REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

La venta


Jorge Alberto Ley Delgado

Las poblaciones de las ciudades se movían cual hoja arrastra el viento, de aquí para allá, movidos por el interés, la vanagloria, el orgullo, el egocentrismo y todo pensamiento impuro. La mayoría de las personas caminaban aprisa; las preocupaciones los agobiaban, el incremento de los precios y el decrecimiento del salario era tema de las conversaciones en las cafeterías, restaurantes y centros comerciales. El alma era vendida al mejor postor. En grandes anuncios luminosos se podía leer: “El sueldo de un año por su alma”, y en los principales rotativos: “Rente su alma por un día y obtenga ingresos extras”.
Todo comenzó cuando el voraz capitalismo arrolló los derechos individuales, pisoteó las constituciones de los países e hizo añicos las esperanzas de vida para todas las generaciones. Todo se vendía, los artículos básicos, el transporte, las casas, los utensilios del hogar.
Los científicos apoyados por las principales potencias económicas, idearon la forma de extraer del ser humano su alma. Al principio el procedimiento resultó peligroso, poco después, de la mano de la mortífera tecnología se logró aislar el alma del primer ser humano. El color del alma se esparcía en el pequeño espacio de vidrio en la que fue contenida.
–¡Miren! –dijo el científico de Inglaterra. El alma emite una especie de radiación.
Sus compañeros se acercaron a observar el espectáculo, nadie reparó en las consecuencias de tan descabellado experimento.
–¿Cómo tomará la noticia el resto del mundo? –indicó otro.
–Eso qué importa, por fin hemos hallado la forma de tratar el alma como si fuera un producto. Señaló el científico de Alemania. En ese preciso instante, el ser humano que fue sometido al experimento, se levantó y comenzó a moverse. Los científicos observaron todo al tiempo que uno de ellos analizaba al desgraciado que fue despojado de su alma. Realizaron en él una serie de experimentos para comprobar si aún sin su alma, tenía la capacidad de sentir, amar, tener piedad, etc. Los resultados indicaron que los sentimientos más nobles del ser humano eran parte del alma, y que sin ésta, el hombre caminaría perdido en un mundo cada día más egoísta.
El desdichado “sin alma” caminaba como si fuese un autómata, todas las órdenes emitidas por los científicos las cumplía al pie de la letra. El objetivo se había cumplido ¡un ser humano que compraría cada vez más por medio de la venta y alquiler de su propia alma!
Cuando la noticia fue transmitida con beneplácito en distintos medios informativos, unos estuvieron en contra y otros a favor. Se suscitaron manifestaciones en distintos países, con pancartas los manifestantes gritaban: ¡El alma no se vende, ni se compra! Sin embargo, a medida que la noticia del “descubrimiento” hacía eco en todo el mundo, la idea se comenzó a enraizar en la mente de las personas. Los gobiernos que apoyaron el experimento lanzaron masivas campañas a favor de la venta del alma, contrataron especialistas en cine para terminar de convencer a los indecisos. Las modas de antaño se olvidaron, la conciencia no existió más; en los programas de televisión el tema central era el mismo: “el alma”.
Algunos grupos religiosos decidieron pese a todo lo anterior mantener su unidad entre los feligreses y entre los propios jerarcas religiosos. La espera fue larga y afligida para algunos; otros, sencillamente se lanzaron a la compra y al consumo de productos, fue aquí donde nació el lema conocido como: “La venta o alquiler de tu alma beneficia tu economía”.
Los bancos no quedaron exentos de todo el festín que los grandes capitalistas estaban disfrutando, amasando enormes fortunas, una verdadera marea fluía en las cuentas bancarias. Ni siquiera en los trabajos se estaba exento de la publicidad que tendía a coaccionar el alquiler o venta del alma. Se escuchaba desde una bocina gigante que los bancos habían creado “la hipoteca del alma” a bajos intereses.
Una máquina enorme colocada en la calle principal de Nueva York, proporcionaba boletos de cita a los bancos, casas de empeño y comercios que se especializaron en el alquiler, la venta y lo nuevo: “la hipoteca del alma”. Las filas eran visibles a kilómetros de distancia. A los desdichados que alquilaban o vendían su alma se les veía con rostro desencajado, caminando casi por obligación; era como si todo rastro de humanidad en sus movimientos hubiera desaparecido. Sus pasos lentos, inseguros y torpes eran una muestra inequívoca que algo en ellos se había modificado; sus ojos denotaban caos, como una ruleta de colores que giraba sin cesar.
Sus objetivos eran: “trabajar y consumir”. Esto beneficiaba la ola de productos superfluos que circulaban en el mercado mundial, los anuncios luminosos aumentaron, el audio incrementó el número de decibeles y las campañas publicitarias se tornaron más agresivas. La confección de los comerciales estuvo a cargo de los mejores publicistas que cobraban grandes cantidades en la medida que el comercial resultara efectivo; algunos incluso recurrieron a campañas publicitarias prohibidas. Esto poco importó porque la cantidad de protestas fue mínima. Las agresivas campañas exterminaban casi por completo los rastros de oposición. La idea estaba casi aceptada, después de todo es difícil luchar contra las costumbres, las cuales al paso del tiempo siempre se convierten en leyes, salvo rarísimas excepciones. La mente humana se convirtió en el mejor depósito de los productos, bienes y servicios que se multiplicaron a un ritmo nunca antes visto.
El departamento de limpia de las grandes y pequeñas ciudades recibía órdenes cada hora para limpiar todas las calles, pues los productos se consumían y sus desechos se arrojaban en la vía pública; las industrias que los elaboraban transportaban sus desperdicios hacia ríos, mares y lagos, afectando y desequilibrando el frágil entorno natural de las regiones. Las especies animales una a una iban encontrando su fin, como lo encontró el ser humano ante el excesivo e imparable consumo. El planeta Tierra se convirtió en el basurero de la vía láctea, la flora y la fauna se extinguieron.




*Tomado del libro La juguetería y otros cuentos. Registro INDAUTOR 03-2015-121811510000-14.
Jorge Alberto Ley Delgado (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1981). En 2008 CONECULTA le publicó su primer libro El imperio azteca y otros cuentos. Lic. En educación Primaria por la Normal del Estado de Chiapas, Maestría en Docencia por el Instituto de Estudios de Postgrado, Diplomado Reforma Integral de la Educación Básica por la Universidad Nacional Autónoma de México, Curso “Integrar una comunidad de lectores y escritores” del Programa Nacional de Lectura y Escritura del Estado de Chiapas, Maestro de Primaria Federal.