tanto en el caso de Carlos Salinas de Gortari –principal promotor del acercamiento entre el Estado mexicano y el Vaticano– y de Ernesto Zedillo, como del presidente Felipe Calderón, quien sin pensarlo demasiado decidió viajar a Roma para asistir a la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II, un acto, por donde se le vea, meramente religioso.

Otras tantas vicisitudes ocurrieron durante el largo pontificado de Wojtyla. Destaca el escandaloso caso de Marcial Maciel, líder de los Legionarios de Cristo, a quien el papa defendió a pesar de que, ahora no hay la menor duda –y al parecer entonces tampoco–, Maciel fue un pederasta depredador que provocó graves daños que no han sido aún superados ni restaurados, mismos que, por cierto, lastimaron en buena medida a la sociedad mexicana.

Desde luego, un hecho de suma importancia que debemos tener presente como preámbulo de la beatificación de Wojtyla, fue la decisión de elevar a los altares con pleno reconocimiento al indígena mexicano Juan Diego.

Hoy seguramente se revivirán muchos recuerdos del carisma del papa de origen polaco. Por ejemplo, su proverbial frase “México, siempre fiel”. O aquella exclamación que tanto gustó por acá: “Ahora soy mexicano”. O cuando, poco después de aterrizar en nuestro país, se postró y besó tierra mexicana y se puso un sombrero de charro.

Pero no todo es admiración y veneración, pues sectores liberales dentro y fuera de su propia iglesia tienen presentes su rechazo a la teología de la liberación, su negativa a una mayor participación de la mujer en la liturgia católica y otras cuestiones doctrinales que se consideraron posiciones claramente de derecha, lejanas a la justicia social y a la equidad entre los pueblos del mundo.

Pero más allá de estas interpretaciones de unas y otras tendencias, existe un reconocimiento a la lucha de Wojtyla desde mucho antes de que fuera erigido como líder religioso del catolicismo, por su postura abierta contra el totalitarismo en los países socialistas. Incluso puede afirmarse que su posición en este sentido contribuyó en buena medida al derrumbe del Muro de Berlín a finales de los años ochenta.

Ahora la Iglesia católica acaba de beatificar, en una ceremonia que fue seguida por millones de personas en el mundo, a ese papa a quien tanto se asoció con los viajes, con los medios de comunicación, con toda una estrategia de persuasión y propaganda que llevó sus valores e ideas a todos los rincones del planeta. Los efectos fueron contundentes y, para muchos, positivos, si bien otros cuestionan las posiciones y directrices del papa viajero, ahora beato en vías de canonización.

Más allá del legítimo debate sobre las virtudes, defectos y omisiones del polémico papa fallecido hace seis años, nos quedamos con una de sus frases, con la cual difícilmente alguien puede estar en desacuerdo: “No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad”.

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