REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Vicente Guzmán Ríos, Voces, formas y colores tlalpenses


Iris Santacruz

De veras que Vicente está salado, hace muy poco, en noviembre del año pasado, se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un libro de autoría colectiva que incluye un capítulo de Vicente Guzmán y Citlali Castillejos: “Imaginarios de una marcha y apropiación plurisensorial del espacio”, el libro editado por la Universidad Autónoma Metropolitana se llama Yo no estuve ahí pero no olvido. La protesta en estudio. El día de la presentación en la Feria se aproximaba y el libro no salía de la imprenta, todos los días, los responsables de la tarea editorial en la Universidad nos decían lo mismo, ya casi está, ya merito…. Viendo que se acercaba peligrosamente el día de la presentación y que no teníamos ni un sólo libro, tomamos la decisión de separar 100 ejemplares, los que irían a la Feria, y en lugar de cocer los pliegos, pedimos que los pegaran. Ni modo, los lectores que compraron el libro allá en Guadalajara tienen ejemplares pegados porque no hubo tiempo para más. Con este nuevo libro también hemos pasado emociones fuertes, hace unos días recibí una llamada del preocupado Vicente: Te mando un archivo electrónico a tu correo porque el libro aún no está listo. Lo dicho, no es culpa de los editores, Vicente tiene mala pata.

Quisiera detenerme un poco recordando cómo fue que re-conocí a Vicente Guzmán. Resulta que somos compañeros de la UAM-Xochimilco desde tiempos inmemoriales, desde que se llegaba a la Universidad por caminos de terracería y el Canal Nacional se desbordaba cada temporada de lluvias, mientras nosotros dábamos clases en las llamadas aulas provisionales o gallineros que no son otra cosa que modestas estructuras de lámina improvisadas como aulas pero que han durado 37 años. Sin embargo no nos dirigíamos la palabra porque Vicente forma parte del cuerpo docente de la muy distinguida División de Ciencias y Artes para el Diseño y ellos no se codean con cualquiera, mucho menos con la raza de sociales, como se nos conoce a los de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. Ellos, los de diseño, no tienen edificios, tienen un claustro, sus departamentos académicos tienen nombres elegantes como: Síntesis Creativa y todos los profesores son de mocasín boleado y saco de tweed. Por eso no es casual que algunos de los personajes centrales de este libro sean los limpiadores de calzado que trabajan en la Plaza de Tlalpan.

Bueno, así las cosas allá por el 2008, el Doctor Sergio Tamayo y otros académicos, entre ellos Vicente, convocaron a la realización de un Taller, el VII Taller Internacional de Etnografía Urbana y Cultura Política. Análisis de la Protesta. Más que un Taller, yo diría que fue ésa una empresa titánica que involucró múltiples recursos y que movilizó a una enorme cantidad de gente. En tal edición, el Taller se propuso el estudio de la marcha conmemorativa para recordar la masacre ocurrida el 2 de octubre de 1968. Fue un evento que convocó a especialistas de todo tipo, sociólogos, politólogos, artistas visuales, arquitectos, historiadores. En las sesiones preparatorias a la observación etnográfica de la marcha, leíamos y discutíamos, preparábamos el material que necesitaríamos para sistematizar los datos derivados de la observación. Uno de nuestros maestros, Vicente, apelaba a nuestros sentidos, decía: escuchen los ruidos de la manifestación y uno pensaba, en los gritos rítmicos tipo, ¡Ché, Ché, Ché Guevara! o ¡El Pueblo unido jamás será vencido!, pero en realidad, haciéndole caso a Vicente, se descubría que hay más. Hay las voces de los que quedan atrapados por la manifestación y con enojo van diciendo, por ejemplo: ¡Pinche Peje!, el pregón del vendedor de elotes y esquites, el de los periódicos, descubre uno que en Eje Central y Avenida Juárez se escucha un carillón, y en el Zócalo se oyen las campanadas de la Catedral y el sonido cadencioso de los cascabeles en los tobillos de los danzantes que, con manifestación o sin ella, están siempre practicando sus ritos ancestrales. Vicente nos decía, huelan los olores de la manifestación, hay más que sudor o viejas cañerías del centro histórico, y tenía razón, si uno está dispuesto a dejar fluir los sentidos entonces percibirá el olor de los garapiñados que alguien vende, el del pavimento mojado después de una llovizna, hasta el olor de las cartulinas, mantas y pendones con las consignas recién pintadas. Nos invitaba: vean más allá de los números y de las consignas de los contingentes y dibujen lo que ven, represéntenlo gráficamente. Para decirlo con palabras de Vicente:

“trascender la acción natural de abrir los ojos, hasta mirar y reconocer y otorgar significado a las formas y colores, lo mismo que “abrir” los otros sentidos y percatarnos de la presencia de sonidos, temperaturas, olores y gustos”.

Uno pensaba, claro, qué fácil, él es un artista, yo nomás voy a hacer el ridículo. Tal vez no lo crean, pero más de uno, lograron superar el atavismo consistente en pensar que una es la visión de los científicos sociales y otra, muy diferente, la representación de la realidad que supone la creación artística. Estos compañeros del Taller empezaron a registrar gráficamente la formación de los contingentes y su desplazamiento por la topografía urbana, sus colores predominantes y su forma de apropiarse del espacio. El resultado fueron unos croquis llenos de colorido y de movimiento que explican más que una larga parrafada. Continúo citando a Vicente:

“Tanto en la vida cotidiana como en el campo del conocimiento son comunes las posturas binarias o maniqueas, basadas en principios de tradiciones epistemológicas de corte diverso, como las que colocan a la ciencia por un lado y al arte por otro, o las que afirman que hablar de la belleza es una frivolidad o bien que es un tópico cuya inutilidad está ceñida por su relativismo.”

Así fue como re-conocí a Vicente Guzmán, profesor y compañero de la UAM-Xochimilco, y gran maestro que en ese Taller y en este libro, nos enseña que es posible ponernos en manos de la convergencia disciplinaria de las ciencias y el arte, cito lo que Vicente nos dice en este libro:

“Por un lado, compartiendo el instante gozoso del registro gráfico frente a la confrontación de las experiencias personales, y por otro, recuperando algunos referentes conceptuales en busca de que el texto adquiera una mayor profundidad comprensible”.

Mas adelante profundiza la idea:

“Dibujar y acuarelear es una acción que reivindico como un método científico de la investigación cualitativa, con aspiraciones artísticas. Se debe a que el tiempo que lleva elaborar cada registro a tinta o a color, permite una vinculación con las personas del lugar de manera que se vuelve una llave que abre posibilidades de lo que los antropólogos llaman raport, dentro de un juego de espejos que acaba por hacer del propio indagador el sujeto indagado”.

Este libro es un buen ejemplo del método que el autor reivindica. El recorrido por Tlalpan, de la mano de Vicente, adquiere otra dimensión. Aún cuando se conozcan los lugares, contemplarlos a través de las magníficas acuarelas del artista hace que se descubran nuevos aspectos que antes pasaron desapercibidos.

Lo mismo ocurre con las entrevistas: “…La plaza es suave. Es triste cuando me voy”. Parece una frase del poeta López Velarde, pero es sólo una niñita refiriéndose a la Plaza de la Constitución. Y cuando se piensa con detenimiento, hay muchos lugares que aún “son suaves” en Tlalpan y en otras partes de nuestra Ciudad. Leer el libro de Vicente es como caminar por las calles de Tlalpan e ir viendo aquí el Centro Barros Sierra conocido como Casa Frissac o como casa de Chucho el Roto, allá una hornacina en la ex hacienda San Agustín de las Cuevas, que nunca había uno percibido, luego los aparejos de los muros del mercado, que tampoco habían sido apreciados. Lo mismo pasa con los atrios de las iglesias, las capillas, las casas famosas, como la Ex Hacienda de Tlalpan y la Quinta Catipoato, la casa Chata, la Quinta Ramón o las casas que se hicieron célebres por su aparición en una película del extraordinario Luis Buñuel, o porque nació alguien tan ilustre como Renato Leduc y ahora es una cantina en la que las tortas de marlín ahumado son verdaderamente memorables.

Y desde luego la plaza, la plaza tan admirada y querida por Vicente, la suave plaza, con sus ruidos y sus personajes, sus olores y su quiosco.

Pero leer este libro no es sólo un recorrido por los rincones de este sitio maravilloso que continúa siendo Tlalpan.

Al final de cuentas de lo que nos habla Vicente es de una nueva forma de producción del conocimiento, en la que los problemas no se encuentran encuadrados dentro de una estructura disciplinar sino que es transdisciplinar. Esta nueva forma de conocimiento, a decir de Michel Gibbons, se “lleva a cabo en formas no jerárquicas, organizadas de forma heterogénea, que son esencialmente transitorias… [Este modo] supone una estrecha interacción entre muchos actores a través del proceso de producción del conocimiento, lo que significa que esa producción del conocimiento adquiere cada vez una mayor responsabilidad social.”

Sabido es que este tema, el de la forma de producción del conocimiento, es un tema de debate entre especialistas pero lo cierto es que estamos presenciando el desmoronamiento de las viejas fronteras entre ciencias naturales y aplicadas, ciencias sociales, humanidades y las disciplinas artísticas. Han surgido nuevos ámbitos en los que científicos, humanistas y activistas de diversas causas debaten sin respeto por las fronteras que nos mantenían a unos en el claustro, a otros en nuestros cubículos y a otros en el ámbito de organizaciones diversas. Ya no es suficiente para validar el conocimiento que cada día se produce el referente del mundo académico, tal como lo conocemos, ni la sanción de las comunidades científicas organizadas por disciplinas, ahora se requiere contextualizar el conocimiento. Ya no es suficiente examinar una sola dimensión, se requiere de visiones y respuestas muy diferentes. Se requiere co-construir los significados. Cito a Gibbons: “Existen ciertamente realidades que uno se esfuerza por comprender, pero la única forma de acceder a ellas es a través de la contextualización, es decir, mediante la construcción de vínculos y de significadores compartidos que permitan delinearlas y sacarles sentido” .

Entonces no es sólo un libro sobre Tlalpan, sus lugares y su gente, también es un ejemplo de esta nueva forma de construir el conocimiento que deja atrás enfoques disciplinarios y nos abre un mundo nuevo de posibilidades.

Para finalizar este comentario quisiera hacer referencia a algunas conclusiones que ilustran la faceta de educador y maestro de Vicente:

“Por ello, - dice- una aspiración plausible es inculcar en la juventud y sobre todo en la niñez, la idea de considerar al espacio público del entorno tlalpense como una suerte de museo vivo, de acceso gratuito, donde la contribución de las personas sería el empleo de etiquetas pertinentes a este tipo de recintos.

Sugiere fundar algo parecido al “día de la arquitectura” que no sería otra cosa que:

“…llevar a cabo programas con información y crítica de proyectos arquitectónicos y urbanísticos con visitas guiadas.”

También, en las conclusiones, habla el urbanista:
“incluimos una propuesta de animación barrial y remozamiento urbano como un ejemplo de intervención viable, para recuperar valores subyacentes en los ámbitos urbanos tlalpenses no favorecidos”

Estas propuestas nos convocan a gobierno y ciudadanos a recuperar el espacio público como legado histórico de compleja belleza del imperio del automóvil y de la depredación de la que ha sido objeto.

Agradezco a Vicente por este libro y doy también las gracias a Tlalpan por continuar existiendo y por no dejar que la indiferencia ciudadana y el mal gobierno la destruyan, gracias porque en esta Ciudad que José Emilio Pacheco describió como:

una ciudad desecha
Gris, monstruosa

Siguen existiendo lugares como las calles de Tlalpan, que parecen sacadas del poema de Octavio Paz, “Hablo de la Ciudad”: “hay calles en penumbra que son una insinuación sonriente, no sabemos adónde van, tal vez al embarcadero de las islas perdidas…”

Estas calles, ilustradas por Vicente, de altas bardas (laberinto de bardas diría el arquitecto Luis Barragán), desde donde asoman buganvilias, bordeadas por enormes árboles que las sumen en la penumbra, tal vez puedan llevarnos al embarcadero de las islas perdidas.

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1 Gibbons M., La nueva producción del conocimiento, Ediciones Pomares-Corredor, S.A., Barcelona, p. 8.
2 Gibbons, op cit. p. 144.