REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

En su setenta y cinco aniversario luctuoso


Mario Saavedra

La poesía dramática y el teatro lírico de García Lorca

Al director español de teatro Manuel Montoro

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.


Federico García Lorca.

En 1998 se celebró el primer centenario del natalicio de ese predestinado enorme poeta y dramaturgo que fue el andaluz Federico García Lorca, figura señera de la Generación del 27 y sin duda nuestra efeméride literaria de mayor significado a lo largo de todo ese año. Nació en Fuentevaqueros, Granada, en 1898, y representa sin duda al escritor español del siglo XX de mayor renombre universal por la inconmensurable calidad de su obra literaria, por su rica personalidad e incluso por las repercusiones varias de su trágica muerte acaecida cerca de Granada el 18 de agosto de 1936, si bien sería su condiscípulo Vicente Aleixandre, a más de cuarenta años de la doliente e ignominiosa desaparición física del autor de Bodas de sangre de manos del franquismo ─incluso su maestro Juan Ramón Jiménez se hizo acreedor, a ese mismo galardón, cuatro lustros después de tan lamentable fecha─, quien de esa misma promoción recibió el Nobel de Literatura.

Lo cierto es que todo lo que envuelve el nombre y la figura de García Lorca ha contribuido de igual modo a mitificar la imagen misma de tan excepcional escritor, vivo sobre todo en función de su talento y de la calidad indiscutible de su tan variada como excepcional obra. Genio precoz e inusitado, desde muy joven comenzó a expresar de igual modo su manifiesta sensibilidad en los más diversos campos: la música, bajo la influencia de su maestro y cercano amigo Manuel de Falla, con quien perfeccionó sus conocimientos de piano y guitarra; el dibujo, terreno éste en el cual llegó a organizar una importante exposición en las Galerías Dalmau, de Barcelona, incentivado por su también cercano ─más tarde polarizados por el asqueroso coqueteo del pintor a la Dictadura─ camarada Salvador Dalí; y desde luego la literatura, sobre todo en los géneros poético y dramático, en los que descolló de manera particular.

Si bien el cultivo de distintas manifestaciones artísticas (música, dibujo) o sus intereses en torno a la difusión de la cultura (conferenciante, director de teatro, fundador de revistas) ocuparon siempre parte de su tiempo, dados su talento y su particular carácter inquieto, fue su vocación literaria la que terminó por imponerse a las demás y se erigió finalmente como su actividad primordial. Tras iniciar en la Universidad de Granada estudios de Filosofía y Letras y de Derecho, en 1919 se trasladó a Madrid, y allí se instaló en la tan famosa como popular ─en buena medida, desde el propio García Lorca─ Residencia de Estudiantes, lo que le permitió entrar en contacto directo con los escritores, artistas e intelectuales españoles e incluso extranjeros más importantes del momento, quienes de una u otra forma influyeron en la vida y la obra de tan peculiar polígrafo, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, el ya citado y controvertido Dalí, Luis Buñuel, Santiago de Ramón y Cajal, Pedro Salinas, etcétera. Su estancia en esta casa se prolongaría hasta 1928, hasta un año después de haber conmemorado el tricentenario de la muerte del gran artífice por antonomasia de la lengua castellana ─padre del Culteranismo barroco, don Luis de Góngora y Argote─, dentro de un despliegue intenso de otras tantas actividades artísticas e intelectuales que acabaron de formar el genio del joven poeta andaluz. Él mismo sería el encargado de pronunciar, en el Ateneo de Sevilla, la conferencia denominada La imagen poética de don Luis de Góngora.

A los escasos veintidós años de edad estrenó su primera obra teatral, El maleficio de la mariposa, y por esa misma época dio a la imprenta su primer libro de poemas, intitulado precisamente así, Libro de poemas. En 1927, año de crucial importancia por lo arriba citado (constitución del Grupo del 27), apareció el poemario Canciones y estrenó nada más y nada menos que su medular drama o romance popular en tres estampas Mariana Pineda. En 1928, año de publicación de su primer Romancero gitano, texto imprescindible de la lírica española contemporánea, fundó en Granada la revista Gallo, que de cierta manera lo impulsó a viajar un año después a Nueva York; allí permanecería hasta mediados de 1930, tras cuyo contacto se vio visiblemente sacudido tanto en lo emocional como en lo intelectual. La visión poética de esas sustanciales experiencias vino acompañada necesariamente de nuevos moldes expresivos que reflejan el extraño mundo conocido por el escritor, material éste que pasaría a formar parte del no menos trascendental y sui generis libro Poeta en Nueva York. Tras una breve estancia en Cuba, regresó por fin a España y entonces estrenó La zapatera prodigiosa, farsa violenta en dos actos y un prólogo que lo acabó de situar como el dramaturgo más importante de la década por iniciar.

Otra edición fundamental en la carrera literaria de García Lorca fue la del Poema del cante jondo, que la verdad había sido escrito diez años atrás, en 1921. En 1932 fundó y dirigió con Eduardo Ugarte la compañía de teatro universitario “La Barraca”, con la cual recorrió ciudades y pueblos españoles representando obras importantes del propio acervo clásico español. 1933 marcaría otro de los años trascendentales en la carrera del escritor andaluz, ya que estrenó su no menos imprescindible tragedia contemporánea Bodas de sangre y la paráfrasis alegórica Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, y se dieron también sus primeras estrechas colaboraciones con Manuel de Falla con el estreno del ballet El amor brujo.

Luego de regresar de un no menos provechoso viaje por Argentina, Uruguay y Brasil, en 1934, Federico García Lorca estrenó su vital poema trágico Yerma y escribió una desde entonces famosa elegía por la fatídica y violentada muerte de uno de sus amigos más entrañables y cercanos, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, que vio la luz hasta el año siguiente. En ese mismo 1935, se representaron El retablillo de don Cristóbal y Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, poema granadino este último que en cierto modo anuncia la escritura del gran drama póstumo La casa de Bernarda Alba. Entonces dio a conocer también sus hermosos Seis poemas gallegos.

El trágico 1936, tanto para España toda como para él mismo, iniciaría con la aparición del libro Primeras canciones; tras estallar la Guerra Civil española, Federico García Lorca fue detenido en Granada por los enemigos de la España republicana y fusilado el 19 de agosto de ese mismo año. Las circunstancias en que se produjo tan lamentable asesinato, no totalmente esclarecidas y en cambio sí una de las mayores vergüenzas en la historia contemporánea de España, han merecido la atención y el análisis de muchos críticos, algunos de ellos acercándose a tales acontecimientos verdaderamente impulsados por dar mayor luz en torno a la inconmensurable figura de tan grande poeta y dramaturgo, y en cambio otros tan sólo atraídos por la nota roja y el sensacionalismo. En este sentido, quizá siga siendo el libro de Lan Gibson, La muerte de García Lorca, el más sereno y equilibrado entre los muchos que se han ocupado, con mayor o menos parcialidad, de ese luctuoso acontecimiento, motivo de una tan precoz como irreparable pérdida.

Desde la desaparición del poeta hasta nuestros días se ha ido publicando la mayor parte de sus obras inéditas, se ha ordenado y analizado en profundidad el conjunto de su producción y han ido apareciendo varias ediciones de Obras Completas. La atención prestada por la crítica ha sido tal, que hoy la bibliografía lorquiana resulta abrumadora, con lo cual se demuestra el interés por llegar a tener un conocimiento más o menos exacto y objetivo de la rica producción humana y literaria de uno de los mejores y más personales escritores españoles de todos los tiempos. Y la obra escrita de García Lorca sigue sorprendiendo, entre otras cosas, por la perfecta simbiosis que en ella queda manifiesta entre tradición y modernidad, entre lo popular y lo culto, y en donde por otra parte se entremezclan armónicamente elementos líricos y dramáticos que conforman una obra ─y un lenguaje─ tan sugestiva como sui generis.
Para entender su poética, el tiempo, el amor y la muerte, teñidos de dolor y frustración, constituyen el tema central de la herencia lorquiana, donde además verso y prosa van siempre de la mano. La influencia de la tradición y del folklore andaluz marca otro de sus rasgos distintivos, con la utilización de formas populares como el romance, la musicalidad, lo simbólico, el temblor ante el misterio y el dolor angustiado, con dimensiones cósmicas, de un amor sin esperanzas. Su mundo poético está transido por la metáfora sorprendente, en un ambiente donde se combinan lo real y lo fantástico, aliados entre sí para expresar el mundo ilógico de los niños o el obsesivo tema de la muerte; Eros y Thanatos se entretejen, convirtiéndose a la vez en las dos antípodas que mejor explican y contextualizan dicho universo lorquiano. Sobre las raíces del propio cante gitano-andaluz, y desde una doble perspectiva dramática y poética, nos enfrentamos a un mundo de amor y de muerte, de tonos sombríos, que plantea así mismo los consecuentes asuntos de la soledad y el dolor.

Las imágenes lorquianas se encuentran al servicio del propio sentimiento trágico del poeta, en su personal y honda reflexión sobre el destino del hombre. En el primer Romancero gitano, por ejemplo, se vuelven a encontrar el ambiente andaluz y los insistentes y en él francamente obsesivos temas de la soledad y la muerte. Poemas sensuales, eróticos, en los más de los casos apuntalados en el misterio y la angustia ante una sociedad violentada, poseen un ritmo angustioso que se sucede de la deshumanización característica del mundo actual, donde predominan la violencia, la maquinación, la esclavitud del hombre absorbido por el propio hombre. La ciudad de Poeta en Nueva York, por ejemplo, viene a ser la oscuridad, la negación del amor y de la libertad, y que definitivamente culmina de igual modo con la Muerte. Como indica su título, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, es un canto elegíaco a la muerte de su amigo el torero Sánchez Mejías, conforme también se erige como un canto épico sobre la fiesta taurina y su rica simbología; sus cuatro partes integrales mismas hacen énfasis en la presencia de la parca: “Cogida y muerte”, “La sangre derramada”, “Cuerpo presente” y “Alma ausente”.

Volviendo a su teatro, Mariana Pineda, por ejemplo, drama de atmósfera romántica, es un canto de amor y libertad que también desemboca de manera irremediable en la muerte. La producción teatral de Lorca se cerró con tres tragedias y un drama que constituyen la cima de su obra dramática. Bodas de sangre y Yerma, junto a otra obra que nunca llegaría a estrenarse ─posiblemente, La sangre no tiene voz─, forman, como se ha dado en llamar, la “trilogía dramática de la tierra española”. En ellas se critica la irracionalidad y el absurdo del orden social, que se enfrenta al poder del instinto, a la fuerza del erotismo, del sexo; de esa lucha, visión trágica de la realidad, sólo hay una salida: la muerte. Bodas de sangre constituye la tragedia lorquiana por antonomasia del amor prohibido, mientras que Yerma corresponde a la de la mujer estéril, y en ambos casos, sin posibilidad alguna de redención, la muerte vuelve a aparece como última condena o incluso tabla de salvación.

La casa de Bernarda Alba, sin duda la obra más sólida y perfecta del genio del García Lorca dramaturgo, intensifica la esencia temática de las dos anteriores, la pugna entre la imposición y la libre voluntad a través del conflicto entre una madre autoritaria y unas hijas que sólo encontrarán su libertad en la locura o en el suicidio. En consecuencia, la muerte surge siempre en Lorca como condición inaplazable del hombre, en ese tono oscuro y fatalista que define la idiosincrasia de los españoles y en particular de los gitano-andaluces.

El teatro, como cualquiera otra manifestación artística, también entra, por desgracia, en la moda. Hay autores y obras que aunque en su tiempo fueron cruciales y determinantes, hoy ya se sienten envejecidos, como es el caso, con respecto a la propia dramaturgia española, del otrora imprescindible Benavente. Se dice que los verdaderamente clásicos nunca pasan de moda, que siempre estarán vigentes, pues tratan y tocan las fibras humanas intrínsecas a nuestra condición y no responden sólo a un contexto determinado. Sin embargo, el crítico Arnold Hauser, en su fundamental Historia social de la literatura y el arte, anotó que un artista será universal en la medida en que capte antes su realidad circundante y más inmediata, eso sí, en sus raíces más australes; en otros términos, famosa es esa expresión del ruso León Tolstoi: “Si quieres ser universal, conoce primero tu aldea”. Algunos de los considerados clásicos, como Shakespeare y Cervantes, por citar sólo a dos de los más descomunales monstruos de la literatura universal, fueron a la esencia de sus respectivos contextos ─murieron, paradójicamente, el mismo año, el mismo mes y el mismo día─; una inteligencia superior les permitió pulsar aquellas cuerdas que siempre serán las mismas y producirán sonidos que definen a nuestra condición siempre paradójica y contrastante.

El teatro, género en el que el creador de Hamlet y tantos otros dramas del complejo espíritu humano es pilar indiscutible, por lo menos en su modernidad, como el Manco de Lepanto en la novela, hay escritores de nuestro tiempo que no ha soportado la pátina del tiempo, que muy pronto han sido cubiertos por el polvo de las horas y del olvido. Me viene también a la memoria el norteamericano O’Neil, quien fue superado por sus coterráneos Tennessee Williams y Arthur Miller, sobre todo por el primero, poeta y visionario de enormes vuelos. O’Neil, que la mitad del siglo pasado fue indispensable para entender el sentir del ser norteamericano, apegado a una melancolía de lo que hubiera podido ser y no ha sido, hoy nos habla en un idioma que no entendemos y que resulta ser una visión tardía, y mucho más parcial, de lo que tiempo atrás ya había dicho el nórdico Strindberg.

Mucho más cercano a nosotros sigue estando, en cambio, el eterno andaluz universal Federico García Lorca, pleno de poesía, de magia, de energía que brota de la tierra para expresarse en un lenguaje que siempre nos está revelando algo nuevo. García Lorca, lejos de haberse hecho un mito por haber sido víctima de la guerra civil española ─como pasó de igual modo con Miguel Hernández─, es una de las más nobles figuras de las letras hispánicas de todos los tiempos. Ese rostro que era la felicidad misma, un perpetuo infante, como le llamó nuestra suicida por excelencia, Antonieta Rivas Mercado, fue capaz de hacer cimbrar la tierra de Andalucía, en un aliento poético que no se ha repetido desde entonces.

La mayor gracia de García Lorca, hombre cuyo imponente destino: ser voz de su tiempo y de su idioma, lo perdió la ignominia de la Dictadura, fue haber hecho coincidir dos lenguajes que están sumamente cercanos: el poético y el dramático. Su teatro está pletórico de hondo instinto poético, y su poesía, que describe, anuncia, incita, caracteriza sentimientos y emociones, dialoga con nuestros sueños y pasiones de más hondo origen, posee mucho de dramatización. Dos géneros, que nacieron muy cercanos, en Federico García Lorca coincidieron en uno mismo:

“¿Lo ven ustedes? Sin embargo, más vale que nos riamos todos. La luna es un águila blanca. La luna es una gallina que pone huevos. La luna es un pan para los pobres y un taburete de raso blanco para los ricos. Pero ni don Cristóbal ni doña Rosita ven la luna. Si el director de escena quisiera, don Cristóbal vería las ninfas del agua y doña Rosita nieve sobre los inocentes. Pero el dueño del teatro tiene a los personajes metidos en una cajita de hierro para que los vean solamente las señoras con pecho de seda y nariz tonta y los caballeros con barba que van al club y dicen ca-ram-ba…”