REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 09 | 2018
   

Para la memoria histórica - Encarte

El gran solitario de Palacio


René Avilés Fabila

Un clásico de la literatura del 68: El gran solitario de Palacio

Luego de la brutal represión del gobierno de Díaz Ordaz el 2 de octubre de 1968, donde murieron muchos estudiantes, otros fueron encarcelados y unos más hallaron en el exilio una salida para preservar su integridad física, hubo terror, desconcierto y miedo al poder político. Funcionarios y periodistas optaron por el silencio cómplice. El sistema parecía haber quedado intacto. Sin embargo, no fue así. La literatura se encargó de funcionar como memoria y comenzaron a aparecer las novelas, los cuentos y los poemas que criticaban la masacre y señalaban a los culpables. No fue uno, fueron muchas las obras que aparecieron juzgando y condenando a los responsables de la atrocidad.
Entre esos libros, está El gran solitario de Palacio, publicado en Buenos Aires, en 1971. En México, imposible. Finalmente comenzaron a llegar ejemplares de la novela y enseguida las ediciones mexicanas y algunas traducciones que contribuyeron a señalar el medio político y social perverso y corrupto que permitió el crimen. Entre sus veintitrés ediciones, están algunas interesantes como la que llevó a cabo la primera Legislatura de la Asamblea Legislativa del DF, hoy Ciudad de México y la conmemorativa que realizó la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, UPAV, cuando le concedió a su autor, René Avilés Fabila, nuestro director, el Doctorado Honoris Causa.
Hoy de nueva cuenta circula en una coedición de la Universidad Autónoma de Aguascalientes y la editorial Laberinto. Tiene prólogo del distinguido académico Ricardo Yocelevzky y epílogo del crítico literario y escritor Mario Saavedra. Lo que en este número reproducimos es un fragmento de la novela: relatos breves o minificciones que satirizan a los militares y a los políticos por igual. Forman parte del amplio mural social que la novela expone con ironía.
Vale la pena volver a ella y constatar que México no ha cambiado gran cosa en casi 50 años. Nos gobierna un "solitario" del Palacio y lo sostiene un sistema corrupto e ineficiente. La sociedad, en esta trágica historia, es la gran ausente.


El gran solitario de Palacio
René Avilés Fabila

Capítulo 19
Felipe busca a sus compañeros desaparecidos la noche de la matanza en delegaciones, hospitales, en el servicio secreto, siem¬pre infructuosamente; sólo queda intentar en el único sitio po¬sible: el campo militar: la gente murmura sobre la presencia de docenas de arrestados en ese sitio inmenso, aislado, refracta¬rio a los civiles, puesto así a propósito para que las personas ignoren las actividades de los soldados cuya aparente y única misión es mostrarse en un vistoso e inútil desfile en el aniver¬sario de la Independencia, día en que pasan por millares ante el Presidente: subdesarrollada versión de las paradas nazis que tanto gozo provocaron en la población. En un Renault, Felipe hace el trayecto; al llegar comprueba que el rumor se ha exten¬dido con las inevitables consecuencias: hombres y mujeres ante las puertas cerradas. Los soldados tienen órdenes estrictas de impedir el acceso a los civiles, salvo que se identifiquen como agentes del cuerpo secreto. Felipe estaciona el automóvil y desciende. Primero curiosea. En las caras de quienes aguardan puede observarse cierta agitación, un estado nervioso conse¬cuencia de los sucesos, sucesos conocidos a través de murmu¬llos, voces en secreto, voces silenciosas. Todos los que están aquí, de pie o en cuclillas, suponen, quieren suponer, que sus parientes sufren prisión en el campo militar. En efecto, algu¬nos deben estar arrestados; los camiones que salieron vacíos el dos de octubre, después de la medianoche regresaron car¬gados; llevaban a los muertos, pero hubo quien escuchó voces, lamentos.
Felipe regresa al coche. Enciende el motor y se dirige hacia la puerta. Acercándose a los guardias, pide permiso para visitar las instalaciones deportivas; simultáneamente muestra una cre¬dencial de periodista. Hay desconfianza por la juventud de Fe¬lipe. Los soldados hablan entre sí, voltean a verlo con insistencia. Las credenciales siempre impresionan, sobre todo cuando ostentan el membrete de un periódico conocido, como ahora. No hay mucho que discutir. Órdenes son órdenes, para eso son soldados, para obedecer, no importa cuáles sean ni cuánta gra¬vedad contengan. Disciplina, disciplina. Felipe despertó sos¬pechas. Los soldados se acercan al coche y uno de ellos corta cartucho y grita enérgico, varonil:
—¡Abra la cajuela!
—¿Tiene alguna razón para que la abra?
—Sí, ésta —concluye mostrando el arma; apuntándole al rostro—. Felipe ve la pequeña y mortífera boca del fusil: ar¬gumento definitivo. Acciona la palanca y la cajuela salta con un fuerte rechinido; el militar se encamina a la parte trasera, a lo que él supone la cajuela con lógica de automotriz estadu¬nidense. Molesto, vuelve a gritar:
—¡Que abra, le digo!
—Está abierta —muy alto para que todos oigan—. Y le¬vantada —añade Felipe sardónico.
Las risas de las personas que han aguardado durante horas para averiguar el paradero de sus familiares, risas de desahogo, obligan al soldado a recapitular, a rendirse. El ridículo cubre a las armas nacionales y el guardia cubre la retirada-apariencia.
—Bien, de cualquier forma tengo órdenes de que nadie pase.
Lo dice de tal modo que los curiosos escuchan y se perca¬tan de la inutilidad de su espera: no sabrán lo que sucede den¬tro del campo militar.
El destartalado Renault se aleja. Ya en su departamento, Fe¬lipe medita el siguiente paso.
Un artículo, pensó Felipe, pero quién lo publicaría. Nadie. Seguro. Escribirlo y repartirlo como si se tratara de un volan¬te, de mano en mano, para que lo leyera la población y supiera de la matanza y de los encarcelamientos y del terror y de la violencia desatados por el gobierno. ¿Cómo difundir la historia o algunos de sus aspectos? Algo dificulta la cabal comprensión del problema: los cadáveres: ¿dónde están los cadáveres? Con¬vertidos en cenizas, calcinados: polvo; no, pedazos de huesos que ni siquiera pasaron por un molino para que los deudos tu¬vieran los restos en prácticos envases de madera que pueden ser guardados en el ropero, junto a las reliquias de familia. ¿Qué pensarán esos padres que no hallan a sus hijos, que ya agotaron cárceles y hospitales? Durante el informe presidencial posterior a la matanza el Caudillo dijo que el odio no nació en él, que lo obligaron a actuar; aunque por otra parte, fanfarronamente —lo que sus serviles colaboradores llamaron valentía— se responsabilizó de los hechos. Vaya cinismo. Lo vi por tele¬visión; pensé que tal vez alguien intentaría vengarse, pero hemos perdido la capacidad de indignación. Por lo demás, un asesinato no cambia las cosas de la misma manera que una revolución socialista y esto último es lo que necesitamos. La opinión pública está enardecida, me dicen con frecuencia, pero tiene temor, aña¬den. ¿Opinión pública? ¿La suma de obreros, campesinos, clase media urbana, gran burguesía? ¿Dónde puede aparecer la cólera? La rabia no es nuestra, su dueño es el Caudillo, el Caudillo y la revolución burguesa que representa. El gobierno será represor cada que sea necesario. Además, no debo olvidar que el señor Presidente es intocable, sus colaboradores pueden ser atacados, nunca él. Cuando algo falla —o sea muy seguido—, son ellos los responsables. Y entonces dicen, engañan al Presidente, quien tiene las mejores cualidades del mundo y ni una sola falla y cada sexenio es mejor al pasado. En el asesinato del líder agra¬rio Jaramillo y su familia, nadie acusó al Caudillo de intervenir; dijeron que los soldados lo hicieron a espaldas de su jefe. Como si aquí dieran un paso sin consultarlo con el Primer Mandatario. Nunca; siempre al tanto, informado, tiene mil ojos y mil ore¬jas, es como Dios: está en todas partes: su retrato vigila las actividades del Partido de la Revolución Triunfante, las buro¬cráticas y aun las privadas. Tiene el don de la ubicuidad. La gente lucha por halagarlo, por servirlo. Deberíamos tener un gran cambio. Tal vez deba escribir una fábula en lugar de un artículo, como otras que he escrito y que reflejan la forma, mi forma de ver a México y a mi medio continente: América Latina: algo como los apólogos, y tomó un puñado de hojas que permanecían quietecitas sobre un escritorio de madera; las miró detenidamente:
Apólogos, proverbios y refranes
para políticos burgueses, militares
latinoamericanos y uno que otro
policía.

El hombre es un animal político: Aristóteles
I:
De toda la Creación, los camaleones son quienes más se pa¬recen a los políticos: ambos grupos pueden cambiar de color según el medio ambiente. Para ello tienen un pretexto pueril: la lucha por la subsistencia. Sin embargo, el político llega a mayores excesos que el camaleón y muda de color varias veces en tiempo mínimo, para estar a tono con la clase o grupo en el poder. No cabe duda: la Naturaleza es generosa con algunas especies y absolutamente injusta con otras. Gracias a esa facul¬tad mimética, o transformista, los políticos no sólo subsisten, sino que viven rodeados de confort, lujo y riquezas que nadie obtiene vistiendo de un color. En breve se notará la gradual desaparición de los camaleones (cazados, enjaulados, diseca¬dos), al paso que aumenta en forma alarmante el número de políticos; para decirlo con palabras de Malthus: crece en pro¬porciones geométricas.

II:
Sobre los gorilas pesa una tremenda calumnia: los compa¬ran con los militares latinoamericanos. Sí. Una injusticia. El parecido de estos es con los orangutanes. El gorila es un ani¬mal inofensivo, de buen carácter (salvo cuando los molestan: reacción normal), monógamo, amante de su familia, tímido. En cambio, el orangután es agresivo, cruel y al sentirse aco¬sado resulta un enemigo feroz, ah, y cuando lo domestican, como el militar latinoamericano, finge docilidad. Incluso físi¬camente son semejantes: repulsivos; de brazos hasta el suelo, tienen complejos a causa de su fealdad y sus cerebros poseen capacidades mínimas. Se diferencian en un punto: los militares usan vistosos uniformes verdes y muchas medallas en el pecho (estrategia de cuartel, triunfos de escritorio, asiduidad a cur¬sillos antiguerrilleros). No obstante, desnudos pueden confun¬dirse con cualquier orangután.
Cierta vez efectuaron un experimento curioso para probar el grado de inteligencia de ambos especímenes (experimento ahora olvidado aunque en su momento tuvo notable publici¬dad). Vistieron de general a un orangután, lo condecoraron, le dieron asesores militares norteamericanos y lo soltaron en medio del ejército. Desde luego, invocó la salvación de la pa¬tria, la lucha por la democracia; habló del peligro comunista, de evitar el caos, el desorden, la inmoralidad y sin más dio un cuartelazo y se instaló cómodamente en la silla presidencial. Por otro lado, un militar, despojado de su ropa e insignias, fue abandonado entre orangutanes; a poco llegó a jefe, pues parece que su instinto, como el de los monos mencionados, conduce al poder. Pero el improvisado dictador cometió tales desatinos (disposiciones absurdas, órdenes idiotas, promesas falsas y cosas por el estilo) que pronto dieron al traste con la organización natural que imperaba en la manada; al fin fue repudiado por los animales, mientras que el orangután era declarado Caudillo de Caudillos, por la gracia de Dios.

III.
Un grupo de generales y coroneles latinoamericanos pos¬graduados en los EUA, propuso, con la fuerza de las armas, lo siguiente:
La silla presidencial, por el bien de la nación, debe ser eléc¬trica para liquidar —sin derramamiento de sangre— al gober¬nante civil en caso que inicie la reforma agraria o se le ocurra practicar una política de expropiaciones. Y nosotros debemos tener a la mano el switch. Esto elimina el uso de las armas y acaba de lleno con las protestas populares que siempre provo¬can los cuartelazos; además ahorra una serie de gastos militares que nuestro pueblo no puede costear.
A veces una simple descarga eléctrica de alto voltaje puede solucionar los problemas de un país, concluyeron muy serios.

IV:
Los loros son como los oradores que tanto irritaron a Julio Torri: nada más repiten lo que mal aprenden. Oradores y loros pertenecen a una especie abyecta, aunque necesaria para man¬tener en equilibrio la división entre inteligentes y tontos. En los actos oficiales y también particulares (bodas, quince años, graduaciones), nunca falta el orador que atosiga con lugares comunes, frases grandilocuentes, ademanes ridículos, voz es¬tentórea, retórica obvia, demagogia, cuya función primordial es estupidizar a la familia que posee un loro. Debido a ello, con frecuencia insólita hallamos casas donde una familia que ha escuchado docenas de informes presidenciales, miles de dis¬cursos de diputados y senadores; presenciando campañas y giras políticas y en sus ratos de ocio o fiestas practica la ora¬toria, pierde el tiempo enseñándole a esas aves palabras bobas y vulgares.
Pero visto el problema con rigor, hay una contradicción: el loro, en cualquiera de sus variedades, divierte y adorna, cua¬lidades que el orador profesional o aficionado no puede poner al servicio del hombre.

V:
Entre los parásitos y ciertos políticos existe escasa diferen¬cia, quizá sólo en el tamaño, en la forma y en las costumbres familiares; en lo demás, sus características son asombrosamente iguales; su número es elevado y los dos grupos viven de ma¬nera semejante: alimentándose a expensas de los seres que tie¬nen la pésima costumbre de trabajar por su existencia.
A pesar de todo, no puede llamárseles plagas: ni a los pará¬sitos ni a los políticos, aunque en algunos países se les aplique este nombre, son una terrible prueba a la que nos somete Dios para, después de soportarla de por vida, ganar el Cielo.
Moraleja: pobre consuelo nos queda.
Antimoraleja: lo mejor sería eliminar tanto a los parásitos como a los políticos.
Resultado: paradisiaca ciudad de Dios.

VI:
El político perfecto —explicó el búho— sería aquél que tuviera la astucia del zorro para allanar cualquier dificultad que obstaculice la meta propuesta, la bravura del león para defenderse de los ataques, la utilidad del caballo para servir a los amos poderosos, la versatilidad del camaleón para colocarse junto a los triunfadores, la verborrea del perico para pronun¬ciar docenas de discursos sin fatiga, la sed del camello y el apetito de una oruga, pues las invitaciones a comer y beber son frecuentes y necesarias sus aceptaciones, la memoria del elefante para no olvidar ni los rostros ni los nombres de las personas útiles, la crueldad del orangután para reprimir a sus opositores, la estupidez de la zarigüeya para no afrontar los problemas nacionales, la capacidad de la urraca para apropiarse de lo ajeno, la obediencia y el servilismo del perro para agradar a los altos funcionarios, la habilidad de la cabra para escalar puestos y llegar a la cúspide del poder, y debe causar miedo como el tiburón y la serpiente para que los ciudadanos lo miren con respetuoso pavor… Como ve usted, puras cuali¬dades animales.

VII:
No arrojéis perlas a los políticos porque seguro se quedarán con ellas.

VIII:
La Naturaleza es sabia. Hizo los males, pero también los bienes. Creó al tiburón y le concedió grandes fauces dentadas para atacar; por esta misma razón les dio veneno a las víboras y colmillos al lobo, a los políticos poder y a los militares latino¬americanos armas estadunidenses. Y para mantener el equilibrio, creó fuerzas diametralmente opuestas: el pescador, el cazador y el guerrillero.

IX:
Entre el cerdo y el político aparentemente no hay mucha diferencia. En ocasiones, la gente utiliza su nombre para in¬sultar. Por ejemplo, dice: Es tan asqueroso como un cerdo; o dice: Es tan sucio como un político. Vistas así, las compa¬raciones no son tan odiosas. Otras veces, político y cerdo se emparientan y al referirse a un político ladrón, lo califican de cochino, y cuántas veces no hemos oído: La Cámara de Diputados es una auténtica piara.
No obstante, es correcto e inteligente salir en defensa del cerdo. Aclaremos. Este animal vivo para nada sirve (no cuida la casa como el perro, no es adorno como el pájaro, no ayuda al hombre como el caballo), pero una vez sacrificado, la cosa cambia: su cuerpo es totalmente comestible y los restos, inclu¬yendo cerdas y huesos, se utilizan en diversas industrias. El político, a cambio, ni en vida ni muerto tiene valor. Vive como parásito del erario, es una rémora, sus actos carecen de tras¬cendencia y muerto, el funeral, salido de los impuestos, resulta costosísimo; además, sus congéneres le construyen monumen¬tos de mármol por toda la ciudad.
O sea, la muerte dignifica al cerdo y sus carnes, manjares exquisitos, son servidas en las mejores mesas; mientras que el po¬lítico fallecido, oh triste final, no tiene mayor utilidad que la que tuvo en vida. Los más decididos caníbales no devorarían el cadá¬ver de un prominente y gordo político, demostrando con ello un buen gusto natural. Y ninguna mamá razonable, que eduque científicamente a su hijo, amenazaría con el espíritu de un senador (si no te portas bien, vendrá el político a jalarte los pies), para el niño el susto sería atroz y el trauma imborrable.

X:
El político-camaleón supone que todos son de su condición.

XI:
Desde un remoto país de América Latina llegó la noticia que no cesa de perturbar a las estructuras socio-políticas de los demás países del continente: el ejército se sindicalizó, lo cual muestra un enorme adelanto democrático. El presidente del lugar elogió sin medida el paso y el mismo Congreso comentó en términos favorables, la creación del Sindicato de Soldados y Similares, A. M. (asociación militar, por supuesto).
Esto tiene sus ventajas, afirman los eufóricos cables. Los militares ya no darán cuartelazos ni asonadas en busca del poder. Ahora simplemente se lanzarán a la huelga (de bayonetas caídas) para presionar al gobierno en tal o cual sentido. Si, por ejemplo, los militares desean mayor injerencia en los cen¬tros de decisión política, bastará poner en las puertas de los cuarteles la bandera rojinegra y entregar, como se acostumbra, el pliego petitorio. La lucha entre ellos y el patrón (gobierno) se entabla y la Secretaría de Conflictos Laborales tendrá que resolver a favor de unos o del otro. Claro, tomará en cuenta un hecho incuestionable: el ejército tiene las armas en sus ma¬nos y no se trata de confundirlos con obreros desvalidos que desean un simple aumento en los salarios o mayores presta¬ciones.
Muchos han querido hallarle defectos a la medida y plan¬tean interrogantes pueriles: ¿qué sucedería en caso de que surgiera un brote guerrillero (las condiciones del pueblo no son muy satisfactorias que digamos), o en caso de que un país vecino provocara una guerra (cuestión no descartada por ra¬zones fronterizas, expansionistas o de simple orgullo naciona¬lista) durante el transcurso de una huelga general de soldados? A tales críticos se les ocurre pensar en la capitulación sin dis¬parar un tiro. Pero no es tan sencillo. Una guerra o un brote guerrillero en nada afectan la seguridad del Estado y sí, a cambio, sirven como factores de presión para que la Secretaría de Conflictos, viendo la posibilidad de su desaparición, falle inmediatamente en favor de los huelguistas, para que, conce¬didas las demandas, puedan actuar sin pérdida de tiempo.
Por otra parte, debe considerarse el sentido patriótico de los militares, bueno, al menos su inteligencia: si perdieran la guerra o los guerrilleros tomaran el poder, quedarían sin em¬pleo y resulta difícil hallar otro, sobre todo cuando sólo saben disparar. Quizás de mercenarios en lugares muy apartados y peligrosos, pero nuestros militares no gustan de tamaños sacri¬ficios y prefieren conservar lo que tienen. De ahí que una huelga de soldados nunca pondrá en peligro las sagradas ins¬tituciones democráticas, por el contrario, las protegerá.

XII:
Equis es un país gobernado por militares que han hecho tantas y tan exageradas concesiones a la potencia Dobleú, que, cuando la situación mejore, los nuevos dirigentes comenzarán por nacionalizar al ejército y expropiar la marina de guerra.

XIII:
En muchos países del llamado mundo libre u occidental existe una clase de políticos prominentes que parejo a su des¬cansado triunfo en el arte de gobernar crece su vientre hasta alcanzar un tamaño descomunal, como el de sus parientes le¬janos: los millonarios que habitan la parte norte del continente americano. Los estudiosos de esta especie suponen —pues aún no han podido comprobarlo científicamente— que se trata de una acumulación de grasa semejante a la del oso y el camello, que permite al político sobrevivir largas temporadas de priva¬ciones cuando ha caído en desgracia porque las intrigas pala¬ciegas, las maniobras turbias y los compadrazgos no dieron buenos resultados. Por la razón que fuere, estos ejemplares permanecen en sus guaridas (mansiones) esperando mejores tiempos para salir de cacería (otro puesto público); mientras eso sucede, consumen plácidamente sus reservas ventrales.

XIV:
Después que otros militares con mayor rango y mando de tropas llegaron al poder, al fin correspondió su turno al coronel Numa Pompilio Pérez, quien había esperado largos años. Numa Pompilio vio pasar por la presidencia de la república sucesio¬nes de generales que en el momento oportuno fueron derro¬cados por otros ambiciosos militares. Pero en quince años de constantes asonadas se agotaron los generales y por lo tanto ahora correspondía a los coroneles dar cuartelazos. Numa Pom¬pilio Pérez, héroe condecorado por violentos combates buro¬cráticos, ocupaba el primer lugar de la lista y dio su tan anhelado golpe de Estado para instalarse cómodamente en la primera magistratura.
Una vez que —rodeado de sus tropas leales— Numa Pom¬pilio se sintió seguro y firme, hizo sus primeros actos de gobierno:
a) se ascendió a generalísimo;
b) declaró al comunismo enemigo público número uno de la humanidad de su país (así lo dijo, en serio);
c) expropió las compañías nacionales, muy pocas, para entregárselas a sus legítimos dueños: los consorcios norte¬americanos;
d) para que el país marchara por la senda del progreso y la legalidad (sin duda recordó sus clases de civismo en el Colegio Militar) dictó al Congreso una nueva Constitución basada en el Derecho del más Fuerte y codificó la Ley de la Selva.

XV:
Los militares de X se defendieron con valor de la acusación que el pueblo les formuló: pertenecer a la familia de los pri¬mates. En la lucha suprimieron las libertades de prensa y de expresión junto con las restantes garantías individuales, luego metieron en la cárcel a varios cientos de opositores, por último juraron ser la nueva clase de militares "revolucionarios" que se adueñan del poder para dirigir al país hacia la democracia (sic) sin llegar a funestos extremismos (se refiere al comu¬nismo) y no por los motivos tradicionales. Todo iba bien y el asunto parecía ganado por los militares; sin embargo, cuando algunas esposas tuvieron hijos con las características del chan¬guito (incluyendo cola), generales, coroneles y hasta cade¬tes recapacitaron sobre su origen y las fallas de la evolución de las especies. Sólo que en público nunca han dicho algo al respecto.

XVI:
El político es el lobo del hombre.

XVII:
Este animal se llama policía: Nicolás Guillén.
La familia de los primates cuenta con una curiosa especie: el policía, primo cercano del orangután latinoamericano. Pa¬recidos salvo en el pelaje: el de éste es verde, el de aquél azul. También hay otra diferencia importante: la modestia de los policías que simplemente se hacen llamar guardianes de la ley y que jamás aspiran a tener en sus manos el control político del país. Modestos. Sus funciones son distintas, complementa¬rias de las militares. Buscan conspiraciones, subversiones, com¬plots, o, peor aún, lo inventan para justificar la paga.
Entre el gobernante civil y el gobernante militar hay un eslabón (y no perdido): el policía que ejecuta tareas que el orgulloso ejército desdeña. Es su mejor colaborador y por sencillo que parezca su trabajo, parte de la seguridad burguesa está en sus manos o por mejor decir, en sus macanas, pistolas y gases lacrimógenos. Los métodos policiacos son primitivos, bestiales, pero efectivos. Pocas manifestaciones logran llegar a feliz término y no hay mitin que no disuelvan en pocos minutos.
No todos los policías tienen pelaje azul. Existe otra varie¬dad camaleónica, pues cambia de color a placer; se disfraza de civil para efectuar su trabajo con mayor precisión. El policía secreto es todavía más peligroso, es un animal en cautividad, como los gatos, que jamás llegan a ser totalmente domésticos (nunca sabemos cuándo tirarán el zarpazo). Es temible, in¬cansable perseguidor de los enemigos de sus amos. Su mentali¬dad es inferior a la del militar y a la del policía azul. En repetidas pruebas, los zoólogos no han logrado enseñarle lo que cualquier otro animal aprende rápido y sin mucho esfuerzo. Pero dadle un arma y husmeando él sólo se encargará de hallar a los miembros de la oposición y liquidarlos al instante. Por ello es el consentido de los gobiernos latinoamericanos y de una que otra potencia mundial.
Cuando hay manifestación estudiantil o mitin de protesta, al policía secreto lo enjaulan (acuartelan), le niegan comida, le dan alcohol y lo sueltan para que destroce a las personas que participan en actos populares. Sale rugiendo de ira, babeando, y llena de golpes y balas los cuerpos que tiene al alcance. En privado, su ferocidad es mayor y ningún silencio existe para él. Dos horas, qué digo, media hora basta para que, después de una sesión de tortura, cualquier estudiante o inocente ciudadano se declare terrorista o culpable del asesinato de los Kennedy.

XVIII:
Lo que menos se agradece a un dictador (primate que ha encontrado en el Nuevo Mundo inmejorables condiciones geo¬gráficas, climáticas y alimenticias para reproducirse) es su longevidad. Ni la tortuga ni el elefante viven tanto tiempo. Émulos subdesarrollados de tiranos europeos (Mussolini, Oli¬veira Salazar, Hitler, Franco, digamos) llegan a durar ochenta años o noventa. La causa de este fenómeno es el poder, que los rejuvenece y les proporciona una vitalidad asombrosa; tal parece que se tratara del elíxir de la vida o de la fuente de la eterna juventud. En una ocasión, un miembro de esta especie se hizo dictador y al día siguiente del abominable acto, repre¬sentaba treinta años menos, hecho que no dejó de asombrar a los observadores políticos extranjeros. (Incluso en las llamadas democracias representativas, que no son democracias y que tampoco representan a nadie más que a la oligarquía nativa, los candidatos presidenciales electos llegan exhaustos a la cús¬pide del gobierno y en seguida reducen el peso de los años y la fatiga.)
La Naturaleza dotó al dictador mejor que a otros para re¬sistir el tiempo. Algunos animales que viven en cautividad lo¬gran prolongar su existencia a costa del sacrificio de la libertad. Pero el tirano no elimina más que la voluntad del pueblo y alcanza edades prodigiosas, inconcebibles en América Latina donde el promedio de vida es bajísimo. De ahí que algunos aventureros estadunidenses ofrezcan —a muy alto precio— la fórmula para alargar la existencia. Y lo que en realidad venden son armas y asesoría militar para que quienes puedan pagar tomen el control absoluto de sus respectivos países. Por esta razón, largas oleadas de políticos ancianos y enriquecidos du¬rante el ejercicio de funciones públicas, se arremolinan ante las embajadas norteamericanas en busca del tónico que les con¬ceda juventud eterna; pero no todos lo alcanzan; es decir, no cualquiera reúne los requisitos para que les entreguen un país y con él la longevidad.

XIX:
Militar latinoamericano1
(Militaris platirrinos)
Clase: mamífero.
Orden: herbívoro.
Familia: primates.
Altura: 1.60-65 m con botas.
Peso: 60-70 kg sin armas ni medallas.
Alimentación: plátanos y varios tipos de hierbas: algunos ejemplares se aficionan a la carne humana.
Gestación: 9 meses (igual que el hombre).
Camada: 1-2 crías.
Longevidad: 70-80 años, más si está en el poder.
Joven: Carece de graduación importante y apenas desea llegar al control político de su país mediante una férrea dic¬tadura. Afina sus conocimientos militares tomando cursos anti¬guerrilleros con especialistas norteamericanos. En esta etapa lo llaman cadete. Su ignorancia es absoluta y sólo lee y escribe lo suficiente para llevar sus materias bélicas. En el periodo de aprendizaje obtiene las bases de su extremo derechismo. Tiene mentalidad reducida, de chimpancé.
Adulto: Su ambición política creció junto con los deseos de "salvar al país del comunismo". Ha alcanzado gran jerar¬quía: ahora es coronel o general y está vinculado a la Iglesia, a la oligarquía, a la iniciativa privada y, of course, a la embajada de los EUA. No tiene las menores ganas de que se efectúen elecciones o se incurra en alguna manifestación democrática. Gusta de los uniformes vistosos y usa tantas condecoraciones en la guerrera como un niño se pone corcholatas de Coca-cola en el suéter. Tiene la severa convicción de que las armas deben ser utilizadas en el gobierno, es decir, concibe el armamento como un capítulo de la Política. Su mejor hábitat es el Minis¬terio de Guerra, allí piensa (¿?) mejor sobre el "fiero arte de gobernar". Es adusto y poco sociable. Sus expresiones favoritas son defender la libertad y el orden, el mundo libre, a Dios y a la Religión (se refiere a la católica), la incompatibilidad con los sistemas rojos (esto lo dice con mayor desdén), el sagrado derecho a la propiedad y al latifundio, etcétera; liquidar la pornografía y la subversión; y no habla de cambio o de reforma agraria o de comunismo. De vez en vez calienta su espíritu patriótico con quemas de vanidades y transforma en humo y cenizas todo lo que considera ajeno a los valores y a la idiosin¬crasia nacionales. Sostiene que el odio a lo nuevo es el motor de la historia. Y que los civiles carecen de tamaños para dirigir al país: son débiles, no saben disparar. Ya es un fascista perfecto. Su hobby principal es jugar a los soldaditos, pero como sus amiguitos estadunidenses le proporcionan armas de deveras, los resultados son funestos. Invariablemente tiene mentalidad re¬ducida, de chimpancé.

XX:
Debemos fusionar el Ministerio de Educación Pública con la Secretaría de Guerra para que salgan maestros soldados y militares que sepan leer y escribir. Es la forma de asesinar dos pájaros de un sólo escopetazo: los maestros causan distur¬bios que bien podrían evitarse con la militarización y los solda¬dos dejarían de dar la imagen de incultos e ignorantes que hasta ahora han dado. Las escuelas y los cuarteles quedan así ligados y brindan un ejemplo de lo que pueden hacer los países jóvenes. Soldados en la enseñanza y maestros en el combate. ¡Gises y tanques al servicio de la patria, señores legisladores!
—¿Se considera suficientemente discutida la proposición del general y profesor Corona de Aranzabal? Perfecto. Aprobada.

XXI:
Un niñito le dice a otro refiriéndose a un tercero que juega solitario, ensimismado y triste en un jardín sudamericano: —Pobre, está acomplejado: su papá es civil.

XXII:
El hombre es un animal político, señaló Aristóteles. Digamos mejor que el hombre cuando es político es un animal, o simplemente, el político es un animal.

XXIII:
Epitafio para un dictador latinoamericano.
A mis posibles hijos, por si desean ser militares
Tomó el poder mediante un golpe de Estado,
Con la guerrera cubierta de medallas se declaró Presidente Eterno y fue aprobado unánimemente por el Congreso,
Gobernó a su pueblo con mano de acero y por poco vende el territorio a los capitalistas extranjeros y nacionales que finan¬ciaron su cuartelazo y lo apoyaron.
Quiso hacer grande a su patria y embelleció la capital llenando los jardines de ardillas y los lagos de truchas que el desagradecido y hambriento pueblo devoró.
Borró las posibilidades de oposición considerándolas alta traición,
Erigió universidades pero olvidó hacer escuelas de ense¬ñanza primaria,
Inauguró puentes que se derrumbaron al paso del primer transporte,
Mandó construir líneas ferroviarias sin retorno,
Creó el dogma de la infalibilidad presidencial,
En un vasto territorio trató de ganarle terreno al mar,
Dio ejemplo de modestia viviendo en tan sólo unas cuantas hectáreas de árida tierra recubierta de mármol,
Puso en la cárcel a sus enemigos y aumentó las fuerzas policiacas creando un número mayor de empleos,
Creó la Presidencia Hereditaria,
En varios discursos liquidó los grandes problemas nacio¬nales e hizo desaparecer el hambre y la miseria por decretos que no pudo leer la población analfabeta,
Incrementó la deuda pública,
Evitó la sobrepoblación con eficacia: matando estudiantes y enemigos políticos,
Al fin falleció de una congestión estomacal.
Descanse en paz (y ojalá no resucite). Amén.

Recapitulación:
Comparar a los políticos burgueses, a los militares latino¬americanos y a los policías con animales ha sido, parafraseando a Chresterton injusto; injusto para los animales que poseen mejores cualidades y tienen mayor sensibilidad. Por ello pido una sincera disculpa a quienes amen a los que se clasifican in¬justamente de seres irracionales.

Los tres jinetes del apocalipsis
Pero ahora tal vez no funcione un apólogo: lo que debería escribir es un libro sobre el movimiento estudiantil, una novela, porque dudo que la fábula sirva, no basta para contar lo suce¬dido. Jugueteó con unas hojas recién escritas a máquina, las detuvo y leyó, esta ocasión en voz alta: Fábula del orangután dictador. El viejo orangután llevaba varios años gobernando al país. Era un tirano cruel y corrompido que tenía un formi¬dable odio hacia los demás seres de la Creación, odio nacido de su repugnante fealdad. Se trataba de un individuo intole¬rante y acomplejado, y ay del que estuviera en desacuerdo con sus disposiciones o protestara: la cárcel y la tortura eran los castigos usuales del dictador. El orangután llegó al poder gra¬cias a su habilidad política, a su falta de escrúpulos, a su ambición y a su partido integrado por loros, guacamayas y camaleones que durante la campaña electoral supieron engatu¬sar a los ciudadanos con promesas y planes que jamás cumplie¬ron, para únicamente dedicarse al saqueo de las riquezas. Y como el ejército era fiel al orangután, la camarilla gobernante estaba confiada en perpetuarse indefinidamente en el Estado mediante elecciones controladas. En ocasiones, el orangután daba muestras de su poderío y durante una manifestación de protesta contra la dureza gubernamental, ordenó al ejército —elefantes y tigres— que cargara contra los participantes, pero que lo hiciera con violencia para evitar repeticiones; en lo fu¬turo, nada debería turbar la tranquilidad del país y menos un puñado de inconformes. Quienes no murieron aplastados bajo el peso de los paquidermos, fallecieron en las garras de los tigres. Al anochecer, más de cuatrocientos animalitos estaban sin vida. Ése fue el resultado de un acto demencial/
No, no tenía sentido. Era hasta ridículo escribir una fábula que nadie entendería. Rompió el trabajo inconcluso. Debería escribir un libro sobre la matanza. De seguro ya están haciendo docenas con el tema. Qué importa uno más. Se trata de denun¬ciar, de protestar: no todos permanecemos callados ante la represión. En materia de literatura no hay censura, al menos no ostentosa, cuando mucho se sabe de políticos disgustados que retiraron un libro adverso comprando la edición. Y es claro, no hay departamento de censura, ¿para qué? Es innecesario, la maquinaria está bien aceitada y nada desajusta, es magnífica. Ningún director de periódico, por ejemplo, va más allá de lo permitido y sobre temas difíciles escriben las personas de pro¬bada fidelidad que hacen las veces de oposición aunque son los más abnegados servidores del Estado. Algunos parecen decir cosas fuertes, pero no salen de los marcos establecidos desde arriba. Hay editores independientes que tampoco arriesgan mucho. El papel lo vende el gobierno. No abundan los lectores. Eso sí, nadie falta al discurso de la libertad de prensa; todos corren a atragantarse de mierda y a aplaudir al señor Presidente. ¿Escribir una novela? La única certeza es que esto ha sido una típica lucha entre buenos y malos, como en los viejos westerns, cuando los directores no querían complicarse la vida trabajando sobre las variantes de la maldad y la bondad, sobre sus sutile¬zas y sus combinaciones. Por un lado el Estado todopoderoso, con medios de represión excelentes y el ejército a sus órdenes; por el otro un gran número de jóvenes sin más armas que su decisión de limpiar el país, con intenciones honestas. Para la mayoría de los muchachos el movimiento representó la lucha contra la ausencia de libertad, de progreso económico y espi¬ritual. Pelearon porque los principios de la Revolución Triun¬fante ya son inútiles: la reforma agraria fracasó, la campaña de alfabetización igual, los campesinos siguen siendo explotados, la enajenación y la miseria de los obreros es degradante, la economía en manos extranjeras, en el gobierno y en el PRT la corrupción está a la orden del día y los políticos sólo tienen un lema: enriquecerse tan rápida como ilícitamente sea posible; los líderes populares siempre son los mismos desde hace años, el fanatismo religioso vuelve a mostrarse en las ca¬lles; en las cárceles hay presos políticos por docenas, las elec¬ciones son una farsa más de las miles que diariamente se repre¬sentan en ese enorme teatro que es nuestro país, y ése es el mundo que los jóvenes quisieron destruir. Una lucha entre buenos y malos. El villano y el muchacho. Fue un movimiento sin gran fortaleza ideológica, ésta se hallaba en los dirigentes y no en todos, sin la ayuda de obreros y campesinos. Un movi¬miento estimulado por los grandes fracasos de la Revolución, que si bien es cierto que ha desarrollado un poco a México con lentitud exasperante, también es cierto que ese desarrollo anárquico, sin sentido, pesa sobre las grandes masas; la concen¬tración de la riqueza, igual que en 1910, está en manos de unos cuantos: banqueros y políticos. Ni más que hablar: los buenos contra los malos. Escribiré una novela. Bien podría llamarse Ahí vienen los tanques o El gran solitario de Palacio.

1 Tomado de la. Enciclopedia. Reino Animal, edición ilustrada, y de La imagen estructural del gorila, del investigador argentino Elías Condal.