REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Confabulario

Instantáneas de la ciudad


Miguel Ángel Tenorio

Todo lo que ella provoca
Él llega a la casa, abre la puerta y ...
- Hola –le dice ella, que lo sorprende, al levantarse del sillón y acercarse a él, para saludarlo con un beso en la mejilla.
- Bien –responde él, que siente que en su cuerpo ya se empiezan a dar las reacciones químicas que siempre le provoca la presencia de ella, y hoy más, por verla aquí, en su casa, que es la de él, y a la que ha llegado ella y está sola.
- Vine, porque mis hijas tienen una fiesta infantil aquí a unas cuadras. Y como mi hermana me dio llave...
- Ah –dice él, que ahora siente, ya no sólo las reacciones químicas del cuerpo, sino también las físicas. Sus ojos se clavan en los pechos de ella, que le dice:
- ¿No quieres una botana?
- Sí –responde él, que la mira caminar hacia la cocina, y no puede aguantarse las ganas de clavar su vista en esa parte de ella, situada entre la espalda y las piernas.
- ¡Ay! –exclama él, en su interior, tratando de reprimir lo que se le pueda asomar en el exterior.
- ¿Me invitas un tequila? –pregunta ella, desde la cocina.
- ¡Glups! –exclama él, para dentro de sí, porque la cocina es diminuta y no sabe si...

Él entra a la cocina. Ella está abriendo el refrigerador y se agacha para sacar unos limones.
- ¡Rrrrrrrrrrr! –suenan los instintos de él, que tiene que frenar sus impulsos que quieren ordenarle que la tome a ella por la espalda, que la acerque a su cuerpo, que le diga:
- ¡Cómo me gustas! ¡Me encantas! ¡Me fascinas! ¡Te me antojas!

Él logra dominar el instinto, cambia la vista de lugar y saca la botella de tequila. Sirve los dos caballitos.
- ¡Salud! –dice ella, con una sonrisa, que él siente más hermosa que nunca.
- ¡Salud! –responde él, con el cuerpo temblando.
- ¿No quieres chicharrón? –ofrece ella.
- ¡Claro que quiero tu chicharrón! Si me estoy muriendo por ello –responde él, pero sólo para sí mismo. Para ella responde:
- Ay, sí, claro, gracias.

Y él come uno de los chicharrones que trajo ella, pensando que más bien está degustando los que ella trae puestos todo el tiempo.
La puerta se abre. Llega su esposa, llega su hijo. Todo se rompe. Pero en la noche, cuando se le abalanza a su esposa para hacerle el amor con furia, por unos instantes le parece que más bien está con ella, su cuñada.

Cocinando juntos

- Soy feo –dice él, mientras camina la larga calle de Nicolás San Juan en la Colonia Del Valle.
- Soy feo –vuelve a decir, cuando ya está frente al edificio de departamentos que está buscando.
- Sí, soy feo, pero creo que tengo buena voz –dice cuando toca el timbre número 13, que es el de ella, con quien tiene la cita.

Ella, que un día, en un acto completamente impulsivo, en la computadora metió su nombre y demás datos en el anuncio de “¿BUSCAS PAREJA?”
“Mujer madura a quien le gusta vestir de minifalda de cuero, aunque la critiquen sus familiares y amistades. Me gano la vida escribiendo las versiones finales, las que serán publicadas, de escritores que son famosos, pero que no saben redactar. Y quiero entablar una relación con hombre maduro al que le guste la literatura”.
Él, que ve el anuncio, empieza a escribir una respuesta para ella. Hace apenas dos meses se acaba de separar de su tercera mujer.
- Estás viejo y feo, y yo no quiero envejecer contigo –le dice la tercera esposa, cuando finalmente se concreta la separación.
- Pues sí, estoy viejo y feo –dice él, que le escribe a ella: “Hombre maduro sin atributos físicos envidiables, pero con ganas de compartir mi gusto por la lectura”.
- Quiero saber más de usted –le dice ella en la computadora.
- Yo también escribo –dice él-, aunque nadie me publica.
- Me gustaría conocer lo que escribe –dice ella, que luego se arrepiente, pero ya no se atreve a corregir. Al contrario, propone:
- Pues vamos a conocernos en persona.
- Me da miedo que se decepcione de mí –contesta él.
- ¿Pero por qué decepcionar? –pregunta ella. Si nadie está pensando en otra cosa más que en platicar.
- Ah, pues está bien –dice él, que en realidad sí pensaba en otra cosa: esa imagen de la mujer madura con minifalda lo ha estado llamando desde el principio y por eso le pide el teléfono a ella para ponerse de acuerdo.
- Qué bonita voz tiene usted –dice ella, al teléfono, sintiéndose atrevida. Capaz que ha de leer bien en voz alta.
- Eso sí –dice él, adquiriendo seguridad, tanta que propone fecha y hora, en casa de ella. Cenar juntos.

Ella se emociona y se pone su minifalda sin ropa interior, porque la voz de él parece desnudarla y acariciarla en sus piernas que tanto desean ser tocadas.
Pero de pronto recuerda las palabras de él: “No tengo atributos físicos”. “Escribo, pero nadie me publica”. Desencanto. Quiere cancelar la cita. Él ya no contesta en su casa, ya salió. Va a marcar el celular, pero le da pena. Se quita la minifalda y se pone los más viejos pantalones de mezclilla que tiene, calzones “matapasiones”, calcetines, tenis y se decide a hacer un spaghetti para salir del paso y el vino francés que iba a sacar, mejor lo guarda y pone sobre la mesa el español que compró de barata.
Él toca el timbre. Ella presiona el botón para que se abra la puerta del edificio. Él sube los cinco pisos, repitiendo todo el tiempo “soy feo, soy feo… pero tengo buena voz”.
Ella abre la puerta del departamento. Él llega. Mutua decepción: él, efectivamente es feo, y ella no trae la minifalda prometida.
- Hay que darle prisa a esto –piensa ella, que propone:
- ¿Cenamos? Tengo spaghetti.
- ¿Me permitirías entonces, hacer una ensalada? –dice él, como si nada, entendiendo que aquí “cenas y te vas”.
- ¿Te gusta cocinar? –pregunta ella, sorprendida.
- Sí. ¿Puedo ver qué tienes en el refrigerador?
- Sí, claro, adelante –dice ella, que siente que algo se empieza a mover dentro de su ser.

Y más se le mueve cuando lo ve a él sacar la lechuga, las espinacas, el jitomate, tomar una ensaladera de la alacena y empezar a cortar los ingredientes, tomar un queso. Las manos de él acarician la lechuga y la recorren como si fueran las piernas de ella. Las manos de él tomando el jitomate como si fueran los senos de ella, que entonces sale rápidamente de la cocina.
- ¿Y tendrás aceite de oliva extra virgen? –pregunta él.
- Ahorita voy –dice ella, que tras unos instantes regresa con la minifalda prometida, luciendo unas piernas que siguen siendo muy atractivas. Pero más atractiva se pone ella, cuando abre la alacena y se agacha hacia el piso para buscar la nueva botella de aceite de oliva extra virgen y él entonces puede ver la ausencia de ropa interior y no puede contener que los ojos y no sólo los ojos se le salten.

Ella voltea y le pregunta, sabiendo lo que él ha visto:
- ¿Qué me pediste?
- El aceite de oliva extra virgen –responde él, con una voz engrosada por el deseo, voz que hace que ella abra sus labios y clame por un beso, que él entonces se atreve a dar, acompañando ese movimiento con la urgente necesidad que tiene de tocar esos muslos de ella, que se abren para recibirlo a él, para cocinar juntos los dos esa cena tan deseada.

Y después de eso, vendrá un poco de spaghetti, ensalada y vino francés para platicar.